viernes, 15 de octubre de 2010

Como llega una mujer



Jesús García Clavijo


Cuba es extraordinaria, uno se da cuenta cuando va llegando y desde el aire los colores son distintos a otros colores de otros lugares que antes fueron.

Cuando se llega a España el color predominante es el de las espigas de trigo -recuerdan al Pequeño Príncipe por su cabello color oro-, Moscú todo blanco y rojo desde arriba y las cosas rectas, bien ordenadas. Guatemala tiene un verde del Caribe pero un verde distinto al de Cuba -más fuerte- menos acogedor.

Así cada país desde el aire, se ve diferente en los colores que lo definen.

Pero los colores que distinguen a Cuba no comienzan en Cuba. Uno sabe que falta poco para llegar y mira el mar -un mar distinto y lindo- azul, en todos sus tonos hasta que de momento -como de sorpresa- llega el color verde claro de las islitas que forman el archipiélago y se confunden con el azul del mar.

El azul del mar de Cuba, también es distinto.

Ya dentro -no importa donde se nació-, cada tramo que uno anda descubre algo nuevo y a mi -desde niño- me gusta Cuba.

Mis padres -los recuerdo con amor y una ternura inmensa- desde muy pequeños a mi hermano y a mi, nos daban una vuelta a Cuba cada año, en el auto de la casa, que muchas veces fue también nuestro dormitorio.

De ese modo conocí mi país y a su gente, sus regiones y sus costumbres. Eso me facilitó, una vez graduado, andarla toda y conocer mucha gente.

Conocer mucha gente da muchas sorpresas.

Uno hace amigos en esos viajes -y como los países- distingue las regiones por sus colores y sus olores, siente cuando se acerca a un central por el olor a caña, o siente que llega a La Habana por el olor a capital, o que se acerca a otro lugar por el olor a una mujer que gentilmente brinda su amistad y hace menos largo el camino.

En un lugar, tuve una amiga -una buena amiga- o les diré mucho de ella para que se enteren en el relato que escribí y le regalé cuando nos despedimos por última vez. Ninguno lo sabíamos, pero fue así porque no la he vuelto a ver ni a saber de ella -a estas alturas de tantos años- quizás ni mi escrito exista entre sus cosas o tal vez sí.

Antes se acostumbraba a pedir autógrafos y esos libritos eran guardados con mucho cariño por años -así que guardaré la esperanza- que tenga aun mi regalo de despedida.

Mi amiga era muy linda - pero llena de complejos que no limitaban su ejemplaridad en la vida- ni en el cuidado de su hijo de casi dos años.

Muchas noches -luego de trabajar- pasaba por su casa y sacábamos al niño a tomar helados o dar un paseo por el parque cercano y bien concurrido -de paso- hablábamos de las cosas de su vida y las miserias del destino, del accidente cuando comenzaba su adolescencia y la dejó como el día que la conocí entrando a la oficina donde terminaba mi informe para irme al otro día.

¿Qué será el destino?

De cualquier forma había sido un cabrón con ella y yo no quería ser otro. Por eso realmente fue mi amiga -mi buena amiga- de la cual estuve enamorado muchos años de mis viajes por su provincia sin atreverme a dañarla por satisfacciones individuales.

Una noche -casi cerca de las doce- me enseñó su librito de autógrafos y firmas de enamorados y sus fotos de los primeros años que acomodé lo mejor que pude dentro del álbum, en el mismo sobre -amarillo y desgarrado- donde guardaba los autógrafos y entonces me pidió que le escribiera uno como si fuéramos adolescentes. Le prometí mejor, una historia de nosotros, un cuento de una historia distinta a la que hasta ese día habíamos tenido y así quedamos -no sin antes decirme las mismas palabras de siempre-, te vas y dejas tu perfume en cada tramo de mi cuarto.

Mi amiga decía cosas difíciles de olvidar.

Al regreso le traje un relato parecido al que les dejo abajo, pero con un final distinto.

El final de este que leerán surgió dos años después cuando volví y la vi de brazos con su novio. Entonces me senté en el mismo parque donde jugábamos con el niño -casi en el mismo banco-, a pensar en el destino, como ella decía y en el vacío del banco al lado mío.

Las cosas son importantes no como comienzan si no como terminan. Ella y yo, no hemos terminado de ser amigos todavía.

Así como cada país desde el aire, se ve diferente en los colores que lo definen. Cada mujer también tiene sus rasgos, sus olores, sus aspiraciones, sus detalles, sus complejos y virtudes. Señales de que estamos llegando, o está donde nosotros.

Una mujer llega antes de llegar, pero uno presiente que se acerca.

Los colores que definen a Cuba -no comienzan en Cuba-. Uno sabe que falta poco para llegar y mira el mar, un mar distinto hasta que de sorpresa, llega el color de las islitas que forman el archipiélago.

De sorpresa, como llega y se va una mujer de nuestro destino.

¿Qué será el destino?

¿Qué será?


ADRIANA


- Adelante.

- Permiso, vine a ver…

- Siéntese por favor, espere a la secretaria, no trabajo aquí.Por el cristal de la computadora se veía el reflejo de su cuerpo. Sus piernas más arriba de las rodillas, su pelo suelto.

-Si quieres puedes acercarte y ver lo que estoy haciendo, siéntate aquí al lado. Tienes unos ojos muy lindos, muy azules, no había visto otros así, te quedan bien con tu pelo.

-¿Sabes computación?

El tiempo vuela. Pienso en esa tarde y hace más de un año. Ahora que la vuelvo a ver regresan los días del cuarto con un solo bombillo, manchado y sucio. Sus muslos anchos y fuertes, sus ojos tan azules, su pelo rubio, su andar seguro.

-¿Por qué estás conmigo?

El ventilador con su ruido interminable y el radio para aislar la soledad. Aquel cuarto semioscuro, las cosas en un desorden armónico que tenía de mágico y misterioso.

- Porque te quiero, mejor, porque me gustas y me siento bien contigo, eso de que te quiero me lo vas a ripostar.

- Claro, sé que no me quieres, te puedo gustar, pero sé que no me quieres. Anoche cuando no viniste pensé que hasta estabas conmigo por otra cosa.

- Estás siendo injusta, sobre todo contigo misma, cualquier hombre se enamora de ti y te quiere, sólo traté de ser sincero.

-Es verdad, puedo hacer todas las cosas como puedes ver, mañana no trabajo, es domingo, nunca vienes los domingos.

-Domingos. Hoy es domingo pero ya hace un año, es otro domingo pero un año más de aquellas noches.

- Me gustas. Hueles a limpio y tu perfume se queda en el aire mucho tiempo, debe ser en mi memoria, ¿qué haces?

- Te miro. Te miro muchas veces.

- Apaga la luz.

Su cuerpo, el ventilador interminable, el bombillo casi sin poder alumbrar, las cosas de aquel cuarto, la ventana llena de cartones y ella siempre allí, en una espera comprometida, fiel, leal, sola, como un llamado en todas partes.

Ahora que la vuelvo a ver, parece feliz, el muchacho que la lleva le habla, me da celos. Besa sus ojos azules, parece que me viera, como si sintiera mi perfume y lo supiera.

Parece que me viera -como si nunca se hubiera quedado sin retina- como si el ciego fuera yo sin ella, sin bastón ni compañía.

Abril 2010

Making of de “Como llega una mujer"

Jesús García Clavijo

No creí que una historia de hace tantos años -casi olvidada en los archivos- trajera varias solicitudes de que publique la verdad completa -algo imposible-, esa no existe.

Quien más ha solicitado esto es Agustín Pérez -desde Neuquén, Argentina (asiduo lector del blog, buen poeta, amigo muy culto y quien parace en la foto con su nieta Abril) al que no le puedo decir que no, por varios motivos -el primera es por el respeto que le tengo y el aprecio que se ha ganado en estos años de amistad- así que allá va, complaciendo también a los demás (para evitar celos) lo que se puede contar de Como llega una mujer.

Omitiré su nombre, pero ella sabrá que nada malo podrá existir en que diga lo posible sin herir a nadie, menos a ella -que quizás, si lee estas líneas, solo le traigan buenos recuerdos- o recuerdos al menos de ese tiempo y de esa relación limpia que tuvimos.

La amiga de la historia existe y vive, no importa donde -la conocí de ese modo como dice el relato y creo en sus mejores años-. La he vuelto a ver pocas veces después de esos tiempos.

A ella la cuidaba una hermana cuando la conocí -con la que vivía y la tenía muy linda siempre- aunque ella era capaz de hacerlo sola, como pude comprobar después. Se quedaba en el cuarto para que yo fuera, antes (lo supe luego), dormía en la casa de la hermana y de su mamá. Reallmente fue una lástima que se quedara ciega por un golpe en la cabeza, muy joven y que perdiera la retina de ambos ojos.

La conocí con 25 años -recién el estado le había dado un cuarto para ella y su hijo-. Ell cuarto estaba así mismo como dice la historia, casi todo es fiel a lo real.

Tenía muchos enamorados detrás de ella según me dijo y comprobé luego. Nunca me preguntó como era yo por fuera… ella aplicaba lo del principito.

Mantuve esa relación amorosa como un año y medio hasta que me di cuenta que la estaba haciendo perder el tiempo -y ella se estaba enamorando de mí- ¿o yo de ella? (nunca supe) el caso es que fiel a lo pactado, fui sincero y un día le dije que no volvería más.

Sufrió mucho -según me dijeron los amigos comunes- pero era mejor así, ella no merecía fuera el descanso de mis salidas cada noche, se fue enamorando poco a poco y yo no me daba cuenta, cuando me percaté ya era tarde para que no sufriera.

Descubrí con su relación los valores del amor que tantas otras han perdido a lo largo del camino.

Me jode estar con alguien por lástima y no es justo. No lástima porque era invidente, sino porque yo tenía otro compromiso anterior y ambos no podían resistir más el tiempo.

Una tarde -casi de noche, como otras veces- salimos con su hijo a un parque cercano y puso su brazo entre el mío como novios (antes de que yo reclamara me dijo bajito): no te preocupes que nadie podrá creer que engañas a tu esposa con una ciega.

Nunca antes, ni después, mencioné esa palabra. Ella no lo era, ella veía con lo que se tiene que ver y muchos olvidan.

Su cuarto queda casi al final de una calle muy transitada y al lado de una biblioteca especializada -donde se hacen tertulias de varias especialidades técnicas- y yo concurría frecuentemente antes de conocerla.

Una noche, casi tres años después de haber terminado con mi amor invidente yo entraba a la biblioteca –siempre lleno de recuerdos de los años con los becados en ese lugar- y ella pasaba con el hijo de manos (su hijo es ahora su bastón y su guía) de momento siento que dicen mi nombre.. miro y era ella. No respondí el saludo y entré preguntándome cómo me supo allí, sin ver. Eso lo recuerdo bien siempre.

Hay recuerdos nuevos, que le dan una pausa a los otros de antes.

Las personas desarrollamos otros sentidos que suplen los que faltan -con ella lo comprobé definitivamente esa noche - lástima que otras no desarrollen ninguno.

Como dice la historia sentí celos cuando la vi con su actual esposo pasando una calle de brazos con él mucho tiempo después, linda como siempre.

Los hombres tenemos la mala manía de pensar que las mujeres en nuestras vidas son como objetos que nos pertenecen eternamente. Eso hace daño.

Los diálogos de la historia fueron reales, casi exactos a esas noches cuando iba a su cuarto que era así mismo como dice el relato. Faltaron algunos que resultarían interesantes pues ella era muy inteligente y me hacía muchas preguntas importantes

-además me demostraba que sabía hacer de todo en una casa- y hasta nos reíamos porque, como no le hacía falta luz, solo tenía un bombillo para todas las áreas del cuarto que casi no alumbraba y ella lo andaba completo sin tropezar y yo que veía, siempre me daba golpes con algo en el camino.

Fue lindo ese amor -así lo recuerdo- y ojalá así lo recuerde ella.

Pocas mujeres la superaron en el arte de dar amor y entregarse -de decir ternura con las manos y hacer que uno la sienta y se lo crea- con eso hay que nacer y nada tiene que ver con los sentidos.

Grosso modo tienen la historia verdadera, espero haberlos complacido. Gracias por hacerme recordar cosas agradables.

¿No es verdad que el destino fue un cabrón con ella?

Octubre 2010