martes, 24 de mayo de 2016

PATRIA ES EL SILBIDO DEL VIENTO...






Erik Pico

Hace algún tiempo atrás me costaba comprender el verdadero sentido del significado de PATRIA… y hoy, mientras iba caminando hacia el trabajo, divisé unos páramos fríos y neblinosos donde pastaban llamas y ovejas a dos grados de temperatura, con el frio calándome los huesos y un volcán enorme nombrado Cotopaxi casi delante de mi (el segundo más grande del mundo), sumado a una soledad terrible a las 6:30 de la mañana, me detuve, hice un alto en mi existencia y me dije: ¿Qué tengo que ver yo con todo esto?... ¿Dónde me he metido que no diviso nada que me nombre o me evoque un poco de lo conocido, de lo amado hasta el momento?… ¿Cuán lejos estoy de todo lo que me hace levantarme cada día de la cama con ganas de seguir, respirar, vivir? …y fue entonces cuando por vez primera me sentí un extraño en medio de un páramo que no me decía nada, que no me hablaba…porque nada tenía que decirme…ni yo a él...

Y fue así como comprendí en un segundo lo que significaba. PATRIA: es el pan nuestro de cada día junto a tus seres queridos, es el café matinal con esos vecinos que te vieron nacer y que son casi como tu familia. Patria son los amigos que te ayudan a vivir cada día y te empujan a reír aun cuando se imponen las lágrimas. Es un poco de historia en cada esquina de mi ciudad de techos rojos y adoquines. Es el mar que rodea la silueta de la Alameda. El Ángel de la Catedral que como farol inmóvil se impone en su pedestal contra las tempestades, mirando la ciudad en lontananza…


PATRIA son mis muertos en Santa Ifigenia, esos que descansan en el suelo de donde nunca alzaron el vuelo… y donde único podría llevarles flores. Es la risa de los niños corriendo con sus pañoletas a la salida de la escuela y alzando sus papalotes de vuelos de ensueños… es el ladrido de mi perra cuando la acaricio en las mañanas, y la mirada de mi madre que me dice que me ama… esa mirada cómplice de quien no quiere verme partir…




PATRIA es mi casa, mi cuarto, mi cama, mis libros en el estante viejo que me hizo mi abuelo; es el retrato de mis tíos en la sala de cuando eran pequeños y no sabían del Norte…

PATRIA es el calor de mi tierra, mi gente, sus alegrías y tristezas, que también son las mías; es la lluvia que cae a veces en las tardes y el olor a vida que impregna en sus calles, es mi maestra de primaria que veía en la bodega a principios de mes en la cola del pan…

PATRIA es el primer beso que di, en aquella fiesta de los años 90, donde nos vestíamos iguales y bebíamos solo agua. PATRIA soy yo, pero yo en mi mundo, no en un páramo extraño que nada puede decirle a la inquietud del mundo, ni a la mía…

PATRIA es cada lágrima que derramo cada día por volver a abrazar a los míos…y es el silbido del viento…que me grita desesperadamente…que regrese…

(EL AUTOR es actualmente profesor del Centro Cultural y de Información Monseñor Pedro Claro Meurice Estíu, en Santiago de Cuba)

viernes, 20 de mayo de 2016

ELIADES OCHOA: DE LA TROVA PARA EL MUNDO




Reinaldo Cedeño Pineda

Leo en la página 57 de este libro:  “Eliades (…) nunca olvida aquella vez  cuando, aun siendo niño, se acercara a un cajón de limpiabotas, donde la gente se agolpaba para ver al señor a quien limpiaban los zapatos, y el pequeño Eliades, aprovechó para tocar la guitarra y ganar unos centavos. En esa ocasión, al terminar de entonar la melodía, el señor a quien todos seguían, le puso la mano en la cabeza y le dijo: “Todos los grandes comienzan… así”. El limpiabotas le dijo luego al muchacho: “Eliades, ese a quien le cantaste, es el Bárbaro del Ritmo, el señor Benny More´”.

     El Benny  hizo de oráculo. La anécdota vale un potosí: es  lo real maravilloso de que hablara Carpentier, el azar concurrente del que escribiera Lezama.  

    Permítaseme aprovechar la ocasión y traer aquí otra anécdota, que de alguna manera es su continuidad. Me ocurrió en la calle Enramadas. Por ella iba subiendo un ardoroso mediodía, tras una conferencia de prensa sobre el disco Sublime Ilusión. Me habían obsequiado una hermosa fotografía de  Eliades, en la cual parecía en primer plano, con su inconfundible sombrero de “cowboy oriental”. 

   Intentaré reproducir el diálogo entre aquella señora que me salió al camino, y un servidor:  

   ¡¿Ese es  Eliades, Eliades Ochoa?!
   Sí.
   ¿Y esa foto, usted la vende?!”…
  No, no, señora…
    !Ah!… es que lo admiro tanto!... Yo lo he visto en España, he ido a sus conciertos en Francia…
 Bueno, señora, mire… yo  le regalo la foto…
   Y vi, viví como los colores se le subieron al rostro, como la alegría le desbordó…
   No,  joven, yo voy a pagarle…
   De ninguna manera: un regalo es un regalo…
   Pero… ¿Ud. sabe lo que tiene?  ¡Es Eliades!”…  
   Sí… Yo sí sé lo que tenemos…

 

(Habla Reinaldo Cedeño en la presentación del libro sobre Eliades Ochoa, al lado de Susana García  de Ediciones Cubanas, la auora del volumen Grisel Sande y el propio Eliades)  
   Sin esperarlo, sin pensarlo, el mundo vino a mí.  A veces, la cercanía no nos deja ver.  Eliades Ochoa es, ni más ni menos, que el guajiro que creyó siempre en lo que hacía; que orgullosamente arrastró, desde la médula, la herencia musical de la familia; aquel al que un día le dijeron que con esa música no iba a salir ni a La Prueba (Oriente adentro) y no hizo más que aferrarse a ella. El que se afirma ser alumno de los grandes de la trova, cuando es ya un consagrado de la misma estatura. 

  Eliades Ochoa es el artista que ha llevado con él, las calles, las serranías, las tejas, el olor de Santiago. Que, en sus “dedos de oro y cuerdas de acero”, ha llevado a todos los santiagueros y a todos los cubanos, a los escenarios más insospechados del mundo. Uno de los líderes del Buena Vista Social Club, uno de los fenómenos musicales más trascendentes de las últimas décadas y que ya se despide  con su célebre gira “Adiós Tour”.   

    Por eso, enaltece este libro, Eliades Ochoa: de la trova para el mundo de  Grisel Sande Figueredo, publicado por Ediciones Cubanas (Artex). Este libro es un riesgo, cada libro lo es; pero este se presenta doble,  porque viene desde la cercanía. La autora debió tomar distancia de su compromiso conyugal, para equilibrar su juicio. El empeño arrojó luces. Este es un libro justo, transparente,  pleno de información valiosa, escrito con conciencia; pero sin alardes. Es un libro bien pensado.

 
( La autora del volumen, Grisel Sande y el presentador Reinaldo Cedeño) 

  Al modo de una descarga, de una pieza musical, de un concierto, no tiene prólogo; sino obertura, a cargo de Silvio Rodríguez. ¡Nada menos! En los capítulos siguientes, entramos en los primeros años del creador,  en la génesis del Cuarteto Patria, cuya dirección asumiera andando el tiempo; y por supuesto, en la mítica Casa de la Trova santiaguera y en la leyenda del Buena Vista Social Club.

   Uno de los apartados más interesantes es aquel en que la autora  pudo reunir la opinión de sus contemporáneos sobre el célebre intérprete de “Píntate los labios, María” y “Estoy como nunca”. A saber, los inolvidables Rubén González, Ibrahím Ferrer y Compay Segundo; Rubén Blades, Pancho Amat, Ry Cooder, Charles Muslewhite, María Teresa Linares… y hasta el cosmonauta Arnaldo Tamayo Méndez. 

  Luego, aparecen artículos, datos biográficos, versos. Es una visión multilateral, que indudablemente, enriquece el volumen. Nos asombramos al ver desfilar por nuestros ojos,  la  increíble cantidad de galardones internacionales recibidos por el artista con sus discos de oro y platino, las nominaciones al Grammy. La autora (sabrá Dios con cuantos desvelos),  confirmó fechas, hurgó en programas, rastreó en periódicos, revistas y publicaciones digitales… 

   Un regalo especial lo constituyen las partituras de algunos temas, que músicos y estudiosos sabrán agradecer. Por si fuera poco, un abundante material gráfico acompaña el volumen: El Eliades de  los comienzos y el Eliades de la fama universal. Y un disco adjunto que redondea todo, como verdadera gema.

    Por eso, insisto,  Eliades Ochoa: de la trova para el mundo, es un libro bien pensado. Ediciones Cubanas (Artex) ha hecho bien en acoger, en apostar  por este texto de  Grisel Sande Figueredo.  Ella ha sabido restaurar la memoria, atrapar el eco de  más de un suceso prendido en cualquier esquina del planeta. Ella ha sabido sintetizar, ha sabido aquilatar la vida de un artista que es ya  un clásico de la música cubana.

TOMADO de La Jiribilla

 

Eliades Ochoa y el autor del artículo, Reinaldo Cedeño 

FARAH MARÍA: Más allá del malecón...




Texto: Reinaldo Cedeño Pineda. 
Agradecimientos por las imágens a Dr. Arquímides Montoya 

Esa muchacha va a ganar, masculló una de las favoritas al galardón. Cuando la vio descender de la escalera rumbo al escenario, cuando la vio danzar en el aire, su mirada se tornó vidriosa. Va a ganar, repitió…

El jurado deliberó hasta la madrugada. Las participantes, en un salón contiguo, tampoco  podían dormir. El oráculo se cumplió: Farah María ganó el  Gran Premio del  Festival Orfeo de Oro 1976, entonces, una de las vitrinas de la cancionística internacional en Europa del Este.

No fue solo Bulgaria. En  esa  propia década se acreditó el premio de interpretación en Dresde, en el difícil Sopot y hasta en Tokio. En el Festival Mundial de la Canción Yamaha, fue la sensación con Recuerdo  de aquel largo viaje de Raúl Gómez. La estoy escuchando.

 Atesoro un video del Guzmán 1981, aquel concurso que tanto aportó a nuestra música, que tanto rigor devolvió a la televisión cubana. Cantan La Lupe  de Juan Almeida, a cuatro voces: Amelita Frades, Beatriz Márquez y  Elena Burque. La última en salir es Farah. Los aplausos arrecian. El cable del micrófono da un pequeño tirón que ella sabe sortear con elegancia. Aparece  en todo su esplendor.


Me parecía que estaba soñando, que estaba flotando… me comentó una tarde. De eso sabía: de flotar, de  hacer soñar a los demás. Me lo dijo en su propia casa, al lado del piano, al lado de los girasoles de la popularidad que la revista Opina, que sus seguidores le propiciaron.  

 

Fue  la gema del cuarteto que integraron Memé Solís, Miguel Ángel Piña y Héctor Téllez, antes de su carrera en solitario. Un tango como Adiós muchachos o un  cha cha chá como El Alardoso, parecían escritos para ella. Algunos de los boleros que cantó por la geografía española, también.  Interpretó a grandes autores, pero siempre supo cual era su cuerda, siempre supo escoger a sus acompañantes. 

Cierto que fue  modelo en sus inicios, que tomó incluso clases de ballet; pero ella subió un escaño en eso de  pulir lo que natura le dispensó. Tejió su red,  haló el cordel, rindió  a todos,  hasta que le bautizaron como “La gacela de Cuba”, como “La gacela que canta”. 

Podía aparecer ante las cámaras. Podía cantar en las arenas. Podía subir a las tablas con un vestido glamoroso. Siempre sensual, pero jamás grosera. Los hombres querían tenerle cerca. Las mujeres, envidiaban su figura. Era un “dolor de cabeza”. 

Tengo muchos amigos que cuentan conmigo. Provengo de una familia numerosa, será por eso que me gusta compartir. Y siempre estoy buscando la felicidad,  me confesó a media voz, con una insospechada timidez, con auténtica modestia. 

 En 2012, Enrique Pineda Barnet la invitó a su polémica cinta Verde, verde. Farah es la dama omnipresente que vigila, que asiente, que critica. Le basta una mirada. No fue su primera vez en el cine, ni su primera actuación especial. 

 

Hay una pieza musical que le ha perseguido. Se la pedían en cualquier sitio, en cualquier momento. Casi no hay que nombrarla. Ella le entregó a la inspiración de Enrique Jorrín, todo su donaire. Hizo del  pequeño tema, un exitazo. 

Alguna vez se dijo que  “el tiburón” no se refiere precisamente a un escualo. Resulta  metafórico bautismo hacia aquellos que van al malecón y a otras zonas afines… para erotizarse.

Muchos le agasajaron por sus setenta años. No lo podían creer. Nos resistimos a que el tiempo pase sobre las personas que admiramos, a que le rocen las tristezas. Las queremos siempre vencedoras. 

Farah María es una época, un estilo, un sueño. Es la novia de toda una generación de cubanos.  Y nos acompaña, eternamente grácil, con un duende imbatible: “Yo no me baño en el malecón…”

 (Tomado de ON CUBA) 

domingo, 24 de abril de 2016

La CONJETURA CRÍTICA de LINA DE FERIA









Reinaldo Cedeño Pineda


En la clausura de la Feria del Libro, Santiago de Cuba, 24 de abril de 2016. 



¿Cual será el primer verso, la primera palabra que me habré leído de Lina de Feria? ¿Cuándo? ¿Acaso importa ya, después de tanta jungla y de tanto safari y de tantas soledades? 


Curiosamente, el año en que yo nací, 1968, el mismo de la Primavera de Praga y de los tanques en sus calles, el mismo en que comenzaron las bombas del Norte sobre el bambú vietnamita;  el 1968 en que se realizó en Cuba la llamada “ofensiva revolucionaria” y en que cayó Martin Luther King en busca de un sueño, Lina de Feria publicó su primer poemario Casa que no existía, libro que mereciera el año anterior, el codiciado premio David. También ella acariciaba un sueño, el de todo poeta, y permítanme un préstamo: “echar sus versos del alma”.


Pasaron años, pasaron muchas cosas, antes que un día tocara en su apartamento de la calle Línea. Llevaba la encomienda de la UNEAC, o mejor el sueño, de traer para las ediciones Caserón el libro de Libertad de Arriba, Contra los cadalsos. Ella y su hermana Dulma, confiaron en mí, y el libro después de algunos avatares (esos nunca faltan) vio la luz. Volaba al fin Libertad Dearriba, sobre todos los prejuicios, sobre todos los olvidos. 

Se lo agradecí en privado y ahora quiero aprovechar la oportunidad para hacerlo público. Oportuno, que no oportunista, que de esos estoy hasta el hartazgo. 

Gracias a ese paso inicial, y al del poeta León Estrada y la diseñadora Marta Mosquera (sea dicho con justicia) se recuperó una voz núbil, una voz trunca para la lírica cubana que andaba hasta entonces desgajada en alguna revista, sobrevolando la ciudad como espectro sin consuelo.


En el prólogo del libro de aquella muchacha que tan cercana le fuera, Lina apuntó una frase que a nadie dejará indiferente: “Libertad no ve la vida simple, sino el hueso de la vida”. Es una frase en la que se funden la metáfora luminosa del poeta con la mirada escrutadora del analista. En similar tono está escrito este libro: La conjetura crítica. Noventa páginas de la Editorial Extramuros, La Habana, 2015. Edición de Lourdes Cairo. 


(Reinaldo Cedeño, junto a Lina de Feria y Rogelio Martínez Furé, las figuras a las que se dedicó la Feria)


La primera página de este volumen está dedicada a La Avellaneda, ¿a quién mejor que a esta genial transgresora? “Untada de mar iría a España… el suelo patrio la concebía, y su sexualidad era totalmente idiosincrática. Se guiaba por el temperamento, todo era a grandes saltos, como las parcas de Goya”. Así afirma la autora. Esa es su Tula. El personaje pasa por su tamiz, deja la estela, exprime la savia en una gota y sigue.


La conjetura crítica es en verdad una paleta de diferentes tonalidades, de múltiples impresiones. Caben en ella “la dosis de sabiduría,  la puntual inteligencia” de Beatriz Maggi, la perenne angustia de Ángel Escobar; la callada, la augusta reserva de Serafina Núñez ante aquellos que “empujaban las ventanas” si era preciso, para publicar.


Cabe el espíritu del poeta holguinero, el ya mítico  Delfin Prats, entre el esplendor y el caos (como se titula un documental sobre su vida) “Buscaríamos tal vez que el  poeta no fuera tan sufriente”, apunta Lina.  Ojalá las circunstancias no lo hubieran sido, anoto. Su poesía “gotea”, es “no de vanguardia o postmoderna, sino de cala humanísima”, subraya.  


En La conjetura crítica, la autora se abre a la recopilación No hay que llorar, de Arístides Vega Chapú, libro sobre esa crisis llamada noblemente “período especial”. Y se detiene, súbitamente. Como una ruptura (nunca mejor dicho) en su propia historia, en las salvadoras hojas de naranja con que entretenía su estómago allá por los noventa. Ay, Arístides; ay, Lina, si les contara…


Asimismo, sus letras tocan a Julián del Casal, curiosamente no a lo preterido, no a la desolación; sino a su futuridad. “Venía por la vertiente distinta, la oscuridad era luminosa para él”, escribe. A Fariñas, al pintor devenido poeta le bautiza como “artífice de fino hilo”, al venezolano Edmundo Aray, en su libro Versos de Manuela de la colección Sur, le valora la construcción de altos quilates, a Carmen Serrano le descubre los “pájaros de fuego stravinskianos”; A Rito Ramón  Aroche, la “engendración de lo poético… el rompimiento… la imantación de los sonidos”.


En La conjetura crítica, la metáfora se bruñe no ya en el verso, sino en la exégesis. El libro reúne en un corpus, reseñas, ensayos más o menos cortos más o menos largos, artículos, crónicas tal vez, publicados aquí y allá que han ganado ahora nueva dimensión. La autora sale de su propia poesía, se expande, se arriesga. Calibra, justiprecia,  toca (o al menos lo intenta), aquello que se mueve  alrededor de las letras; ora lo clásico, ora lo contemporáneo. Emerge Lina de Feria otra


Y aunque no siempre estemos junto a ella, letra por letra (lo que en materia literaria no podrá pedirse); hay un desprendimiento, una voluntad de acompañamiento, un afán por develar que merece reconocimiento, cuando pastamos en un campo donde abunda tanta crítica estéril, o peor, tanta obra sin crítica. 


Sé que pretendo mucho, pero más que estas palabras, quiero que te llegue con ellas, el abrazo de un amigo. Un abrazo capaz de arrinconar las sombras que alguna vez han querido cobijarte, un abrazo capaz  de encender la luces de una vida noble como la tuya, aquí, justamente. En el Santiago, noblemente  orgulloso, de que hayas nacido del barro prodigioso de esta tierra que guarda a Martí, de esta tierra de Heredia y de Poveda y de Maceo.