viernes, 20 de septiembre de 2013

Sobre BERTILLÓN 166: David Martínez Balsa //MENCIÓN Segundo Concurso Caridad Pineda In Memoriam de Promoción de la Lectura

 

(Fotograma de EL SASTRE de Jorge Luis Hernández, premiado corto de ficción hecho en Santiago de Cuba sobre Bertillón 166,  con el protagonismo de Raúl Pomares) 

La literatura atrajo mi atención desde temprana edad, aunque admito que en un inicio, los libros que perseguí cargaban la autoría de grandes novelistas a escala internacional. A los doce años ya había leído a Dumas, Verne, Salgari, Stephen King, Lovecraft, Stoker y otros tantos más. No es menos cierto que en la actualidad ha decrecido la atracción de los jóvenes hacia un buen libro: prefieren el mejor celular del mundo, una prenda de ropa digna de ser exhibida en museos (por el alto costo) películas repletas de personajes repetitivos, sexo y bastante violencia. No me malinterpreten, también yo soy joven y me inclino hacia los celulares, las mujeres, las películas y alguna que otra prenda de ropa, pero tampoco reniego de los libros simplemente porque ‘’ya pasaron de moda’’ o ‘’no se usan’’.

A medida que transcurrían los años, mi búsqueda de libros cobró madurez… Ya no cazaba obras con finales felices y protagonistas perfectos. Quería tristeza, crueldad, romance, sorpresa, quería un mundo dónde los finales fuesen inesperados, los hombres y mujeres cargasen defectos, y la vida se representara como lo que precisamente es: maravillosa e incierta.

Encontré muchos volúmenes acordes a mi nuevo tipo de preferencia, a pesar de que mi campo de búsqueda seguía limitado a autores extranjeros, y no nacionales o de Latinoamérica. Fue entonces que interrogué a mi madre, Licenciada en Español, sobre los narradores cubanos de renombre. De inmediato surgió un nombre: José Soler Puig, y junto al escritor, llegó la novela que lo catapultó a la fama: Bertillón 166. El título captó mi interés y desencadenó una lluvia de preguntas en torno al libro. En resumidas cuentas, trataba el tema del clandestinaje, más específicamente en Santiago de Cuba.
¿No será más de lo mismo con lo mismo?, pregunté. A la semana, mi madre entró a la casa y me dejó encima de la mesa ‘Bertillón 166’’.

—Coge, léetelo –dijo con ese tono suyo, mezclando sabiduría y reproche. –Después me dices si es ‘’lo mismo con lo mismo’’.

Entré a mi cuarto, encendí un cigarro, y comencé a hojear las páginas. Y durante seis horas no abandoné la silla ni el libro. Sólo cuando llegué a la última frase regresé al mundo real, que me pareció un sitio dónde faltaban héroes del porte de Carlos Espinosa, o asesinos como los policías batistianos que sembraron el terror en Santiago.

 
Bertillón 166 me hizo comprender que en Cuba y Latinoamérica existen autores tan, o incluso más talentosos que aquellos que practican el oficio de la escritura en Estados Unidos y Europa. Pronto descubrí al magnífico Leonardo Padura, que describe a la Habana y a los seres humanos tales como son, a Daniel Chavarría, más cubano que uruguayo, Manuel Cofiño, Isabel Allende y decenas de novelistas, cuentistas o poetas que merecen el reconocimiento mundial por su trabajo. Pero he de hablar de la novela de José Soler Puig, pues fue sumido entre sus páginas que aprendí a atesorar la literatura de mi país y de América Latina.

En Bertillón 166, Puig esgrime un estilo narrativo sencillo, sin dar demasiado uso a palabras extravagantes o textos sobrecargados. Por el contrario, nos muestra una imagen simple, colorida y más que nada real, de la Santiago de Cuba de los años de la dictadura de Batista. Abre con el pordiosero que todos los días revisa el periódico, y encuentra en la página de las defunciones los nombres de jóvenes cuya causa de muerte está resumida en una palabra: Bertillón 166. En un inicio no comprendemos el por qué de esto, pero poco a poco, y guiados por el autor, desciframos el enigma. Todos los que mueren a manos de la policía, por sospecha de clandestinaje, son marcados con esta señal.

 
José Soler Puig, el autor de Bertillón 166

Uno de los detalles que más me atrajo de la novela es la calidad de los diálogos. El cubano tiene una forma de expresarse que es muy natural, suelta, que innumerables autores tratan de enmascarar con palabras demasiado trabajadas. En Bertillón 166, los personajes hablan con tanta naturalidad que casi nos parece tenerlos a nuestro lado. La descripción no es complicada y logra abrir con facilidad las puertas de la imaginación.
En cuanto a la trama: carga atractivo, seduce desde la primera página, y continúa hasta el mismísimo final. Destaca la situación en la que está inmerso Carlos Espinosa, un joven estudiante, responsable del asesinato de un sargento de la policía, y quien expresa su terror a la idea de la tortura, y que como resultado de ésta, incurra en la delación a sus compañeros.

También tenemos a Quico, un sastre que ayuda a los clandestinos, aunque no se involucra de lleno en las actividades revolucionarias. Este hombre, casado, desconfía de la gente a su alrededor, bajo la creencia de que cualquiera puede delatarlo y así, perdería a su familia. A pesar del control y silencio que ejerce, al final de la novela brinda cobijo y confianza a un supuesto revolucionario, que se revela como un delator, momentos antes de que la policía irrumpa en el hogar de Quico y asesine primero a su esposa, y luego a él.

Puig, ejerciendo maestría a la hora de contar la historia, va mostrando lentamente a Santiago de Cuba como una ciudad en estado de pánico, dónde los jóvenes mueren diariamente, luchando contra la dictadura de Batista. Presenta a un revolucionario negro del que no sospecha la policía, pues según ellos, ‘’los negros no se meten en política’’… Cercanos los últimos instantes de la novela, el personaje es sorprendido en la calle por un par de oficiales y uno de ellos lo asesina despiadadamente, alegando que era comunista.

El clímax de la obra toma lugar en medio de la noche, cuando Quico es asesinado junto a su esposa, cuando el negro muere en la calle, baleado por dos policías, y cuando Carlos Espinosa es capturado y le encuentran un niple. El muchacho cae en su peor pesadilla, pues lo dirigen a la sala de torturas, dónde recibe latigazos, pierde las uñas, lo queman con hierro al rojo vivo, y hasta le arrancan los testículos. Sin embargo, el joven se engrandece mientras más lo maltratan, y no dice nada. Finalmente, es asesinado.

El padre de Carlos, un hombre de carácter firme, muy capaz de controlar sus impulsos, bajo las insistencias de su esposa, se presenta en la estación de policía, preguntando por su hijo. Allí le revelan lo ocurrido, y entonces vemos como este padre,  golpeado de lleno por la realidad de que su hijo fue asesinado, pierde los estribos, profiriendo amenazas a los policías y al gobierno. Su atrevimiento le cuesta la vida.

La novela concluye con el pordiosero que conocimos al inicio, leyendo una vez más el periódico, que muestra en la lista de defunciones los nombres de Carlos Espinosa, su padre, y el resto de aquellos que murieron la noche anterior ¿La causa de muerte? Bertillón 166.
Confieso que disfruté cada página del libro y me convertí en un admirador fiel de la obra de José Soler Puig… Bertillón 166 brilla por la calidad con que fue escrito, por la crueldad de la que hacen gala los asesinos, por su final trágico y desesperante, por el miedo, vivo y real, que se respira en cada frase, porque nos hace comprender lo que vivieron los cubanos en aquellos años oscuros de represión y muerte… Y más que nada, el autor nos muestra que los jóvenes clandestinos no eran perfectos, no carecían de temores y dudas, pero que llegado el momento de enfrentarse a la prueba más dura de un hombre, demostraron su coraje y patriotismo… Como mismo Carlos Espinosa no habló, ninguno de ellos lo hizo…

Tras la lectura de Bertillón 166, rompí la barrera invisible que había erigido contra los libros de autores cubanos y latinoamericanos, descubriendo una legión de obras de culto que ningún ser humano se arrepentiría de leer. También me convenció de que existen escritores en Cuba y América Latina que poseen el talento y genio de grandes de la literatura a nivel mundial. No olvidaré jamás esta novela, pues gracias a ella, crecí. Gracias a ella, maduré: cómo ser humano, cómo revolucionario, y cómo lector…

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