lunes, 24 de diciembre de 2007

CULTURA E IDENTIDAD CUBANA (III): Félix Varela, el precursor




Reinaldo Cedeño Pineda

Se aprieta el alma cubana cuando uno se asoma a la vida de Félix Varela y Morales (1788-1853), el primer intelectual cubano que señaló el camino de la independencia

Murió en el exilio, en la Florida, en su celda monacal y sin pertenencias. Las pocas que tenía, las había dado todas a los necesitados.

En la biografía de Varela escrita por monseñor Carlos Manuel de Céspedes, emergen su sacrificio y su fe, como una semilla echada al futuro.

Fue honrado hasta el final, y severo. De esa savia está hecha la senda de la independencia.

Hay algo en sus imágenes que ha sobrepasado los siglos, como una advertencia, un signo. Se le ve apretado a sus pequeños espejuelos. El alma se le escapa por la mirada. La energía se le adivina por encima del atuendo de sacerdote, que le cuelga de un cuerpo, sostenido más por el espíritu que por el alimento.

¿De dónde sacó este hombre toda nobleza, esa energía, ese heroísmo que le hace enfrentarse a España, desde las cuchilladas del exilio?

Hijo de un militar español, desde los seis hasta los catorce años, vivió en San Agustín de la Florida, hoy Estados Unidos y en ese momento territorio español.

Varela tomó los hábitos en 1806 y se ordenó sacerdote un lustro después, la misma fecha en que se acredita por oposición las cátedras de Latinidad y Retórica, y la de Filosofía en el Seminario de San Carlos. Luego, por breve tiempo podrá desempeñar la Cátedra de Constitución.

No hay que olvidar en sus inicios, su poca edad y que pudo desempeñar su magisterio gracias a una dispensa del obispo Espada, gran benefactor de la sociedad de su época.

Llegó más lejos que ninguno en la reforma de la enseñanza, incluido José Agustín Caballero. Dominaba el latín a la perfección, pero decidió escribir e impartir sus clases en español.

Fue el primero que inició los estudios de física experimental (con instrumentos) en suelo cubano, como demuestra su Miscelánea Filosófica.

Dicen que se agolpaban los seminaristas para escuchar su prédica.

En 1820 se restablece en España la constitución de 1812 y como diputado a las Cortes Españolas, abogó por un gobierno económico y político para las provincias de ultramar, elaboró un proyecto para que se reconociese la independencia de Hispanoamérica. Asimismo escribió una memoria contra la esclavitud.

Al reasumir el poder en España Fernando VII, el absolutismo se cierne sobre todas las ideas liberales y Varela es condenado a muerte. Llega a los Estados Unidos el diecisiete de diciembre de 1823 y nunca más volverá a Cuba.

En los Estados Unidos desarrolla una labor política sin precedentes y publica el primer periódico revolucionario cubano: El Habanero (Filadelfia 1824-1825; Nueva York 1825-1826), que entraba a Cuba clandestinamente.

Su influencia fue tal que las autoridades españolas emitieron “una Real Orden que prohibía su introducción y circulación en la Península, e islas adyacentes”.[i]

Allí publicó uno de sus más célebres artículos, Tranquilidad de la Isla de Cuba:

“Lo que más debe desearse en la Isla de Cuba sea cual fuere su situación, es que los hombres de provecho, los verdaderos patriotas se persuadan que ahora más que nunca están en la estrecha obligación de ser útiles a su patria […] con el desinterés de un hombre honrado, pero con toda la energía y firmeza de un patriota. […]

Hasta ahora el pecado político casi universal en aquella Isla, ha sido la indiferencia, todos han creído que con pensar en sus intereses y familia han hecho cuanto deben, sin acordarse de que estos mismos objetos de su aprecio siguen la suerte de la Patria, que será lamentable si no toman parte en ella los hombres que pueden mejorarla, y aún hacerla feliz.

¿Pero qué?, dirán algunos, ¿es la revolución de la Isla de Cuba lo que intenta persuadir un hijo de este suelo? ¡La revolución que equivale a la ruina del país […] ¿Es la sangre de sus compatriotas la que quiere que riegue unos campos donde ahora tranquilos y felices, recogen los frutos con que la naturaleza premia su trabajo, y los regala abundantemente? ¡Ah! Ese será el lenguaje con que el interés momentáneo procurará callar la voz imperiosa de la razón que manifiesta su inconstancia. Mas ¿qué importa? La verdad siempre ha tenido enemigos […]

Aun los más obstinados en la adhesión a España, creo que si no han perdido el sentido común confesarán que una gran parte de la población (para mí es casi toda) está por su independencia […]

Sea cual fuere la opinión política de cada uno, todos deben convenir en un hecho, y es que si la revolución no se forma por los de casa, se formará inevitablemente por los de fuera, y que el primer caso es mucho más ventajosa […].

Compatriotas: salvad una patria cuya suerte está en vuestras manos ¡Ah! ¿Y perecerá en ellas? Echad una sola mirada sobre un futuro, que ya tocamos: no permitáis que vuestro nombre pase con execración a las generaciones venideras.

Acúsese cuanto se quiera mi intención, pero respóndase, si es que se puede, a mis razones. Débiles: calumniadme; ese es el único recurso que os queda”.


Todavía haría tiempo para redactar la revista El Mensajero Semanal (Nueva York, Filadelfia 1828-1831) junto a José Antonio Saco, también en el exilio; pero nuevamente el Gobierno Español le puso trabas a su entrada a la Mayor de las Antillas.

Pero… no sólo fue el exilio, el Padre Varela también debió luchar para defender su fe católica en un país de protestantes. Su consagración fue tal que publicó revistas y libros al respecto, y llegó a ser nombrado vicario general de Nueva York (1837).

Cuando no pudo seguir publicando El Habanero, aparecieron en forma de epístola sus Cartas a Elpidio, un combate contra la impiedad, la superstición y el fanatismo.

Algunos suponen que “Elpidio” fue uno de sus discípulos, tal vez José de la Luz y Caballero, y otros suponen que es un nombre simbólico.

Varela vivió el eterno drama de los precursores: son los que develan las causas, alientan las ideas y desbrozan el camino; pero la vida no les alcanza para materializar aquello que fue el sentido de su existencia.

¿Cuántas veces ardiría el padre Varela, cubanísimo, solo, como una vela en la oscuridad de su reclusión?

Un eterno batallar fue su vida. Por eso mismo, sus huellas resultaron decisivas en el dilatado y difícil camino de la cubanidad:

“El concepto de patria, a la cubana y en lo cubano, nace en Félix Varela […].[ii]

“Sus primeros pasos se encaminaron a la liberación del pensamiento, de las ataduras escolásticas y de la dependencia de los sistemas foráneos. En la medida en que se abría paso la emancipación del pensamiento fue fundamentando la emancipación política.[iii]

“La permanente de Félix Varela es, no sólo haber iniciado el camino que conduce a la independencia económica, sino también haberle dado una sólida base ética a las aspiraciones del pueblo cubano […] Varela aprecia y fundamenta la verdad no en la élite económica e intelectual, sino en quienes él llama “rústicos”; es decir, los hombres sencillos. Al definir al criollo incluye al negro. En una etapa en que la oligarquía y sus acólitos usan con desprecio el concepto de “masas”, El Padre Fundador expresa su criterio de que en el pueblo hay una “ilustración popular” que lo hace actor en los acontecimientos sociales[iv]

La historia tiene sus caminos insondables. El mismo año que muere Varela (1853) en el frío del Norte; nace una llama en la calle de Paula en la Habana: José Julián Martí Pérez. Con él el concepto de patriotismo como nexo común, iniciado con Varela, se elevará a su más alta expresión.

La máxima distinción de la cultura cubana, con justeza, lleva el nombre sagrado de Félix Varela. ///


VER PARTES de la serie Cultura e identidad cubana:




Posterior:

4. La Independencia o El Camino de la libertad (http://laislaylaespina.blogspot.com/2007/12/cultura-e-identidad-iv-la-independencia.html)
5. !Qué república era aquella! http://laislaylaespina.blogspot.com/2008/01/cultura-e-identidad-cubana-v-que.html

Notas

[i] El Habanero en Diccionario de la Literatura Cubana, Instituto de literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1980, p.425.
[ii] Eduardo Torres-Cuevas: Historia del Pensamiento Cubano, Tomo I, Editorial de Ciencias Sociales, LA Habana, 2004, p.339.
[iii] Ibid., p. 342.
[iv] Ibid., p. 344.


Imagen: www.elhabanero.cubaweb.cu