miércoles, 14 de enero de 2009

La aventura santiaguera de un viaje en moto




Reinaldo Cedeño Pineda
escribanode@gmail.com

A Santiago de Cuba le va saliendo otro sobrenombre al lado de los ganados por su heroísmo y su condición montañosa. Es ya “La ciudad de las motos”.

Se trata de la variante santiaguera de “los almendrones” habaneros, los autos de alquiler de los cincuenta, “el museo rodante capitalino” (y no sólo capitalino, claro está)

Muchos amigos de otras partes de Cuba, me han solicitado que les cuente, porque lo que es tan natural para los lugareños… es toda una aventura para los forasteros.

El calificativo de aventura para un simple viaje en moto no me lo puedo adjudicar, no es de factura propia… lo tomo de José Luis Moreno del Toro, el poeta holguinero, el médico de Lezama, quien llegó a la sede santiaguera de la UNEAC con un toque de asombro... después de un viaje en dos ruedas.

(Es de suponer que la palabra ha de haberse aplicado mucho antes, por otros visitantes)

Durante el 2008, una colega de la televisión (casco en mano) afirmó que en Santiago de Cuba hay no menos de 17 000 motos… pero creo que definitivamente, se quedó corta.

En ocasiones, puedes pensar que andas en una pista de carreras, y que en cualquier momento… bajarán la bandera a cuadros.

(Entre los lugares más notables para esta imagen están la Avenida de los Libertadores, más conocida por Carretera Central: exactamente entre el edificio de 18 plantas de Martí y el policlínico Julián Grimau. También en la Avenida Victoriano Garzón, frente al Preuniversitario Cuqui Bosch)

No recuerdo cuando aparecieron las motos en estos lares en semejante magnitud; pero eso sí, las que ruedan aquí pueden ser de cualquier sitio de la Isla, sobre todo de otras ciudades del Oriente…

Algunos se saben todas las direcciones: las de la bahía y la de las montañas, las de los famosos Distritos y la de cualquier callejón, los kilómetros de las autopistas y las arterias céntricas… a otros (los recién atraídos por este emporio) tendrás que indicarle donde queda tu destino… pero despreocúpate, la mayoría son muy amables… siempre llegarás, siempre habrá una solución.

Se trata de un viaje PERSONALIZADO, palabreja muy de moda en el ámbito electrónicol. Ah, una cosa: Los motoristas siempre tienen cambio, o lo procuran... no como ciertas cafeterías o comercios por ahí... que tantas veces te dicen ramplonamente, con toda la calma del mundo que no tienen, que lo sienten (si lo sienten) ... y a otra cosa, mariposa. La cosa no es con ellos. Y no insistas por favor, no te amargues el día...

Volvemos. A las motos habrá que hacerle una oda, lo mismo que al “plátano burro”, salvador de la cocina cubana, “el zorro” como algunos le marcaron (o plátano macho, fongo, cambute, jumbo, cuatro esquinas… según sea la zona del país).

De motoristas, cascos y precios…

Las motos “de alquiler” no son baratas… pero van a donde tú elijas, se mueven a cualquier hora, te acortan el tiempo (prepárate que una cosa lleva a la otra), difícilmente quedan embotelladas o se detienen por un bache o un desvío (que no son nada escasos, sea dicho). En una palabra, te salvan…

Y no es que no haya transporte en Santiago de Cuba, que no hayan mejorado algunas rutas locales (algunas)… pero no alcanza, ni de lejos. Recuérdese, se trata este del municipio más poblado de Cuba, no hay concentración mayor de personas en ninguna parte de la Isla, y hay largos años de camionetas, de a pie...

Diez pesos es el saldo mínimo de una moto… siempre que se muevan en el centro de la ciudad. Cuando le mencionas otros sitios, de las afueras…. se ponen cariacontecidos, se revuelven en sus estrechos y esponjosos asientos, enarcan las cejas, carraspean, te miran fijo… A usted, como pasajero inteligente, le tocará consolarlos… consuelo aquí quiere decir el doble, el triple… También te pueden sonar el precio a sopetón, como una pedrada… pero tu resistirás a pie firme (a bolsillo firme), porque quieres llegar… y ese propósito no habrá nada que lo pueda frustrar.

(Si lo sabré yo que vivo… en las afueras, en el “municipio especial” de Boniato)

Si es de noche… ya sabes hay que pagar nocturnidad… y si es de madrugada, madrugadidad… si no es que acabo de inventar esa palabra.

(La madrugada es una sorpresa)

No importa si vas a tu trabajo, a una cita amorosa, a un hospital… Ellas siempre están (las motos digo), y ellos (los motoristas)… Conste que no es lenguaje sexista ni discriminación, es que son hombres (al menos no he visto ninguna chica en esos menesteres) , muchachones casi todos…

Los hay conversadores… pero como las palabras se las lleva el viento (y aquí no se trata de una metáfora) tendrás que acercarte un poco más, si quieres seguir el hilo de una conversación sobre ruedas. Todo un fotograma de un road movie, donde usted ya no es espectador... sino el protagonista

Los hay que no dicen una sola palabra y les basta con el lenguaje más universal y antiguo: el de las señas.

Los hay de short y chancletas, de pantalón largo y Adidas, de mangas y desmangados… Tal vez hasta ganes un amigo...

Si se trata de una gestión rápida, el motorista le puede devolver a donde le recogió. Un viaje de ida y vuelta que ningún otro vehículo le garantiza así de fácil....

(No voy haciendo propaganda, que lamentablemente no tengo moto propia, sólo refiero mi propia experiencia).

¿Qué… de qué marcas son las motos? Me piden demasiado… todas tiene dos ruedas, con un chofer delante y un espacio detrás…

¿Qué… de quién son las motos? Del que la maneja… o de un primo… de la mujer… de un amigo… y eso qué importa cuando te vas amontar.

¿Cómo identificar una moto de alquiler? Por un casco que cuelga del timón… y es que todos han de llevar uno, motorista y pasajero. La ley lo exige y así se cumple, pero… hay de todo.

Lo mismo puedes llevar un casco que te embutes cabeza abajo, casi asfixiante, modelo de película… que un cascarón que se sujeta por obra de milagro, que lleva debajo trapo, poliespuma recortada, una jabita plástica... ya se sabe que esas jabitas son el sumum de la polifuncionalidad.

Con todo, el acápite casco ha mejorado: aquí se vieron cascos de todo tipo: de pelotero, patinador, de eléctrico, los famosos “cascos blancos” de los constructores e incluso de minero, con ciertas modificaciones…
―Ehhhh… un momento… no te lleves el casco, pasajero…

Sacar la mano en cualquier esquina, que la moto venga a tus pies, confesar el destino, alzar una pierna, depositarte ( por favor que alguien me explique como una mujer mantiene el equilibrio en una moto sentándose de costado), hundirte el casco que te dan, recibir esa descarga de aire (ahí está un refrán ad hoc: pelo suelto y carretera... le recomiendo unas gafas para proteger sus ojos de previstos e imprevistos), sujetarte del tronco del motorista o del aro metálico al final del asiento (depende), vivir esa sensación de fuerza, de libertad, mientras “vuela bajito”… es una aventura santiaguera inolvidable.

(Ahora, si presume que el motorista quiere batir récords de velocidad con usted arriba, si ve pasar los árboles, las casas y apenas las distingue… llámelo a capítulo, exíjale cordura, no lo dude un solo instante, no lo postergue...)

¿Se anima?

ARTÍCULO RELACIONADO:

---YO monté un taxi rutero:
http://laislaylaespina.blogspot.com/2008/07/yo-mont-un-taxi-rutero.html
FOTOGRAFÍAS: Francis Castillo

11 comentarios:

Amparo dijo...

Recoge un regalo que te dejé en mi blog hoy, 14 de enero de 2009. ¡Felicidades, amigo!

Anónimo dijo...

Me gustó muchísimo tu artículo sobre las motos, y me quedé pasmada con las motos de alquiler, aquí EN sANTA cLARA eso no se usa y no sabía que en Cuba existía ese servicio. Es asombroso lo que inventa el cubano. Sí hubo en un tiempo, antes de los bicitaxi, un señor que le puso al lado de la bicicleta un asiento con rueda, como un sidecar, comiquísimo, pero hace tiempo que no lo veo, no sé si enfermó, si murió o se arepintió.

Un beso verbiclarino

Amparo

Anónimo dijo...

Tengo el presentimiento de que no has contado todas tus aventuras en moto
Roberto.

Reinaldo Cedeño Pineda (CUBA) dijo...

Pues amiga Verbiclara… eso será en el centro. Aquí en Santiago, van de motos, bicitaxis, coches tirados por caballos… aquí nadie se retira.
.....................

Roberto:

La verdad es que he tomado muchas motos, por la necesidad de estar aquí y allá, en un tiempo breve, porque de los taxis… ni hablar. Hasta el momento no he tenido mayor problema. Ahora... siempre en cualquier viaje (en moto o no) puede surgir algún imprevisto (que puede ser bueno, malo, regular...…) y sin dudar, con carácter resolutivo y en tiempo breve, no tienes más remedio que hacerle frente. Es ahí que cada quien, dependiendo de la situación y de como la asuma, la resuelve a su modo...

Adrián Quintero Marrero dijo...

Respetemos el derecho del cronista de seleccionar la información que desee mostrar. En cuanto a mí, Cedeño sabe que pudiera hacer mi propia crónica "motorística". Aprovecharé el poco tiempo de que dispongo en una PC que no es nada personal:
No voy a negar que para mí -simple turista nacional- las motos de Santiago entrañaban una atracción casi "sensual". Y me interesaban tanto como le intererasaron (no sé sí será cierto, pero pudo serlo) ciertos lugares de La Habana a Almodóvar.
Por acá los motoristas sólo montarían a una mujer hermosa. En Santiago, las motos son otro modo de percibir la "hospitalidad" tantas veces mencionada.
Pero yo tardé en cabalgarlas. No tenía idea de cómo alcanzar una moto.
Soy tímido. Pensé que se parqueaban en algún lugar. Nada de eso, no son legales...Pero para tomarlas, sólo hay que "sacarle la mano" a la primera que veas vacía y ya está. A la hora de pagar es otro lío.
Una vez me moví de la Alameda al parque Céspedes y cuando fui a pagar, el joven mulato (mi transportista de aquella jornada) se había esfumado parece que para evadir a la policía..Y yo salí tras a él al otro lado del parque, porque me gusta cumplir..
Volviendo a lo de la sensualidad, a lo sensorial...en las motos a veces uno se apena un tanto, porque cuando se lanzan por una pendiente, caemos encima del mororista....¿y de dónde me aguanto?...NO me atrevería a tomarlo por el tronco...A ver si me dice: "¿Qué e' eso Compay?" Claro, no dudaría que alguno que otro, quizá de noche, preste servicios "especiales" al viajero. De todo hay en la viña del señor. Y también hay que protegerse. Puede haber malhechores. Evelio, un amigo santiaguero, me recomedó que me fijara en la calidad de la moto..¡Imagínese usted! Yo no sé nada de Mecánica...También me dijo que de noche buscara un motorista más bien de edad madura, pues son más cuidadosos con su trabajo...
En esto último creo que tampoco podré compalcerlo. Aunque de las delicias que la juventud propicia, yo sí sé.

Anónimo dijo...

jajjajaja muy simpático, claro que las he vivido, y no solo vivido sino
también que las he disfrutado y padecido en tantos sentidos que no tienes
idea. lástima que haya que recurrir a ellas porque nos siga afectando el
mismísimo problema de no tener un carro propio o la opción de un
transporte público decente, quiero decir a tiempo y espacio.
Pero no me quejo de las motos, quiero que sobrevivan porque rsuelven un
problema que parece imposible de solucionarse por ahora, y coincido
contigo en que son buenas las medidas de seguridad para el piloto y el
cliente, así como exigirle al joven que tiene tu vida en sus manos el
derecho a la integridad física sin demora.

Por desgracia, muchos ven a las motos como una amenaza, es una salida
fácil. Los accidentes son por imprudencias del piloto irresponsable y eso
es otra cuestión que pasa también con cualquier otra carrocería. Se
considera que la solución para el problema del transporte -no sólo del
transporte- es eliminar las opciones que la población ingenia y esa es una
ecuación ilógica que nunca entenderé: queremos borrar las consecuencias y
las soluciones -tal vez precarias pero soluciones momentáneas- y no
procuramos ir a la causa que genera las situaciones de necesidad.
No sé si recuerdas aquel tremendo documental “La chivichana”, de
Rigoberto Jiménez, de TV serrana, todo un suceso como hecho sociológico y
como documental pero un suicidio de esa pobre gente que no tiene apenas
esa opción. no llegamos a ese extremo los santiagueros pero muchas vecs no
tenemos más que ea opción, aquí los taxis son más raros que los objetos
volantes en Blade Runner. Sí de aventuras se trata, claro que sí, es una
aventura honrada, dura, lamentable, costosa, en el plano personal muchas
veces voluntaria pero en el plano colectivo necesaria, a falta de la
opción mejor. Viva el ingenio, la solidaridad…. y la consciencia de cuidarnos los unos a los otros para seguir luchando por muchos muchos años en esta preciosa y
auténtica ciudad.

un beso, rei…
Ileana
pd: ahora debo coger -coger?- una moto pra regresar a la casa, estoy
muerta del cansancio.

Anónimo dijo...

Ay, escribano que en moto montáis... Tal parece que acabas de comprar una y se la has dado a un amigote, o sobrinote, o a cualquier otro socio, socito tuyo, del exilio boniatiense, para que tire el pasaje mientras te embutes la mitad del money y, por si fuera poco, te encargas de la promoción mediática... ¡en Internet! Vamos, eso es grande, jajaja. Bromeo, amigo mío. Muy buena tu perspectiva, y te lo digo porque aunque en mis cinco universitarios y "estipéndicos" años no me aventuré en más de 4 viajes en moto (¡y fueron cuatro exactamente, no más!), fueron de veras la salvación para aquellos que, con Gómez por delante (o cualquier otro héroe, porque encontrar cambio será un problema en algunos establecimientos, pero en las motos no), tuvieron que trasladarse a la velocidad de la luz a resolver un problema de cualquier tipo, y la falta de transporte (gracias a las motos y a los mozos en las motos) no lo impidió….
Un abrazo, Rey, y suerte con la moto.
Abdiel.

Anónimo dijo...

Adrián, Ileana, Abdiel... ya veo, ya veo que cada quien tiene su PROPIA historia sobre dos ruedas...

Anónimo dijo...

La ciudad de las motos

Antonio Desquirón


Verdaderamente, Santiago de Cuba es la ciudad de las motos. Cuántas son, no lo sé. Una vez vi por televisión a una persona que fijaba su número en unas veinte mil. No me parece exagerado: hay muchas. Pero hace unos años era diferente. No las recuerdo, al menos en esa cantidad, antes del Período Especial –o antes de los primeros ’90, para ser más precisos-.

Claro que siempre las hubo: un hombre que durante mi niñez se encargaba de traer a casa la Bohemia y el Carteles, además de comprar por encargo cualquier medicamento, y respondía al chinesco apelativo de Chan-lí –no tenía ojos rasgados ni pelo lacio, sencillamente lo llamaban de esa forma- poseía una. Sin embargo, el número de motos aumentó en mi ciudad hacia los años ’80, cuando muchos de los jóvenes que regresaban de estudiar o trabajar en los antiguos Países Socialistas, las compraron allá y las trajeron.

Claro que no estoy convencido de que todas las motos que transitan por las calles santiagueras hayan entrado a la Isla de esa manera. Hacia 1995 –por lo menos ese año comencé a servirme de ellas- las motos se convirtieron en taxis: el transporte público estaba mucho más deprimido que hoy debido a los años de “Período”, los dueños, generalmente gente joven, vieron en su vehículo una fuente de trabajo y ganancia.

La ciudad santiaguera –mucho más que otras de Cuba- ha visto privatizarse en gran medida su transporte público. No es que no exista respuesta del Estado, sino que comparativamente es pequeña y, hasta donde puedo ver, depende más del poder de compra del país, que de la sostenibilidad del sistema de transportación estatal actual.

Como es lógico, la circulación de los habitantes de una ciudad está sujeta a parámetros –duración de los viajes, períodos de espera, flujo, consumo de combustibles y otros insumos, agresión al medio ambiente, estado de los equipos, etc – que por principio sólo pueden ser responsabilidad del gobierno de la misma.

La iniciativa privada, en general poco controlable, en este caso no es un verdadero inconveniente porque está resolviendo un problema sensible: la transportación urbana. Hay que aclarar que el sector privado del transporte público santiaguero no está integrado solamente por motos, sino también por camiones, camionetas y una serie de vehículos poco definibles que a lo que más se parecen es a los antiguos “pisicorres”. La evidencia de que “el problema del transporte” santiaguero dista mucho de ser algo sencillo, aconseja que sea tratado por varias personas.

Pero sigamos con las motos: todas las quejas que el sistema de taxis acumuló y jamás ha resuelto, cesaron en pocos meses: los motoristas van a donde quieras, siempre tienen cambio, se averían poco, en general son amables, no suelen ser desaseados ni –por carencia de espacio, no creo que por otra cosa- tampoco te imponen un tercer pasajero con el que charlan de sus asuntos durante todo el viaje haciendo de ti –verdadero y único cliente- un intruso.

El trabajo del motorista –que es como se llaman en nuestra región a los que tripulan motos- es arriesgado: como suele repetirse, su propio cuerpo es “la carrocería de la moto”. Su cuerpo y el del pasajero. Ya se sabe que en caso de accidente, ninguno de ambos tiene protección, como no sea el casco que con muy buen tino ha obligado la ley a que lleven ajustado.

Hay que decir también que es uno de los trabajos menos fatigosos de los que atañen al transporte público particular –y de todas maneras lo es: imaginen estar expuestos al tránsito citadino y al sol durante muchas horas, sin contar con los imprevistos del propio equipo-.

El chofer de un camión o camioneta debe levantarse muy temprano, revisarlo, limpiarlo, “habilitarlo” –que es como se llama coloquialmente al hecho de ponerle combustible, más revisarle al agua y el aceite-, deben tener un ayudante, gastar mucho en piezas de repuesto, combustible, gomas, acumulador, estar siempre ojo avizor pues no se sabe qué puede surgir, salir a trabajar todos los días con un cierto espíritu de aventura que le permita manejar a su favor las mil y una situaciones posibles, desde una crecida de río, hasta una mujer de parto. El motorista no. Puede levantarse incluso minutos más tarde que cualquier trabajador, desayunar bien –la comida es sagrada para ellos- vestir sus ropas deportivas, y salir “a luchar la calle”.

El motorista ejerce cierto poder, cierta capacidad de seducción sobre las féminas –legítima o no- parece que la práctica les da la razón: universalmente, quien vive de conducir motos, correrlas, o posee alguna y la utiliza constantemente se ha convertido en un sex symbol, digno hasta del cine pornográfico:

En realidad muchas jovencitas se sienten estremecidas por la atención del un motorista o por montar en una moto a la entrada de la escuela, frente a sus amigas. Como estas distinciones por lo general implican compensaciones nada platónicas, a las muchachas que por la frecuencia de sus viajes mostraban en su pierna la quemadura del tubo de escape del equipo, se las llamaba “gasolineras”.

Como ser motorista comporta un cierto modo de vida libre, arriesgado, de shorts, pulóver, gafas de sol y zapatillas, comidas callejeras caras y a deshora, para muchos jóvenes ello es un sueño.

Como el motorista gasta mucho, también debe ganar mucho: o sea, que difícilmente deje de trabajar por la lluvia, o por sentirse indispuesto, o sencillamente por cambiar de actividad. Sin embargo, para nada el motorista es un trabajador modelo o un hombre nuevo, pues pertenece a un cierto tipo de folclor urbano, a una picaresca muy de nuestros días.

La moto es uno de los símbolos del Santiago de Cuba de hoy y por ello es un error ignorarlas. Tanto demonizarlas –a ellas y a sus tripulantes- como glorificarlas es un error: expresión de la dinámica actual de nuestra ciudad, pueden decirnos mucho si las miramos con objetividad y, cuando nos haga falta, nos servimos de ellas sin miedo ni complejos.


Cuabitas, enero 16 de 2009

Anónimo dijo...

Reinaldo:

Muy buen artículo. Me parece muy divertido. Y gracias por no caer en ese lugar común de la prensa de hoy, tan de espaldas al pueblo, que siempre culpan a los de iniciativa privada por todos los males y aberraciones sociales. Gracias.

Francis

Anónimo dijo...

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