miércoles, 27 de octubre de 2010

Periodismo cultural es CRITERIO


(El pintor Lawrence Zúñiga entrevistado por Reinaldo Cedeño)

Conferencia impartida por Reinaldo Cedeño Pineda en la Universidad de Oriente /Estudiantes de Periodismo, 5. año / 26 de octubre de 2010.

“El periodismo es hacer el amor con las palabras”, respondí una vez a un colega, y casi veinte años después de haber comenzado mi trabajo, le respondería lo mismo. Y no es que el acto de amor, como el de escribir, sea siempre perfecto: unas veces se alcanza el orgasmo, otras la decepción, pero uno nunca deja de intentarlo, una y otra vez. Que se marque al que no ame para que la pena lo convierta, como dijo El Maestro.

Desventurado quien no sea capaz de agregar cada vez algún color, en el amor y en la escritura. Las palabras tienen colores y tiene olores, como la piel. Y no hay malas ni buenas, sólo aquellas que se necesitan en el justo momento. La diferencia entre una palabra exacta y una buena es la misma que entre una luciérnaga y un relámpago.

Ante un martillazo sobrevendrá una palabra muy distinta a la de un abrazo. ¡Cuidado!, una sola palabra, puede salvarte la vida.

Las palabras te buscan: sólo hay que tener el oído dispuesto para escuchar el “callado estruendo” del que hablara Lezama.

Respondería lo mismo a ese colega que me interrogó sobre la esencia del periodismo… pero ahora pienso más en término de periodista que de periodismo. Las singularidades son el único camino de las generalidades. Cada quien es su propio diamante y ha de tallarse a sí mismo, de ahí dependerá la luz… apropiándonos de la metáfora de Regino Boti.

Permítaseme aún la recurrencia a una figura deportiva: así como cada árbitro de béisbol tiene su propia zona de strike, cada periodista tiene “su periodismo”, es decir sus propias formulaciones para aprehender un hecho o un diálogo, codificarlo y transmitirlo a los públicos, sean estos mayoritarios o especializados.

Sabido es que unos conectan jonrón y otros… se ponchan

Por eso no vengo aquí a dar consejos los consejos son flechas tiradas al aire, vengo a hablar de experiencias.

Pocas veces he visto escrito lo que a estas alturas sostengo. El periodista no es un “cargo técnico” como se empeñan en considerar algunos calificadores, no es un componedor de palabras ni una rueda dentada de tal o cual institución.

El periodista es por antonomasia un artista. Su materia no es el escenario, el pentagrama, ni el gesto, sino las letras, las ideas y la opinión. Y aún con la disciplina de un obrero, el periodista nunca deja de ser un artista.

Nadie puede comer “fruta”, escribió el autor de Dialéctica de la naturaleza (Federico Engels). Lo que a primera vista pudiera parecer un desaguisado se convierte en una certeza cuando damos paso a la explicación… porque mirándolo bien, “la fruta” no existe. Lo que existe es la manzana, la uva, o la guayaba; “fruta” es apenas un concepto, un constructo elaborado a partir de un pensamiento y la síntesis de determinados atributos.

Un periodista ha de tener muy claro sus conceptos, aquellos que les sirve la academia y los que perfila en su práctica… para no probar cualquier “fruta”. Por el camino, los conceptos se refunden y refundan. Algunos se ratifican y otros se corrigen, amplían, modernizan o derogan; pero han de estar ahí, como escudos.

APUNTES Y DEFINICIONES

Periodismo cultural es un término que traza el puente entre dos conceptos. Tomemos por ejemplo el del periodista e investigador argentino Jorge Rivera:

“Periodismo cultural es una zona compleja y heterogénea de medios, géneros y productos que abordan con propósitos creativos, críticos, reproductivos o divulgatorios los terrenos de las "bellas artes", "las bellas letras", las corrientes del pensamiento, las ciencias sociales y humanas, la llamada cultura popular y muchos otros aspectos que tienen que ver con la producción, circulación y consumo de bienes simbólicos, sin importar su origen o destinación estamental". (1)

Resulta un concepto tan abarcador como un elástico e incluye términos como “bella artes” y “bellas letras” que darían para un largo debate…

Sería una perogrullada hablar aquí de conceptos de periodismo; pero creo menester un apunte sobre el término cultura tal cual se emplea en esta relación. Aunque suele admitirse modernamente que cultura “es todo” toda la herencia material y espiritual creada; al menos en nuestro país, el término cultural se refiere esencialmente a la creación artística: artes, espectáculos y afines.

Así pues, si hablamos en materia periodística, cultura más que “un sector”, es una palabra escogida para designar varios sectores, un universo multiforme, que al tener como objeto la producción espiritual trabaja constantemente con las subjetividades de la creación.

El periodismo como todo acto de creación él mismo, está cargado de subjetividades: desde el ojo que mira y capta un fragmento de la realidad hasta la estructura gramatical y sintáctica escogida; y por supuesto las mediaciones culturales, ideológicas, familiares… y de otras índoles. (La edición de una entrevista, por ejemplo, es un puro acto subjetivo donde se decantan unas frases y se ponderan otras)

Así, en esa compleja red de subjetividades trabaja el periodismo cultural, lo cual constituye en verdad un reto formidable.

Iván Tubau en su Teoría y práctica del periodismo cultural define que: “Periodismo cultural es la forma de conocer y difundir los productos culturales de una sociedad a través de los medios masivos de comunicación”. (2)

A nuestro entender, continúa siendo un concepto poco específico.

Entendemos por periodismo cultural, no la cobertura efímera de un evento o la breve declaración tomada al paso aún cuando se trate de un suceso artístico o de las palabras de una personalidad de ese ámbito.

El periodismo cultural alcanza su expresión definitiva cuando la aproximación a la figura o el hecho artístico parte del examen y como resultante es capaz de generar una obra sustentable en sí misma. No es aquello que se mueve alrededor del hecho, sino su exégesis. No es la letra sino la llama.

El periodismo cultural trabaja, no sobre datos elementales y el reflejo instantáneo, sino sobre la investigación, la resonancia y la reflexión del hecho.

Cuando se toman como ejemplos paradigmáticos del periodismo cultural cubano a José Martí, José Antonio Fernández de Castro, Guy Pérez Cisneros, José María Chacón y Calvo, Alejo Carpentier y Luis Suardíaz, por ejemplo; es fácil darse cuenta que el grueso de su obra (cuando no toda ella) se desarrollo en publicaciones impresas y revista especializadas.

Sin que pretenda ni pueda rebajar en modo alguno el valor de la palabra escrita, el sustrato del periodismo cultural no radica en el soporte ni su rasero en la extensión. Bien cabría imaginarse al autor de La Edad de Oro ante un micrófono dando su juicio sobre una exposición de pintura o la lectura de un libro ¿Había rebajado por ello la calidad de sus ideas?

El oralista Adolfo Colombres afirmó que la palabra escrita subió al carro de la palabra hablada mucho después. Todo signo de puntuación es una convención. Un signo de admiración o unos puntos suspensivos son acercamientos muy relativos a lo que se dijo en una conversación, a sus matices y modismos.

Toca al periodista interpretar cada uno de ellos, pues, no pocas veces se enfrentará al traslado de la oralidad a la escrituridad. Y deberá sostener el espíritu de esa conversación. O de la escrituridad a la oralidad, cuando deba poner en antena las ideas que ha vestido al papel.

No importa en que medio se trabaje. El periodista se enfrenta cotidianamente a ese rejuego, a ese trasbase de escrituridad-oralidad y viceversa.

El periodismo cultural se mueve en dos ámbitos esenciales: periódicos, noticieros televisivos y espacios radiales (a cargo mayormente de periodistas); y revistas culturales a las que se suman críticos, ensayistas e investigadores; sin que unos excluyan a los otros.

La revista cultural acaba nucleando entrega tras entrega la opinión de intelectuales y artistas que le dotan de una opinión coral y autorizada. Para algunos, ese revistero es el gran legitimador la crítica artística en Cuba, por sus posibilidades de extensión y por la gran tradición que se remonta al temprano siglo diecinueve… pero en los tiempos que corren, sería absurdo restar importancia a la visualidad y la electrónica.

No soy de los que creen en la etiquetas ni en los espacios vedados, lo importante no es dónde, sino cómo se labra el espacio para la opinión.

Si se procuran los elementos medulares y se afina el juicio, en cualquier espacio puede ejercerse una crítica artística, sino óptima, al menos responsable.

El “espacio cultural” en los medios siempre existe. Cuando en otras esferas la crítica es aún un largo déficit en el periodismo cubano, en el medio cultural resulta un reclamo.

Puede que algunos evaluadores o decisores, que algunos mecanismos conspiren contra un periodismo más interpretativo, pero que la opinión aparezca constreñida o sacrificada depende también del desaprovechamiento, la falta de autoridad y la servidumbre más al eventismo que a la profundidad.

Y lamentablemente responde igualmente a la falta de estrategias personales e institucionales para adquirir herramientas que permitan ejercer una crítica más especializada.

LOS MEDIOS, LOS MITOS y LAS ENTREVISTAS

Se afirma una y otra vez que un medio no eclipsa al otro sino que todos se complementan…. Tal vez eso sea más cierto que nunca en el mundo interconectado de hoy, donde los lenguajes se han integrado… Pero bien, no hay que negar las especificidades y posibilidades de cada medio.

Escojamos a la televisión, por ejemplo. La bondad de la imagen es innegable, pero la exigencia de la síntesis deja fuera, en no pocas ocasiones, elementos valorativos de importancia para acercarnos a la obra de arte. Aquella frase de que “una imagen vale más que mil palabras” suele ser un comodín tras el que se escudan la falta de iniciativa, el facilismo y el desconocimiento. Tal vez habría que retocar la frase: "una imagen evoca más de mil palabras".

Aquel que sucumbe ante el imperio de la visualidad, que entrega sus argumentos a la idea de que acaso basta con lo que entra por el ojo, suele mostrarnos un paisaje al que le falta el aire; enseña, pero no toca; roza, pero no estremece.

La radio es inmediata y ubicua, pero exige el manejo intenso y adecuado de sus recursos específicos para “hacer ver” una escena cinematográfica o un paso de ballet. La música, las intenciones, las declaraciones de apoyo, las inflexiones y los argumentos han de convertirse en un haz único.

Muchas veces la inmediatez se toma como pretexto y tras ellas se esconde la falta de elementos de apreciación estética para asumir un juicio crítico que trascienda lo meramente informativo.

El periódico se somete al quebradero de cabeza de su distribución espacial. A mi modo de ver, lo que impide la valoración de una pieza o un espectáculo, o una entrevista de profundidad, más que el espacio físico es la falta de jerarquización del hecho cultural, que transforma las páginas en verdaderas carteleras. Otra vez, por supuesto, estamos hablando de conceptos.

Los periódicos se transforman en material de archivo. Podrán consultarse a posteriori... mas arrastrarán consigo todas sus carencias.

Uno de los géneros más difíciles, hermosos y recurrentes; más explotados, maltratados, y hasta
a violados es la entrevista.


(Sonia Franco y Reinaldo Cedeño entrevistan al actor Sergio Corrieri)

Primero están las palabras que no pasan de ser breves declaraciones y que “se venden” como entrevistas. Luego el extravío de los conceptos: la entrevista es un intercambio de saberes, no uno que pregunta y uno que responde. A la entrevista no se va a enterarse de lo que hizo la persona, sino a compartirlo. Una entrevista nunca parte del desconocimiento total, sino que busca la precisión y la ampliación de esos aspectos. Un micrófono no es una pasarela.

Si en el ámbito de todo el periodismo estos son pilares a observar, en el periodismo cultural se convierte en un factor sine qua non.

El periodista se enfrenta a diario con creadores consagrados o noveles de diferentes manifestaciones y ha de rehuir de las preguntas decantadas que merecerían ya una larga jubilación.

Un entrevistador debe enrumbarse hacia interrogantes que exploren nuevos caminos, que expresen más que detalles descriptivos de un hecho, la esencia misma de su creación; más que las significaciones de un galardón, la habilidad o el esfuerzo que encarnan; más que la repetida biografía de una personalidad, su espíritu.


(Francis Castillo y Reinaldo Cedeño entrevistan al escritor Carlos Esquivel)

Una entrevista no es una meta a cumplir, ni los minutos a llenar para un reporte noticioso de un programa. Una entrevista es un toma y daca. No vale la pena aquella entrevista que no toque al entrevistado… hasta que se derrame.

UN RETO FORMIDABLE

No conozco fórmulas para transformar la descarga de una obra musical, un estilo, un trazo de pincel, o el movimiento del cuerpo en palabras… Tal vez ese proceso de la emoción al razonamiento es lo que el célebre coreógrafo ruso Mijaíl Fokin sintetizara con pocas palabras: “Un arte inflama al otro”

Así, un periodista “inflamado” al contacto con una exposición o la intensidad de un pasacalle, deberá auxiliarse no sólo de lo que vio o creyó ver, sino del estudio previo o posterior como sustrato inexcusable y del laboreo infinito de la palabra.

A ese factor dual pudiéramos llamarle voluntad de apreciación y voluntad de estilo. La primera dota de argumentos, juicios, referencias, elementos técnicos y herramientas de apreciación por todas las vías posibles (bien la lectura de textos especializados y generales, bien la entrevista o la misma experiencia como espectador).

La voluntad de estilo es una forja que singularizará la reseña, la entrevista o el artículo a partir del repertorio lingüístico e imaginativo escogido.

El terror a la metáfora o al juicio no caben en el periodismo cultural. Los tropos no son un recurso literario, sino un recurso de la lengua, tan lícitos como cualquier otro. La metáfora bien empleada lejos de ser un mero adorno o una zona oscura, agrega, redondea, eleva, ilumina.

La opinión en materia de periodismo cultural es piedra de toque. El periodista ha de asumir que cada opinión es un riesgo. Cada criterio emitido llevará asimismo a la emisión de otros criterios, que podrán ser congruentes o discrepantes. La polémica es un intercambio no un duelo a sablazos. No vale la pena cuando se esgrime contra la persona y no contra sus ideas.

El eterno dilema entre la opinión pública y la opinión publicada sólo halla cauce cuando la pluralidad de criterios es vista como un elemento natural, fértil e insustituible.

La opinión alcanzará altura si los juicios parten no de la epidermis ni del capricho, sino desde el conocimiento y la argumentación.

La opinión especializada, por su parte, exige trazar un discurso paralelo, analizar cada parte detenidamente, explorar los caminos del creador y sus antecedentes, sintetizar, y al fin, entregar una valoración propia sin el beneficio esclarecedor de la distancia, muchas veces con la obra recién salida del horno, por así decirlo.

Se trata de una deconstrución analítica y de una nueva construcción, del análisis y la síntesis, de lo que dijera Martí: “ni aprobación bondadosa ni ira insultante…examen y consejo”.

Alfredo Guevara en su libro Revolución es lucidez, ha escrito que: “El trabajo artístico supone una larga, paciente y compleja elaboración y un proceso de asimilación y sedimentación […] (3)

“[…] la crítica la encarnan hombres y mujeres a quienes reclamo lo mismo que a los realizadores, cultura rigurosa y profunda, verdadera información y autonomía de pensamiento […] (4)

“[…] por eso se hace necesario […] rechazar la sospecha como método y evitar las descripciones facilistas y caricaturescas, las excomuniones”. (5)

Un periodista emite su criterio; más no es juez ni inquisidor. No se trata de vencer sino de convencer.

CIERTAS CONSTANTES

Prometí no dar consejos y a eso me abrazo. Sólo para esta ocasión, me atrevo a remarcar algunos aspectos que me han sido útiles en el camino de la valoración, sin que eso constituya decálogo alguno.

Escribir es responsabilidad y la responsabilidad parte del conocimiento. Es una terna muy efectiva a la hora de ejercer cualquier criterio.

EL POR QUÉ. Pregunta clásica del periodismo. Una de las más útiles. Hay que preguntarse detenidamente, ¿Por qué me detengo en esta obra? ¿Por qué entrevisto a esta persona? De esa respuesta dependerán las estrategias subsiguientes.

El título del artículo no es un simple encabezamiento. Es la vitrina, la sustancia, la esencia y el latido del artículo. En el mundo de los titulares de prensa, suelen ser muy efectivos aquellos que inmediatamente evocan una imagen, que pueden verse.

En mis estudios sobre el tema he tomado algunos de la prensa iberoamericana y europea. Por ejemplo:

--Oh Pushkin, el pato Donald camina por Moscú (A propósito de la caída de la Unión Soviética y de la “invasión” de productos norteamericanos a ese territorio)

--El Día que a Dios le partieron las piernas (La descalificación de Diego Armando Maradona en el Mundial de Fútbol por consumo de droga)

---La mujer más triste del mundo (la crónica del paso de una enana y artista por la Cuba decimonónica)

---Mi romance con la última divina (entrevista a Alicia Alonso)

---París se derrite (la formulación de este título salva de la rutina un tema climático que se refriere a “altas temperaturas” en París, de algo más de treinta grados)

--Siete puñales en el corazón de América ( Fidel sobre la decisión de Colombia de abrir sus bases militares a Estados Unidos)

¿Por qué el título de un artículo o una entrevista ha de ser menos que el de una ópera o un filme? Resulta que nuestra ópera y nuestra cinta, es el artículo.

La apreciación de toda obra artística requiere EQUILIBRIO, en los juicios y en los términos, ni pedestres ni galácticos. Pasión es intensidad no desborde.

Un crítico, un periodista, aún cuando utilice un mínimo de códigos estéticos propios de la obra que trate, nunca puede enajenarse de los públicos ni mostrar un falsa erudición que lo incomunique.

Hay que desentrañar y atrapar las marcas esenciales de la obra, aquella sin las cuales no se podría ejercer la opinión.

El periodista cultural debe buscar que historia humana hay detrás de la obra.

Aquel que valora una pieza artística ha de procurar los rasgos estilísticos del autor y sus antecedentes; así como la corriente, la época y la cultura en que se inscriben el autor y su obra. Esa aproximación aportará elementos nada despreciables ala hora de emitir el criterio.

Ese sustrato permitirá alcanzar una densidad a la hora de valorar. (Sitúese, por ejemplo ante una pieza del cine del chino Zhang Yimou o una del cine de Francis Ford Coppola).

El detalle resulta siempre muy importante como rasgo de apoyo. No sólo singulariza la propuesta textual, sino que es fiel reflejo de la capacidad de observación y análisis, además de agregar al corpus valorativo un grado de sutileza que un lector atento no dejará de notar.

Los premios no han de ignorarse, pero no debemos obnubilarnos ante ellos. La opinión deslumbrada ante un galardón pierde la brújula.

Se puede valorar con una palabra, una línea, un párrafo o todo un ensayo. Todo depende del conocimiento, la intencionalidad y el interés.

El final ha de ser como un disparo. Su resonancia quedará, tanto si hablamos de un texto escrito como de un texto hablado. Una frase epifonemática y sintética redondeará el artículo, será "la golndrina en la cúpula de la Torre Effiel".

Sólo apuntes, repito.

EL PERIODISMO ES PARTE DEL HECHO CULTURAL

El acercamiento a una obra artística debe hacerse no desde criterios jurídicos, políticos ni económicos; sino, en primer lugar, desde criterios estéticos.

Una obra de arte puede tener más o menos contacto con la realidad (no está sustentada en el aire); pero es siempre una realidad recreada, nunca la realidad misma. Su “artisticidad” no se acrecienta o se diluye a medida que se acerque o se aleje de esa realidad reflejada, sino en los valores artísticos que encarne.

La “realidad a secas” no existe. La realidad es inabarcable y múltiple. Como un fotógrafo selecciona un encuadre y escoge una toma dentro de un paisaje, el escritor selecciona una parte de esa realidad. Así es más propio afirmar que el periodista y el artista, ambos trabajan sobre “realidades seleccionadas” o “realidades construidas”.

Parecerían obviedades estas apreciaciones, si aún no se leyeran o escucharan ejemplos como el del artículo “Aquí no estamos” sobre la última telenovela cubana en pantalla, aparecido en el periódico Granma del 21 de septiembre de 2010. // CLIC EN: http://laislaylaespina.blogspot.com/2010/09/la-experimentada-alina-rodriguez-y-la.html)

En su libro Como apreciar la música, el escritor norteamericano Aaron Copland, destaca tres niveles de apreciación: el gusto (el más primario, pero tantas veces decisivo), la expresividad (la exploración de aquellas ideas que pretende transmitir la obra) y el conocimiento técnico (el nivel más especializado y complejo). En esos caminos se desliza el periodismo cultural.

No es posible pedir a un periodista que sea especialista en todas y cada una de las manifestaciones artísticas... pero sí ha de exigírsele un conocimiento suficiente de los rasgos decisivos de la materia artística en cuestión y de las singularidades de la obra artística a tratar.

Sin esas condiciones el juicio expresado será endeble, anémico e infértil, y entonces de ninguna manera podrá hablarse de periodismo cultural, sino de su sombra.

EL HECHO CULTURAL NO ES la presentación de una obra, sino un PROCESO de CONSTRUCCIÓN CREATIVA al que se integran de manera natural, artistas, críticos y espectadores como un trinomio que se presupone una y otra vez.

El periodismo cultural se convierte no en un elemento sucedáneo o ajeno; sino en componente esencial de dicho proceso. Sin él, la obra artística queda en los elegidos que la vieron, se consume en sí misma.

El periodismo cultural es esa resonancia. Periodismo cultural es criterio.

NOTAS

(1) RIVERA, Jorge B.: El periodismo cultural. Paidós Estudios de Comunicación. Buenos Aires. 1995.

/2) TUBAU, Iván: Teoría y práctica del periodismo cultural. Editorial ATE Textos de Periodismo. Barcelona, España, 1982.

(3) Alfredo Guevara: Revolución es lucidez, Ediciones ICAIC, La Habana 1998, p. 173.

(4) Ibíd., p. 130.

(5) Ibíd., p. 168.