Reinaldo Cedeño Pineda
escribanode@gmail.com
Se amarraba su cola de caballo con la primera cinta a mano y,
como una exhalación, desandaba las calles de Santiago de Cuba.
Se detenía para entrar a Enramadas, erizada de
vidrieras. Mientras sus ojos se posaban en el brillo de los maniquíes, otros se
posaban en sus sandalias, en su bolso apretado. Saludaba a las dependientas
como a viejas amigas, y sacudía el pelo, como si sacudiese también las
maldiciones que le salían al camino.
Dicen que quería
parecerse a La Doña
―a María Félix, por supuesto— y que se maquillaba para buscar semejanza con
aquellos ojazos que devoraban la pantalla. Coleccionaba sus fotos de las
revistas en colores y las pegaba en un álbum del que nunca se separaba.
Ya era viejo cuando
cobré conciencia de su existencia. Ya nadie le corría detrás. Ya nadie le
gritaba pájaro o maricón. Le decían Patricia… que había alcanzado la categoría
de sinónimo.
Había cansado a los
homofóbicos cuando esa palabra no aparecía en los diccionarios, cuando la mofa
hacia los homosexuales formaba parte del folclor nacional. Jamás se inmutó: se
había fabricado su propio planeta y vivía con naturalidad en él.
Que algunos tocaran
después a su puerta, era harina de otro costal. En las altas horas se acordaba
un pacto de silencio. “Ostentar públicamente semejante condición” era una
afrenta social. La hipocresía era premiada, y además, pocos tenían el coraje de
Patricia.
Una tarde me le
acerqué. Me enseñó su carné de identidad en el Parque Céspedes, en el corazón
de la ciudad. Oficialmente se llamaba José Daniel Roibal Granados, pero hasta
él mismo parecía haberlo olvidado. Tenía ochenta años, un poco más.
Apreté el obturador de
la cámara. Una blusa de tirantes, las hebras de mil años, la sonrisa congelada
de artista. Cuando la he mostrado, me preguntan si es mi abuela. A Patricia le
hubiese gustado: ¡Al fin!, los años le habían puesto más que arrugas, habían
revelado a la mujer.
“ Nunca he ido a La Habana ”, me repitió como un
sonsonete, nunca. Luego me habló de una granja, del trabajo, de las UMAP. Le
descreí: “Yo no miento, yo respeto”, subió ligeramente el tono. De su bolso de
Penélope, sacó un mugroso boletín lleno de arengas, y una fotografía. Parecía
una bailarina embutida en un uniforme militar.
Patricia lavó para la
calle, trabajó en una granja agropecuaria, limpió cuanta mierda apareció —sabe
Dios que más―; muchas veces por lo que quisieran darle. Vivía en un tugurio, la
bebida iba imponiéndose a su espíritu… aunque de eso no me habló jamás.
Tiempo después de aquel
encuentro, casi por casualidad, me enteré que Patricia había muerto. Recuerdo
una fotografía suya con un elegante vestido: la espalda enjuta, una chispa de
interrogación y otra de asombro; un jarrón de flores, duplicado ante el bisel.
Ojalá cuando otras
Patricias se interroguen ante el espejo, tengamos una respuesta justa para
darle.
Versión
en inglés. MARCAR
PATRICIA: A PAIN BEFORE THE MIRROR

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