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viernes, 4 de enero de 2008

Estação Brasil



Reinaldo Cedeño Pineda

Me he quedado fixo a minha poltrona, prendida a minha tabua salvadora, sem saber que fazer quando Fernanda Montenegro-a escritora de cartas, se tem acordado, sigilosa, deixa atrás ao menino que ao fim tem encontrado a sua familia depois da longa viagem.

Agora se vai a mãe que lhe tem nascido no caminho, fica a filho rescem descuberto..

Eu quero enxugar as lágrimas, quero cambiar a historia de Estação Central do Brasil... mas a sala apaga-se. Eu me quedo colgado, eu sou decepcionado....

E outra vez eu estou sentado e Brasil apenas dista uns metros de mim, quando este señor: Thiago de Mello, afirma que: “as terças mais grises podem-se converter em manhãs de domingo”… diz vir do país da mãe da água, o pulmão do mundo, o Amazon.

Que cor terá o céu, que aroma respira-se, que versos nascerão na minúscula aldeia de Barreirinha, oasis do poeta?

Sentado, sentado... quando no sala de concertos a música nos mantem no ar, o coro cresce, a orchestra reventa, que o Heitor Villalobos é do ébano e do marfim e mora nas mãos deste pianista e soa uma Bachiana....

Seantado na sala de minha casa, ao lado de minha mãe quando Lucelia-Isaura (A Escrava) está atrapada entre o amor e os ferros de ergástulla, e o país grita com ela, fora da tela.

Eu devo me conformar, tenho que olhar os grandes bonecos de Pernambuco sobre o cenário do teatro de Heredia de minha cidade, e o verde e o amarelo mexendo a cintura.

E minha poltrona que é travada e não desaparece, que não vira o degrau de un sambódromo.

Brasil, Brasil brasileiro quantas vezes perto e longe de mim?

Eu não quero estar mais sentado quando Ronaldo ou Ronaldinho, dois Pelé, aninhen a bola que o mundo é uma bola se há "jogo bonito” da canarinha, e me levanto em ondas, no Maracaná....

Me levantar quando Hortensia Marcario enceste o ouro desde a metade da cancha.

Eu quero estar empé quando passe a garota de Ipanema, quando Jobim lhe adivinha seus pés a afundando-se na arena e Vinicius de Moraes lhe regala um poema.

Será muito pedir, mas eu quero intentá-lo, subir o Corcovado, desafiar o abismo onde o Cristo Redentor abre a seus braços do granito à baía e aos cerros, aos mansoes e favelas debaixo do seu pedestal.

Tentar me chegar até Brasilia, para tocar os muros e as os praças de Niemeyer enquanto quando observo como sua gente se parece a minha gente.

E com sorte, com muita sorte, estar sentado pela única vez quando Maria Bethania, traga a rosa dos ventos na garganta e o cavaleiro da fina estampa, Caetano Velhoso, debulhe a sua melancolia, e talvez até Ellis Regina assome um tom desde a inmortalidade, se encarne por um segundo en Gal Costa e faza tremer o continente.

Não vou tremer se eu possso dar minha voz, meu ombro à família de Jean Charles de Menezes, a quem as balas da histeria fizeram-lhe cair ao lado do Big Ben.

Venho de uma cidade que olha ao mar desde o Caribe... Como serão as ondas do Atlántico com os olhos do Río, Salvador da baía ou do Florianópolis?.

Não sei que sonhos, não sabem que hora... vou me parar na frente á casa onde nasceu Glauber Rocha para saber como na sua Terra em trance, na sua Terra do Sol, combatem Deus o Diabo.

Dizem que os sonhos são, mas mim irei té a tumba de Carmen Miranda, aunque a prefiro Maria do Carmo, sem as bananas na cabeça. E lhe poria uma borboleta branca da minha ilha.

Brasil, licença para me sentar na parque o mais humilde para ler um poema de Andrade... para encontrar-me a Gabriela, a essa do prego e da canela...

Licença para lhe dar um abraço ao primeiro que passe, seja homem ou mulher, e lhe dizer-lhe em sua língua sonora, muito obrigado do muito... embora que não o fale perfeito, embora pense de que eu sou louco, embora não saiba que eu venho de muito longe.

E esse dia, quando me recebe um peito brasileiro eu ficarei em pé.

(TRADUCCIÓN: Leonardo Hurtado Ginel)

sábado, 24 de noviembre de 2007

ESTACIÓN BRASIL


Reinaldo Cedeño Pineda

Me he quedado sujeto a mi butaca, asido a mi tabla salvadora, sin saber qué hacer, cuando Fernanda Montenegro-la escritora de cartas, se ha levantado sigilosa, deja atrás al niño que por fin ha encontrado a su familia después del largo viaje…

Ahora se va la madre que le ha nacido en el camino, se queda el hijo recién descubierto….

Quiero enjugar las lágrimas, quiero cambiar la historia de Estación Central de Brasil… pero la sala se apaga. Yo me quedo colgado…

Y otra vez estoy sentado y Brasil apenas dista unos metros de mí, cuando este señor, Thiago de Mello, afirma que los martes más grises pueden convertirse en mañanas de domingo; dice venir de la Patria del Agua, del Pulmón del Mundo, del Amazonas.

¿Qué color tendrá el cielo, qué aroma se respira, qué versos nacerán en la minúscula aldea de Barreirinha, oasis del poeta?

Sentado, sentado… mientras en la sala de conciertos la música nos mantiene en vilo, el coro crece, la orquesta revienta, que Heitor Villa-Lobos es de ébano y de marfil y habita en las manos de este pianista y suena una Bachiana

Sentado en la sala de mi casa, al lado de mi madre mientras Lucelia- Isaura- La Esclava está atrapada entre el amor y los hierros de la ergástula, y el país llora con ella, fuera de la pantalla.

Tengo que conformarme, tengo que ver los muñecos gigantes de Pernambuco sobre las tablas del Teatro Heredia de mi ciudad, y el verde y el amarillo batiendo la cintura.
¡Y mi butaca que está prendida y no desaparece!, que no se vuelve la grada de un sambódromo…

Brasil, Brasil brasileiro ¿Cuántas veces cerca y lejos de mí?

No quiero estar más sentado cuando Ronaldo, o Ronaldinho, dos Pelé reencarnados, aniden el balón, que el mundo es un balón si hay “jogo bonito” de la canarinha, y levantarme en olas, en el Maracaná…

Levantarme, cuando Hortensia Marcari enceste el oro desde la mitad de la cancha.

Quiero estar de pie cuando pase la chica de Ipanema, mientras Jobim le adivina sus pies hundiéndose en la arena y Vinicius de Moraes le regala un poema.

Será mucho pedir, pero quiero intentarlo, subir al Corcovado, desafiar el abismo donde el Cristo Redentor abre sus brazos de granito a la bahía y los cerros, a las mansiones y favelas bajo su pedestal.
Intentar, llegarme hasta Brasilia, tocar los muros y los parques de Niemeyer mientras observo como su gente se parece a mi gente.

Y con suerte, con mucha suerte, estar sentado por única vez cuando María Bethania, traiga la rosa de los vientos en la garganta y el caballero de fina estampa, Caetano, desgrane su melancolía, y tal vez hasta Ellis Regina asome un tono desde la inmortalidad, se encarne por un segundo en Gal Costa y haga temblar al continente.

No voy a temblar si puedo dar mi voz, mi hombro a la familia de Jean Charles de Menezes, a quien las balas de la histeria le hicieron caer al lado del Big Ben.

Vengo de una ciudad que mira al mar desde el Caribe…

¿Cómo serán las olas del Atlántico con los ojos de Río, Salvador de Bahía o Florianópolis?

No sé qué sueños, no sé qué tiempo… voy a pararme frente a la casa donde nació Glauber para saber cómo en su tierra en trance, en su tierra del sol, combaten Dios y el Diablo.

Dicen que sueños son, pero iré hasta la tumba de Carmen Miranda, aunque la prefiero Maria do Carmo, sin bananas a la cabeza. Y le pondré una mariposa blanca de mi Isla.

Brasil, permiso para sentarme en el parque más humilde de tu Río, a leer un poema de Andrade...
A encontrarme a Gabriela, la de clavo y canela…

Permiso para darle un abrazo al primero que pase, sea hombre o mujer, y decirle en su lengua sonora, muito obrigado… aunque no lo diga perfecto, aunque piense que estoy loco, aunque no sepa que vengo de muy lejos.

Y ese día, cuando me reciba un pecho brasileño, estaré en pie.