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Odette Alonso
“Dicen que murió Santiago Feliú”, fue lo
primero que leí esta mañana cuando encendí la tableta y me reconecté al mundo.
De inmediato le escribí a Darsi indagando si era cierto, pero no pude esperar
respuesta: busqué en Google Noticias y ahí estaba la confirmación desde el blog
de Silvio: infarto.
El impacto fue como de golpe de tambor
mayor, de esos que repercuten en el estómago y cimbran. Hace unos días,
pensando en que hemos cruzado la barrera del medio siglo y ya no somos tan
jóvenes, me preguntaba quién sería el primero en partir, quiénes lo seguiríamos
en esa fila india que no se va a detener.
Santiago y yo no fuimos amigos; lo
conocí como casi todos: de la televisión o de haber coincidido ocasionalmente
en alguna peña o algún sitio de La
Habana cuando él cantaba “Vida” y teníamos toda la vida por
delante. Él siempre fue el “distinto”, el raro, el revolucionario. ¿Por qué
entonces este golpe de tambor, estas lágrimas incontenibles? Porque la muerte
de Santiago nos regresa a una etapa definitoria para nuestras vidas y para la
cultura cubana, nos enfrenta a quienes somos: ESA generación, esos años ochenta
y todo lo que ello significa.
Nadie se va antes de tiempo:
Tomado de su blog Parque del Ajedrez
---ARTÍCULO
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