Reinaldo Cedeño Pineda
No me acostumbraré a no verte más en los tatamis.
Cuando en 1997 en el Campeonato del Mundo de Judo Río de Janeiro ganaste el tercer título mundial de tu vida, supe que le habías dado un ippón al tiempo, tal vez el último gran ippón.
Habían sido siete medallas mundiales: Hamilton, Canadá 1993 (bronce), Chiba, Japón 1995 (oro), Osaka 1997 (plata), Birmingham 1999 (oro), Osaka 2003 (plata), El Cairo 2005 (bronce), Río de Janeiro 2007, el regreso al oro.
Un mes antes habías ganado, también en Río, tu cuarto título en Juegos Panamericanos, cuatro títulos al hilo: Mar del Plata 95, Winnipeg 99, Santo Domingo 2003, Río 2007.
En medio de un público conocedor del judo, de un público apasionado tal vez en demasía, apenas festejaste la victoria tras inmovilizar a la chica de casa.. ¿Por qué tan seria? te preguntaron…
−No quería que la brasileña se sintiera mal ante su público…
Te aplaudí desde mi casa. Tu humanidad no cabía en el judoguis.
Tal vez nada como Atlanta 1996. Casi ni vas, por una grave lesión. El entrenamiento no pudo ser completo… pero la fuerza y el coraje andaban sobrados.
Llave tras llave, me hiciste amar más a mi país.
Tengo guardado aquí el momento en que tocaste la gloria del Olimpo.
Y en la lejana Australia, tengo tus lágrimas cuando la española Isabel Fernández te llevó a la plata.
En Cuba era de madrugada. Hubiera penetrado la pantalla de mi televisor, hasta Sydney.
Vi como algo natural la medalla que ganaste en Atenas 2004. La daba por descontada… y es que confiaba en ti, Cuba entera.
Ahora, en Beijing, en tus quintos Juegos, miré tus dedos destrozados, tu rostro contraído:
.
“Guapa, como siempre”, te gritó tu entrenador Ronaldo Veitía.
Y tú lo fuiste.
Llegaste a discutir el bronce más con el honor que con el físico.
Te hubiera prestado mis dedos.
No me acostumbraré a no verte más en los tatamis.

