lunes, 12 de diciembre de 2016

LAS MANOS DE EZEQUIEL






Reinaldo  Cedeño Pineda


¿Cómo nacen las pasiones? ¿A qué día y a qué hora? ¿Qué vientos las avivan? A veces un hermano enciende la chispa y eso le pasó a Ezequiel. A los siete años ya tenía el alambre en sus manos, y desde entonces,  no ha hecho más que ascender.

   El arte de academia le ha resultado esquivo. Algunos  no saben ver el “callado estruendo de las cosas” del que hablara Lezama. Los esquemas suelen ser tósigos. El alma, entonces, se refugia en sí misma; pero el manantial sigue manando, el  río desborda el cauce, la corriente se torna indetenible…

   Ezequiel Díaz Ruiz tiene 21 años. Es guantanamero. Aunque ha asistido a algunos talleres, aunque el año pasado expuso en la Casa de la Cultura Rubén López Sabariego, (allí, en el corazón del Guaso), su talento ha crecido esencialmente con cada latido. Su carácter autodidacta, impresiona. Y su mirada. Hay en ella una nobleza que no alcanzo, una concentración que asusta. 


   ¿A dónde irá, qué mundos le invaden mientras hace nacer del alambre, la mítica Venus sin brazos,  el tocororo,  la insignia del Real Madrid,  a Michael Jackson? ¿Al Hombre Araña, a la Torre Eifell; incluso, al Martí del parque de Guantánamo?

   Ezequiel,  anda con su nombre profético. Explora, mira con denuedo cada imagen para que los detalles le penetren. No hablo de perfección, hablo de estirpe. Las peticiones van creciendo. El artista sostiene un duelo con su musa. Y con el “alambre de teléfono” que no le basta, que no aparece.

   Este muchacho necesita ayuda.

 

   Me ha enseñado esas obras en su celular. Estos tiempos son así, pero no me conformo. Lo que uno quiere ha de tocarlo. Entro a su casa en la calle Cuartel N. 853 entre Aguilera y Crombet. Entro a su humilde cuarto, a su taller. Y allí, como si nada, frente a mí, teje la Torre de Pisa… Más allá veo el esbozo de lo que debe ser el Taj Mahal.

   Y yo que solo tengo el silencio, que solo tengo palabras, anoto en el papel, trazo en el aire;  imagino su vuelo, imagino sus manos prodigiosas. Lo imagino en grande.












miércoles, 7 de diciembre de 2016

LA ROCA DE FIDEL, DE CARA ALSOL



 
José Valle Parreño (*)

Granito endurecido por milenios,
Como la gran piedra, ríos de la Sierra Maestra,
Escondían aquella pirámide natural,
Edificada por la historia, el visionario Fidel, conocía su destino.
Humilde, como el nicho escarbado, por artesanos cubanos,
Por manos de guiños, de mujeres agradecidas,
Por negros llorando, al que los liberaba, como Céspedes,
Por envejecientes, en sus asilos que no tuvieron que morir,
En una guardarraya, en evicción batistiana,
Por manos de jóvenes pobres del mundo, estudiando una carrera de medicina,
Por manos de angoleños con patria,
Por manos de artistas del mundo buscando una musa,
A qué cantar en la conciencia de la humanidad.
Esa roca generada por milenios, bajo el canto de pájaros,
Como el día de su integración a ella, de Fidel,
Exuda la sabia del que supo, invictamente,
Afrontar los 600 golpes del norte, y del sur, del este y oeste,
Sacar provecho de los errores cometidos, y atrincherarse,
Como los 300 guerreros de la Termópiles, en Esparta,
Esta vez con final de triunfo y con esa visión abnegada de no aceptar derrota alguna.

Granito endurecido por milenios, roca eterna, de reflejos de rayos solares del este,
Como Martí a su lado, todos cara al sol, cuando amanece,
Cuando anochece, juntos cara al sol,
Como Martí.


(*) Cubano residente en el exterior. Poeta, cineasta, actor, escritor de varios libros sobre la emigración cubana.

sábado, 3 de diciembre de 2016

DARÍO CISNEROS BORRUEL: Poeta invitado




 


CRÉDITOS

Después
de terminarnos el mundo
solo restan ver los créditos
He esperado mi nombre
durante años
lo he esperado
he intentado no dormir aún
solo para disfrutar ese instante
en que mire mi nombre
surcar el espacio
para ser olvidado
otra vez
como el de todos los demás actores.

NO HAY LUCES AL FINAL DEL TÚNEL

Toda su vida buscando
Juró que había una luz al final del túnel
Guió a muchos
Pasó su vida
la de muchos
pasó la luz
Jamás encontraron
nunca hubo
una luz
Esto tampoco es un túnel
Es simplemente una jaula
para peces
muertos

EL HAMBRE DE LOS PÁJAROS

El hambre de los pájaros hace que rían los niños
y llueva y caigan las hojas
¡Gracias!
al hambre de los pájaros
hay comida para perros
y pirámides
¡Gracias!
al hambre de los pájaros paren las mujeres
es por ellos que suena el piano
y fingimos no saber
¡Gracias!
al hambre de los pájaros
hay mujeres desnudas que sueñan
¡Gracias!
A ellos
es que creemos
ser otra cosa
distinta
del mundo

LA CAL EN TUS OJOS

Después de los vezos
solo han quedado tus ojos
la marca de cal en el suelo
esa estúpida línea que aún separa nuestros vezos
el espejo que aún se confunde
y recuerda
tus ojos de cal
los kilómetros
la montaña
quizás
los vezos
tu boca
la cal que hubo
tus manos
las huellas
que permanecen en las paredes
y marcan incluso las horas
desde esa vez
que tus ojos
plantaron las fronteras

PUZLES 

Caen puzles más complejos
Llevo millones de ovejas huyendo
Siempre vuelven
He implorado piedad
Millones de ovejas
Millones de lobos puzles me condenan
Esta vez
no hay ovejas
ni lobos
Solo millones de piezas clavadas que cercan
Una pieza eclipsa la luz
otras tantas calcan los caminos
Afuera
el universo espera millones de ovejas
aquí dentro
millones de lobos

SÍNTOMAS

Un día dejó de jugar al fútbol
Supe que algo extraño le pasaba
Jamás volvimos a jugar a los puños y las patadas
y las pocas veces
-que eran muy pocas-
no me dejaba ganar como siempre
Comenzó a llegar tarde y a usar ropa apretada
un día trajo una novia
y le cogió el gusto a los regaños
después comenzó a trabajar
¡Nunca!
me dijo que coño le pasaba
y fue hasta un día
que entendí
Yo también dejé de jugar
al fútbol.




DARÍO CISNEROS BORRUEL

(Santiago de Cuba, 2 de junio del 2001)
Actualmente estudia en el Instituto Preuniversitario de Ciencias Exactas Antonio Maceo. Premio Juegos Florales de Santiago de Cuba en 2016.

INSTANTES EN LA MEMORIA





Reinaldo Cedeño Pineda

Final de los 200 metros pecho. Es agosto de 1991. Son los Juegos Panamericanos y el complejo Baraguá estalla. No se me olvida. Hay  un joven cubano, un chico de dieciséis años. Le dicen Mayito.

Es el favorito sentimental, mas los especialistas hablan de los norteamericanos Diebel y Mayfield, sin olvidar al argentino Minelli. El cubano ha dicho en la mañana clasificatoria que va a por todas. Lo miran incrédulo. Cuba jamás ha logrado un título panamericano de natación. Lo mejor data del lejano 1955, en México, cuando Manuel Sanguily logra la plata, precisamente en los 200 metros pecho. ¿Será un presagio?

Mayito tiene por delante cuatro piscinas para estrenar la historia. Fidel se aparece en las finales de la natación de América. Se  planta en las gradas.  Hincha como un aficionado. Comienzan las brazadas. En los primeros 100 metros, Diebel va delante, todavía en los 150; pero Mario González lleva un empuje extra.

Desde el público, alguien nada en el aire, bracea. La gorra verde quiere salírsele. El pecho, revienta…

Los metros finales. ¡Sí! El cubano rebasa a Diebel. No hay quien lo detenga. Saca de la alberca un nuevo récord panamericano. ¡Cuba, qué linda es Cuba!, grita el narrador. Las cámaras van al brazo en alto, al triunfo. Van a Fidel. Van al aplauso.

Es otro escenario. Y otro año. 7mo. Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba. El panorama internacional es complejo a finales de 1999. Fidel lo compara con un «juego de ajedrez de 500 piezas». La metáfora, cuando se lanza sobre el cauce de una idea, siempre la ilumina.

Integraba la delegación de Santiago de Cuba, junto a varios de  mis colegas y profesores. Era un muchacho vehemente. El muchacho se ha ido, pero la pasión ha quedado. Hablamos de la necesidad de argumentos y no de artículos patrioteros, de latidos más que de consignas. Lo dije entonces y lo digo ahora. Y Martí, siempre de la mano, con su verbo esclarecido: «Dígase la verdad que se siente, con el mayor arte con que se pueda decirla».

Todos querían un instante junto al Comandante, el suyo;  pero las sesiones se alargaban, la madrugada se iba entrando, el cansancio asomaba. Ya  los pasos abrían la puerta, cuando el propio Fidel nos llamó, llamó a Santiago. Nos arracimamos a su lado, como pudimos. El lente nos dibujó. A algunos apenas se les ve el rostro, pero están ahí, detenidos en ese momento.

Hay momentos así, como un braceo en el aire, como el relámpago de un flash, como un segundo, que no se van jamás.