miércoles, 14 de enero de 2009

INFATIGABLE


Antonio Desquirón Oliva
desquiron@gmail.com

Creo que nunca se llegará a definir si en los dominios del arte existe lo que se conoce como progreso. En otros dominios el hecho me parece incontestable: si antes nos alumbrábamos con velas o con carburo y ahora con bombillos ahorradores, ahora es mejor. En el arte no tanto. No creo que haya estilos o técnicas superiores a otros. El Impresionismo no contiene, como comunicación estética, nada que lo haga superior al Gótico o al Cinquecentto. En gran parte, ello depende del qué diga el artista y cómo.
En última instancia, el ritmo, los gestos del momento y hasta los colores siempre serán los del momento histórico en que se plasma la obra (en el caso de Miguel Ángel Botalín, cuando se pinta el cuadro).

Cuando Botalín escoge (o “se le impone”) el paisaje urbano de Santiago de Cuba como tema central de su pintura, -algo con una tradición que se remonta a “La Antigua Alameda” de Joaquín Cuadras, pasando por Tejada, Bofill Cayol, los dibujos de Serra, las escalinatas de Aguilera, las agrupaciones de Horruitinier-, no está repitiendo un esquema, sino reinterpretándolo: algo parecido a lo que hace un sonero actual con respecto a lo que hizo Sindo Garay.

No creo inútil decir lo anterior, ya que si existen magníficos creadores cuya visión del paisaje santiaguero los lleva por caminos diferentes y válidos, el hecho de que Botalín apueste por una modalidad más o menos “consagrada” no constituye un juego al seguro sino lo contrario: hacerlo “en casa del trompo” . Los colores –que no desprecian al blanco-, los contrastes luminosos, los formatos, la informalidad dentro de lo formal –las rectas que no son rectas, pero que tampoco dejan de serlo- tan santiagueras, y tantas otras cosas que nos definen como ciudad y como seres humanos, revelan que Botalín mira, ve y trasmite. No reproduce maquinalmente una determinada visual de la ciudad sino que reflexiona sobre ella y dice cosas de sustancia.


Hace unos días le pregunté al pintor si esta muestra tenía título. Me respondió, “si alguien me pregunta, le pondría La Infatigable Santiago”. Y a sus cuadros, “De la Serie La infatigable Santiago”. Incluso, me explicó por qué ese título: son las palabras de Alguien aunque no recuerdo Quién. Hay que preguntarle al artista.



El asunto es que la palabra infatigable me recuerda, no a la cualidad de incansable y a cualquier hora de los santiagueros, sino a la índole constructiva de los cuadros de Botalín, donde los colores puestos con espátula parecen objetos duros (ni un profesor soviético sería capaz de negar a la pintura de este señor la calidad de plástica) que ha sido necesario acarrear, levantar y colocar. De la misma manera que un Rodolfo Hernández Giró se apoyaba en la transparencia del color, Botalín lo hace en la materialidad de cada objeto –muro, alero, sombra, montaña, palma- Labor de constructor, donde al igual que en la realidad de la ciudad, existen las líneas rectas solamente en la intención, que es como decir, que el que construye, el que pinta, es una persona, no una entelequia de cartabón y lápiz fino. He ahí quizá lo que me encariña más con esta obra: que ostenta su falibilidad, su muy relativa trascendencia.

A mi manera de ver ese es el valor supremo del “lo santiaguero”, si es que ese término existe (y espero que así sea), que viaja infatigablemente por el Tiempo, pero no sobre como sobre un Corcel, sino por dentro como una bala de ciencia/ficción por una arteria.

Eso me hizo ver Botalín con sus paisajes.

Santiago de Cuba, enero 2009

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--Serie CUABITAS, un lugar en el mundo
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