Reinaldo Cedeño Pineda
escribanode@gmail.com
A Santiago de Cuba le va saliendo otro sobrenombre al lado de los ganados por su heroísmo y su condición montañosa. Es ya “La ciudad de las motos”.
Se trata de la variante santiaguera de “los almendrones” habaneros, los autos de alquiler de los cincuenta, “el museo rodante capitalino” (y no sólo capitalino, claro está)
Muchos amigos de otras partes de Cuba, me han solicitado que les cuente, porque lo que es tan natural para los lugareños… es toda una aventura para los forasteros.
El calificativo de aventura para un simple viaje en moto no me lo puedo adjudicar, no es de factura propia… lo tomo de José Luis Moreno del Toro, el poeta holguinero, el médico de Lezama, quien llegó a la sede santiaguera de la UNEAC con un toque de asombro... después de un viaje en dos ruedas.
(Es de suponer que la palabra ha de haberse aplicado mucho antes, por otros visitantes)
Durante el 2008, una colega de la televisión (casco en mano) afirmó que en Santiago de Cuba hay no menos de 17 000 motos… pero creo que definitivamente, se quedó corta.
En ocasiones, puedes pensar que andas en una pista de carreras, y que en cualquier momento… bajarán la bandera a cuadros.
(Entre los lugares más notables para esta imagen están la Avenida de los Libertadores, más conocida por Carretera Central: exactamente entre el edificio de 18 plantas de Martí y el policlínico Julián Grimau. También en la Avenida Victoriano Garzón, frente al Preuniversitario Cuqui Bosch)
No recuerdo cuando aparecieron las motos en estos lares en semejante magnitud; pero eso sí, las que ruedan aquí pueden ser de cualquier sitio de la Isla, sobre todo de otras ciudades del Oriente…
Algunos se saben todas las direcciones: las de la bahía y la de las montañas, las de los famosos Distritos y la de cualquier callejón, los kilómetros de las autopistas y las arterias céntricas… a otros (los recién atraídos por este emporio) tendrás que indicarle donde queda tu destino… pero despreocúpate, la mayoría son muy amables… siempre llegarás, siempre habrá una solución.
Se trata de un viaje PERSONALIZADO, palabreja muy de moda en el ámbito electrónicol. Ah, una cosa: Los motoristas siempre tienen cambio, o lo procuran... no como ciertas cafeterías o comercios por ahí... que tantas veces te dicen ramplonamente, con toda la calma del mundo que no tienen, que lo sienten (si lo sienten) ... y a otra cosa, mariposa. La cosa no es con ellos. Y no insistas por favor, no te amargues el día...
Volvemos. A las motos habrá que hacerle una oda, lo mismo que al “plátano burro”, salvador de la cocina cubana, “el zorro” como algunos le marcaron (o plátano macho, fongo, cambute, jumbo, cuatro esquinas… según sea la zona del país).
De motoristas, cascos y precios…
Las motos “de alquiler” no son baratas… pero van a donde tú elijas, se mueven a cualquier hora, te acortan el tiempo (prepárate que una cosa lleva a la otra), difícilmente quedan embotelladas o se detienen por un bache o un desvío (que no son nada escasos, sea dicho). En una palabra, te salvan…
Diez pesos es el saldo mínimo de una moto… siempre que se muevan en el centro de la ciudad. Cuando le mencionas otros sitios, de las afueras…. se ponen cariacontecidos, se revuelven en sus estrechos y esponjosos asientos, enarcan las cejas, carraspean, te miran fijo… A usted, como pasajero inteligente, le tocará consolarlos… consuelo aquí quiere decir el doble, el triple… También te pueden sonar el precio a sopetón, como una pedrada… pero tu resistirás a pie firme (a bolsillo firme), porque quieres llegar… y ese propósito no habrá nada que lo pueda frustrar.
(Si lo sabré yo que vivo… en las afueras, en el “municipio especial” de Boniato)
Si es de noche… ya sabes hay que pagar nocturnidad… y si es de madrugada, madrugadidad… si no es que acabo de inventar esa palabra.
(La madrugada es una sorpresa)
No importa si vas a tu trabajo, a una cita amorosa, a un hospital… Ellas siempre están (las motos digo), y ellos (los motoristas)… Conste que no es lenguaje sexista ni discriminación, es que son hombres (al menos no he visto ninguna chica en esos menesteres) , muchachones casi todos…
Los hay conversadores… pero como las palabras se las lleva el viento (y aquí no se trata de una metáfora) tendrás que acercarte un poco más, si quieres seguir el hilo de una conversación sobre ruedas. Todo un fotograma de un road movie, donde usted ya no es espectador... sino el protagonista
Los hay que no dicen una sola palabra y les basta con el lenguaje más universal y antiguo: el de las señas.
Los hay de short y chancletas, de pantalón largo y Adidas, de mangas y desmangados… Tal vez hasta ganes un amigo...
Si se trata de una gestión rápida, el motorista le puede devolver a donde le recogió. Un viaje de ida y vuelta que ningún otro vehículo le garantiza así de fácil....
(No voy haciendo propaganda, que lamentablemente no tengo moto propia, sólo refiero mi propia experiencia).
¿Qué… de qué marcas son las motos? Me piden demasiado… todas tiene dos ruedas, con un chofer delante y un espacio detrás…
¿Qué… de quién son las motos? Del que la maneja… o de un primo… de la mujer… de un amigo… y eso qué importa cuando te vas amontar.
¿Cómo identificar una moto de alquiler? Por un casco que cuelga del timón… y es que todos han de llevar uno, motorista y pasajero. La ley lo exige y así se cumple, pero… hay de todo.
Lo mismo puedes llevar un casco que te embutes cabeza abajo, casi asfixiante, modelo de película… que un cascarón que se sujeta por obra de milagro, que lleva debajo trapo, poliespuma recortada, una jabita plástica... ya se sabe que esas jabitas son el sumum de la polifuncionalidad.
Con todo, el acápite casco ha mejorado: aquí se vieron cascos de todo tipo: de pelotero, patinador, de eléctrico, los famosos “cascos blancos” de los constructores e incluso de minero, con ciertas modificaciones…
Sacar la mano en cualquier esquina, que la moto venga a tus pies, confesar el destino, alzar una pierna, depositarte ( por favor que alguien me explique como una mujer mantiene el equilibrio en una moto sentándose de costado), hundirte el casco que te dan, recibir esa descarga de aire (ahí está un refrán ad hoc: pelo suelto y carretera... le recomiendo unas gafas para proteger sus ojos de previstos e imprevistos), sujetarte del tronco del motorista o del aro metálico al final del asiento (depende), vivir esa sensación de fuerza, de libertad, mientras “vuela bajito”… es una aventura santiaguera inolvidable.
(Ahora, si presume que el motorista quiere batir récords de velocidad con usted arriba, si ve pasar los árboles, las casas y apenas las distingue… llámelo a capítulo, exíjale cordura, no lo dude un solo instante, no lo postergue...)
¿Se anima?
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