(El narrador chileno Luis Eduardo Aguilera al centro y los presentadores, de sus libros Reinaldo Cedeño Pineda, a la izquierda y Manuel Gómez Morales, a la derecha. Encuentro de Poetas del Festival del Caribe 2012. Librería Amado Ramón Sánchez, Santiago de Cuba)
MANUEL GÓMEZ MORALES
La
primera vez que ocurre un encuentro
cercano de tercer orden, uno se cree su papel de descubridor con suma pasión, a
toda costa, y, por tanto, de manera tácita. He aquí donde asoma la dicotomía
acerca de quién descubre a quién. Lo cierto es que, para ser más puntual,
podría decirse, en todo caso, que uno se descubre a sí mismo en primera
instancia, lo cual resulta alentador, pues confirma que nos se ha extraviado la
capacidad de asombro que debe caracterizar al denominado ser humano.
Este giro inicial es un pretexto para tensar la cuerda en torno a la coexistencia de las vidas imantadas. Sí, porque allá, en el cono sur de Suramérica, llegan los efluvios de un archipiélago caribeño custodiado por los herederos de toda una diversa y contundente constelación de orishas y no orishas. Así es, Luis Eduardo Aguilera (Chile, 1957) quedó atrapado en la miel de nuestra insularidad y prosigue aquellos caminos inevitables tomados por viajeros enamoradizos de antaño que, como Walter Goodman, latieron desaforadamente ante la seducción del mapa cubano. Y para Luis Eduardo, amar, también es narrar Cuba (o viceversa), ese “puro placer de narrar, es quizás el estado humano que más se parece a la levitación, al decir de Gabriel García Márquez. De modo que por carácter transitivo este multipremiado escritor no ha dejado de levitar entre arrecifes y palmas reales, pues por si fuera poco es conducido por los atributos de Yemayá para penetrar en el etnos cubano.
Justamente,
por aquí andan (y no desandan) esas evidencias que marcan la ya citada
coexistencia de las vidas inmantadas. En una suerte de ajiaco literario se
entrelazan Valparaíso, Villa Alemana, Vicuña, y Coquimbo con Baracoa, Guira de
Melena, Alquízar, Bauta, San Antonio de los Baños, Bejucal, Granma, el malecón
habanero, por solo citar una muestra de esta ramificación sensorial que se
plantó en la cotidianidad de este creador. No resulta gratuito Yemayá, la virgen del mar de Baracoa y otros cuentos texto que agrupa a “En el
Paseo del Prado, la vida es un sueño”, “La heredera de Ochún no se encuentra
sola ”y a la narración que da título al libro, cuentos comprometedores que
involucran al lector a través de una primera persona, trasciende a sí misma al
implicar al resto; una primera persona que Luis Eduardo esparce temporalmente
para conjugar presente, pasado y lo que vendrá sin límite alguno, un elemento
que sustenta el enfoque escritural del autor. Se trata de narraciones donde la
crónica entra y sale de la atmósfera con desenfado, aportándole al discurso.
Estas
letras vienen de las alturas, son aguas que la serranía destila y se convierten
en metáfora profunda y transparente. Letras sinceras que emanan de la Sierra de
Cristal o de la Sierra Maestra... y siempre de las alturas. Caen azules en un vaso,
solo les basta una penca de helecho, una regla orientada hacia el más infinito
y en sábados alternos renovarse en azul, como memoria impostergable de
identidades, porque así somos... nosotros y ustedes, nuestro alter ego.
Convertido
en arqueólogo confeso de las entrañas cubanas, abre las puertas de la cultura
popular tradicional, escudriña sus esencias. O bien en una de sus páginas se
escucha un guaguancó, un chachachá, boleros, sones o una joya de la trova
cubana; o bien se degusta un plato de la cocina cubana. O bien, cuando se dobla
cada cuartilla de las 102 que contiene el volumen, aparecen sábanas blancas
colgadas en los balcones con aromas a Caribe. Pictoricismo y acento colorístico
desde el pincel de Luis Eduardo, confirman los estratos e interioridades sobre
los que se ha construido la sociedad cubana y en ello va el empeño de este
Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile (Filial Gabriela Mistral). Un
ojo que ausculta los encantos que se hallan entre lo real y lo mítico, una zona
franca (entiéndase de franqueza)donde toma la mano de Yemayá, Ochún, un guije,
a quien rompe su conjuro con la célebre frase “yo te vi primero”; o una mulata
hecha de siete potencias. Recorre calles con apagones, pueblos de carretera
adentro; conoce la historia de las casas deterioradas y desplomadas de “las
flores nocturnas” en Quinta Avenida y mas allá de Quinta Avenida, pero mucho
más de la vocación del cubano por afirmarse y procrearse en cubanía.
Estampas
se tienden por doquier de este viajero permanente, alguien que sabe que después
de lo afrocubano se avista lo cubano. Yemayá, la virgen del mar de Baracoa y otros cuentos es un canto a este concepto, a la diversidad que connota la
identidad cultural y a su nación; es homenaje a las referencias claves de la
poesía y la música de Cuba. Fecundidad y amor gravitan en este devenir de una
prosa pertrechada por la poesía ineludible.
En
verdad, Luis Eduardo Aguilera es un gran caminante, conoce que “los sueños se
van y retornan sin aviso”; no existe pueblo, ciudad que se resista a la lectura
de sus pies, lectura lenta pero aplastante. Se trata, pues, de una aseveración
que tributa al decir y actuar de Eduardo Galeano. Y así, es demostrable que es
una sola piel la que vestimos; mucho habrá que pensar y defender la intertextualidad
de espíritu que nos une.
Muchas
gracias.
♣ VER
Presentación del libro
EL ANDÉN DE LOS SUEÑOS del narrador chileno Luis Eduardo Aguilera por
Reinaldo
Cedeño Pineda, en Santiago de Cuba.
http://laislaylaespina.blogspot.com/2012/07/uneac-santiago-de-cuba-presentan-libros.html
http://laislaylaespina.blogspot.com/2012/07/uneac-santiago-de-cuba-presentan-libros.html
No hay comentarios:
Publicar un comentario