lunes, 24 de diciembre de 2007

CULTURA E IDENTIDAD CUBANA (II): Reformistas, poetas, maestros y filósofos


Reinaldo Cedeño Pineda

Los siglos XVI y XVII resultaron centurias de gestación para la nación cubana; pero ya en 1722 surge en Santiago de Cuba el colegio San Basilio El Magno y en 1728, la Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo de La Habana, tercera en Hispanoamérica.

El Real y Conciliar Colegio Seminario de San Carlos y San Ambrosio queda abierto en 1773. Por sus aulas pasarán, como maestros y alumnos, los fundadores de nuestro pensamiento. Sus piedras albergan parte de la gestación ideológica de una nación.

En la música, Esteban Salas (1725-1803) desde la Capilla de Música de la Catedral de Santiago, se había convertido en el primer clásico de la música cubana y en un auténtico espíritu del barroco americano, con sus villancicos, misas y aleluyas.

En las pechinas de la iglesia de Santa María del Rosario, Nicolás de la Escalera (1734-1804), nuestro primer pintor, dejaba manifestaciones de su arte “muy a tono con su época en que los pinceles de los pintores destilan sangre de mártires y candideces de vírgenes”[1]

Es definitivamente a finales del siglo XVIII que sobrevendrá la eclosión de las ideas. Su concreción se halla en la salida del Papel Periódico de la Havana (Sic), en 1790, y la constitución de la Sociedad Económica de Amigos del País (1792).

Alrededor de estas instituciones se agruparon las mentes del país, a saber: José Agustín Caballero, Tomás Romay –introductor de la vacuna en Cuba y responsable de la erradicación del enterramiento en las iglesias–, el poeta Manuel de Zequeira y por supuesto, Francisco de Arango y Parreño.

Ese período se ha dado en llamar el de la institucionalización literaria, la modernización técnica y también el de la Generación de 1792.

A Francisco de Arango y Parreño (1765-1837) se le conoce como el primer ensayista socioeconómico cubano, ideólogo de la sacarocracia criolla (la aristocracia del azúcar) y uno de los líderes de la Sociedad Económica de Amigos del País.

Para Alejandro de Humboldt fue “el estadista más eminente de su patria”[2] y para Jacobo de la Pezuela “el hombre que más ha influido en los destinos de su país”[3].

Consejero de Indias y director de la Real Intendencia de La Habana, su célebre Discurso sobre la agricultura de La Habana y medios de fomentarla constituye un resumen bien razonado de sus ideas, un muestrario de la situación del país.

El mejoramiento en la utilización de las tierras, la introducción de tecnologías en la manufactura azucarera, la necesidad del comercio y el desarrollo científico del país, son algunos de sus planteamientos.

“El proyecto, sin embargo, no se reduce a un contenido esclavista-plantacionista. Lo más significativo en él radica en la elaboración de un amplio plan de medidas que contrarresten los efectos de la esclavitud”[4]

No se limitó a la teoría, viajó con frecuencia y encabezó el movimiento que logró mejoras en el ámbito agrícola y tecnológico. También elaboró el Plan de Reformas de los Estudios en Cuba, especialmente de los superiores.

Arango demostró una clara identidad de clase y aunque no escapó a los marcos reformistas de la colonia; dejó sentada su diferenciación en los conceptos de español y de patria.

Su propósito de blanqueamiento y europeización del interior de la Isla, veía ya, lo que se presentó inevitable: el mestizaje racial y espiritual de la nación cubana, y a la larga, la radicalización de las iniciales “ideas sediciosas de los esclavos campestres”[5]

Para él y su generación “español, no es sólo el nacido en la Península, sino todos los que conforman la unidad cultural y política hispana, incluidos los criollos o “españoles americanos”[6] y “patria se refiere al lugar donde se nace dentro del conjunto imperial hispano y tiene un carácter regional o local”[7].

Arango y Parreño, mencionó a Cuba explícitamente como su patria; pero anduvo con “un pie en España y otro en Cuba, cogido en la tenaza de su patriotismo cubano y su lealtad ibérica […] No discutamos con don Francisco: su nación era España; pero su nacionalidad […] era cubana ya”[8]

Era el estreno de “una rivalidad económica entre la burguesía productora criolla (la élite pensante) y los comerciantes peninsulares”[9]. El valor de las exportaciones azucareras y cafetaleras de la Isla, sobrepasaban a la metrópoli europea.

Hacia 1830, el discurso nacional cubano va cristalizando y alcanza su espesor.

Arango y Parreño deja escritas sus ideas, en las que sueña para su patria con grandezas históricas –únicamente alcanzables en libertad–; pero aconseja la subordinación a España:

“[…] si se trastorna ese orden, le tocará de seguro, la suerte que al joven incauto, que antes de tiempo quiere gobernarse por sí mismo, y dar rienda suelta a sus pasiones: le sucederá mucho más; porque este, al menos, no tiene lejos ni cerca enemigos que la ataquen, y Cuba los tendrá sobre sí […] en el momento que trata de cualquier revolución. ¡Adorada patria mía, oye con atención lo que te digo con lágrimas! El Supremo Ser te puso donde serás algún día, para gran parte de la América lo que Albión es para Europa, y de ti depende el que nuestros descendientes ocupen tan prominente lugar”[10]

JOSÉ AGUSTÍN CABALLERO, el fundador de la filosofía cubana

Su rostro es adusto en las fotografías que han llegado a nosotros. A José Agustín Caballero tocan los primeros intentos de injertar la modernidad en la enseñanza cubana, y entrar en la época de la experimentación.

Es el autor de nuestra primera obra filosófica: Philosofía Electiva (1797).

“Murió para siempre el horrísono escolasticismo en Europa […] Entró en su lugar la antorcha de la verdad: el experimento. Repitiéronse éstos. Concordáronse sus efectos. Formóse la experiencia […] Salió sacudiéndose el polvo de los entes quiméricos, luminosa y brillante, la filosofía racional, la física experimental, la química metódica y todas las demás ciencias naturales […] En fin, ya no se disputa sino se demuestra […]

“¡Ay, señores! Así es en toda la Europa sabia, y así debía ser en todo el mundo. Pero ¿es así en la Habana? […]”[11]

Torres-Cuevas considera que la “filosofía de la experiencia” de José Agustín Caballero permitió “rectificar al conocimiento y terrenalizar el pensamiento”, aunque no llega a la ruptura total con los postulados anteriores.

Hay que recordar que en esa época, la física, la química y otras ciencias formaban parte del amplio campo de la filosofía.

Durante tres décadas –y hasta su muerte– desempeñó la cátedra de Escritura y Teología Moral en el Seminario de San Carlos, y redactó un Proyecto de Gobierno Autonómico para Cuba (1811)

Tocó a él iniciar la reforma de la enseñanza cubana y sacudir el escolasticismo, a la vez que afincar sus análisis en la propia realidad de la Isla.

José Agustín Caballero fue el pionero de una larga tradición de maestros insignes, que más que académicos formaba hombres de su tiempo, y cuya cima fue la prédica de Félix Varela, no por gusto uno de sus alumnos.

Fueron discípulos suyos además, José Antonio Saco y José de la Luz y Caballero, este último su sobrino, de quien fue preceptor.

Luz y Caballero (1800- 1862), es uno de los más legendarios profesores en la historia de la pedagogía cubana. Colgó los hábitos y se internó para siempre en la enseñanza.

No desmayó cuando se frustraron sus intentos de establecer un Instituto Cubano como escuela práctica de ciencias y una Academia Cubana de Literatura (uno de los motivos por el que Saco, a quien Luz y Caballero representaba, debe partir de suelo cubano).

Fundó el Colegio del Salvador, donde implantó métodos modernos de enseñanza y son famosas sus “pláticas de los sábados”.

José de la Luz y Caballero afirmó de Varela fue “quien nos enseñó primero en pensar”.

Sus Aforismos constituyen un legado peculiar dentro del pensamiento cubano y su médula ha sobrevivido incólume los siglos.

Entre ellos cabe destacar:

“Instruir puede cualquiera, educar sólo quien sea un evangelio vivo”

“Para todo se necesita ciencia y conciencia”

(VER Más sobre Pensadores Cubanos en http://misfrases1.blogspot.com/2007/12/de-pensadores-cubanos.html.)

SACO: El látigo contra el anexionismo

Alumno de Caballero y seguidor de Arango y Parreño, en la relación de notables patriotas no puede faltar el nombre de José Antonio Saco (1797-1879).

Algunos quieren hacerle zozobrar en sus contradicciones, en su condición de “reformista con prejuicios raciales”[12]; pero su recia posición de cubano salta de cualquier consideración.

Él fue uno de aquellos patriotas sin patria, miembro de una generación que ya sentía a Cuba en el centro del pecho.

Su Memoria sobre la vagancia en la Isla de Cuba –premio de la Sociedad Económica de Amigos del País, en la cual llegó a ser director de la célebre Revista Bimestre Cubana–, da prueba de una mirada profunda sobre su país:

“Dése al pueblo instrucción y ocupación, aliéntese la industria, persígase la indolencia, ármese la ley para herir a todo delincuente, y en breve quedará purgado nuestro suelo de la plaga que hoy le infecta”. [13]

Las polémicas de Saco contra la anexión de Cuba a los Estados Unidos y los anexionistas, marcan toda una época. Esa corriente cobraba fuerzas.

La sostuvo con verbo encendido, dentro y fuera de la Isla, frente a personalidades de la talla de Ramón de Palma, Gaspar Cisneros Betancourt y Cirilo Villaverde.

Valga citar su restallante verbo, desde el exilio que se vio obligado a asumir más una vez:

“[…] una isla que, es una de las más grandes del globo, y que encierra tantos elementos de poder y de grandeza, es una isla que puede tener un brillante porvenir […] ¿por qué he de cerrar mi corazón a la esperanza, convertirme en verdugo de las nacionalidad de mi patria? Quince años ha que suspiro por ella: resignado estoy a no verla nunca más; pero menos me parece que la vería, si tremolase sobre sus castillos y sus torres el pabellón americano […]”[14]

“Si los anexionistas […] me nieguen o den a entender, que no existe la nacionalidad cubana , y que quieran sostenerme, que aun en el caso de existir, ella no se perdería con la anexión, son errores que debo combatir […] ¿no existe en Cuba un pueblo que proceda del mismo origen, hable la misma lengua, tiene los mismos usos y costumbres, y profesa además una misma religión […] negar la nacionalidad cubana, es negar la luz del sol de los trópicos en punto del mediodía”[15]

Saco es el primero que se empeña en definir la nacionalidad cubana, concepto que entiende precede a la nación (que sólo será conquistada años después).

Sin embargo, aherrojado en sus prejuicios contra el negro, su concepto de nacionalidad cubana sólo se refiere a los individuos de la raza blanca (la hispano-cubana).

Será otra contradicción, pues se trata del mismo autor de la monumental Historia de la esclavitud, y su voz se había levantado contra la trata negrera.

HEREDIA, LA POESÍA PROFÉTICA

En materia literaria, hay un nombre insoslayable: José María Heredia (1803-1839). En sus 36 años, sólo vivió en Cuba algo más de seis; pero ya en Venezuela, México o la Florida, “decidió ser cubano se sintió cubano, vivió como cubano”.[16]

Si nos fijamos en sus años, veremos que no hay indicio alguno de la corriente independentista en una Isla españolizada, todo está lejos.

“Su gran proeza, por supuesto, fue darle forma estética a esa sensibilidad en ciernes y acelerar el proceso de gestación del espíritu cubano y la certidumbre de pertenecer a un patria distinta y reconocible […]”[17]

“[…] más que escribirla, Heredia de alguna manera estaba inventando la patria”[18]

En 1823 debe escapar de una muerte segura en Cuba a manos del gobierno español, por su participación en la Conspiración de los Soles y Rayos de Bolívar.

Un año después, ante el torrente del Niágara, conmueve. Busca las palmas deliciosas de su patria en la brumosa garganta. Apenas tenía 21 años.

Su tono se vuelve profético en “El himno del desterrado” (1825):

¡Cuba! al fin te verás libre y pura
Como el aire de luz que respiras,
Cual las ondas hirvientes que miras
De tus playas la arena besar.
Aunque viles traidores le sirvan
Del tirano es inútil la saña,
Que no en vano entre Cuba y España
Tiende inmenso sus olas el mar.

La poesía de Heredia se adelanta incluso, al discurso nacional cubano, algunos de cuyos ejemplos muestra este artículo.

No se conoce donde descansan los restos del poeta; pero su inmortalidad es la de un iluminado, sin justipreciar aún en toda su magnitud.

CECILIA VALDÉS. LOS POETAS ROMÁNTICOS

Valdrá la pena citar otra obra de las letras que se apropia de ese “ser cubano” –si bien desde una arista muy diferente: el costumbrismo y la mulatez–: Cecilia Valdés (1839) de Cirilo Villaverde; aunque la crítica considera que en materia de novelística cubana, Mi tío el empleado (Ramón Meza, 1887) es la mejor estructurada.

El carácter emblemático de Cecilia Valdés, no ha hecho más que aumentar con el tiempo; reforzado a partir de piezas que le toman como inspiración en el teatro, el cine, y sobre todo la zarzuela homónima, escrita –ya entrado el siglo veinte– por el maestro Gonzalo Roig.

Un poco después de Cecilia..., la camagüeyana Gertrudis Gómez de Avellaneda publica Sab (1841). Y con ella, ve la luz la primera obra abolicionista de nuestra literatura. La historia admite la pasión de una señorita blanca por su esclavo.

La Avellaneda (1814-1873) tendrá una obra integral sin igual en su época, en todos los géneros literarios: la poesía (“La pesca en el mar”, “Al partir”, “A él”, "…), la novela (Guatimozín, Espatolino), el teatro (Baltasar, Munio Alfonso, El millonario y la maleta), las tradiciones…

La salida póstuma de sus cartas íntimas (Diario de Amor), ya en el siglo veinte, reveló en la Avellaneda un carácter más propio de estos tiempos que de los 1800.

Ellos vivieron esa generación romántica que tuvo a otros representantes como José Jacinto Milanés (1814-1863; "El nido vacío", "La fuga de la tórtola", el drama "El conde Alarcos") y a "Plácido" (Gabriel de la Concepción Valdés, 1809-1844).

Este último, más por sus ideas separatistas que por haberse probado su implicación en la Conspiración de La Escalera, cae abatido por las balas de un pelotón de fusilamiento español. Un poeta mártir.

A la sombra de un árbol empinado
que está de un ancho valle a la salida
hay una sombra que a beber convida
de su líquido puro y argentado.

Allí fui yo por el deber llamado
y, haciendo altar la tierra endurecida
ante el sagrado código de vida,
extendidas mis manos he jurado

Ser enemigo eterno del tirano;
manchar, si me es posible, mis vestidos
con su execrable sangre, por mi mano

derramarla con golpes repetidos,
y morir a la smanos de un verdugo
si es necesario, por romper el yugo.

("El Juramento", Plácido)

La patria cubana mejorada desde el ensayo y las sociedades económicas, evocada desde la prédica filosófica y presentida desde la lírica, descritas sus tradiciones desde la narrativa... debía ser todavía materializada, conquistada.

El largo camino de las discusiones reformistas se encuentra con la voz del presbítero Félix Varela (1767-1853) que se radicaliza hasta preconizar el único camino: la independencia.

Murió antes del 10 de octubre de 1868. Ese día sonaron las campanas del ingenio La Demajagua, en el Oriente Cubano, y el rico hacendado Carlos Manuel de Céspedes llama a sus esclavos y a otros patriotas, a no ver más a España de rodillas.

Cuba se había levantado.

Las ideas precursoras de Varela, la fragua definitiva de la nacionalidad cubana y el pensamiento de José Martí serán temas de la tercera parte. ///

VER PARTES de la serie Cultura e identidad cubana:

Anterior

1. Indios, negros y criollos (http://laislaylaespina.blogspot.com/2007/12/cultura-e-identidad-cubana-de-hatuey-al.html)

Posteriores

3. Félix Varela: el precursor (http://laislaylaespina.blogspot.com/2007/12/cultura-e-identidad-cubana-iii-flix.html)

4. La Independencia o El Camino de la libertad (http://laislaylaespina.blogspot.com/2007/12/cultura-e-identidad-iv-la-independencia.html)

5. Que república era aquella http://laislaylaespina.blogspot.com/2008/01/cultura-e-identidad-cubana-v-que.html


Notas

[1] José Nicolás de la Escalera y Domínguez: Extraído del Diccionario de Artistas Plásticos de Cuba, de Antonio Rodríguez Morey, inédito, en http://www.galeriacubarte.cult.cu/

Recientes investigaciones de las licenciadas Rosaida Savigne y Bárbara Argüelles (Santiago de Cuba) han hallado las huellas del pintor Tadeo Chirino, en el siglo diecisiete.
Eso sí, habrá que decir que las manifestaciones de las artes plásticas en Cuba datan de la centuria anterior. Sobre la torre del Castillo de la Real Fuerza –en fecha tan lejana como 1630-1634– se encontraba ya una veleta conocida como La Giraldilla, escogida en tiempos recientes como símbolo de la capital cubana. La pequeña escultura en bronce fue realizada por el habanero Gerónimo Martín (o Martínez) Pinzón.

[2] Citado por Eduardo Torres-Cuevas en Historia del Pensamiento Cubano, Volumen I, Tomo I, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2004, p. 171.
[3] Ibid.
[4] Eduardo Torres- Cuevas: Op. Cit., p. 174
[5] Francisco de Arango y Parreño: “Discurso sobre la Agricultura en La Habana y medios de fomentarla” en Eduardo Torres Cuevas: Op. Cit., p. 207.
[6] Eduardo Torres Cuevas: Op.Cit., p. 175
[7] Ibid..
[8] Sergio Aguirre: De nacionalidad a nación en Cuba, Editorial Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 1995, p. 18-19.
[9] Leonardo Padura: José María Heredia: La Patria y la vida, Ediciones Unión, La Habana, 2003, p. 21
[10] Francisco de Arango y Parreño: “Reflexiones de un habanero sobre la independencia de esta isla” en Obras de don Francisco Arango y Parreño, Publicaciones de la Dirección de Cultura de Educación 1952, p. 357.
[11] José Agustín Caballero “Discurso filosófico”, citado en Historia del pensamiento cubano, tomo I, p. 227 - 227
[12] Sergio Aguirre: Op. Cit,, p. 13
[13] José Antonio Saco: Memoria sobre la vagancia en la Isla de Cuba
[14] José Antonio Saco: Papeles sobre Cuba, T. III, La Habana, Editora delñ Consejo Nacional de Cultura, 1963, p. 464.
[15] Ibid.., p. 442.
[16] Leonardo Padura: Op. Cit., p. 9
[17] Ibid., p.48.
[18] Ibid., p. 52.