lunes, 19 de septiembre de 2016

“Las cien no soledades”: Aracely Aguiar Blanco / GRAN PREMIO / V Concurso Caridad Pineda In Memoriam / 2016




A mi madre, la otra Úrsula

Un huracán, una intensa sequía o un temblor de tierra son acontecimientos demoledores. Ante estos fenómenos repetimos una y otra vez: la naturaleza es impredecible. Sin embargo, por mucho que nos afecten, cuando el tiempo pasa, comienzan a formar parte de nuestros recuerdos, del imaginario popular y luego los evocamos ante la inminencia de un nuevo evento.


Pero la lectura del libro, de aquel que no sabes con exactitud cuándo ni cómo llegó a tus manos, con el que estableces un diálogo en soledad y un pacto para siempre, que relees, repasas y cada vez encuentras algo distinto en él; jamás se convertirá en recuerdo o evocación, sino en una presencia viva de la que no podrás desprenderte aunque lo intentes. 


   Esa magia, ese poder imantador de “mi libro” quizás no alcancen a todos los que se acerquen a él, aun cuando se trate de lectores especializados o críticos que reconozcan sus valores estilísticos, su importancia literaria. Y es que no me refiero a un examen académico, sino al goce del espíritu, a ese que solo conseguimos cuando el propósito de la lectura es el disfrute.


Si bien los estudiosos han insistido en la intencionalidad del Gabo al recrear el tema de la soledad, una vez que entras en contacto con Macondo, su ambiente y sus personajes, tendrás una eterna compañía. Eso han representado para mí y todavía más: la posibilidad de un permanente intercambio con amigos y familiares que vivimos la aventura de transitar el camino de Cien años de soledad.


Cómo atrapar a la familia Buendía, cómo describir a las personas que la integran y, que más que personajes, los percibí como seres humanos reales que afrontan los conflictos más comunes y también, a ratos, los más insólitos ¿Son los representantes de una extraña raza? Mejor, los de una fibra nada ajena a nuestra manera de ser y sentir , recreada con todo el oficio de quien ha sabido captar las más profundas esencias humanas para darnos un José Arcadio, un Aureliano, una Amaranta o varios de ellos. 


En estos tiempos en que  tanto se habla de la necesidad de transformar el panorama económico de mi país, siempre que conozco a un hombre que emprende un negocio con cierto desconocimiento, pero con un brillo esperanzador en su mirada y una enorme terquedad, siento que estoy ante aquel otro, el de los pescaditos.


Mi prima Diana, con una fuerza arrolladora a pesar de su edad, emprende proyectos constructivos para salvar una casa en ruinas y su  pasillo lleno de plantas, con la convicción de que saldrá adelante de esa “fiebre de restauración” para conservar el patrimonio familiar. En ella distingo a Úrsula Iguarán, esa que me acompaña de vez en vez cuando voy al cementerio para repetir en silencio: soy de este lugar porque aquí tengo mis muertos más queridos; la misma que afirmaba con toda certeza el estar esperando que culminara la lluvia diluviana para finalmente amanecer muerta un  jueves santo. Esta fecha no es mera coincidencia sino una alegoría a toda una vocación de servicio, al desprendimiento y la agonía, al gozo y la tristeza y al mandamiento del amor: “amaos los unos a los otros como yo os he amado”.


Una tarde, al regresar de mi trabajo, encontré a mi madre, ya muy vieja y enferma, empeñada en medir fuerzas con su bisnieto. Era Úrsula que, en medio de una  situación tragicómica, se defendía de los suyos diciendo: “estoy viva”.


Regreso siempre a mi personaje más querido. Ella entrega al lector una imagen múltiple de mujer. Sus preocupaciones y ocupaciones, sus dolores y esperanzas, su energía física, su afán por mantener la casa  y la  familia frente a todos los contratiempos de su vida centenaria, han sido el resorte principal para encontrarla tantas veces fuera de las páginas de la novela: en mi madre, en mi prima, en amigas y por qué no, hasta en mí misma.


A menudo, reviso si la ventana de mi baño en un tercer piso está completamente cerrada, no sé si para evitar el frío o por temor a que se asome alguien, me sorprenda y en su propio asombro pueda caer. También en varias ocasiones, desde mi balcón, he visto a mi nuera inclinada en el suyo para tender una sábana y he experimentado la sensación de que ella, bella y joven como Remedios, pudiera volar hacia un lugar desconocido.


Durante varios meses seguí de cerca el empeño de mi hermana por conseguir una ciudadanía española: cartas y más cartas enviadas a alcaldías, ayuntamientos, registros civiles en diferentes regiones, siempre buscando pistas sobre nuestro bisabuelo y… nada. En más de una ocasión la llamé Fernanda del Carpio para quien la comunicación con sus médicos invisibles se convirtió en obsesión.


Leo con periodicidad la columna “Hilo directo” del periódico Granma y a cada rato resucita ante mí José Arcadio Buendía pronunciando su frase favorita: “este es el gran invento de nuestro tiempo”.


Camino por una de las calles céntricas de mi vieja ciudad y ante los más diversos artículos, expuestos en catres y pregonados por vendedores muy parecidos a gitanos, añoro la aparición de Melquiades en cualquier esquina.


Muchas noches no logro conciliar el sueño ni siquiera con los ejercicios de retrospección o mis oraciones: el  desvelo permanece. Entonces temo mucho padecer “la enfermedad del insomnio”.


La lluvia me produce mucho miedo, casi patológico o al menos inexplicable para todos aquellos que afirman lo agradable que es dormir mientras llueve. Creo que solo aceptaría con beneplácito una lluvia de pequeñas flores amarillas como aquellas  que cayeron el día en que murió el patriarca Buendía que tanto me recuerda al tío Miguelito.


Siempre que aparece  en la casa una mosca grande repito, como decían mi abuela y mi madre: ¡Ah, hoy tendremos visita! Imposible olvidar en esos instantes  al Aureliano que nació con los ojos abiertos, cuyas premoniciones se cumplían inexorablemente: “alguien va a venir” anunció el día en que apareció Rebeca, la niña tímida que comía tierra y a quien luego vi retratada en una parienta que de pequeña solo consumía, a escondidas de sus padres, espaguetis crudos.


Recuerdo que mi abuela contaba de parientes que muy bien pudieron llevar el apellido Buendía y haber vivido en Macondo: Aida recibía los mensajes que su esposo le mandaba en las estrellas a determinadas horas de la noche siempre que se ausentaba por mucho tiempo del hogar al que volvía con muchos ímpetus para dejarla embarazada y luego marcharse de nuevo, o Lando quien enloqueció a  causa de los estudios bíblicos y debajo de  una mata de ciruelas, que bien pudo ser un castaño, entonaba cantos religiosos día y noche hasta que  lo llevaron a ingresar en un hospital de dementes, de lo contrario hubiera podido morir allí.


En más de una ocasión lloré frente a este libro así como reí en otras oportunidades con  situaciones que son realmente divertidas: la confusión con los gemelos José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo, la consumación del acto sexual entre los fundadores de la familia,  aun cuando por el incesto, nacieran iguanas de esta unión; la petición de mano  de Remedio Moscote por José Arcadio (hijo) cuando la niña “ era impúber y aún se orinaba en la cama” , ante la frase pronunciada por Úrsula con la mayor serenidad para describir a los hombres de la familia: “Así son todos: locos de nacimiento” y con  el ofrecimiento de Amaranta, a punto de morir, de llevarle cartas a los muertos.


Dramatismo, comicidad y lirismo se entremezclan una y otra vez  en el libro como para lograr una especie de equilibrio emocional en el lector. Así, las mariposas amarillas que anuncian la aparición de  Mauricio Babilonia de quien se enamora desmesuradamente Memé, son al mismo tiempo augurio del amor y de  la muerte temprana.


El Macondo originario me persiguió como imagen literaria y espacial durante una buena etapa de mi vida, hasta que finalmente pude llenar ese vacío el día en que visité uno de los primeros bateyes de mi provincia cuya vida social y cultural se había desvanecido de la misma forma en que desapareció su central azucarero. La llegada de un grupo de artistas y escritores en  una  Cruzada Literaria inundó de  alegría y esperanza aquel  ambiente  como si asistiéramos al nacimiento del ferrocarril o a la llegada de los gitanos y con ellos el imán, el catalejo, la lupa o el hielo.



En los últimos tiempos, ante el temor de las transformaciones que vienen ocurriendo en las prácticas de la lectura, varios  estudiosos acuden a frases como “la muerte del autor a manos del lector” o la “transfiguración o muerte del lector”. Prefiero coincidir con Jorge Luis Borges en aquello de que el  libro no desaparecerá, sobre todo, Cien años de soledad, en cualquier formato: impreso o  electrónico, por el bien de las futuras generaciones lectora


El anuncio de la muerte de Gabriel García Márquez conmovió a muchas personas en el mundo entero. Sentí algo muy parecido a cuando muere un familiar o un amigo verdadero. Recordé el final de su novela y lamenté profundamente que al menos él no tenga una segunda oportunidad en esta tierra.



DE LA AUTORA / Aracely Aguiar Blanco

Graduada  de la Carrera profesoral superior de Español y Máster en cultura latinoamericana. Impartió clases de Literatura  por espacio de 15 años en el Instituto Superior Pedagógico  José Martí. Luego se  desempeñó como directora del Centro Provincial del Libro y la Literatura de Camagüey  desde el 1998 hasta el año 2011. Fue  profesora del Centro de Superación para la Cultura y de la Filial del Instituto Superior en Camagüey. Dirigió  la revista Antenas desde el año 1998 hasta octubre  del 2011. En la actualidad está jubilada.




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