domingo, 23 de octubre de 2016
“EL ORO DE LA EDAD” de JUAN FRANCISCO BERTRÁN HURTADO / PREMIO Sociedad Cultural José Martí / V Concurso Caridad Pineda In Memoriam
La mayoría de nosotros
recordamos con cariño y cierta nostalgia nuestra niñez y adolescencia. Es la
etapa de la vida en que deseamos soñar y parece que la vida es eso, un sueño.
Ya cuando somos jóvenes, la vida se nos presenta de otra manera, seguimos
soñando, pero en hacer realidad nuestros deseos y ella nos enseña que no basta
con soñarlos.
Parece un trabalenguas,
pero hay una diferencia y podría decirse que en la adultez vuelven a cambiar
las reglas de la vida con mayores preocupaciones y responsabilidades. Nos
quedaría más tarde la vejez y ya todo es distinto. Si se ha tenido una vida
útil, se seguirá soñando, si no, se deja inclusive de desear. Pero cada edad
tiene su valor y hay que mirar ese valor en su verdadera dimensión. Es el oro de la edad que vivimos en esas
cuatro etapas. La primera, esplendorosa, la segunda intensa como el oro que se
funde, ya la tercera aquietada en su firmeza y al final un oro de otoño, acuñado
como sello distintivo de una vida aprovechada y ejemplar, medalla que encanta
no por su brillo sino por su quilate.
Cuando somos niños estamos
dispuestos a creer en la fantasía porque no tenemos noción de la realidad. Pero
la fantasía, aunque no lo parezca, también tiene sus reglas.
Muchos escritores se han
dedicado a escribir para los niños y existen maravillosos libros desde tiempos
lejanos. Casi todos nos llevan a mundos fantásticos y somos compañeros de
personajes dotados de increíbles dotes, pero con el tiempo nos damos cuenta que
todo se esfuma, si en esas historias faltó una moraleja o enseñanza para la
vida, nos quedamos apenas con un recuerdo muy inocente, que no nos sirve para
ser verdaderos protagonistas de la aventura real de nuestra vida.
¿Qué quiero decir?,
simplemente que los niños deben aprender desde pequeños a prepararse sin
abandonar la imaginación, para enfrentar los años por venir. Que sueñen en
cosas posibles, hay mucho de asombro en la vida real, nuestra naturaleza, por
ejemplo. Soñar sí, pero con los pies en la Tierra.
Y esto lo aprendí con los
años, al reconocer que de todos los libros que he leído hay uno en particular
que me ha permitido encontrar el oro que tiene cada edad por la que mi vida ha
transcurrido. Ese libro, que en principio no lo era como tal, me ha acompañado
mentalmente desde que tenía diez años de edad, han pasado cinco décadas más y
dentro de mí sigue viviendo ese niño curioso, optimista y dispuesto a enfrentar
todos los obstáculos con la misma entereza que podría tener uno de esos
personajes de leyendas. Me refiero a La Edad de Oro, escrito por
nuestro querido José Martí.
Fueron en total cuatro
entregas mensuales en forma de revista. El interés de Martí era ofrecer a las
niñas y niños de Nuestra América diferentes historias que despertaran en ellos
el afán por el conocimiento, que aprendieran a crecer bien, supieran reconocer
el valor de las cosas y sobre todo defender esos valores. No faltó la fantasía
pero con inteligencia. La forma en que Martí les escribió a los niños y niñas
de su época debería ser la forma en que nuestros hijos aprendieran a
comportarse y desenvolverse en los tiempos actuales.
Martí tuvo el propósito de
continuar escribiendo estas revistas pero eran tiempos difíciles, preparaba
desde los Estados Unidos la guerra
necesaria para librar a Cuba del yugo español. Por otra parte, lo que escribía
no fue del todo comprendido por el editor, que quería que hablara sobre el
temor a Dios, cosa que Martí no veía de esa manera. Martí aspiraba a que los
niños tuvieran la capacidad de juzgar por sí mismos sin anteposiciones ni
dogmas preestablecidos. Para Martí, los niños son la esperanza del Mundo y por eso pueden entenderlo todo si se les
explica, son los que saben querer y no se les puede mentir.
Yo aprendí con La Edad de Oro, ya convertido en libro gracias a Gonzalo de
Quesada, fiel alumno del Maestro, diez años después de caer en Dos Ríos,
luchando por la libertad de Cuba, a ser un niño despierto, sin grandes temores,
deseoso de compartir lo que aprendía. Mis padres, martianos de corazón e ideas,
me inculcaron igualmente esos valores que Martí reflejó en sus artículos, promovidos
desde los primeros años del triunfo revolucionario de 1959 y no los he perdido.
La Edad de Oro reúne
una cantidad importante de cuentos, poesías y ensayos, con un lenguaje
perfectamente entendible por los pequeños. No falta como dije antes una porción
de fantasía, pero no hay mojigatería ni banalidad, no se dicen las cosas de una
manera fantasiosa sino hermosa y esa
es la verdadera
fantasía. Su libro me enseñó a entender otros libros como Corazón de Edmondo de Amicis y El Pequeño Príncipe de Antoine de Saint-Exupéry. Y
es que a veces pensamos que los niños no son capaces de entender las cosas como
son y los queremos sobreproteger. ¡No!, eso es fatal, ¡miremos a los animales,
cómo saben enseñarles a sus crías a
defenderse! Debe existir un equilibrio que corresponde con la edad y la
complejidad de lo que queremos enseñarles, pero nunca mentirles o crearles una
idea equivocada. Lo que aprenden hoy repercutirá en el mañana.
Y Martí estaba seguramente
pensando en su hijo cuando concibió esta idea de escribir a las niñas y niños
de Nuestra América y se puede decir que del mundo entero. Quiso hablarles a
todos como si estuviera hablando con su príncipe enano. Sin distancias entre
ellos, tan cercanos como solo un abrazo es capaz de unir los corazones.
En Cuba, nuestros pequeños
crecen muy rápido, aprenden también con rapidez. Son igualmente soñadores y
crean sus fantasías, pero no se refugian en ellas, les anima la intrepidez,
quieren ser en un futuro grandes
deportistas, aviadores, cosmonautas, investigadores, no superhéroes. Son despiertos y les aburre el embobecimiento de las
historias que a veces observan en la televisión, aunque también existen
diferentes niveles para exponer el lenguaje y argumento infantil, cuando son
muy pequeños es lógico que sea más pueril, pero aún así debe ser explicado sin
tanta ñoñería. Y La Edad de Oro
consiguió hacerse
entender por los niños y niñas de cualquier edad.
En sus hermosos textos
podemos encontrar un universo de temas que sirven como herramientas para
recorrer una vida completa como una aventura. Hay de curiosidad y de
inteligencia, de asombro y respeto. Lecciones para cultivar el amor como la
pócima fundamental contra los imposibles. Leer ese libro es como prepararse
para un viaje, convencido de llegar a su final sin temor y deseando hacerlo
porque allí encontraremos el premio a nuestros esfuerzos: la seguridad de haber
vivido una vida útil y buena, una vida hermosa, el oro final de nuestro paso por la Tierra, que entregaremos a
nuestros hijos y nietos, como un tesoro imperecedero. Por eso Martí sigue
viviendo entre nosotros porque escribió para todos los tiempos y para todas las
personas con total entrega y sencillez, nos iluminó el camino con la magia de
su pluma y el arte para entenderlo. Los niños que leen a Martí serán siempre
mejores personas.
Es admirable cómo Martí
consigue en cada una de esas revistas, que a la postre se unieron como libro,
presentarnos diferentes asuntos que van desde la historia universal, la fábula,
culturas diferentes, leyendas… ¡un verdadero mosaico de temas!, que parecen en
ocasiones demasiado serios para un niño pero que el Maestro logra hacer entender
e interesar. La historia de los Tres Héroes nos conmueve por la manera en que
aborda la grandeza de los hombres que dedican su vida al bien de la Humanidad,
la ternura de Pilar hacia su muñeca negra, la inteligencia de Meñique. Todos y
cada uno de los relatos y poemas están escritos con amor, con sinceridad y
deseos de enseñar.
Nos dan luz para entender
con claridad la complejidad de la vida, nos alerta y nos aconseja a avanzar
atentos pero sin miedo.
En sus textos, abundan las
enseñanzas para el futuro, nos recuerda el valor de lo ya andado y nos anima a
vivir el presente, deseosos de aprender en cada momento. Es como invitarnos a
recorrer el camino de la vida y recoger los frutos que nos alimentarán durante
la travesía. Martí se nos presenta como un niño más, que ha crecido tanto como
un gigante y avista a la distancia las maravillas por venir, su entusiasmo es
tal que le seguimos, guiándonos por su visión a descubrir mundos, ya sea en las
ruinas indias, en una exposición en Paris como por la tierra de los anamitas.
Nos conduce a Homero y luego a donde El Padre Las Casas, conocemos la historia
de la cuchara y el tenedor y al mismo tiempo nos asombramos cómo es posible
conocer la historia del Hombre contada por las diferentes formas en que ha
construido su hogar.
Es realmente un viaje
ameno, interesante, dotado de poesía y lenguaje coloquial, no nos parece leer
sino escuchar las asombrosas historias contadas por un hombre que en ese mismo
tiempo pensaba cómo alcanzar la libertad de su Patria, tal vez con ese mismo
entusiasmo y pasión que nos llevaba por el sendero luminoso de sus escritos.
La Edad de Oro representa
para mí la oportunidad de encontrarme con el Maestro y esperar a una nueva
propuesta de aventura fértil y animosa. La última página de cada revista se
vuelve una nueva invitación para continuar, porque ha sabido estimular el deseo
y el interés de seguir sin descanso nuestra vida como un viaje.
El oro de nuestra edad no
se opaca con el tiempo,
La Edad de Oro
mantiene brillando ese
oro en nuestros ojos soñadores. Nunca morirá el deseo, siempre vivirá renovado
en sus palabras de oro nuestra mejor edad.
DATOS DEL AUTOR / JUAN FRANCISCO BERTRÁN HURTADO
(La Habana, 19 de diciembre
1955) Ha publicado durante treinta años historietas en diferentes revistas y
publicado libros del género por las editoriales Gente Nueva, Abril y
Pablo de la Torriente.
--TODOS
LOS PREMIOS / TODAS LAS FOTOS en:
---GRAN
PREMIO: “Las cien no soledades”: Aracely Aguiar Blanco
domingo, 16 de octubre de 2016
(Presentación y fotos) ELLOS HACEN LA RADIO JOVEN
Reinaldo Cedeño Pineda
Otra vez un
libro sobre la radio, otra vez; ojalá haya muchos más. Hoy es un día
feliz. Alguna vez dije que la radio padece de una escandalosa orfandad de
memoria, y cada intento, cada centímetro que se le arranque al olvido, a la
rutina, a la desidia, es un momento para celebrar.
El territorio santiaguero, es cuna o aliento
de Félix. B Caignet, Antonio Lloga, Navarro Coello, Maricela Carbonell, Rebeca Hung,
Balbuena Céspedes, Soler Puig, Silvio Fonseca, Ado Sanz, Emilio Tamayo, José Julián Padilla, María
Elena Calzado… Bajo su recuerdo nos cobijamos, y con el abrazo de quienes nos
acompañan ahora mismo, aquí o allá, como
Noel Pérez, Marcia Castellanos, Consuelo Almaguer, Monserrat Crespo, Tamara
Tong, Ileana Navarro, Iván Clavería, Raúl
Ibarra Parladé, Jorge Luis Colomé y unos
largos puntos suspensivos. Ellos merecen una oda. Sus nombres son
resguardos, son espejos. Los invoco.
Empero,
no vengo a soslayar los facilismos con que algunos la hunden, las rutinas con que
otros la rebajan; sino a aquilatar su
capacidad de emerger, de persistir, de
reiventarse frente a los que la soslayan, a festejar su permanente condición de
compañía, a detenerme asombrado ante el valor de un silencio, a ovacionar su confianza
irrenunciable en la altura y los colores de la palabra primigenia, de la palabra hablada, de la palabra en el albor.
Vengo a ratificar su condición imbatible,
porque ella resiste, ella está, ella permanece cuando el resto de los medios ha
sido vencido… por el huracán, por ejemplo.
Pregúntesele a un santiaguero a un
baracoense. Vengo a voltear la sentencia: una palabra dicha como Dios manda, es
capaz de evocar mil imágenes.
(El presentador, Reinaldo Cedeño que llegó casi de milagro, y un emocionado autor, EnriquePérez Fumero)
El
profesor, radialista y periodista santiaguero Enrique Pérez Fumero, sabe de
estas certezas. Por eso ha escogido una investigación sobre la materia para Ellos hacen la radio joven (Ediciones Santiago, 2016), su primer libro, su
primer asombro, consecuencia de haber ganado la beca de creación El reino de este mundo, otorgada por la
Asociación Hermanos Saíz (AHS).
Desde la indagación documental, el testimonio
y la reflexión, el autor ha trazado la ruta crítica, ha conformado el retrato
de los primeros veinticinco años de un evento. Nacido este del entusiasmo de un grupo, se propuso no solo
estimular a los creadores jóvenes del
arte radial cubano; sino redimensionar sus logros y discutir sus falencias, convertirse
en plataforma de experiencias y ventana
de experimentaciones.
El libro asoma en su primer ensayo la
génesis y necesidad del encuentro, así
como la periodización de las diferentes ediciones con sus ganadores, sus luces
y altibajos. Los testimonios han requerido mucha perseverancia, y lo mejor, aquellos
alcanzados han sido dejados en el espinazo, en la médula. Otras declaraciones
deseadas, tal vez resultaron esquivas o imposibles. Al final, los libros no se acaban,
se dejan.
Aunque solo ocupe un párrafo de esta parte
inicial del volumen, valga apuntar lo útil de reflexionar en torno a los
excesos. Fue aquel en que una de las pioneras del “Lloga”, la talentosa
Katiuska Ramos, debió salir del evento, de la radio y de la Asociación Hermanos
Saíz… tras entrevistar a un representante de la iglesia ortodoxa en Cuba en la
emisora CMKC. El tiempo ha pasado, el desgarrón queda.
(El autor autografia su libro al profesor e historiador del arte Gustavo Lloga, hijo de Antonio Lloga y uno de los testimoniantes)
Una
segunda parte de Ellos hacen la radio joven,
nos hace partícipe de la obra de Antonio María Lloga Simón (Amarillas,
Matanzas, 3 de noviembre de 1921-Santiago de Cuba, 5 de septiembre de 1977). Hablan
sus compañeros. Hablan sus hijos, con quienes conformó en 1968 el primer noticiero
infantil en la radio cubana. Pérez Fumero
se detiene en la singularidad del narrador creado por Antonio Lloga.
Asimismo, nos aguarda la sorpresa en el testimonio
de la inolvidable Maricela Carbonell, cuando nos revela que en el programa La familia del Lío (donde Lloga era
director, actor y guionista), “hacíamos un sketch del que puedo decir, que salió el famosísimo Alegrías de Sobremesa, porque Luberta se llevó de aquí la idea”. Conmueve
asimismo asistir a la vivencia de un escritor radial que se traslada a sus
sitios novelados, lo que habla de su rigor y voluntad de estilo.
La coda del libro aborda la experimentación
e imaginación en la radio, el “culto al número de oyentes como criterio del
desarrollo cultural”, la desprofesionalización del medio y el concepto y
filosofía de “radio joven”. Fotos históricas de Antonio Lloga redondean la
obra. Hubiese querido ver algunas de esa
gente joven que hace la radio.
Un libro, sabido es, no es solo obra de su autor;
emerge siempre gracias a un colectivo. Por
eso resulta inexcusable mencionar la edición de Oscar Cruz, la diagramación de
Abel Sánchez Medina, el diseño de cubierta de Gabriel Cascante, la ilustración
de cubierta de Dennis Gallado y la encuadernación de Marlene Silva.
Este libro es
posible gracias a estas manos. Hay otras que nos pueden parecer recientes, cercanas,
mansas, pulcras incluso; pero no hay que confundir pulcritud con limpieza. La más vil podredumbre espiritual puede habitar en
ellas, y al contrario del mítico rey Midas, todo lo que tocan se vuelve lodo
(usamos un vocablo generoso).
Tengo mis supersticiones con las manos que tocan un libro en su génesis, ustedes me sabrán perdonar. Ellos hacen la radio joven, ha tenido suerte, mucha. Emerge limpio. Cada título merece su nobleza.
Tengo mis supersticiones con las manos que tocan un libro en su génesis, ustedes me sabrán perdonar. Ellos hacen la radio joven, ha tenido suerte, mucha. Emerge limpio. Cada título merece su nobleza.
Los mass
media necesitan mucho de esfuerzos
como este. Convivimos con su rapidez, aplicamos de manera tan natural “el poder
del dedo” (apagar, encender, cambiar) que en ocasiones, no se repara en que
ellos no solo cuentan y refractan la novela cotidiana de la vida, sino que
generan su propia historia. Es más, la historia es cada vez menos historia a
secas y cada vez más “historia mediática”.
Este libro se inscribe en la llamada
“historia de la cultura”. Ellos hacen la radio joven es
el primer libro de Enrique Pérez Fumero, pero es apenas el pórtico de lo que
vendrá. Su espíritu coral es una de sus marcas, me alegra esa pluralidad.
A la radio, a eso
que se va pero que se queda, le debemos
más de lo que solemos admitir.
(Librería Amado Ramón. Sábado del libro, 15 de octubre 2016,
Santiago de Cuba)
OTRAS INSTANTÁNEAS:
(La Asociación Hermanos Saíz galardona a Enrique Pérez Fumero con su Diploma 30 aniversario)
(La asesora Tamara Tong a quien tanto debe la radio y el Concurso Antonio Lloga In Memoriam, también distinguida por la Asociación Hermanos Saíz. Honor a quien honor merece)
sábado, 15 de octubre de 2016
“Dile a MELQUIADES que aquí estuvo el CHE” de María Elena Elías / PREMIO UPEC / V Concurso Caridad Pineda In Memoriam 2016
Con el triunfo de la revolución, Vilma Espín Guillois, presidenta de la Federación de Mujeres Cubanas, se dio a la tarea de enviar a las campesinas a estudiar corte y costura, para luego integrarlas a las clases y al magisterio en la Escuela “Ana Betancourt”, en La Habana. Para matricular en la misma debían tener 14 años en adelante… pero yo era una niña.
Mi madre, como presidenta de una delegación, predicó con el ejemplo y fui una de las
primeras, aun cuando los padres no querían sacar a sus hijas de su abrigo, pues
la contrarrevolución decía que “les lavaban el cerebro” y las ponían de prostitutas.
Cuando llegué a la
escuela en Miramar, se percataron de que yo tenía once años, comentaron que me retornarían a la Sierra Maestra, a lo que contesté que no sabía la dirección de mi casa. Me
trasladaron a Mayanimar, escuela de deportes, en la especialidad de natación, y
antes de finalizar el año me trasladaron otra vez a la Escuela “Ana Betancourt”.
Al cursar el 6to
grado, la maestra impartió una clase de lectura e interpretación. Utilizó como
material de estudio el libro
Pasajes de la
Guerra Revolucionaria escrito por Ernesto Guevara De La Serna. Escogió la
página 24 que se refería al combate de
La Plata y citó al Che: “(…) seguimos un angosto camino transitado por pocas personas, marcado
especialmente para nosotros por un campesino de la región, llamado Melquíades Elías”.
La maestra preguntó que si era familia mía, a lo que contesté que… era mi padre. Pidió que le
contara sobre la guerra y narré una
anécdota acerca de un encuentro inesperado, una imagen imborrable..
Salieron los primeros rayos de sol. Con el rocío de la
mañana, un hombre llegó a la casa, en Caguara, Sierra Maestra,
donde mis padres hicieron el bohío,
rodeado de una cerca de palos amarrados con bejucos. Sin bajarse del mulo,
llamó: Melquiades… Melquíades… ¿aquí
vive Melquíades?.. Mi hermano mayor respondió afirmativamente. ¿Dónde está? En La Plata con mi mamá ¿Tú sabes cuándo viene? –No, no sé… En medio
del diálogo, nos acercamos al hombre, cuya imagen quedó en mi memoria para toda
la vida.
Vestía uniforme
sucio, sobresalía el color rojizo de la
tierra por encima del verde olivo, barba poco copiosa y cabello alborotado,
dejando ver que no se peinaba. En mi vida no había visto un hombre tan horroroso,
como si fuera poco emitió un sonido: ¡uuuuh!… con los brazos abiertos, le hizo un gesto a mi hermano
menor, quien desnudo y sin zapatos, lo
miró petrificado. El niño salió corriendo, dando gritos y se escondió en la
casa. El hombre se echó a reír, dio media vuelta a la bestia, no sin antes
agregar: Dile a Melquiades que aquí estuvo el Che.
Pasaron los años y
le pregunté a mi padre para qué lo buscaba el Che. Me me contó que él estaba al cuidado de unas reses
en La Plata y el Che quería hacer una fábrica de queso y mantequilla.
Con esta lectura,
supe que la imagen del Che fue una de
las visiones más hermosas de mi vida. Dentro
de ese uniforme sucio estaba el alma de un hombre puro, lleno de todas las virtudes, como el encanto de la poesía, la medicina que cura heridas y purifica, generoso,
disciplinado, valiente; y el primer guerrillero ascendido a Comandante por Fidel Castro, un hombre grande de la historia. Quise conocer acerca de
mi padre y el Che, a los cuales supe
valorar como a todos los que lucharon
por la plena independencia de Cuba.
Mi padre fue uno
de los líderes que luchó contra las compañías
norteamericanas, latifundistas que se apoderaban de las tierras de los
campesinos, a quienes la guardia rural protegía. Los campesinos se encargaban
de desbaratar las cercas y se enfrentaban con
revólveres, escopetas y machetes;
por este motivo la guardia rural tenía a
Melquiades Elías entre los
revolucionarios y revoltosos. Lo metieron preso en el cuartel de Pilón, con
la protesta de mi madre y muchos de los campesinos que luchaban junto a él. Con un
poco de suerte y la advertencia del sargento Lapinel de que no saliera por el
camino real y buscara monte, pudo salir
vivo. Papá se mantuvo alzado mucho tiempo porque lo perseguían para matarlo,
hasta que llegó Fidel a la Sierra.
Fidel refiere en su diario, que Eutimio Guerra le presentó a un campesino luchador y conocedor de la zona
llamado Melquiades Elías, quien les hizo
una trocha de 72 kilómetros por el monte
a punta de machete para llegar al cuartel de La Plata. Así lo corrobora Raúl
Castro Ruz y los que escribieron posteriormente sobre la guerra.
Mis padres y mis tres hermanos participaron en la lucha de liberación, como
tantos campesinos que se unieron a las tropas. Papá se incorporó en la columna
1 “José Martí” durante toda la contienda, como abastecedor de las tropas;
colaboró en el posicionamiento para la Batalla
del Jigüe, entre tantas órdenes que le
asignaron Fidel y Celia Sánchez Manduley. Es el momento en que el Che brinda la imagen en su diario de que la
guerrilla se vistió de yarey.
A través de Pasajes de la
guerra revolucionaria valoraré con el
tiempo que mi padre tuvo en sus manos la vida de la guerrilla, compuesta por
los expedicionarios del Granma que quedaron después del combate de Alegría de
Pío y parte de la continuidad histórica de la revolución.
El Che con su espíritu
internacionalista y el afán de luchar por la liberación de otras tierras
del mundo se marchó de Cuba, renunció al
cargo de ministro y al grado de Comandante, en su carta de despedida al Comandante en Jefe leída en el Primer
Congreso del Partido; informaba que partía hacia otras tierras del mundo para comenzar
una lucha tan difícil como la de Cuba. Desde entonces he querido saber más
acerca de él.
Cuando Fidel dio la noticia de su asesinato, las calles quedaron en
silencio, nuestra escuela mantuvo el duelo durante un mes, caminábamos con los
brazos detrás y la cabeza baja, mirando la tierra y recordando el poema del Poeta
Nacional Nicolás Guillén, “Che, Comandante amigo”: no porque hayas caído / tu
luz es menos alta (…) Estás en todas partes. (…) vivo como no te querían. Nos dejó libres para
que pudiéramos estudiar, ser útiles, y saber enfrentar el futuro. Todavía siento que La Higuera
es un faro de luz para América y
para los que en el mundo se levantan
contra el imperialismo.
Leer el libro Pasajes de la
guerra revolucionaria influyó tanto en mí, que trabajé y me jubilé en el Ministerio del Interior;
siento que soy más humana cada día, para mí lo primero es la sensibilidad, el amor y el
decoro para encaminar cualquier meta.
Pasajes de la guerra revolucionaria marcó mi destino,
me dijo que la vida no es sueño, es la
realidad que componemos. Es acero, es flor. La mía fue difícil por ser mujer. No le temo
a nada, segura, y sin perder la ternura,
soy capaz de navegar hacia el horizonte. No importa su distancia.
DE
LA AUTORA / María Elena Elías Ramírez (1952) Promotora cultural y escritora.
Creadora del Proyecto La Peregrina.
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