martes, 1 de enero de 2008

CUANDO MOZART ROMPIÓ LAS REJAS


Reinaldo Cedeño Pineda



Cuando acabé el libro Reto a la soledad lo apreté contra mí. Y estuve largo tiempo sin querer hablar.

Durante diez años, siete meses y un día, el cubano Orlando Cardoso Villavicencio estuvo tras las rejas de una prisión de Somalia; de 1978 hasta 1988.

La verdad es que no puedo ponerme en su lugar. No me cabe pensar que son diez años en prisión.

Allí le robaron su juventud, pues apenas tenía… ¡veinte años!... ¡veinte años!... al ser apresado en Etiopía, tras una emboscada donde resultó el único sobreviviente.

Cumplí allí una misión internacionalista como combatiente.

Lanta Buur, es otro nombre para la ignominia.

No sabía que fragmento del libro Reto a la soledad compartir con usted, si acaso aquel intento de suicidio con vidrio machacado, si aquel otro desespero por tomar el jabón que se escapa irrefrenable por el sumidero, tras varios meses sin tenerlo. O las cartas a su madre. O la entereza de cultivar vicarias, con sus pétalos minúsculos, en el no menos minúsculo pedazo de terreno.

Preferí los efectos de la música en su soledad.

Nunca más he podido escuchar a Wolfang Amadeus Mozart sin pensar en él.

“Cuando el delegado [de la Cruz Roja] me entregó aquella Walkman amarilla me parecía que estaba soñando. ¡No podía ser posible! ¡Por fin tendría música! […] ¿Qué pasaría cuando escuchara la música por primera vez? Tenía deseos de olvidarlo todo y ponerme inmediatamente a escuchar la reproductora […]

“De todo los casetes había uno de Mozart que francamente no me atraía en los más mínimo. ¿Para qué perdían su tiempo mandándome semejante música? Jamás había escuchado la música clásica y, aunque tenía interés de mejorar mi entendimiento intelectual, no era la prisión el lugar más adecuado para introducirme en ese mundo tan complejo”. […]

“Como desconocía el contenido de los casetes escogí uno al azar: Albano y Romina Power. No sabía quienes eran […]

“No pude escoger nada mejor. Francamente no sé lo que me pasó. Me puse los audífonos y encendí la reproductora […] Invadido por una fuerza invisible mi cuerpo flotó en mundos increíbles de prohibidos goces que borraron de mi existencia todo contacto con la realidad. Desparecí de Lanta Buur, de mi sufrimiento, de la soledad. La música borró de mi mente todos los males […] El contacto auditivo con el mundo social que se me negaba abrió mi entendimiento a la verdadera envergadura de la situación por la que estaba pasando, Me sentí despreciado, marginado […]

“Al mes había escuchado repetidas veces todos los casetes menos el de Mozart. Me resistí a escuchar una música alejada a mí […] Un día, aburrido de escuchar constantemente lo mismo, decidí probar suerte con Mozart. Con probar no perdía nada. […]

“Mozart no me enseñó nada la primera vez […] la música clásica no se había hecho para mí […]

“Un día decidí probar nuevamente con Mozart. […] Esta vez escuché la mitad del casete. No me atrevo a decir que me haya gustado, y no me pareció que valiera la pena escuchar la otra cara; pero hubo algo que me dejó con cierta inquietud. Después de todo pensé, no era del todo malo […] Aquel fue mi veredicto. Sin embargo pocos días después, guiado por la intriga, decidí escucharlo de nuevo.

“Esta tercera ocasión escuché el casete completo y fue más que suficiente. ¡Por fin había logrado disfrutarlo! […] Había que dejarse llevar. Era como leer una gran novela, sólo que en este caso la música me transportaba ensimismado a hermetismo de sabia iluminación. Me asusté, Era algo que nunca había experimentado. Escuché de nuevo el casete, y lo estuve repitiendo tantas veces como lo pidiera mi bienestar. Pronto Mozart se convirtió en mi favorito […]

“Pocas cosas influyeron en mi conducta como Mozart. Llegó a ser un patrón a seguir. Si luego logré introducirme en los mundos de otros famosos compositores fue gracias a él, y, más importante aún, me servía como un ejemplo del hombre que a pesar de su pobreza y las desgracias de una vida incomprensiva logró imponer a su arte la alegría y el vigor que hacen de su música un modelo de optimismo. […]

“Todos los días a una hora específica, podía escuchar el casete mientras que mi madre, en Cuba, podía hacer lo mismo. Sin dudas que se podía crear el contacto espiritual a través de un puente de amor. Así se lo comuniqué y seleccioné la hora ideal: las cinco de la tarde. […] Esta de más decir que debía existir un diálogo, y nada mejor para eso que el concierto de arpa y flauta, una de las composiciones más bellas de la música clásica.

“Desconozco la verdadera motivación del compositor al escribir aquel concierto; lo cierto es que parecía hecho para mí y mi madre expresamente. Yo era la flauta, triste, que acolchonada en dantesco entorno atravesaba la distancia para aferrarse lloroso al cuello de mi madre; mientras que esta, bajo la maestría inigualable del arpa, desgarraba de las cuerdas infinitos tentáculos desesperados asidos a mi esperanza. […]

“Llegué a depender tanto de Mozart que una ocasión, en lugar de ayudarme, terminó por lanzarme a un precipicio de peligrosas consecuencias. Pero esa fue una excepción. Siempre que me sentía triste y abatido recurría a su música y terminaba en alegría lo que comenzaba como un lamento de angustia […] Durante los próximos dos años se me envió mucha música clásica de muy buena calidad que disfrutaba infinitamente, pero jamás he podido sentir tanta pasión y tanta comprensión por una música como con la de Mozart”.


(Todos los fragmentos ha sido tomados de las páginas 236-240 del libro Reto a la soledad, Ediciones Verde Olivo, Ciudad de La Habana, 2003).