viernes, 11 de enero de 2008

Cultura e identidad cubana (V) ¡QUE REPÚBLICA ERA AQUELLA!

(El Bobo de Eduardo Abela)

Reinaldo Cedeño Pineda

Hemos llegado ya a la primera mitad del siglo veinte en Cuba.

Avanzamos así en nuestro recorrido por la formación de la cultura y la identidad cubana.

El advenimiento de la República (1902), significará un cambio trascendental en la vida cubana, que deja atrás siglos de coloniaje hispano.

Su trascendencia no podrá negarse ni minimizarse, aún cuando anduvo “mediatizada”.

La ignominiosa Enmienda Platt fue impuesta por los Estados Unidos a la Constitución Cubana, con las cañoneras al doblar. Y con ella, se aseguraron “legalmente” intervenciones futuras, el comercio leonino y el arrendamiento de territorios “hasta que lo necesitaren”.

Una de las huellas visibles aún, es la Base Naval de Guantánamo, territorio tomado en 1903 por las fuerzas yanquis

Incluso, se pretendió menoscabar la soberanía nacional sobre la Isla de Pinos (hoy Isla de la Juventud), que una campaña sostenida por muchas voces, la salvó de la mordida yanqui.

VER ( http://laislaylaespina.blogspot.com/2007/11/cerca-de-guantnamo-bay.html)

Cuba permanecerá medio siglo bajo la órbita norteamericana. La corrupción fue la marca de los sucesivos gobiernos y una economía dependiente del Norte y del azúcar… pero la búsqueda de la independencia nunca cesó.

La apertura del siglo veinte, la retrata el poeta Bonifacio Byrne (1861-1936):

Al volver de distante ribera
con el alma enlutada y sombría,
afanoso busqué mi bandera
¡y otra he visto además de la mía!
………………………………….

Si deshecha en menudos pedazos
Llega a ser mi bandera algún día
¡nuestros muertos, alzando los brazos,
la sabrán defender, todavía!

(“Mi bandera”)

Esa república aguijoneó las conciencias e hizo aflorar el mensaje de la vanguardia, que dejó un intenso legado desde el pensamiento y el arte.

LAS VANGUARDIAS ARTÍSTICAS

Aunque sea desde la literatura ficcional, el trasfondo carcomido de los primeros años de la República se respira en Miguel de Carrión con Las honradas (1917) y Las impuras (1919), y sobre todo en Carlos Loveira con Generales y Doctores (1920).

La cuentística de un planteamiento estético notable se inicia con Jesús Castellanos (Cuentos de Tierra adentro, 1906), y contará con Enrique Serpa (Aletas de tiburón), Enrique Labrador Ruiz y Carlos Montenegro. Este último con su célebre novela Hombres sin mujer, cada vez más revalorada. Alfonso Hernández Catá legará una abundante obra, con algunos títulos modélicos (Don Cayetano El Informal).

Onelio Jorge Cardoso con El Cuentero, ya avanzado el siglo (1958), se convertirá en el punto más alto del cuento cubano. Y su personaje Juan Candela "de pico fino para contar", en todo un símbolo.

Alejo Carpentier (Premio Cervantes de Literatura, 1977) es el novelista más importante del período. Se inicia con !Ecue-Yamba-O! (1933)... y con El reino de este mundo (1949), sobre los mitos y la historia haitiana, aporta una de las más brillante teorías literarias de América: Lo real maravilloso.

Y es que la realidad americana, es en sí misma maravillosa y barroca; anda tantas veces al borde de lo increíble, con hechos legendarios emanados de su historia o su naturaleza.

Tal es la historia de Makandal, el rebelde hechicero que se transforma en pájaro, o las fortalezas y palacios de la Ciudadela La Férrière y Sans Souci, montaña sobre montaña, que han empleado sangre en su argamasa.
No hay que olvidar que la radio, inaugurada en 1922, se inscribió en el corazón de los cubanos (sigue aún) fue protagonista de algunos de los sucesos culturales más importantes del período.

En primerísimo lugar hay que ubicar a Félix Benjamín Caignet Salomón (Félix B. Caignet 1892-1976) a quien se le ha intentado rebajar su grandeza como precursor radial, poeta y músico (El ratoncito Miguel, Frutas del Caney, Te odio, Carabalí).

Caignet logró mantener en suspenso a toda Cuba con su célebre radionovela El derecho de nacer, estrenada el 1 de abril de 1948, transmitida por el circuito CMQ durante 314 capítulos, lo que equivalió a un año y diecisiete días.

Esa obra marcó el nacimiento de la radionovela (y luego de la telenovela) en Latinoamérica, que a la larga se convertirá en uno de sus productos emblemáticos.

Por su parte, en la iconografía cubana, la pincelada profunda de Carlos Enríquez, denuncia el abandono rural con el irónico título de su óleo Campesinos Felices.

La vanguardia de las artes plásticas reacciona contra los cánones cerrados de la Academia y la discriminación de los salones oficiales.

Eso, sin dejar de señalar que La Academia de Bellas Artes de San Alejandro, es toda una historia en la cultura cubana. Se había fundado el 11 de enero de 1818, y es precisamente en el período republicano que alcanzará un verdadero auge.

Obras que son ya patrimonio de la nación, se crearán en este período.

Como botón de muestra, valga citar: La gitana tropical –nuestra Gioconda– de Víctor Manuel (1897-1960), El rapto de las mulatas de Carlos Enríquez (1900-1957) y su nueva técnica de la transparencia, así como los coloridos vitrales y las naturalezas muertas de Amelia Peláez (1896-1968).

Wifredo Lam (1919-1982) será el más universal de nuestros pintores (una larga residencia en París) y es el autor de clásicos como La Jungla (1942-1943), considerado todo un manifiesto plástico.

Fidelio Ponce de León (1895-1949) será un caso singular.

Muy pobre, tendrá que afiliarse a los colores pálidos (el blanco) más por necesidad que por manierismo. Firmó algunas de sus obras menores con las siglas PLC, lo que quería decir “Por la comida”. Dejará pinturas conmovedoras como Las Beatas y Tuberculosis. Muere tísico.

Por su parte, la caricatura política vivirá un momento de esplendor durante La República. Pudiera decirse que esta funcionó a manera de “caldo de cultivo”.

El primer cuarto de siglo está marcado por el personaje Liborio de Ricardo de la Torriente, pionero de la sátira política, cuyas caricaturas se publicaban en “La Política Cómica”.

Liborio era un guajiro ataviado con guayabera y machete a la cintura, desgarbado y narizón, el “buenazo” que reflejó los vaivenes de la política.

Se convirtió en símbolo del pueblo, siempre relegado y escamoteado.

Aunque el semanario “La Política Cómica” deja de salir (1931), otros retomaran en años sucesivos a Liborio, una imagen que ha llegado a nuestros días.

El Bobo de Eduardo Abela (surgido en 1926 en la revista La Semana), tenía una cara mofletuda –casi una cara de culo–; pero sólo se hacía el bobo.

Los trazos de su noble anatomía, y los códigos de su autor, lograron sortear todas las censuras. Sólo había que mirarlo con atención.

La caricatura republicana cerró sus últimos años con El Loquito de René de la Nuez, “con su sombrero de papel periódico y sus ojos extraviados”. Fue el látigo popular sobre los desmanes del régimen de Batista.

En las tablas –particularmente en el teatro Alhambra–, se confirman “los personajes tipos” de nuestro teatro vernáculo: el negrito, el gallego y la mulata. Habrá críticas veladas primero, subidas de tono luego, siempre desde el choteo criollo.

Desde la poesía –herida tras la muerte de Julián del Casal y José Martí– vendrán los aires de renovación, primero con Arabescos mentales (1913) de Regino Boti (que alcanzará su plenitud en El mar y la montaña, 1921).

El trío se completará con José Manuel Poveda y Agustín Acosta. La frustración punza:

Y mañana, como un asno de noria,
el retorno canalla y sombrío,
doblar la cabeza y escribir:
Al juzgado
con los ojos aún llenos de lumbres
sobre un mar amatista encantados.

(“La Noria”, Regino E. Boti. Libro El mar y la montaña, 1921)

La antología La poesía moderna en Cuba, 1882-1925 (preparada por Félix Lizaso- José Antonio Fernández de Castro) es uno de los hitos del período.

El Grupo Minorista (1923) hizo una “necesaria labor de depuración y de reforma tanto literaria y artística como política y social”[1], tras la Protesta de los Trece que encaró la escandalosa venta del Convento de Santa Clara, ejemplo de la corrupción del gobierno de Alfredo Zayas.

La revista Social (1916-1938), de la cual era jefe de redacción Emilio Roig de Leuchsenring, se hizo eco de sus actividades.

En sus páginas aparecieron figuras de la talla de Rubén Martínez Villena (líder de aquel grupo), Juan Marinello, Regino Pedroso, Alejo Carpentier, Mariano Brull, Jorge Mañach, Eduardo Abela, Enrique Serpa, Max Henríquez Ureña y otros.

Hace falta una carga para matar bribones
para acabar las obras de las revoluciones

para vengar los muertos, que padecen ultraje;
para limpiar la costra tenaz del coloniaje;

para poder un día, con prestigio y razón
extirpar el Apéndice de la Constitución
………………………………………….
para que la República se mantenga de sí
para cumplir el sueño dorado de Martí;
……………………………………………..
para que nuestros hijos no mendinguen de hinojos
la patria que los padres nos ganaron de pie
…………………………………………….
Yo tiro de mi alma, cual si fuera una espada
y juro, de rodillas, ante la Madre América

(“Mensaje Lírico Civil”, Rubén Martínez Villena, 1923)

Esa carga, tendrá que esperar mucho, Rubén.

La poesía cubana, desde los años treinta se abrirá a una línea múltiple y más contemporánea.

Citemos aquí, en apretado haz, títulos representativos de la primera mitad del siglo veinte:

Liberación de Juan Marinello (1927) el hermético Lezama Lima con Enemigo Rumor (1937) y el comprometimiento social de Regino Pedroso con Nosotros (1933).

Dejadlos con sus dólares, con sus billetes y su Wall Street.
Ahora somos los tristes de las ciudades y los campos.
Dejadlos con sus dioses y con su lujo:
sus dioses fueron siempre sordos a nuestras quejas,
y su lujo es prestado:
están vestidos con nuestra miseria
………………………………….
Y lo nuestro es la inmensa fragua del sol,
y el canto del martillo
y el gran tapiz del mar bordado de peces,
la fuerza múltiple del taller y la fábrica,
el gesto rebelde, la esperanza
y el músculo.

(“Y lo nuestro es la Tierra”; Regino Pedroso… Libro Nosotros, 1933).

Guillén, en particular con sus poemas mulatos (Sóngoro Cosongo (1931), reivindica el tronco negro y mestizo de la cultura cubana; y su inspiración toma referentes populares (Motivos de Son, (1930).

Esta es la canción del bongó:
–Aquí el que más fino sea
responde si llamo yo.
……………………………………
En esta tierra, mulata
de africano y español
(Santa Bárbara de un lado,
del otro lado, Changó),
siempre falta algún abuelo
cuando no sobra algún Don

(“La canción del bongó”, Sóngoro Cosongo, Nicolás Guillén, 1931)

Su poesía se extiende también sobre el tema social West Indies, LTD (1934) y
Cantos para soldados y sones para turistas, (1937), e incluso El son entero (1947)

Mi patria es dulce por fuera,
y muy amarga por dentro;
………………………….
El hombre de tierra adentro
está en un hoyo metido,
muerto sin haber nacido,
el hombre de tierra adentro.
Y el hombre de la ciudad,
ay, Cuba, es un pordiosero:
anda hambriento y sin dinero,
pidiendo por caridad,
aunque se ponga sombrero
y baile en sociedad.

(“Mi patria es dulce por fuera”, El son entero, Nicolás Guillén, 1947)

No podrán dejar de mencionarse, los poemarios intimistas Sabor Eterno (1939) de Emilio Ballagas y la muy singular Dulce María Loynaz, quien merecerá en su ancianidad, el Premio Cervantes de Literatura (1991)

La Loynaz publica en Cuba su primer poemario Versos de 1938; y luego es España quien le tiende su cobija editora y aparecen, entre otros, Juegos de agua (1947) y su novela lírica Jardín (1951).

(VER Cartas a Saturno en http://www.inisoc.org/cedeno1.htm )

Eliseo Diego con En la calzada de Jesús del Monte (1949), y José Zacarías Tallet con el sólido poemario La semilla estéril (1951).

Frustración e intimismo, negrismo y poesía social… tal es el muestrario de la lírica de la Isla durante la República.

Una Huelga General hace caer la sangrienta dictadura de Gerardo Machado (1925-1933), “El Asno con garras”, tal como le bautizara Villena. El pueblo se lanza a las calles a festejar.

El tirano había extendido sus garras, incluso fuera de la Isla hasta alcanzar en México a Julio Antonio Mella, fundador del primer Partido Comunista de Cuba (1925).

“Muero por la Revolución”, recogerá Tina Modotti, en el grito postrero del cubano.

Aunque la revolución del treinta “se fue a Bolina” –como diría Raúl Roa–, la presión popular nunca dejó las calles; al contrario, aumentó su organización.

De esa época son Realengo 18, La última sonrisa de Rafael Trejo, Presidio Modelo y La isla de los quinientos asesinatos, obras de Pablo de la Torriente Brau, caído en Majadahonda, España, en 1936, como combatiente internacionalista.

DE CHOTEOS Y AJIACOS

En la definición de nuestra cubanía, de nuestro ser distinto, dos nombres marcaron el pensamiento: Jorge Mañach y su antológico ensayo Indagación del choteo (1928, retocado años después) y la labor investigativa de Don Fernando Ortiz.

Mañach publicó en la revista de Avance la citada conferencia sobre el choteo, que se ha convertido en un clásico a la hora de hablar sobre la identidad cubana.

Los años han pasado también para Indagación del choteo, pero lo medular aún es atendible, desde la arista de la discrepancia o la aquiescencia:

“El cubano medio posee una notoria vis cómica, como todos los pueblos de rápida actividad mental. […]

“Es cierto, pues, que el choteo ataca o esquiva por medio de la burla lo demasiado serio, si por tal se entiende lo que el choteador estima demasiado autorizado o ejemplar. […]

“El otro rasgo cardinal de nuestro carácter es la independencia. No una independencia del tipo zahareño, y bravío, sino del plácido y evasivo. […]
El cubano generalmente se contenta con que no lo molesten. […]

“Somos […] más sensibles a la violación del fuero privado que a la del público, y no nos decidimos a la protesta sino cuando el exceso de dominio coarta la personal independencia.
”Esta independencia se defiende contra toda forma de relación que le imponga un límite, un miramiento. De aquí que el cubano tienda por instinto a abolir toda jerarquía y a situar todas las cosas y valores en un mismo plano de confianza. Así se origina la comentadísima familiaridad criolla, que es, tal vez, el rasgo más ostensible y acusado de nuestro carácter.

“Cuando venimos a Cuba del extranjero […] nos sorprende en el mismo muelle cierta atmósfera de desprendimiento y de compadrazgo estentóreo que parece ser el clima social de Cuba […]Unas horas más de inmersión en el medio tropical nos convencen de que hemos llegado a una tierra totalmente desprovista de gravedad, de etiqueta y de distancias. Por ninguna parte se advierte en las gentes aquella circunspección, aquel recato, aquella egoísta absorción en el propio negocio que hacen del espectáculo nórdico y del europeo en general una sinfonía en gris mayor. Todo en Cuba tiene la risa de su luz, la ligereza de sus ropas, la franqueza de sus hogares abiertos a la curiosidad transeúnte. Ningún indicio de sobriedad ni de jerarquía nos impresiona. Se observa, al contrario, por doquier, un despilfarro de energías, de hacienda, de confianza. Las gentes hablan en voz alta […] el automóvil ha perdido la seriedad metódica del taxímetro, pero se ha convertido en un vehículo popular, desde cuyo pescante nos dirige el chauffeur las más obsequiosas confidencias. […]”
[2]

Siempre es difícil –muy difícil– hallar una mirada equilibrada sobre nosotros mismos.
Para Mañach, la vis cómica, la independencia –aunque deslice aquí consideraciones individualistas y hasta indolentes, que constituyen juicios muy personales– y la familiaridad, son características que definen nuestra identidad.

Asimismo, ve a un pueblo sin circunspección, enemigo del empaque antipático y la sobriedad, cargado de energía, comunicativo.

Por su parte, Fernando Ortiz (1881-1969), apodado "El Tercer Descubridor de Cuba", deja una obra monumental como científico social, como etnólogo.

En su obra Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940) aporta a la antropología y sociología contemporáneas el concepto transculturación.

“La importancia del concepto radica en que permite desbordar otras nociones acuñadas por las Ciencias Sociales, como el de aculturación, que permitió captar el proceso de desplazamiento de una cultura a otra, donde una de éstas se imponía sobre la otra en sus prácticas y comportamientos, logrando desplazar gran parte de sus imaginarios culturales, hasta el punto de neutralizarla.[3]

“Lo transcultural implica la ampliación y reconocimiento de diversos elementos que entran en dinámica, de tal forma que su importancia está en reconocer que la cultura como tal no es uniforme en sí, sino que es complementaria y fragmentaria, nutriéndose del cruce de procesos que confluyen entre sí; integrando un conjunto pero manteniendo diferencias y posiciones diversas; no es lo homogéneo lo que interesa, sino lo heterogéneo”[4]
Esas transculturaciones sucesivas fueron definiendo la mixtura cultural y nacional cubana, hasta que el propio Ortiz halló un símil lapidario para definir a Cuba: un ajiaco, plato típico donde se cocinan viandas, vegetales y carnes. Es la mezcla la que otorga el sabor definitivo.

“Cuba es un ajiaco, ante todo, una cazuela abierta. Eso es Cuba, la isla, la olla puesta al fuego de los trópicos […] cazuela singular la de nuestra tierra, que ha de ser de barro, muy abierta […]”

La cubanía es una forja constante, por eso tal ajiaco es “no un guiso hecho sino una constante cocedura.”

La cultura cubana –en momentos de tantos conflictos inter étnicos, religiosos y de nacionalidades– es un ejemplo de convivencia de lo diverso.

Fernando Ortiz apunta que: “No basta para la cubanidad integral tener en Cuba la cuna, la nación, la vida y el porte, aún falta tener la conciencia […] de ser cubano y la voluntad de quererlo ser […] La cubanidad es cubanidad plena, sentida, consciente y deseada […]”

LOS CUARENTA

A finales de los años treinta, el movimiento obrero y social en diversos gremios alcanzó la unidad con la fundación en 1939 de la Confederación Obrera de Cuba (CTC). Un año antes había sido legalizado el Partido Comunista y en ese mismo período, se había ratificado la autonomía universitaria y se logra una amnistía de los presos políticos.

¿Qué había pasado?

Además de lo mencionado, una serie de factores internacionales presionaron sobre tales aperturas democráticas: la Guerra Civil Española (1936-1939) con participación cubana, la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y la consecuente creación de frentes únicos antifascistas, así como la nacionalización del petróleo en México (1938) por Lázaro Cárdenas, que motivó amplias simpatías.

El cambio del embajador yanqui, Caffery, aliado incondicional de Batista, también influyó en las decisiones.

Todo lleva a la formación de una Asamblea Constituyente, con representación de diversos sectores y la proclamación de la Constitución del Cuarenta. Fulgencio Batista está en el poder.

La nueva Carta Magna (proclamada el 5 de julio de 1940) es un hito en la historia de Cuba, la consagración de aspiraciones y derechos por los que se había luchado durante muchos años.

Entre otros, se establecía la igualdad jurídica de personas de todas las razas, la protección judicial de la propiedad y los trabajadores (incluida pensiones, vacaciones retribuidas, maternidad y derecho a huelga) y el reconocimiento del derecho del país sobre sus islas y cayos adyacentes, que frustró las maniobras yanquis sobre la Isla de Pinos.

Luego sobrevendrá el período de los gobiernos auténticos (Ramón Grau, 1944-1948 y Carlos Prío, 1948 interrumpido por el Golpe de Estado de Fulgencio Batista en 1952)

Justo en esa etapa (1948) se crea el Ballet Alicia Alonso, luego Ballet Nacional de Cuba. Alicia y Fernando Alonso –junto a un reducido grupo de bailarines– se dan a la tarea de ganar un público para sus presentaciones, de lo que a la larga se convertirá en uno de los grandes aportes cubanos al arte: la Escuela Cubana de Ballet.

(VER http://laislaylaespina.blogspot.com/2007/12/alicia-alonso-una-leyenda-universal-de.html )

En 1956, se suprime la ayuda oficial a la compañía, y eso motivará el acto de desagravio de la FEU. Alicia Alonso bailará La muerte del cisne, y partirá hacia los Estados Unidos.

En el campo de la literatura, destaca la revista Orígenes (1944-1956) que trazó nuevos derroteros en las letras cubanas, en otra senda, la del “hermetismo y evasión como forma de expresar su repudio al medio social en que se hallaban inmersos”[5].

Vale recordar las plumas de los origenistas: Angel Gaztelu, Virgilio Piñera, Eliseo Diego, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Octavio Smith… que han marcado con su búsqueda y excelencia, la cultura de la Mayor de las Antillas.

La antología Lo cubano en la poesía (Cintio Vitier, 1958) resultará un poste de luz, una referencia insustituible en la lírica de la República.

Voy a nombrar las cosas, los sonoros
altos que ven el festejar del viento
los portales profundos, las mamparas
cerradas a la sombra y el silencio.

Y el interior sagrado, la penumbra
que surcan los oficios polvorientos
la madera del hombre, la nocturna
madera de mi cuerpo cuando duermo

(“Voy a nombrar las cosas”. Libro En la calzada de Jesús del Monte, 1949)

En el orden musical, Cuba se convierte durante esa primera mitad del siglo XX –con mayor repunte en los años cuarenta y cincuenta– en un gran trapiche sonoro. Los ritmos y las agrupaciones populares surgen y se expanden.

Es la época en que surgen, oiga usted:

El manisero de Moisés Simons, María Cristina y Cuidadito Compay Gallo de Ñico Saquito, Lágrimas negras de Matamoros, La vida es un sueño de Arsenio Rodríguez, Mamá Inés (Eliseo Grenet), El Platanal de Bartolo (Electo Rosell,Chepín) y Quiéreme mucho de Gonzalo Roig.

También, Échale salsita y Suavecito de Ignacio Piñeiro, bolerazos como Contigo en la distancia de César Portillo de la Luz, Dos gardenias de Isolina Carrillo, Tú me acostumbraste (Frank Domínguez) y La gloria eres tú (José Antonio Méndez).

Y claro, La Guantanamera, popularizada por Joseíto Fernández.

(VER: La guantanamera en la tierra del diablo http://laislaylaespina.blogspot.com/2007/12/la-guantanamera-en-la-tierra-del-diablo.html)

La voz de Benny Moré y el estilo del Trío Matamoros matizan una época de baile, bolero y filing. Bola de Nieve y Rita Montaner reciben aplausos en los escenarios más prestigiosos.

La Sonora Matancera con una joven Celia Cruz pone a bailar a todos.

El azúcar melódica cubana tenía muchos nombres: la orquesta Aragón, Las D Aida (con Omara Portuondo y Elena Burke de líderes), Pío Leyva, Olga Guillot, Conjunto Casino, Orquesta América, Ernesto Duharte, Roberto Faz, Rolo Martínez, la Riverside, Casino de la Playa, el Conjunto Saratoga y Bebo Valdés, entre otros.

Y ritmos como el chacha chá de Enrique Jorrín y el mambo de Dámaso Pérez Prado, dan la vuelta al mundo.

En la línea clásica, se crean las tres grandes obras símbolos de esa vertiente en la historia musical de la Isla: las zarzuelas cubanas Cecilia Valdés de Gonzalo Roig, Amalia Batista de Rodrigo Prats y María LaO del maestro Ernesto Lecuona.

El maestro Lecuona organiza varias agrupaciones con las que gira por Europa, América Latina y Estados Unidos (la intérprete Esther Borja entre ellos), con temas de su autoría como la canción Siboney y la danza para piano La comparsa.

Todos, orgullosamente cubanos; pero no todo era música…

El sindicalismo vendido a los patrones (la CTK y Eusebio Mujal), hizo mellas en el movimiento obrero, mientras se desató un pandillerismo de corte gansteril que buscaba imponer el miedo.

La sociedad se conmueve con la muerte del líder azucarero Jesús Menéndez (22 de enero de 1948) que había arrancado a la oligarquía el “diferencial azucarero”, una mejora económica para ese empobrecido y nutrido sector.

La esperanza llegó con Eduardo Chibás y el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo). Su consigna fue “Vergüenza contra dinero”.

El símbolo del Partido era una escoba, la misma que barrería los males del país… tras años de politiquería y ansias postergadas por los gobiernos auténticos.

Sin embargo, el suicidio de Chibás (1951) a sólo unos meses de las anheladas elecciones, fue el aldabonazo que descolocó el anhelo de las mayorías.

El gorilazo (10 de marzo de 1952) del ex sargento taquígrafo Fulgencio Batista – en una etapa feroz, muy distinta a la anterior–, acabó por borrar las ansias de mejoría en un futuro democrático, y polarizó definitivamente a la sociedad cubana.

YA ESTAMOS EN COMBATE

El 26 de julio de 1953, un grupo liderado por Fidel Castro, preparado y organizado, ataca la segunda fortaleza del país, el Cuartel Moncada.

Era el año del centenario del natalicio de José Martí, y los jóvenes no podían “dejar morir al Maestro” en esa conmemoración.

Aquel grupo será conocido como La Generación del Centenario. Y tendrá su poeta, Raúl Gómez García, que sintetiza el sustrato histórico y la continuación de la lucha cubana por la independencia:

Ya estamos en combate
Por defender la idea de todos los que han muerto
Para arrojar a los malos del histórico Templo
Por el heroico gesto de Maceo
Por la dulce memoria de Martí
……………………………….
En nombre de las madres y los hijos de nuestra tierra / heroica
En nombre del honor y le decoro que construyó su / historia
Por la estrofa magnífica del himno
“¡Que morir por la patria es vivir!”

(“Ya estamos en combate”, Raúl Gómez García)

El factor sorpresa falla y sobrevendrá un revés militar. Muchos son asesinados, mas el país está en vilo.

Fidel asume su autodefensa y el alegato pasará a la historia como La historia me absolverá. En él presenta sus consideraciones sobre el pueblo de Cuba:

“Nosotros llamamos pueblo si de lucha se trata, a los 600 mil cubanos que están sin trabajo deseando ganarse el pan honradamente sin tener que emigrar de su patria en busca de sustento; a los 500 mil obreros del campo que habitan en los bohíos miserables, que trabajan 4 meses al año y pasan hambre el resto […] a los 400 mil obreros industriales y braceros cuyos retiros, todos, están desfalcados […] a los 30 mil maestros y profesores tan abnegados […] y que tan mal se les paga […] a los 10 mil profesionales jóvenes: médicos, ingenieros, abogados, veterinarios, pedagogos, dentistas, farmacéuticos, periodistas, pintores, escultores, etc., que salen de las aulas con sus títulos deseosos […] para encontrarse en un callejón sin salida […] ¡Ese es el pueblo, el que sufre todas las desdichas y es por tanto capaz de pelear con todo el coraje!”[6]

Como se sabe, los asaltantes al Moncada (los sobrevivientes de las acciones y las persecuciones siguientes) serán amnistiados por una fuerte presión popular (saldrán del "Presidio Modelo" el 15 de mayo de 1955).
Luego, en el exilio mexicano, nuclearán nuevas fuerzas. Al borde del yate Granma llegarán a las costas cubanas, el 2 de diciembre de 1956... para reiniciar la lucha.

Traen una consigna: Seremos libres o mártires.

Las montañas de Oriente serán el escenario posterior; aunque otras fuerzas intentan en La Habana, forzar al cambio, finiquitar al dictador.

El 13 de marzo de 1957, se produce el estoico Asalto al Palacio Presidencial y la toma de Radio Reloj por el Directorio Revolucionario.

Batista escapa por una puerta secreta.

Conmueve la voz de José Antonio Echeverría Bianchi (apodado “Manzanita”), presidente de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), durante su alocución en Radio Reloj. Otra vez la radio en el centro de la nación.

Creía que la acción había tenido éxito, y proclama:

“Pueblo de Cuba, en estos momentos acaba de ser ajusticiado revolucionariamente el tirano Fulgencio Batista. En su propia madriguera del Palacio Presidencial el pueblo de Cuba ha ido a ajustarle cuenta, y somos nosotros, el Directorio Revolucionario, los que en nombre de la Revolución cubana hemos dado el tiro de gracia a este régimen de oprobio. Cubanos que me escuchan, acaba de ser eliminado…”

Ahí se interrumpe la transmisión por razones técnicas...
Serán masacrados.

El 26 de julio y el 13 de marzo resultaron intentos fallidos sólo desde el punto de vista militar, PERO demostraron que el país estaba dispuesto a sacudirse la opresión.

Cuba vivirá en los años finales de la década del cincuenta, un conflicto con un nefasto saldo de muertos.

El primero de enero de 1959, los “barbudos” de la Sierra Maestra (el Ejército Rebelde con Fidel Castro al frente) obtienen el triunfo contra la ofensiva de “los casquitos” (El Ejército regular del régimen).

Fulgencio Batista abandona el país…


Nos queda el último capítulo de nuestro recorrido (por ahora), porque la identidad y la cultura cubana es una forja perpetua.

Tal será el tema de la sexta y última parte de esta serie.

PARA VER PARTES ANTERIORES de la serie "Cultura e identidad cubana":

1. Indios, negros y criollos (http://laislaylaespina.blogspot.com/2007/12/cultura-e-identidad-cubana-de-hatuey-al.html)

2. Reformistas, maestros y filósofos (http://laislaylaespina.blogspot.com/2007/12/cultura-e-identidad-cubana-ii.html )

3. Félix Varela: el precursor (http://laislaylaespina.blogspot.com/2007/12/cultura-e-identidad-cubana-iii-flix.html)

4. La Independencia o El Camino de la libertad (http://laislaylaespina.blogspot.com/2007/12/cultura-e-identidad-iv-la-independencia.html)


Notas

[1] Grupo Minorista: Diccionario de la literatura Cubana, Tomo I, Instituto de Literatura y Lingüística, Editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana, 1980, p.
[2] La selección corresponde a varias páginas de Jorge Mañach: Indagación del choteo, Editorial Libro Cubano, La Habana, 1955, 3 edición.
[3] Alex Tamara Garay: “Tabaco y Azúcar, símbolos y mediaciones en el pensamiento de Fernando Ortiz”, en La casa de Asterión, revista trimestral de estudios literarios, Volumen VII, N. 25, abril.mayo.junio, 2006, Universidda del Atlántico, Barranquilla, Colombia, en http://casadeasterion.homestead.com/v7n25contra.html
[4] Ibid. .
[5] Diccionario de la literatura Cubana, Tomo I, Instituto de Literatura y Lingüística, Editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana, 1980, p. 804.
[6] Fidel Castro: "La historia me absolverá", en 7 documentos de nuestra historia, Ediciones Políticas [s.f.]