lunes, 18 de octubre de 2010

Santiago de Cuba: Una cicatriz en la Avenida

Reinaldo Cedeño Pineda

Una enorme cicatriz atraviesa en estos días la Avenida Victoriano Garzón, una de las arterias principales de la ciudad de Santiago de Cuba.


Estas son imágenes tomadas al paso, a propósito del trabajo de remodelación integral del acueducto en la ciudad.


Lugareños y visitantes ven trabajar sin horas a hombres y maquinarias llegados de varias partes del país, en pos de garantizar el abasto del vital líquido deficitario e los últimos años en varias zonas de la urbe oriental.




La magnitud de la tarea puede aquilatarse con el nombre con que se conoce: La obra del siglo en Santiago de Cuba.

Excavaciones de hasta tres o cuatro metros de profundidad, montañas de tierra pueden verse en la Avenida... al lado de los enormes tubos de “plástico duro”, mejor dicho PAD (polietileno de alta densidad)


El desvío de los ómnibus, el polvo y el ruido son una realidad en el corazón mismo de la ciudad. Todos sus habitantes esperamos que los inconvenientes de ahora , valgan la pena.


El esfuerzo ha sido colosal.

VER OTRAS FOTOS E IMAGENES

Santiago de Cuba: una enorme herida

http://laislaylaespina.blogspot.com/2008/05/santiago-de-cuba-una-enorme-herida.html

viernes, 15 de octubre de 2010

Aquiles Jorge: un artista de élite… espiritual


Enrique Pérez Fumero

(Estudiante de Periodismo)

Sumario:

Amor por la música. Intercambio misterioso con el público. Élite de sensibilidad y pensamiento es la que a mí me interesa.

¿Quién al caminar por las calles de Santiago de Cuba no se ha encontrado alguna vez con el guitarrista concertista Aquiles Jorge? Simulara un señorón con aire en la solapa y nariz respingada; pero no. Habla claro, espontáneamente. Se sienta a compartir con cualquiera sin importar lugares ni horarios. Hombre, artista y amigo se dan la mano…

¿Cómo se fusionan en ti vocación y acordes de guitarra?

La vocación siempre estuvo, como le pasa a todo el mundo que ha estudiado arte; en mi caso fue un poco sui géneris, porque inicialmente me incliné por el ballet. ¡Primera vez que digo esto! Eso fue en los años 70… imagínate el tabú que existía con la familia y un hombre en el ballet. Después estudié Artes Plásticas y por último me decidí por la música y alcancé a estudiar la guitarra de concierto, labor que desempeño en la actualidad.

¿De qué forma un guitarrista concertista como tú, se hace camino en una ciudad donde bullen tantas expresiones artísticas y musicales al mismo tiempo?

Estudiando, luchando, sufriendo y manteniéndose… Es muy difícil en realidad, pero por encima de todo está el amor que tú tengas por la música y la confianza en ti mismo. Yo he trabajado y he sufrido muchísimo, pero te repito, la única forma es trabajar, trabajar y trabajar. Cuando el resto de los artistas se presentan una vez al mes, yo me puedo presentar hasta cuatro veces al día y eso indudablemente te va creando una correspondencia con el público. ¡Y no me refiero a un público en específico! Porque me puedo presentar tanto en la Universidad de Oriente como en una fábrica. En consecuencia, soy uno de los músicos más solicitados en la dirección de la Sala de Conciertos Dolores. No es que yo sea “bueno”, porque no tiene sentido que te lo diga, pero he aceptado tantas presentaciones en busca de difundir mi arte, mi cultura —la que yo pienso que es genuina, tanto cubana como internacional, y la mía propia— al punto de tener un público que me sigue y por eso todos los conciertos se llenan.

En tus conciertos sucede una especie de sinergia entre tú el público. Incluso una vez presencié en la Sala Dolores que tiraste el instrumento al piso y con el pie rasgabas las cuerdas de tu guitarra y más allá del ruido estridente que producía, la gente aplaudía. ¿Cómo se puede lograr esto? ¿En qué medida Aguiles Jorge compromete su canción con lo que dice o lo que siente?

Te confieso que a veces me asombro de lo que he logrado en el público, porque a partir de la guitarra clásica o la música instrumental, no se esperan tantas reacciones en las personas. La guitarra clásica es más solemne, intimista. Te puedo hablar de techos, rejas, vitrales, epílogos… que son piezas muy líricas y cuando recibo la ovación del auditorio me quedo perplejo…

— ¿Qué he hecho? No merezco esto.

Yo más que músico o guitarrista, me considero un artista. Pienso que tengo mucho que aprender, a pesar de ir en camino a la madurez, pero en realidad me considero un artista. Cuando yo me paro en un escenario es para complacerme a mí mismo y también al público. Es cierto, hay un intercambio entre las personas y yo que en realidad es un misterio. A veces, he estado un mes sin tocar el instrumento, sin estudiar para nada; he llegado frío al escenario y al interpretar una pieza quedo insatisfecho.

— Dios mío, este público se ha molestado en venir a verme y yo no estoy tocando con la calidad que ellos esperan.

Sin embargo, es un misterio para mí. Tal vez, la respuesta esté en el intercambio de espiritualidad. ¡Por supuesto, tiene que ser con un público especial, un público de élite! Yo me refiero a una élite de espíritu, no de dinero o de posición social; es decir, una élite de sensibilidad y pensamiento que es la que a mí me interesa. Hace un tiempo contacté con unos psicólogos y con el departamento de Biofísica de la Universidad de Oriente a través del doctor Eloy Álvarez, para hacer un proyecto entre ambas instituciones. Es tanto lo que siento cuando toco el instrumento y la reacción visible en el público que quise que me conectaran electrodos en la cabeza y en los brazos, para proyectar toda la energía eléctrica del cerebro y los brazos en un programa computarizado que ellos diseñaron y de ahí poder mezclarlo con imágenes artísticas…

A la hora de tocar el instrumento, más que la técnica, es la emoción y el sentimiento. Muchas veces improviso en la medida de lo que voy sintiendo.

¿Cómo a partir de tu música honras la memoria de Vilma Espín Gillois?

Con la sencillez, el lirismo y la honradez. Es una música transparente, como mismo yo la vi a ella hace unos años; nos conocimos aquí mismo, en el lugar donde hoy está enclavado el Memorial Vilma Espín Gillois, y según como la vi, así es la música que trato de hacerle. Por eso hice la propuesta artística de este evento que se celebrará la semana que viene. Evento que incluye el lanzamiento del libro Vilma Espín, la flor más universal de la Revolución cubana de la escritora Ligia Trujillo. Será en tres lugares diferentes. En la Universidad de Oriente, el día 6 a las 8 de la mañana; en el parque Frank País a las cinco de la tarde y el último en el Memorial a las tres de la tarde.

¿Lo clásico de Esteban Salas, el son de Matamoros, la trova de Compay Segundo o la música experimental que tú puedes hacer?

Estos artistas son mis ídolos, porque nosotros somos el resultado del trabajo que ellos hicieron. Ellos son los padres de la cultura cubana. Yo he estado en lugares europeos, el llamado Primer Mundo, y parte de lo que se conoce de la cultura cubana son los compositores santiagueros: Eliades Ochoa, Compay Segundo, La Familia Valera Miranda, ellos son el espejo donde yo me miro.

¿Si alguien te dice que tú no tocas música tradicional cubana porque prefieres inmiscuirte en tus propias temas… qué le contestarías?

Tiene toda la razón… es cierto. Aunque puedo hacerlo porque estuve trabajando durante varios años para la Universidad de California en unos cursos de verano que se hacían a través del Ministerio de Cultura y de hecho tuve que enseñar música tradicional santiaguera. Ahí, por obligación, tuve que introducirme en los misterios de esa música santiaguera que es muy compleja y rica.


Como llega una mujer



Jesús García Clavijo


Cuba es extraordinaria, uno se da cuenta cuando va llegando y desde el aire los colores son distintos a otros colores de otros lugares que antes fueron.

Cuando se llega a España el color predominante es el de las espigas de trigo -recuerdan al Pequeño Príncipe por su cabello color oro-, Moscú todo blanco y rojo desde arriba y las cosas rectas, bien ordenadas. Guatemala tiene un verde del Caribe pero un verde distinto al de Cuba -más fuerte- menos acogedor.

Así cada país desde el aire, se ve diferente en los colores que lo definen.

Pero los colores que distinguen a Cuba no comienzan en Cuba. Uno sabe que falta poco para llegar y mira el mar -un mar distinto y lindo- azul, en todos sus tonos hasta que de momento -como de sorpresa- llega el color verde claro de las islitas que forman el archipiélago y se confunden con el azul del mar.

El azul del mar de Cuba, también es distinto.

Ya dentro -no importa donde se nació-, cada tramo que uno anda descubre algo nuevo y a mi -desde niño- me gusta Cuba.

Mis padres -los recuerdo con amor y una ternura inmensa- desde muy pequeños a mi hermano y a mi, nos daban una vuelta a Cuba cada año, en el auto de la casa, que muchas veces fue también nuestro dormitorio.

De ese modo conocí mi país y a su gente, sus regiones y sus costumbres. Eso me facilitó, una vez graduado, andarla toda y conocer mucha gente.

Conocer mucha gente da muchas sorpresas.

Uno hace amigos en esos viajes -y como los países- distingue las regiones por sus colores y sus olores, siente cuando se acerca a un central por el olor a caña, o siente que llega a La Habana por el olor a capital, o que se acerca a otro lugar por el olor a una mujer que gentilmente brinda su amistad y hace menos largo el camino.

En un lugar, tuve una amiga -una buena amiga- o les diré mucho de ella para que se enteren en el relato que escribí y le regalé cuando nos despedimos por última vez. Ninguno lo sabíamos, pero fue así porque no la he vuelto a ver ni a saber de ella -a estas alturas de tantos años- quizás ni mi escrito exista entre sus cosas o tal vez sí.

Antes se acostumbraba a pedir autógrafos y esos libritos eran guardados con mucho cariño por años -así que guardaré la esperanza- que tenga aun mi regalo de despedida.

Mi amiga era muy linda - pero llena de complejos que no limitaban su ejemplaridad en la vida- ni en el cuidado de su hijo de casi dos años.

Muchas noches -luego de trabajar- pasaba por su casa y sacábamos al niño a tomar helados o dar un paseo por el parque cercano y bien concurrido -de paso- hablábamos de las cosas de su vida y las miserias del destino, del accidente cuando comenzaba su adolescencia y la dejó como el día que la conocí entrando a la oficina donde terminaba mi informe para irme al otro día.

¿Qué será el destino?

De cualquier forma había sido un cabrón con ella y yo no quería ser otro. Por eso realmente fue mi amiga -mi buena amiga- de la cual estuve enamorado muchos años de mis viajes por su provincia sin atreverme a dañarla por satisfacciones individuales.

Una noche -casi cerca de las doce- me enseñó su librito de autógrafos y firmas de enamorados y sus fotos de los primeros años que acomodé lo mejor que pude dentro del álbum, en el mismo sobre -amarillo y desgarrado- donde guardaba los autógrafos y entonces me pidió que le escribiera uno como si fuéramos adolescentes. Le prometí mejor, una historia de nosotros, un cuento de una historia distinta a la que hasta ese día habíamos tenido y así quedamos -no sin antes decirme las mismas palabras de siempre-, te vas y dejas tu perfume en cada tramo de mi cuarto.

Mi amiga decía cosas difíciles de olvidar.

Al regreso le traje un relato parecido al que les dejo abajo, pero con un final distinto.

El final de este que leerán surgió dos años después cuando volví y la vi de brazos con su novio. Entonces me senté en el mismo parque donde jugábamos con el niño -casi en el mismo banco-, a pensar en el destino, como ella decía y en el vacío del banco al lado mío.

Las cosas son importantes no como comienzan si no como terminan. Ella y yo, no hemos terminado de ser amigos todavía.

Así como cada país desde el aire, se ve diferente en los colores que lo definen. Cada mujer también tiene sus rasgos, sus olores, sus aspiraciones, sus detalles, sus complejos y virtudes. Señales de que estamos llegando, o está donde nosotros.

Una mujer llega antes de llegar, pero uno presiente que se acerca.

Los colores que definen a Cuba -no comienzan en Cuba-. Uno sabe que falta poco para llegar y mira el mar, un mar distinto hasta que de sorpresa, llega el color de las islitas que forman el archipiélago.

De sorpresa, como llega y se va una mujer de nuestro destino.

¿Qué será el destino?

¿Qué será?


ADRIANA


- Adelante.

- Permiso, vine a ver…

- Siéntese por favor, espere a la secretaria, no trabajo aquí.Por el cristal de la computadora se veía el reflejo de su cuerpo. Sus piernas más arriba de las rodillas, su pelo suelto.

-Si quieres puedes acercarte y ver lo que estoy haciendo, siéntate aquí al lado. Tienes unos ojos muy lindos, muy azules, no había visto otros así, te quedan bien con tu pelo.

-¿Sabes computación?

El tiempo vuela. Pienso en esa tarde y hace más de un año. Ahora que la vuelvo a ver regresan los días del cuarto con un solo bombillo, manchado y sucio. Sus muslos anchos y fuertes, sus ojos tan azules, su pelo rubio, su andar seguro.

-¿Por qué estás conmigo?

El ventilador con su ruido interminable y el radio para aislar la soledad. Aquel cuarto semioscuro, las cosas en un desorden armónico que tenía de mágico y misterioso.

- Porque te quiero, mejor, porque me gustas y me siento bien contigo, eso de que te quiero me lo vas a ripostar.

- Claro, sé que no me quieres, te puedo gustar, pero sé que no me quieres. Anoche cuando no viniste pensé que hasta estabas conmigo por otra cosa.

- Estás siendo injusta, sobre todo contigo misma, cualquier hombre se enamora de ti y te quiere, sólo traté de ser sincero.

-Es verdad, puedo hacer todas las cosas como puedes ver, mañana no trabajo, es domingo, nunca vienes los domingos.

-Domingos. Hoy es domingo pero ya hace un año, es otro domingo pero un año más de aquellas noches.

- Me gustas. Hueles a limpio y tu perfume se queda en el aire mucho tiempo, debe ser en mi memoria, ¿qué haces?

- Te miro. Te miro muchas veces.

- Apaga la luz.

Su cuerpo, el ventilador interminable, el bombillo casi sin poder alumbrar, las cosas de aquel cuarto, la ventana llena de cartones y ella siempre allí, en una espera comprometida, fiel, leal, sola, como un llamado en todas partes.

Ahora que la vuelvo a ver, parece feliz, el muchacho que la lleva le habla, me da celos. Besa sus ojos azules, parece que me viera, como si sintiera mi perfume y lo supiera.

Parece que me viera -como si nunca se hubiera quedado sin retina- como si el ciego fuera yo sin ella, sin bastón ni compañía.

Abril 2010

Making of de “Como llega una mujer"

Jesús García Clavijo

No creí que una historia de hace tantos años -casi olvidada en los archivos- trajera varias solicitudes de que publique la verdad completa -algo imposible-, esa no existe.

Quien más ha solicitado esto es Agustín Pérez -desde Neuquén, Argentina (asiduo lector del blog, buen poeta, amigo muy culto y quien parace en la foto con su nieta Abril) al que no le puedo decir que no, por varios motivos -el primera es por el respeto que le tengo y el aprecio que se ha ganado en estos años de amistad- así que allá va, complaciendo también a los demás (para evitar celos) lo que se puede contar de Como llega una mujer.

Omitiré su nombre, pero ella sabrá que nada malo podrá existir en que diga lo posible sin herir a nadie, menos a ella -que quizás, si lee estas líneas, solo le traigan buenos recuerdos- o recuerdos al menos de ese tiempo y de esa relación limpia que tuvimos.

La amiga de la historia existe y vive, no importa donde -la conocí de ese modo como dice el relato y creo en sus mejores años-. La he vuelto a ver pocas veces después de esos tiempos.

A ella la cuidaba una hermana cuando la conocí -con la que vivía y la tenía muy linda siempre- aunque ella era capaz de hacerlo sola, como pude comprobar después. Se quedaba en el cuarto para que yo fuera, antes (lo supe luego), dormía en la casa de la hermana y de su mamá. Reallmente fue una lástima que se quedara ciega por un golpe en la cabeza, muy joven y que perdiera la retina de ambos ojos.

La conocí con 25 años -recién el estado le había dado un cuarto para ella y su hijo-. Ell cuarto estaba así mismo como dice la historia, casi todo es fiel a lo real.

Tenía muchos enamorados detrás de ella según me dijo y comprobé luego. Nunca me preguntó como era yo por fuera… ella aplicaba lo del principito.

Mantuve esa relación amorosa como un año y medio hasta que me di cuenta que la estaba haciendo perder el tiempo -y ella se estaba enamorando de mí- ¿o yo de ella? (nunca supe) el caso es que fiel a lo pactado, fui sincero y un día le dije que no volvería más.

Sufrió mucho -según me dijeron los amigos comunes- pero era mejor así, ella no merecía fuera el descanso de mis salidas cada noche, se fue enamorando poco a poco y yo no me daba cuenta, cuando me percaté ya era tarde para que no sufriera.

Descubrí con su relación los valores del amor que tantas otras han perdido a lo largo del camino.

Me jode estar con alguien por lástima y no es justo. No lástima porque era invidente, sino porque yo tenía otro compromiso anterior y ambos no podían resistir más el tiempo.

Una tarde -casi de noche, como otras veces- salimos con su hijo a un parque cercano y puso su brazo entre el mío como novios (antes de que yo reclamara me dijo bajito): no te preocupes que nadie podrá creer que engañas a tu esposa con una ciega.

Nunca antes, ni después, mencioné esa palabra. Ella no lo era, ella veía con lo que se tiene que ver y muchos olvidan.

Su cuarto queda casi al final de una calle muy transitada y al lado de una biblioteca especializada -donde se hacen tertulias de varias especialidades técnicas- y yo concurría frecuentemente antes de conocerla.

Una noche, casi tres años después de haber terminado con mi amor invidente yo entraba a la biblioteca –siempre lleno de recuerdos de los años con los becados en ese lugar- y ella pasaba con el hijo de manos (su hijo es ahora su bastón y su guía) de momento siento que dicen mi nombre.. miro y era ella. No respondí el saludo y entré preguntándome cómo me supo allí, sin ver. Eso lo recuerdo bien siempre.

Hay recuerdos nuevos, que le dan una pausa a los otros de antes.

Las personas desarrollamos otros sentidos que suplen los que faltan -con ella lo comprobé definitivamente esa noche - lástima que otras no desarrollen ninguno.

Como dice la historia sentí celos cuando la vi con su actual esposo pasando una calle de brazos con él mucho tiempo después, linda como siempre.

Los hombres tenemos la mala manía de pensar que las mujeres en nuestras vidas son como objetos que nos pertenecen eternamente. Eso hace daño.

Los diálogos de la historia fueron reales, casi exactos a esas noches cuando iba a su cuarto que era así mismo como dice el relato. Faltaron algunos que resultarían interesantes pues ella era muy inteligente y me hacía muchas preguntas importantes

-además me demostraba que sabía hacer de todo en una casa- y hasta nos reíamos porque, como no le hacía falta luz, solo tenía un bombillo para todas las áreas del cuarto que casi no alumbraba y ella lo andaba completo sin tropezar y yo que veía, siempre me daba golpes con algo en el camino.

Fue lindo ese amor -así lo recuerdo- y ojalá así lo recuerde ella.

Pocas mujeres la superaron en el arte de dar amor y entregarse -de decir ternura con las manos y hacer que uno la sienta y se lo crea- con eso hay que nacer y nada tiene que ver con los sentidos.

Grosso modo tienen la historia verdadera, espero haberlos complacido. Gracias por hacerme recordar cosas agradables.

¿No es verdad que el destino fue un cabrón con ella?

Octubre 2010

jueves, 7 de octubre de 2010

Roberto


Jesús García Clavijo

Necesito hacer un paréntesis y hablar de Roberto (quien era el criado de la casa de mi bisabuela) que vivía al lado de mi mamá y donde yo también pasé parte de mi infancia; pero Roberto era negro y no sabía leer ni escribir: ese tiempo de estudiar, lo usaba para hacer los mandados de la casa… mientras yo iba a la escuela, a una buena escuela, en honor a los sacrificios de mis padres que en aquel entonces presuponía eso, lo que me dio preparación para la vida y lo agradezco.

Roberto era el criado de casa, pero éramos amigos y yo a escondidas con él (además de ir a verle las nalgas a las tres vecinas de al lado), le enseñaba las letras y los números. Nunca discriminé a nadie por el color, desde niño fui así. Incluso mejoraba su comida con la mía, los criados comían peor y aparte. Así era antes.

Analizándolo bien (ahora que andan de moda los métodos de alfabetización con los aportes cubanos por el mundo), ninguno ha sido superior al mío. Pero tampoco me atrevo a presentarlo en ningún concurso. No obstante, Roberto aprendió a contar, a sumar y a dividir, con los traseros de las vecinas: si no me decía bien la suma… no miraba. Cada cual tiene sus métodos y el objetivo era que él aprendiera.

A leer me fue más difícil (en esos tiempos todavía no se usaban los tatuajes ni otras cosas debajo de las faldas), así que todo era mirar sin letras ni muñequitos.

Recuerdo esa parte de mi infancia y siento una tremenda nostalgia. Ya las tres vecinas no se pueden ver ni aunque Roberto me diga todas las tablas matemáticas juntas.

Los años no perdonan.

Luego del triunfo revolucionario en 1959, Roberto se incorporó a los estudios. Un día, luego de muchos años nos encontramos subiendo el Pico Turquino (la altura más grande de Cuba), condición para ganarse una carrera universitaria en los inicios, método que debió continuar pero no fue así.

Subir lomas hermana hombres, dijo Martí. No subirlas…

Él bajaba en un grupo y yo subía en otro. Eran 5 veces las subidas y bajadas. Dormíamos en lugares distantes y a decir verdad, me sentía muy mal, porque Roberto me cambiaba la vista para no saludarme (como no coincidíamos en las bajadas y subidas), no me daba tiempo a decirle nada.

Muchos años después volví a coincidir con Roberto en la universidad y en la preparatoria para la antigua URSS (al triunfo de la revolución se instituyeron cursos de aceleración para esos niños que no pudieron estudiar, donde se les daban hasta dos grados en un semestre lo que justificó que él llegara conmigo al mismo grado universitario).

Roberto ese día me dijo que sentía pena por su pasado y le dije que el de la pena debía ser yo, porque mi familia lo explotaba a él; pero que ya éramos iguales y andábamos en el mismo tren, que la bisabuela, sabía que nos habíamos visto en la Sierra Maestra y quería saludarlo. Él me prometió irla a ver, pero creo que no lo cumplió.

Se incumplen a veces las promesas más elementales e importantes de la vida.

Ya en la URSS, él estudio una ingeniería y yo otra; pero habían cursos de traductores que casi todos matriculamos, no para aprender idiomas; sino para andar con las muchachas de la India que eran bellas con sus túnicas que no dejaban ver nada y su lunar en la frente.

Si nuestra infancia hubiese sido en la India, Roberto se quedaba analfabeto.

En el primer examen desaprobamos todos, menos Roberto. Teníamos el otro examen y ya me sabía la prueba (era todo primario), pero me acerqué a Roberto y le dije: Oye compadre tú que eres santiaguero y buena gente me puedes explicar como se conjuga... y él me respondió tajante: léetelo en el manual, le respondí: mira negro, bastante que te enseñé a leer y mirar por la rendija de la casa de las vecinas, así que ahora te toca a ti ayudarme. Me dijo: siéntate ahí que te voy a repasar.

Lo dejé explicarme todo de nuevo con tal de que se le quitara la pena de los años de criado negro. Ahora era el profesor Roberto (ya se sentía con otra categoría), y yo saldé mi deuda familiar.

Roberto es ingeniero, diplomático y mi amigo.

Lo vi un día de compras con su esposa, con la frente en alto y sin ningún prejuicio en la mirada. Fui feliz por los dos.

Le dije: oye Negrón, aquel día en la universidad cuando me repasaste, me explicaste dos palabras mal y te las dejé pasar. Me respondió que él estaba seguro que yo me sabía todo aquello y lo hizo solo para estar conmigo, como cuando éramos niños aprendiendo a contar con las vecinas.

Uno vuelve a la infancia, hasta con la misma inocencia.

Queríamos vernos para compartir un rato, pero él debía salir de viaje al exterior donde trabajaba, y quedamos de comunicarnos.

Roberto es una gente importante gracias a las vecinas que ayudaron un poco en mis métodos pedagógicos, pero solo él y yo lo sabemos.

Lo vi alejarse feliz y sentí tremendas ganas de preguntarle si había alguna posibilidad de juntarnos nuevamente (una mínima posibilidad), para volver a mirar rendijas algún día.

Abril 2010

lunes, 4 de octubre de 2010

Aquí estamos por Victor Fowler / El artículo completo


Estimado Reynaldo:

Puesto que lo sé entre las personas interesadas, le mando la versión "completa" del texto que escribí sobre Aquí estamos y que hoy ha salido publicado en Juventud Rebelde. Lastimosamente, las limitaciones de espacio obligaron a dejar fuera los últimos dos párrafos, fundamentales a mi entender. Ojalá le interese agregar mi texto a su muy buen blog (aclarando lo sucedido) de modo que pueda conocerse la versión adecuada.

Sin más,

Víctor Fowler


AQUÍ ESTAMOS

Hace unos minutos concluyó el capítulo correspondiente de Aquí estamos, la ficción seriada nacional que en estos momentos pasa por el canal 6 de la televisión cubana. Envuelto en los avatares del relato ha tenido lugar un diálogo que transparenta el sentido todo de la historia; se trata de un diálogo trascendental puesto que concentra no sólo lo que hasta el capítulo presente hemos presenciado, sino que induce lo que aún resta por descubrir. Uno de los personajes de la serie (Adonis, joven actor de un grupo teatral aficionado que aún monta su primera obra) ha contado a otro (Pedro, el joven director del grupo) una conversación que tuvo con el padre (Alfredo) a propósito del camino futuro a seguir en la vida. Se trata de un asunto esencial, puesto que el padre de Adonis considera que el teatro no es un oficio seguro. En respuesta a ello, Pedro (Enrique Bueno) dice que es cierto que el teatro no es seguro, que los que insisten en él tienen algo de locos, pero que si es eso lo que a Adonis (Armando Gómez) le interesa entonces puede seguir avanzando hasta estudiar en el ISA (Instituto Superior de Arte). Sorprendido por la proposición, Adonis se autoevalúa como alguien “bruto”, dice que nunca se imaginó algo así (cursas estudios universitarios) y pregunta a Pedro que si lo cree suficientemente bueno; no para ser actor de reparto, sino “de verdad”. La respuesta de Pedro lo estimula, conforta y es el título exacto de la novela; si Adonis quiere seguir, “aquí estamos”.

No hay que ser un lector de la teoría de los paratextos adelantada por Gerard Genette, para entender que el título de una obra artística es un poderoso elemento para que el espectador o lector pueda acceder al significado, una construcción apelativa que de algún modo contiene la necesidad que el autor tiene de ser comprendido. El título es un elemento comunicativo especial que, aunque en rigor pertenezca al exterior de las acciones narradas -a fin de cuentas no es parte de lo que se cuenta, sino una suerte de elemento orientador-, opera como una especie de enorme anteojo que permite abarcar e incluso juzgar la totalidad.

En este sentido, la conversación que ha tenido lugar entre Adonis y Pedro es fundamental, pues en ellos dos se resumen gran parte de las contradicciones que la serie propone solucionar. El primero, Adonis, destaca por una quizás no casual hermosura física, se comunica mediante un habla plagada de vulgarismos, es un buscavidas cuyas prácticas se desarrollan en el mundo delincuencial y revindica una ética marginal que privilegia la lealtad al compañero de fechoría; el segundo, Pedro, carece de tan descollantes atributos físicos, se comunica dentro de la norma culta del idioma, es un joven intelectual cuyo sueño es desarrollar un proyecto creativo propio y es expresión de una ética de la solidaridad, el sacrificio personal y la búsqueda de la verdad. Esto último, la textura moral, es tal marca en el personaje que cuando pierde la habitación que alquila a un sórdido tío y Estrella (Grettel Cazón), la novia con quien recién comienza, lo invita a vivir junto con ella, la preocupación de Pedro es no aparecer delante de la novia y su abuela como un “guajiro aprovechado”.

La polaridad básica entre estos dos personajes (físico, saber y ética) es resuelta a favor de la ética en el diálogo anterior; no en otro sentido debe de ser entendida la frase última de Pedro (“aquí estamos”) luego de la invitación a Adonis para que estudie (lo cual admite ser entendido como la entrada del personaje en el reino saber). A su vez, ambos personajes encuentran reflejos diversos en quien conoce que la ética marginal suele desmoronarse en los momentos de crisis (Carlos, el padrastro de Adonis, ex-presidiario que lucha por reintegrarse a la sociedad y nunca más delinquir) y quien traiciona sus sueños más caros –Dennis (Kelvin Espinosa), el amigo de Pedro que abandona el teatro para encontrar empleos con mejor retribución económica y cuyos ideales se reducen entonces a los placeres del vestir, la buena mesa y beber cerveza). Si es así, en la conversación comentada la serie transparenta su estructura básica más profunda: es un bildungsroman, una historia de aprendizaje.

Una telenovela (y en este sentido, Aquí estamos lo es) sólo se puede sostener en una suerte de contrato narrativo con el espectador, de manera que las sorpresas ocurran dentro del marco de una determinada cantidad de expectativas satisfechas. La sabiduría del autor entonces radica en su capacidad para distribuir, en simultaneidad, aquellas pistas que posibiliten imaginar lo que vendrá junto con trampas que introduzcan duda, que obliguen a seguir viendo; ni la predictibilidad ni la indeterminación pueden ser, de tal modo, absolutas, sino que la acción ha de moverse en un sabio equilibrio entre ambas.

Es el drama, y en particular la tragedia, la estructura propia para dar tal vuelco a una acción que ocurra lo descomunal e inesperado por entero. Si a partir de ahora, por ejemplo, Pedro se transformara en un alcohólico y ya el grupo teatral no le interesara más, Vladimir (quien, como parte de su crisis personal obliga a todos a que lo llamen Sidarttha, nombre de Buda) profundizara su adicción a la droga, Adonis apuñaleara a alguien, Cecilia (Denis Ramos) apareciese prostituyéndose, Yoyi (Enrique Moreno) abandonase el país sin importarle que internen al hermano en un hospital y Mariana (Karen Arcís) se transformase en deportista de alto rendimiento, el público quedaría completamente extraviado. Esto, a pesar de que algo así bien puede suceder en el mundo “real” pues, después de todo, en la existencia cotidiana, cualquiera ha sido testigo de hechos todavía más raros.

Lo que trato de expresar es que una obra artística, en este caso un relato de ficción seriada con un árbol de personajes cuyas vidas están entrelazadas, implica en su desarrollo el establecimiento de un contrato con el espectador; un juego de adivinaciones en el cual, en cierto sentido, “sabemos” lo que va a pasar y estamos en condiciones de elaborar pronósticos. Como mismo ocurrió en el tránsito del relato policial de intriga (modelo Agatha Christie) a la denominada “novela negra” (modelo Dashell Hammett), el contexto y la indagación en la textura de los personajes es más importante que la inteligencia en la averiguación de un crimen (una situación) de la cual todos conocen; lo principal aquí es acompañar la narración de cómo unas existencias sin realización evolucionan hasta convertirse en vidas plenas o cuando menos diferentes. Dicho de otro modo, y en el contexto particular de este relato, es así que Vladimir ha comenzado nuevamente a relacionarse con la madre, Cecilia está empezando a sentirse un ser humano útil y capaz de valerse por sí sola, Adonis se ha alejado del ambiente delincuencial en el cual hacía sus “negocios” y Raquel (Limara Meneses), quien ya expresó su condición bi-sexual en diálogo con Alfredo, parece apuntar hacia la relación de pareja más revolucionaria que haya conocido la televisión nacional.

Son muchos los señalamientos críticos que pueden ser hechos a los autores y realizadores de esta ficción seriada; no sólo los pertinentes al manejo de luces, pobre calidad sonora en la grabación, actuaciones desbalanceadas, fotografía plana y -entre otros- modos de usar la música incidental. Abundan problemas en lo que toca a las curvas de tensión dramática, el cierre de los capítulos, la cantidad de puntos muertos en lo que toca a la progresión de las acciones y la escasa habilidad para seguir tanto tramas como subtramas; de estas últimas, en particular, dos personajes son cruelmente desaprovechados: Carlos (tiene, a su vez, un sobrino estafador, Pichuli, extremo opuesto a la ética de la marginalidad de Adonis) y Orestes (el padrastro de Mariana); este último, palidamente trazado, sólo aparece como una figura bella sin alguna clase de vida interior apreciable y cuyas singulares virtudes son expresadas de manera verbal por Mariana y su madre, no incrustadas en la narrativa de la serie. Algo que pudo ser un verdadero hallazgo, el mundo de fantasmas, antiguos compañeros del teatro, que acompaña a la abuela de Estrella, termina siendo un inserto repetitivo, con parlamentos innecesariamente densos y que, a la manera de un prolongado anti-climax, interrumpe las historias de verdadero interés. A lo anterior se pudiera agregar el caso de personajes sobre quienes, pese a la intensidad de sus conflictos, desaparecen durante semanas; son ejemplo de esto la pareja de Raquel, Haydeé (Linet Luján), quien al viajar a otra provincia simplemente sale de la acción o el sobrino de Carlos, figura que se opone al tipo de evolución que está teniendo Adonis.

Muchos de los anteriores detalles y ausencia de sutileza revelan la mano de un escritor inexperto, así como un insuficiente trabajo con el guión; sin embargo, a pesar de ello, es tan grande el potencial de la historia -un grupo de seres, sin destino claro, tratando de encontrar su camino y que lentamente descubren un sueño- que la narración merece ser seguida. Es encima de esta estructura profunda que, a través de los personajes, son planteados problemas acuciantes para el presente de la vida, en especial del sector joven, en el país y -aunque se extraña un enfoque y una representación más penetrantes- complace ver llevados a la pantalla la ligereza y orientación al arribismo de Paula (Claudia Álvarez), el oportunismo de su madre María Esther, la adicción y la coraza emotiva de Vladimir, el control propio de proxeneta de Mirtha (Alina Rodríguez), la madre de Cecilia (quien, a su vez, por deformación machista, tolera a los hijos varones y delincuentes), el acomodamiento de Ricardo (Enrique Molina), el padre, la defensa del derecho a la diferencia sexual, las dudas de Yoyi acerca de si abandonar el país, la traición a sí mismo de Dennis, etc.

En el sentido maniqueo de la palabra, la mayor parte de estos personajes no son “buenos”, sino que se trata de sujetos que, sin siquiera percatarse, van encontrando una dirección que implica tenues cambios, de manera que es de imaginar que terminen siendo otros; el tiempo de la historia, desde el estado de desorientación inicial hasta el punto de llegada (que se supone sea el estreno de la obra montada por el grupo), será el tiempo de una transformación, de una redención casi. Pero, si recordamos el contrato, en el momento de la serie en que nos encontramos, la obra ya ha sido escrita por la abuela de Estrella; en un primer nivel, tomando como base las propias vidas de los integrantes del grupo, pero en un segundo (y puesto que se trata de personajes procedentes de estratos sociales diversos y cuyos conflictos esenciales rastrean en variadas problemáticas del presente cubano), la obra a representar es, también, una especie de proyección o doble simbólico de Cuba: un país que, entre escollos, persigue un sueño, persiste un camino que muchos consideran propio de locos, confía en el mejoramiento del hombre y busca su sentido.

Esto es un detalle principal que, con independencia de la trascendencia posterior que la puesta de la obra tenga dentro del curso del relato (supongamos que merezca algún tipo de premio o que aparezca la invitación a presentarla en una sala de teatro profesional, etc.), orienta la mirada y propone un marco de expectativas específico. Se supone que el estreno ocurra en el local vacío prestado por un dirigente de barrio y gracias a la cualidad de líder de Pedro, alguien capaz de acoger esas vidas sin dirección, entregarles un mundo y proponerles un rumbo a seguir. La combinación de fuerzas que confluyen alrededor del montaje y la futura puesta definen hilos de sentido que vale la pena seguir; esto incluye vectores tan diversos como las prácticas de vida que los integrantes del grupo aceptan o rechazan para conseguir ser parte, el rol facilitador de ese pequeño dirigente de base, la guía del director del grupo, Pedro, un profesional “ético” respecto a su arte, la aventura escritural de la abuela de Estrella (una profesional jubilada que reverdece el amor a su profesión), la transmisión de conocimientos por parte de la madre de Raquel (una profesional que, en sus horas libres, colabora con el proceso de montaje), las potencialidades que los miembros del grupo irán descubriendo en sí mismos, las nuevas relaciones que entre ellos van siendo establecidas (amorosas o de amistad), el despertar de la dedicación, el sacrificio y el sentido.

Curiosamente, es justo aquí –en el esquema que hace del teatro un doble del país- donde más seria se evidencian las limitaciones del relato a la hora de caracterizar personajes, conflictos y diversidad de ambientes; de ahí que resalte tanto la ausencia de fricciones asociadas a la condición racial de los personajes, sus prácticas religiosas o conductas como, por ejemplo, el cinismo o el oportunismo político. No de modo episódico, sino central y definidor. Y de ahí la paradoja según la cual Pedro, el personaje más débil de la serie sea el más “puro”, cuya única fisura evidente es la de apañar la infidelidad de Dennis (un punto límite donde se difumina la infalibilidad ética del personaje); con él estamos ante un soñador, un dinamizador del entorno, un héroe que resiste para realizar la idea que estima justa, un líder no declarativo, sino de conducta. Curiosamente, y tal vez como aviso de futuras transformaciones, en el capítulo recién terminado hemos visto tanto un evidente signo de debilidad en Pedro (rostro demudado, voz temblorosa, esfuerzo para mantener el control) al encontrarse con Susana, la antigua novia recién llegada de España (y decidida a recuperar la relación amorosa rota) como la aparición de fisuras bajo la máscara de placer con la que Dennis se mueve en el mundo (luego de asistir a un ensayo de la obra confiesa sentir envidia; o sea, comienza a desear ser el soñador que alguna vez fue, idéntico a Pedro).

Es parte de la teleserie la representación de fragmentos en los que los actores realizan ejercicios y ensayan momentos de la misma obra que quisieran representar; según hasta ahora ha podido ser visto se trata de una actuación exigente, que los ha obligado a aprender elementos de danza y de canto no como complemento, sino para ponerlos en escena. Esta primera vez mezcla alegría de baile y dramáticas oscuridades iluminadas con velas; en ocasiones, cuando ejercitan voces, suena como un oratorio o auto sacramental. En verdad la exigencia es altísima, casi desmesurada, pues el cálculo de tiempo que Pedro hizo para tener todo a punto resulta afectado por los deseos de alguien, con poder suficiente, que desea dar otro uso al local prestado; de esta manera, presionados por la circunstancia, los involucrados van a tener que dar un salto enorme, tensar sus posibilidades, si desean conservar el espacio, la compañía y el nuevo sentido de sus vidas. La única forma es poner en escena la obra y convencer de sus valores al público barrial que asistirá; dicho de otro modo, exponer las vidas, sus dolores, la solidaridad, el esfuerzo, los sueños, la alegría el camino encontrado.

Ello hace suponer un espectáculo colorido y dramático como mismo Cuba. No digamos que somos ni que no somos, sino que tenemos posibilidad. O sea, una metáfora.

Aquí si estamos: El artículo y la polémica CLIC:

http://laislaylaespina.blogspot.com/2010/09/la-experimentada-alina-rodriguez-y-la.html

viernes, 1 de octubre de 2010

De un amor y una sonrisa



Jesús García Clavijo
irenec@medired.scu.sld.cu

No sé si soy de otra ciudad, siempre escribo de La Habana. Las ciudades marcan y uno no se da cuenta y las bordea.

Santiago tiene otro tiempo. El tiempo siempre es un personaje como la lluvia, el amor, las dudas.

En La Habana estudié con Graciela -siempre se reía-, un día me dijo eran los nervios y no por burlarse de mi.

Era muy joven como yo -los dos acabábamos de llegar de un viaje junto a otros muchachos- a estudiar a la capital y nos hicimos novios una noche cerca de un parque donde vivía. Graciela era un poema -además de gustarle la poesía- que según me dijo muchos años después -en Casa de las Américas- era por mí, antes no había reparado en los versos ni otras cosas.

Era muy inteligente y hoy ocupa un cargo muy importante en un centro de desarrollo investigativo del país, pero pongo su nombre porque me autorizó aun sin saber que diría de ella en este relato. Estaba segura que nada feo saldría de los recuerdos de esos tiempos.
En el año 2000 estaba presente cuando me entregaron un premio y me dijo -siempre riéndose- que ella lo sentía como propio.

Así era, al menos -lo sentíamos los dos- a pesar del tiempo, sigue tan linda como cuando llegamos a La Habana. El tiempo no ha pasado por ella. Allí estaba su esposo y no sentí celos cuando me dio la mano y me dijo que ya me conocía. No quise saber los detalles. Quizás Graciela…

Graciela es un gran recuerdo.

Paso por el parque de 19 y me acuerdo de ella, de otras noches -otros tiempos y otra gente- pero es por ella que doblo esas esquinas y repaso el texto como un poema nuevo.

Graciela fue un poco más que mi novia sin darse cuenta y lo peor es que yo tampoco.

Ahora la pienso, como un ángel bueno.

Miraba sus dientes lindos, su sonrisa a medias y su ingenuidad a flor de piel.

Es raro como se recuerdan las cosas por las partes -nunca se es un todo en la memoria- cuando tenía su edad no me detuve a pensar en los detalles ni en las partes que ahora retengo como mapa de su piel sobre la cama. Como su andar por la ciudad, de donde soy y de la que escribo menos que de La Habana.

Uno deja lugares y después necesita volver como si el pasado atara -como si fuese más importante-, o necesario. Es mejor quedarse donde nace el amor, la paz, el sentimiento.

El amor es un axioma, debe dejarse libre, vivirse sin importar diferencias. Nunca se sabe el final de las cuentas; es una suerte. El momento de amar, otra cosa.

Es la ciudad que provoca, la poesía y los encuentros, las esquinas donde paso y doblo cada vez que la recuerdo -cada vez que repito lo que me dijo de espaldas en la cama- cuando mis manos hacían su figura y reparaban en sus contornos. Como si besara sus ojos mientras camino mi ciudad, y su frente siguiera desnuda, y su sonrisa a medias besando cada esquina y sus dientes lindos con su ingenuidad a cuestas retorciéndose entre mis piernas.

Todos los poemas tiene su historia y no se cuentan para que cada uno haga la poesía del momento en que la vive -este tiene muchas, por eso va solo así- tiene de cada una de las personas que ven en el amor una alegría de cualquier forma y en la risa, la coraza de no dejarnos vencer por las nostalgias diarias y las trampas de la vida.

Amen siempre -y estén junto a su amor, con una sonrisa- uno olvida los contornos, sus lunares y sus formas, pero nunca olvida la ternura y la alegría que alguien nos dio algún día.
Yo, no las olvido. No es lo mismo.

Siempre -ante una mujer desnuda, más que sexo, apreciaba la obra poética de su cuerpo- en cada parte la mujer tiene motivos, y los hombres debieran verlos y escribirlos, pero más sentirlos.

Cada acto de amor debe ser una poesía -lo es-, pero algunos no se dan cuenta y las desperdician.

Les dejo el poema abajo para que lo lean algún día. El poema es un recurso necesario.


No sé, si soy de otra ciudad, siempre escribo de La Habana, las ciudades marcan y Santiago tiene otro tiempo. El tiempo siempre es un personaje como la lluvia -como ella y su inocencia-, como ella y la ternura, como ella y yo, doblando las esquinas.

(Abril 2010)


De un amor y la sonrisa

No puedo escribir sin estar en tu sonrisa
aunque detrás todo el mar se me confunda.
No puedo sin pensar en tus contornos
mientras toco los bordes que transpiran.
Hoy camino entre tu cuerpo
porque no puedo escribir
sin pensar en tu sonrisa
cuando esquirlas de tu vientre me penetran
en puntillas, unos segundos
en el punto sensible que culmina.
Hoy no duermo en tus caderas si suspiras
y la tarde y los dioses y las aguas
y tu cuerpo revolcado entre la brisa que descubres
mientras beso
palmo a palmo tus rodillas
y mis dedos se confunden
y de prisa, pienso y sueño, peregrino
insomne feliz cuando palpitas y te estiras
y me atas entre dientes y caricias.
Pero así no puedo, amor
dormir sin tu olor, ni tu sonrisa.

--- LOS RELATOS Y POEMAS DE JESÚS GARCÍA CLAVIJO
http://laislaylaespina.blogspot.com/2010/10/de-un-amor-y-una-sonrisa.html