sábado, 20 de septiembre de 2014

Aniversario 14 de LIBRO A LA CARTA, con el periodista y poeta Reinado Cedeño Pineda


El periodista, poeta y narrador Reinaldo Cedeño Pineda será el invitado al aniversario catorce del programa cultural Libro a la carta,  a cargo del periodista y crítico Fernando Rodríguez Sosa, el lunes 22 de septiembre, a las cuatro de la tarde, en la Librería Fayad Jamís, en Obispo 261, entre Cuba y Aguiar, en La Habana Vieja.

Autor de una amplia obra de perfil cultural, difundida a través de la prensa escrita, la radio, la televisión y los medios digitales, Reinado Cedeño Pineda ha publicado, asimismo, más de una decena de libros, en los géneros de poesía, narrativa, periodismo e investigación cultural.

En su bibliografía aparecen, entre otros títulos, el cuaderno de versos Poemas del lente, galardonado con el Premio Hermanos Loynaz; el libro de cuentos La edad de la insolencia; la recopilación de textos periodísticos El hueso en el papel, y la investigación audiovisual A capa y espada, la aventura de la pantalla.

Licenciado en Periodismo y Master en Comunicación Social por la Universidad de Oriente, Reinado Cedeño Pineda (Santiago de Cuba, 1968) ha sido galardonado, igualmente, con más de una veintena de reconocimientos en concursos literarios y periodísticos, entre ellos los premios Nacional de Periodismo Cultural, Caracol UNEAC, Festival Nacional de la Radio, Concurso Nacional de Crónica Miguel Ángel de la Torre, Cubadisco por notas discográficas y de Poesía Regino Pedroso, así como el accésit del Concurso Internacional de Cuentos Hilando Historias de Mujer en Asturias.

Este Libro a la carta servirá, además, para comentar y presentar el libro La noche más larga: Memorias del huracán Sandy, publicado por Ediciones Santiago, que cuenta con selección y prólogo de Cedeño Pineda; así como para entregar los premios y menciones recibidos por autores habaneros en el III Concurso Caridad Pineda In Memoriam de Promoción de la Lectura, organizado por este propio intelectual santiaguero. 

El espacio mensual de la Librería Fayad Jamís Libro a la carta, creado en el año 2000, se propone un diálogo con los creadores cubanos contemporáneos, quienes, además de contar anécdotas de su vida profesional, presentan  un recorrido por parte de su obra.

Libro a la carta, con el periodista, poeta y narrador Reinado Cedeño Pineda, es con entrada libre.

La Habana, septiembre 2014
Dirección de Promoción
Instituto Cubano del Libro

jueves, 18 de septiembre de 2014

EL MISTERIO DEL SOLITARIO: Bertha Dalmis Báez Pérez -- FINALISTA III Concurso Caridad Pineda In Memoriam




Bertha Dalmis Báez Pérez

Digamos que siempre me ha gustado mucho la lectura, desde que era pequeña mis padres y mis abuelos se encargaron de ello y a lo largo de mi joven vida he leído varias obras, de los temas más variados posibles, desde libros de amores apasionados, como Cumbres Borrascosas, hasta las afamadas Aventuras de Tom Sawyer; desde ese mágico mundo de Harry Potter,  hasta algunos de los cuentos de horror del espléndido escritor Edgar Allan Poe. Sin embargo, de entre tantas lecturas una me ha llegado muy al corazón, me ha hecho pensar, incluso pasar noches enteras razonando lo que leí ese día, esa obra fue El misterio del solitario, escrito por Jostein Gaarder, la leí por primera vez con mi abuela materna, a la edad de 10 años, en ese entonces no lo entendía muy bien pero me esforcé en hacerlo, y ahora es mi libro favorito. Lo leo una y otra vez sin cansarme, sin aburrirme, cada vez voy entendiendo mejor todos los pasajes y me enorgullece el pensar que esta fue y seguirá siendo la primera obra que leyera, la que me adentrara en el mundo de la literatura.

Jostein Gaarder, el ya mencionado escritor de El misterio del solitario, nació el 8 de agosto de 1952, en Oslo. Es un escritor, autor de novelas, historias cortas y libros para niños.
Nació en el seno de una familia pedagógica, su madre era profesora y escritora de libros infantiles y su padre director de un colegio. Estudió filología escandinava, Historia de las ideas e Historia de la religión en la Universidad de Oslo. Fue profesor de filosofía y literatura en un instituto de Bergen durante once años.
Su trabajo más conocido es la novela El mundo de Sofía (1991), subtitulada novela sobre la historia de la filosofía.
En 1990 recibió el Premio Nacional de Crítica Literaria en Noruega y el Premio Literario del Ministerio de Asuntos Sociales y Científicos por El misterio del solitario y al año siguiente el Premio Europeo de Literatura Juvenil. En 2012 se edita su libro Me pregunto, con ilustraciones del artista turco-noruego Akin Düzakin.
Con El misterio del solitario desarrollé mis conocimientos de geografía, filosofía y ciertos rasgos de la mitología griega.
La historia se basa en un adolescente (Hans Thomas), que, junto a su padre, marinero apasionado por la filosofía, emprende un viaje a Atenas, donde se encuentra su madre que 8 años atrás había partido para “encontrarse a sí misma”. Al pasar por la frontera de Suiza se detienen en una extraña gasolinera para pedir instrucciones, allí hablaron con un misterioso enano que les sugirió pasar la noche en Dorf y antes de que siguieran su viaje le entregó a Hans una lupa, alegando que la necesitaría.
Una vez en Dorf, Hans Thomas conoce a un viejo panadero que le regala unos panecitos y un refresco, prometiendo darle uno mejor la próxima vez. En el último panecito encuentra un diminuto libro que el protagonista leerá con ayuda de la lupa que convenientemente le habían regalado.
A partir de ese momento, el muchacho protagonizará otro emocionante viaje paralelo: el de la imaginación. Sabrá de Frode, un marinero que sobrevivió en una isla desierta después de ser el único superviviente de un naufragio ocurrido doscientos años antes, de su baraja de naipes y de cómo combatió su soledad haciendo que cada una de las 53 cartas tuviera vida propia (52 de ellas bastante inconscientes; una sola, el Joker, entiende verdaderamente las reglas del solitario que el viejo marinero hace con los 53 naipes).
Pensando en todo ello, a Hans Thomas le asaltarán las eternas preguntas de la humanidad: ¿quiénes somos? ¿Cuál es el auténtico significado de nuestra vida? ¿Hasta qué punto nosotros, a diferencia de los naipes, podemos determinar nuestro destino? Antes de llegar a Atenas descubrirá que la vida no sólo no es aburrida, sino que además bien pudiera ser el sueño de un enano imaginado por un viejo marinero.
Hans Thomas es un chico de gran inteligencia, para mí se ha convertido en un ejemplo a seguir por ese carácter tan fiel que en muchas ocasiones se ve tentado a abandonar la promesa que hizo al viejo panadero (no contar a nadie sobre la existencia del libro) pero luego se contiene.
El padre, que le inculca a Hans Thomas ese gran amor a su madre y, además le enseña a su hijo todo lo que sabe, me hizo conocer varias cosas, supe la historia del  rey Edipo y, con sus “descansos para fumar” amplié mis conocimientos en general.
Frode, el viejo que, con su mente y a través de su soledad le dio vida a una baraja completa hizo renacer mi fantasía y pensar en cómo un Rey y una Jota escapan trepando de la cárcel de la conciencia.
Joker, el bufón que, se esconde entre las líneas escritas por Gaarder y tras ellas da vida a esta historia primeramente me parecía que solo hablaba sin pensar como el resto de la baraja, pero luego de mucho analizarlo me percaté que era el único que en realidad sabía lo que pasaba. Sólo él comprendía el llamado “Juego de Joker” que se realizaba todos los años y que, como descubriera Hans Thomas entretejía el pasado con el presente y el futuro de los enanos de la isla y del mismo chico que con tanta atención leía el Libro del Panecito. Este bufón escapó de la isla  a la que pertenecía y se mezcló con las personas, a mi forma de ver, él supo hacer bien las cosas pues si nos remontamos al inicio de la historia nos percataremos que fue el mismo enano que entregó a Hans la lupa y que lo hizo ir a Dorf. El Joker es el más astuto de los personajes de este libro.
Con todos estos personajes aprendí de todo un poco y esto me ha ayudado lo suficiente como para dominar un poco más mis estudios, por eso cuando en la escuela me hablaron del Partenón, ya lo conocía, gracias a uno de esos “descansos para fumar” que disfrutaba al máximo. De Hans, además de la lealtad obtuve más creatividad, y aprendí a disfrutar del amor que me profesan mis padres porque he descubierto que no todos nacemos con la bendición de tener a nuestros padres junto a nosotros. El Libro del Panecito también me ayudó, a través de él supe que en ocasiones la fantasía puede ayudarnos a encontrar sitios maravillosos, más allá del espacio creado. Entre sus personajes, el que más me ayudó fue el Joker, este pequeño bufón realmente me fascinaba; conocía cada secreto de la isla mágica y me hizo darme cuenta que no porque las otras personas piensen algo de mí tengo que acatar eso como una ley. En ocasiones somos lo contrario a lo que los demás piensan de nosotros.
Los hallazgos que he tenido con este libro han hecho de mí una mejor persona, las enseñanzas que obtuve se quedarán en mí para toda la vida porque nunca podré olvidarlas.
Este libro me ha marcado para toda la vida y espero que este trabajo ayude a que marque a otros pues aunque no sea una gran obra de la Literatura Universal como las que acostumbro leer esta podría ayudar a muchas persona a mejorar su forma de ser, de pensar o de obrar ante la vida.
El Misterio del Solitario... nunca pensé en él como un simple libro, desde el momento en que lo leí se convirtió en un amigo y cada oración, cada palabra, se hicieron parte de su cuerpo… Hans Thomas, ha sido mi guía en una gran aventura, y me ha encaminado a conocer lugares que jamás habría visto; me ha hecho imaginar mi vida de otra forma, mientras su padre al que imaginé como a un tío lejano me enseñaba que nuestra existencia es algo maravilloso y que lo que más común nos parece, cuando nos ponemos a pensarlo realmente es algo asombroso ni más ni menos que por la curiosa razón de que se encuentra sobre la tierra, ante nosotros; porque… ¿Cuántas veces no hemos visto una piedra y la hemos ignorado? Pensamos que no tiene importancia alguna, que solo está allí, para hacer que cualquier despistado tropiece con ella, pero si lo vemos desde otro punto de vista… descubrimos que es una maravilla de la naturaleza, que para que se formase han tenido que pasar miles de años, y ahora está allí, en medio del camino, pero nadie la ve, nadie valora el tiempo que tuvo que pasar para que esa piedrecita pudiera existir. Cosas así me enseñó el padre de mi guía.
Gracias a este libro hoy me he convertido en quien realmente quiero ser, en alguien que jamás imaginé que sería. Por este libro empecé a dedicarme a la lectura y poco a poco me he ido inclinando a la escritura, y hoy soy la joven escritora de mi barrio.

 DE LA AUTORA


La autora, Bertha Damis Báez , finalista del Concurso Caridad Pineda In Memoriam  entrevistada por el periodista Ocaña Gómez de Radio Progreso

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♣ Ver TODOS los premios, menciones y finalistas del  III Concurso Caridad Pineda In Memoriam de Promoción de la Lectura. Marque:


LA PALABRA EN EL AIRE. Memorias de la radio santiaguera

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 Palabras de presentación del libro LA PALABRA EN EL AIRE. Memorias de la radio santiaguera de Eric Caraballoso Díaz. Plaza de la Revolución Antonio Maceo de Santiago de Cuba. 16 de septiembre de 2014.

Reinaldo Cedeño Pineda

Cuenta García Márquez que su abuela no se atrevía a desvestirse delante de la radio… no fuera a ser que alguien la viera. Recuérdese el enorme tamaño de los radios receptores de aquellos tiempos fundacionales. Como sabemos, en un largo camino, la radio fue miniaturizándose y expandiéndose de la localidad al mundo.

   A la llegada de la televisión muchos empezaron a verla como hermana menor y hasta como hermanastra. En consecuencia, le decretaron la muerte. Otro tanto ocurrió en fecha más reciente con la llegada de la Internet; pero la radio sigue ahí, fiel, ubicua, acompañando a la gente, capaz de llegar a donde nada ni nadie llega.

  La voz, el sonido, los efectos, el silencio, tienen un encanto irresistible.

  A estas alturas, ¿quién puede decir cuántas horas han transmitido las emisoras de radio santiagueras?  Desde  las más pequeñas y experimentales de los años veinte o treinta, hasta las que han acompañado a los orientales y los santiagueros por espacio de varias décadas.

  La radio, sin embargo, ha padecido una escandalosa orfandad de memoria. Quien se enfrenta a su análisis, sistematización y estudio, se encuentra más con recuerdos que con muestras, con nombres y anécdotas más que con guiones y grabaciones, con fechas colgadas en el aire. Ese es un handicap, muchas veces insalvable.  

   Irremediablemente,  el investigador ha de acudir al testimonio, con todas sus virtudes y sus riesgos. Ha de bordar los vacíos, buscar tendencias, arriesgarse a conclusiones y extraer de toda la maraña de evocaciones, los pasajes más vívidos, las personalidades imprescindibles, los sucesos más notables. Seleccionar no es amalgamar: es filtrar. Y eso no es poco.
 
  
 Todo ello, a cuenta y riesgo de los argumentos que ha podido escarbar y del inexcusable criterio de autor que todo libro presupone. Así está escrito La palabra en el aire. Memorias de la radio santiaguera de Eric Caraballoso Díaz.

      Soy el culpable de haberle pasado el batón. Permítaseme acreditármelo con orgullo de colega, de hermano. Cuando la Fundación Caguayo me propuso escribir acerca del cine, la radio y la televisión, enseguida percibí que el trabajo necesitaba más de un ojo y le llamé. Conocía su calibre desde sus tiempos de estudiante, y no me arrepiento un solo instante de aquella decisión. El trabajo que se inició en conjunto, parió al final dos libros difíciles: A capa y espada: la aventura de la pantalla, y este que hoy presentamos.

   Tal vez la cercanía no nos permita aquilatar en toda su dimensión, el proyecto La cultura artística y literaria en Santiago de Cuba. Medio milenio, de la cual estos dos volúmenes forman parte. Sin embargo, es mi deber apuntar el aporte de la Fundación Caguayo para las Artes Monumentales y Aplicadas, —y la Editorial Oriente, por supuesto— que injerta con esta serie, el aporte múltiple de la creación santiaguera en la savia de la cultura e identidad nacionales.

    La palabra en el aire. Memorias de la radio santiaguera nos devuelve a pioneros como Arturo C. de Ribas y la CMKA transmitiendo desde el sótano de su casa —sitio que por cierto ocupa hoy el círculo infantil Sonrisas al mundo en el Reparto Vista Alegre—, la CMKD y el Palacio de la Torre, Félix B. Caignet y su Chan Li Po, a la actriz Lupe Suárez, a la memoria indomable de Cliserio Romero y el magisterio de la cuasi olvidada CMKR.

  Asimismo, se adentra en la etapa comercial y en los ires y venires de la Cadena Oriental de Radio. Se va tras las huellas de la singular Radio Valpín y de la CMKC, el paso de Luis Carbonell o las estrategias para apoyar a la Revolución con figuras como Gloria Cuadras y Noel Pérez.

   En las doscientas sesenta y cuatro páginas de La palabra en el aire. Memorias de la radio santiaguera, Eric Caraballoso Díaz, recorre las palabras y el rostro de algunos pilares de la radio santiaguera. Conmueve verles. Algunos ya desaparecidos, otros empujando el sueño. Aparecen  Ruperto Pérez López y Ernesto Medialdea; Nilda G. Alemán, la formadora de tantos apasionados radialistas; el rostro núbil de Doña Ileana Navarro y el multifacético Ado Sanz Milá; el maestro José Julián Padilla, y Rolando González. Como dijera una vez la periodista Nereyda Barceló, nunca ha sido igual sin él.

  Antonio Lloga, el mago de la dramaturgia; Soler Puig sin minimizar jamás a la radio, el incombustible Raúl Ibarra y el gallardo escritor de Objetivo X, Emilio Tamayo. La conversación con Maricela Carbonell y Jorge Luis Colomé es una filigrana.

  El autor se asoma a los caminos paralelos de Radio Mambí y Radio Siboney, como una apuesta a la pasión. Miro a Consuelo Almaguer y recuerdo su duende profundo, capaz de echarse a Santiago en un bolsillo; a María Elena Pineda, con sus historias de la radio con sonido de mujer o a Iván Clavería, que va haciendo historia, con generosidad y ardor, todos los días.

   Como un sortilegio, el autor cierra su libro con entrevista a los Premios Nacionales de la Radio, Julián Ercilio Navarro Coello—que a todo el mundo bautizaba con su voz grave y única—, José Armando Guzmán Cabrales — mi vecino entrañable—; el infaltable Noel Pérez Batista, la actriz Rebeca Hung —más grande mientras más modesta—, y a Juan Antonio Balbuena Céspedes, el más atento de los operadores que he conocido. Entiéndase, es una rapidísima ojeada.

    Habrá que conceder a Eric Caraballoso un especial sentido para decir en unas líneas, su capacidad para componer el  mosaico e hilar la dispersión, su tino para justipreciar los aportes de unos y otros. Eso le permitió incluir detalles que a otros hubiesen escapado, a figuras como el efectista Gerardo Gómez Mederos, Yayo, o la radio que llega desde la rivera del Cauto, o desde la loma.

  Un libro es una obra colectiva. Y dentro de sus protagonistas, destaca la hermosa factura que deviene de manos expertas: las de Marta Mosquera, Premio Nacional de Diseño, quien ha puesto su sello en toda la colección; y su coherencia, en la que su editor Orestes Solís, lleva su parte.

   La palabra en el aire. Memorias de la radio santiaguera es un libro enjundioso, sin duda alguna; aunque el rico universo radiofónico santiaguero se presente infinito. Sospecho incluso que el mismo autor, develará otras páginas en un futuro. Ojalá otros se atrevan a poner en orden sus propias memorias.

   En todo caso, el autor lo deja explícito desde su primera línea: “Esta no es la historia de la radio santiaguera, es más bien un esbozo, un acelerado panorama”. Un panorama, eso sí, para celebrar.

   Mirad estos rostros, mirad dentro, mirad bien. La radio es imbatible.

♣ FOTOS TOMADAS de CUBAPERIODISTAS y Sierra Maestra


A solas con el libro que marcó mi vida: JESÚS ANDRÉS ROJAS ZALDÍVAR / Mención del III Concurso Caridad Pineda In Memoriam





Jesús Andrés Rojas Zaldivar                                                                    

Octubre. 1993. En la fábrica de fundición de acero el brazo hidráulico de una máquina de moldeo casi tritura mi mano zurda. Mi muñeca pendía, literalmente, de un hilo. Ya me imaginaba la burla. En lo adelante los socios más jodedores del taller me llamarían “El mocho”. Por suerte los ortopédicos en el hospital se las ingeniaron. Recompusieron mis articulaciones. Estuve enyesado todo ese mes…

–¡Buenos días malchi, y el dedo qué! -Preguntó Olia Cruschenko, una ucraniana, de ojos picantes y labios encarnados, vecina mía e ingeniera del mismo taller, quien volvía de un fastidioso turno de madrugada.

–Mejorando, gracias -respondí mordiscando un plátano burro que simulaba un buen desayuno…

Un apagón sobrevino temprano. El único entretenimiento era romperme la cabeza en descifrar un final de alfil y caballo, inédito en un Sputnik que a ojos vista yacía abierto en el portal.

–¿Te gusta la literatura soviética? -Inquirió Olia con cierto ademán curioso…

–Sí, por supuesto, me encanta -dije para no causar desagrado, en realidad no me gustaban los libros, y menos la lectura…

–Espera un momento…, ten -exclamó ella…

Sacó de su cartera un libro grueso de carátula roja y hojas amarillentas que parecían detenidas en una antigua estación de trenes.

–Sí, prometo leerlo –expresé, me miró complacida y se marchó…

Tiré el libraco a un lado, eché un vistazo al pomposo trasero de la extranjera que ya se alejaba, y moví el alfil.

Horas más tarde se hacía la luz. Encendí el televisor. “Palmas y Cañas” por el seis. Cambié de canal. Documental por el dos. Lo apagué. Tenía hambre. La harina de la cena voló como un ave migratoria de mí estomago. Fui al viandero por otro plátano. De regreso recordé a Olia y su mamotreto color púrpura. Tomé el vademécum solo para romper el automatismo de la tarde. Leer tampoco me satisfacía pero la programación estaba del carajo. La noche me sorprendió con las manos en la masa, digo, en el libro. No tenía una pizca de sueño.

Di una ojeada a la sinopsis:

“Yury Dold-Mijáilik (1903-1966) es un célebre escritor ucraniano soviético. Adquirió gran popularidad y prestigio con su novela A solas con el enemigo (1956). La novela ha sido editada varias veces en ucraniano y ruso, constituyendo su tirada casi dos millones de ejemplares. También se publicó en polaco, checo, eslovaco, rumano, húngaro, alemán y otros idiomas.

A solas con el enemigo abarca un periodo de casi tres años de la Gran Guerra Patria. Los acontecimientos se desarrollan tanto en el frente, como en la retaguardia enemiga –en Alemania, Francia e Italia.

… En uno de los sectores del Frente Bielorruso se fuga al bando alemán un joven teniente soviético. Ninguno de los fascistas, incluso el mismo coronel Berthold, oficial del Estado Mayor e intimo amigo de Himmler, pudieron suponer que el enmascarado desertor Barón Von Goldring, hijo del viejo amigo de Berthold, era el agente soviético Gregory Goncharenko.”

A mi mente llegaban una tras otra las secuencias de tantas aburridas películas rusas, siempre en blanco y negro, con sus pocos más o menos imperceptibles caracteres, traduciendo su tedioso idioma ruso. Nunca olvidaré aquella en la que después de un bombardeo una mujer sale a buscar a su hijo y únicamente encuentra a su paso cadáveres sobre la nieve. Pensé desechar la idea de leer. La lectura no fue en modo alguno mi fuerte sino más bien algo así como mi enemiga. El plátano creó un efecto bumerang. Me arreció el hambre. Para colmo afloró un enigmático hormigueo dentro del yeso. Ocurría en horario nocturno. Estaba solo, aburrido, desvelado…

Permanecí meditabundo unos minutos: ¡Qué diría a la bella de Olia sobre el culebrón ucraniano! No quedó más remedio. Me disparé la primera página, el primer capitulo, y la primera parte. Así de sencillo. Sí. Así de sencillo caí en las redes de la novela de Mijáilik. La historia, fascinante, te atrapa y no logras zafarte jamás. La leyenda del desertor Komarov haciéndose pasar por Heinrich Von Goldring, hijo del Barón Siegfried Von Golgring, refrenda la preparación de los agentes soviéticos. El autor otorga innegables dotes histriónicas al personaje principal Gregory Goncharenko, quien asume el papel de un enemigo. Debe convencer a los alemanes, en especial al jefe de la Gestapo, del mismo, y lo logra. Tiene una memoria fotostática, es juicioso al aplicar cada método del trabajo de inteligencia, y usa como arma la psicología. 

A lo largo de la obra, Mijáilik, denuncia los abusos y crímenes cometidos por el régimen fascista. Nos los revela en varios pasajes. Cuando el comandante Schulz se mofa de unas fotografías en su juventud, donde aplasta, con sus botas bien lustradas, la cabeza de un judío. O los comentarios de Bertina, prima de la hija de Berthold, acerca de sus hazañas como jefa de un campo de concentración para mujeres, contando las atrocidades y sufrimientos que ella misma provocaba a las prisioneras. Lógico, nos muestra mediante algunos personajes de reparto, digamos el ordenanza Kurt o el Hauptman Lutz la otra cara de esa Alemania, gente que, incluso dentro del ejército nazi, no daban crédito a la victoria o no aceptaban la violencia contra civiles indefensos.

El escritor tiene la sensatez de llamar al protagonista Heinrich y no Von Goldring, evitando nombrar al agente, diferenciándolo un tanto del verdadero Heinrich Von Goldring. A Heinrich o Goncharenko, llamémosle Heinrich, nos lo define no como un héroe perfecto sino como un humano más, quien tiene sobre sus hombros el peso de una tarea determinada pero no está exento de errores. Él comete indiscreciones que ponen en riesgo su vida y el éxito de la misión. Se enamora. ¡Ah! ¡El amor, siempre el amor! Ese sentimiento surge en cualquier parte y a cualquier hora, incontrolable hasta para el más circunspecto de los agentes, quien en tan difíciles circunstancias es, por qué no, capaz de enamorarse. En su caso un amor trágico porque la francesa novia de Heinrich, Mademoiselle Mónica, es asesinada por el jefe del SD de Saint-Remis.

Otro aspecto interesante en la narrativa de Yuri Dold-Mijáilik es la descripción de los lugares donde se desarrollan los acontecimientos. Ilustra con sapiencia cada paisaje. Pone a viajar la imaginación del leyente por diferentes territorios. Desde un puesto de mando en el Frente Bielorruso hasta un castillo medieval de Castel la Fonte en Italia, una quebrada de escasa vegetación, un pantano, un extenso valle atravesado por túneles, una fábrica oculta o un simple restaurante. Los viajes, sean por carretera en el “Oppel Capitán” de Heinrich o en el tren militar, dan además una sensación increíble de movimiento.

La tensión es otra singularidad del texto. Heinrich debe desenvolverse en un círculo espinoso, entre espías enemigos; oficiales de las SS y traidores de los grupos guerrilleros. Los gestapistas Kubis, Miller y Lemke sospechan del hijo adoptivo y futuro yerno de Berthold, pero la codicia y el temor a equivocarse con alguien de tal rango propician un ambiente favorable al agente. Las misiones están planteadas de ante mano. No ser descubierto es la primera y más compleja de ellas, y ese, quizás sea el punto que mantiene en vilo al lector…

Pasé la madrugada entera leyendo. No hubo más apagón. Olvidé la partida del Sputnik y hasta la comezón dentro del yeso. Tenía unas ojeras ASÍ. Quería seguir leyendo pero el sueño me venció. Esa mañana Olia Cruschenko regresó a Donetsk. Me dejó el libro y un beso con crayón rojo al dorso de la portada. La lectura se convirtió en mi camarada inseparable. También abandoné la fábrica.

…Junio. 2014. Esta tarde me condecoraron. Recibí una medalla por mis veinte años de servicio en la policía secreta. Antes gané un importante premio en el Taller Literario. “A solas con el enemigo” marcó mi vida para siempre. 



lunes, 15 de septiembre de 2014

EL DÍA QUE FUI GARCÍA MÁRQUEZ: Yandrey Lay Fabregat / MENCIÓN ESPECIAL del III Concurso Caridad Pineda In Memoriam



Yandrey Lay Fabregat

Corría el año 2002 y era una mañana fría de febrero o quizás marzo. Unos 300 estudiantes nos reunimos en la Universidad de Las Villas para hacer la prueba de aptitud de periodismo. Antes de comenzar el examen de conocimientos generales, yo levanté la mano y pregunté: «¿Aquí quitan puntos por los errores ortográficos?». La profesora que presidía nuestra aula, después supe que se llamaba Mercedes Rodríguez, dijo: «Por supuesto, ¿quién ha visto un periodista con faltas de ortografía?».

   Por aquella época yo era un muchacho pedante e irreverente, defectos que aún no he superado en su totalidad. Había ido a hacer la prueba de aptitud por puro excentricismo, ya que mis intereses reales estaban por el área de la Química y las ciencias puras. La respuesta de la que yo sabía una conocida profesional me encendió la sangre y el deseo de iniciar una controversia. Mientras tanto, el resto de los estudiantes ocupaba su tiempo en escuchar el desafío verbal y, sobre todo, en responder las cien preguntas del examen.
«Mire —le dije a Mercedes— García Márquez es un novelista famoso y dicen que escribe con muchas faltas de ortografía. Tiene más de 20 correctores y para resolver su problema le ha planteado a la Academia de la Lengua Española que elimine las letras h, v, ch y ll. Incluso —agregué para dar el “puntillazo”—, hay quien dice que el mismísimo Fidel Castro le cogió bastantes errores ortográficos en uno de los manuscritos que le dio a revisar».

   Mercedes Rodríguez, los que la conocen podrán decir que es una mujer de «lengua dura», me contestó con una sonrisa irónica: «Está bien, pero tú no eres el García Márquez» y dio la discusión por zanjada. «Bueno —yo en aquel tiempo no me quedaba callado ante nadie y le riposté con todo el convencimiento del mundo— García Márquez es Premio Nobel y si él no da el ejemplo, ¿por qué tengo que hacerlo yo?».

Muy bien, García Márquez

Recuerdo, no sé si ahora todavía sucede así, que en ese entonces los aspirantes firmaban la prueba con dos números: el del carné de identidad y otro que se le entregaba a cada uno antes de iniciar el examen. A mí me tocó el 45, pero como soy una especie de supersticioso al estilo pitagórico comencé a sacar cuentas: era un número divisible por tres, por cinco, por nueve, por 15 y que vuelto al revés daba el 54, que a su vez era divisible por dos, por tres, por seis, por nueve, por 18, por 27, y así hasta nunca parar. Finalmente, en la prueba no puse el 45 original sino el 54, quizás porque me parecía un número más bonito, de mejor augurio, y en realidad porque al terminar las cien preguntas, una hora más tarde, ya yo no sabía dónde estaba la a y dónde la z en el abecedario.

   Tuvo que pasar otra hora para que yo me diera cuenta del error que había cometido. Uno de los profesores me sugirió que fuera a ver a Marelys Concepción, miembro del tribunal de calificación, y en aquel entonces subdirectora del periódico Vanguardia. Marelys me informó que revisarían mi prueba para comprobar lo que yo decía. Después me miró fijo a los ojos y dijo: «Espabílate, muchacho, que así no vas a ser periodista, ni nada».

   Ese primer examen lo aprobaron unos 20 estudiantes. A la hora de dar los resultados, mencionaron a todos los que habían pasado y dijeron: «Ya se terminó, esos son los que estarán en la otra ronda». Como mi nombre no se encontraba en la lista que acababan de leer, salí caminando hacia la salida de la universidad. Entonces alguien alzó la voz y dijo: «Hay otro aprobado, tiene el número 54». La muchachita que tenía el 54 verdadero fue allí y mostró su carné de identidad. Yo, que no lo había traído, lo dije en voz alta. Así fue que Marelys, otra vez Marelys, dijo, señalando para mí: «El tuyo es el correcto, ponte en fila que sigues en competencia». Entonces Mercedes Rodríguez se acercó por detrás, me tocó por el hombro y con una sonrisa de medio lado, exclamó: «Muy bien, García Márquez».

   Durante aquel largo día fui García Márquez y como el novelista colombiano tuve que sacar fantasía y precisión para pasar las pruebas. Casi a las diez de la noche, cuando solo quedábamos unos pocos, Mercedes Rodríguez se sentó con nosotros y contó la historia de la vez que conoció al García Márquez verdadero y cómo le dijo que a Cien años de soledad le sobraban cincuenta páginas: «Yo no sabía que era él —explicó la veterana periodista— y se lo dije. Estábamos en el periódico Vanguardia y él me prometió: “No se preocupe, jovencita, la próxima vez que yo escriba Cien años de soledad, en honor a usted le quitaré esas cincuenta páginas”».

   Finalmente aprobé la prueba de aptitud y, como a veces uno se queda con lo último que llega, cambié la Química por el Periodismo. Pasé un año en el servicio militar, alejado de los libros. Cuando llegué a la universidad, mi primera clase fue la de Periodismo Impreso. Al entrar al aula, Mercedes Rodríguez estaba ya sobre el estrado. Apenas me vio, dijo: «Pase y siéntese García Márquez, que ahora usted es alumno mío».

Al libro, ¿le sobran cincuenta páginas?

Cuando le dije a mi futura profesora que García Márquez era un gran escritor con faltas de ortografía, El amor en los tiempos del cólera estaba ya entre mis libros preferidos. Lo había leído a los 15 años y desde el principio me pareció, como lo calificaría su propio autor, un bolero de 600 páginas. Tanto me conmovió su historia que el día que una muchacha no me quiso más, le escribí: 

   «Te quiero, no puedo vivir sin ti. Dime qué tengo que hacer para que me quieras. Estoy dispuesto a compartirte con otro hombre, a ser el segundo, a humillarme, a dejar la literatura, a crearte un mundo para ti sola. Yo no soy nada si tú no me quieres. Dime qué tengo que hacer para que me quieras. Te lo prometo todo. Y si al final no hay ninguna esperanza, porque puede ser que no haya ninguna esperanza, yo voy a esperar, voy a esperar en las sombras, cerca de ti. Voy a estar a tu lado cuando seas esposa, cuando seas madre, cuando te sientas sola. Voy a esperar un breve error, un desmayo. Y voy a estar a tu lado para apoyarte, para ganarme tu cariño. Voy a esperar por la mujer que quiero hasta que tenga ochenta años o hasta que me muera. Voy a esperarte siempre. Yo no tengo miedo de ser Florentino Ariza. Esta vez la realidad copiará a la literatura».

   La muchacha, por supuesto, no volvió nunca, no quiso saber más de mí. Creo que fue ese el tiempo de mi manía por el boom y el postboom latinoamericano. Leí de un tirón a Rulfo, a Sábato, lo que pude encontrar de Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Manuel Puig y a Juan Carlos Onetti. Y claro, releí Cien años de soledad, un libro capaz de iluminar hasta el amor más desgraciado.

   He consultado diversas críticas sobre él, pero la que más me ha impresionado fue la de una simple lectora, quien dijo: «Es el libro que uno lee despacito para que nunca se le acabe». Con esta novela García Márquez logró resucitar, en el siglo de la incredulidad, esa antigua magia que convertía a los grandes escritores en éxitos de venta, como en el caso de Charles Dickens y Honoré de Balzac.

   Sin embargo, tal parece que Mercedes tenía cierta razón cuando afirmó que a Cien años de soledad le sobraban cincuenta páginas. Jorge Luis Borges declaró que la primera parte de la novela le parecía superior a la última. La entrevista que cito ocurrió en 1982, justo por los días en que al Gabo le dieron el Premio Nobel de Literatura. Borges debía sentirse resentido al ver que el galardón lo había esquivado de nuevo y no solo eso, sino que había ido a parar a manos de un candidato más joven.

   Cuenta Volodia Teitelboim, en su volumen Los dos Borges, que a pesar de estas razones el escritor argentino exclamó: «Es la mejor elección que podía hacer la Academia Sueca». Entre sus varios comentarios acerca de Cien años de soledad dijo que le parecía un libro difícil de definir, aunque indudablemente era algo original, carente de antepasados y que, sobre todo, estaba por encima de cualquier escuela. No sé si García Márquez leyó alguna vez estas palabras, pero si lo hizo debió haberse sentido muy orgulloso porque Borges había detenido su percepción de la literatura latinoamericana en los tiempos de Alfonso Reyes y Leopoldo Lugones, e insistía en ignorar a los escritores del boom, entre ellos al mismísimo Mario Vargas Llosa.
La piedra filosofal
Al pasar los años cambié la manía de leer por la de escribir, como sucede ocasionalmente, y en el camino fui encontrando más puntos de contacto entre el escritor colombiano y yo. Nos unía la intención de trasformar la palabra escrita en palabra hablada, un milagro que solo pocos escritores han logrado llevar a buen término: el mejor William Faulkner, Jorge Luis Borges, el propio García Márquez y J. M. Coetzee, el sudafricano «raro» que estudió matemáticas y literatura inglesa a la misma vez.

   Quizás por eso, la primera vez que me senté en una computadora portátil, en el tiempo que esta tecnología era rara en nuestro país, le pregunté al dueño de la máquina si me permitía introducir unas líneas en el procesador de texto. Me dijo que sí y, ante su asombro, escribí con rapidez: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo». El hombre, lógicamente, me preguntó por qué lo había hecho, por qué elegir precisamente el inicio de Cien años de soledad. «Esta —le dije y señalé para el laptop— es la pluma del escritor de nuestros días. La primera vez que me sentara en uno yo quería escribir algo que valiera la pena y no creo que haya en la literatura universal otra frase como esta que acabo de escribir».

   De esa anécdota han pasado algunos años. Durante ellos he aprendido que el mejor libro no es el que se lee con los ojos, sino con el oído, y que para escribirlo uno debe poner en práctica ciertas maniobras. Alternar el tamaño de las oraciones: una corta, una larga, otra corta. Hacer lo mismo con los párrafos. Introducir las apoyaturas características de la narración oral para favorecer el ritmo del texto. Al mismo tiempo se deben evitar los neologismos, los barbarismos o cualquier palabra rara que pueda perturbar su fluidez. Eso y pensar, como Borges, «que las arduas cacofonías que tanto alarmaron a Flaubert son meras supersticiones visuales: debilidades y molestias de la palabra escrita, no de la palabra sonora».

   También es aconsejable olvidarse de vanguardias, retaguardias y de cualquier confusión de la cultura con la política cultural. Aceptar que la técnica nunca debe ser la protagonista, sino la armazón interna de la historia. Y que el peso de cualquier narración reside en su argumento, el cual debe tener orientación alegórica o tratar cuestiones de vida o muerte. Como el de un grupo de eruditos que se reúnen para inventar un mundo ficcional o el de una familia que viaja por el desierto llevando sobre una carreta el cadáver de su madre.

   Confío que, con el tiempo, podré invocar estos hechizos con la misma precisión que los hombres que considero mis maestros. Por ahora tengo que conformarme con observar desde las gradas el resultado de su batalla para dominar la palabra escrita. A veces ejecuto algún encantamiento menor, pero son una pálida imagen de lo que ellos hubieran podido lograr.

   Porque no es suficiente con saber cómo se puede seducir a la gente. También hace falta habilidad para no echar los pulmones en el intento. El secreto está en pulir cada adjetivo, cada sentencia, sin que se vea de dónde uno saca los ases. Si es posible hay que hacer igual que estos grandes ilusionistas: usar un smoking sin mangas. Lo otro es no tenerle miedo al lector. Golpearlo fuerte: jab de izquierda al rostro, gancho al estómago. Cuando despierte del knock out, el lector lo agradecerá. En definitiva, uno le ha hecho desmayarse de placer.

♣ ESTE  trabajo se acreditó además el premio la Universidad de Oriente, el del Centro Cultural y de Animación Misionera San Antonio María Claret, por lo que será publicado en revista VIÑA JOVEN y el premio del Proyecto Aula Taller de Poesía que encabeza el poeta Reynaldo García Blanco.  

♣ Ver TODOS los premios, menciones y finalistas del  III Concurso Caridad Pineda In Memoriam de Promoción de la Lectura. Marque:
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