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lunes, 9 de febrero de 2009

LA CIUDAD DE LAS MOTOS


Antonio Desquirón Oliva



Verdaderamente, Santiago de Cuba es la ciudad de las motos. Cuántas son, no lo sé. Una vez vi por televisión a una persona que fijaba su número en unas veinte mil. No me parece exagerado: hay muchas. Pero hace unos años era diferente. No las recuerdo, al menos en esa cantidad, antes del Período Especial –o antes de los primeros ’90, para ser más precisos-.

Claro que siempre las hubo: un hombre que durante mi niñez se encargaba de traer a casa la Bohemia y el Carteles, además de comprar por encargo cualquier medicamento, y respondía al chinesco apelativo de Chan-lí –no tenía ojos rasgados ni pelo lacio, sencillamente lo llamaban de esa forma- poseía una. Sin embargo, el número de motos aumentó en mi ciudad hacia los años ’80, cuando muchos de los jóvenes que regresaban de estudiar o trabajar en los antiguos Países Socialistas, las compraron allá y las trajeron.

Claro que no estoy convencido de que todas las motos que transitan por las calles santiagueras hayan entrado a la Isla de esa manera. Hacia 1995 –por lo menos ese año comencé a servirme de ellas- las motos se convirtieron en taxis: el transporte público estaba mucho más deprimido que hoy debido a los años de “Período”, los dueños, generalmente gente joven, vieron en su vehículo una fuente de trabajo y ganancia.

La ciudad santiaguera –mucho más que otras de Cuba- ha visto privatizarse en gran medida su transporte público. No es que no exista respuesta del Estado, sino que comparativamente es pequeña y, hasta donde puedo ver, depende más del poder de compra del país, que de la sostenibilidad del sistema de transportación estatal actual.

Como es lógico, la circulación de los habitantes de una ciudad está sujeta a parámetros –duración de los viajes, períodos de espera, flujo, consumo de combustibles y otros insumos, agresión al medio ambiente, estado de los equipos, etc – que por principio sólo pueden ser responsabilidad del gobierno de la misma.

La iniciativa privada, en general poco controlable, en este caso no es un verdadero inconveniente porque está resolviendo un problema sensible: la transportación urbana. Hay que aclarar que el sector privado del transporte público santiaguero no está integrado solamente por motos, sino también por camiones, camionetas y una serie de vehículos poco definibles que a lo que más se parecen es a los antiguos “pisicorres”. La evidencia de que “el problema del transporte” santiaguero dista mucho de ser algo sencillo, aconseja que sea tratado por varias personas.

Pero sigamos con las motos: todas las quejas que el sistema de taxis acumuló y jamás ha resuelto, cesaron en pocos meses: los motoristas van a donde quieras, siempre tienen cambio, se averían poco, en general son amables, no suelen ser desaseados ni –por carencia de espacio, no creo que por otra cosa- tampoco te imponen un tercer pasajero con el que charlan de sus asuntos durante todo el viaje haciendo de ti –verdadero y único cliente- un intruso.

El trabajo del motorista –que es como se llaman en nuestra región a los que tripulan motos- es arriesgado: como suele repetirse, su propio cuerpo es “la carrocería de la moto”. Su cuerpo y el del pasajero. Ya se sabe que en caso de accidente, ninguno de ambos tiene protección, como no sea el casco que con muy buen tino ha obligado la ley a que lleven ajustado.

Hay que decir también que es uno de los trabajos menos fatigosos de los que atañen al transporte público particular –y de todas maneras lo es: imaginen estar expuestos al tránsito citadino y al sol durante muchas horas, sin contar con los imprevistos del propio equipo-.

El chofer de un camión o camioneta debe levantarse muy temprano, revisarlo, limpiarlo, “habilitarlo” –que es como se llama coloquialmente al hecho de ponerle combustible, más revisarle al agua y el aceite-, deben tener un ayudante, gastar mucho en piezas de repuesto, combustible, gomas, acumulador, estar siempre ojo avizor pues no se sabe qué puede surgir, salir a trabajar todos los días con un cierto espíritu de aventura que le permita manejar a su favor las mil y una situaciones posibles, desde una crecida de río, hasta una mujer de parto. El motorista no. Puede levantarse incluso minutos más tarde que cualquier trabajador, desayunar bien –la comida es sagrada para ellos- vestir sus ropas deportivas, y salir “a luchar la calle”.

El motorista ejerce cierto poder, cierta capacidad de seducción sobre las féminas –legítima o no- parece que la práctica les da la razón: universalmente, quien vive de conducir motos, correrlas, o posee alguna y la utiliza constantemente se ha convertido en un sex symbol, digno hasta del cine pornográfico:

En realidad muchas jovencitas se sienten estremecidas por la atención del un motorista o por montar en una moto a la entrada de la escuela, frente a sus amigas. Como estas distinciones por lo general implican compensaciones nada platónicas, a las muchachas que por la frecuencia de sus viajes mostraban en su pierna la quemadura del tubo de escape del equipo, se las llamaba “gasolineras”.

Como ser motorista comporta un cierto modo de vida libre, arriesgado, de shorts, pulóver, gafas de sol y zapatillas, comidas callejeras caras y a deshora, para muchos jóvenes ello es un sueño.

Como el motorista gasta mucho, también debe ganar mucho: o sea, que difícilmente deje de trabajar por la lluvia, o por sentirse indispuesto, o sencillamente por cambiar de actividad. Sin embargo, para nada el motorista es un trabajador modelo o un hombre nuevo, pues pertenece a un cierto tipo de folclor urbano, a una picaresca muy de nuestros días.

La moto es uno de los símbolos del Santiago de Cuba de hoy y por ello es un error ignorarlas. Tanto demonizarlas –a ellas y a sus tripulantes- como glorificarlas es un error: expresión de la dinámica actual de nuestra ciudad, pueden decirnos mucho si las miramos con objetividad y, cuando nos haga falta, nos servimos de ellas sin miedo ni complejos. Cuabitas, enero 16 de 2009


ARTÍCULO RELACIONADO:

---Aventura santiaguera de un viaje en moto
http://laislaylaespina.blogspot.com/2009/01/la-aventura-santiaguera-de-un-viaje-en.html

miércoles, 14 de enero de 2009

La aventura santiaguera de un viaje en moto




Reinaldo Cedeño Pineda
escribanode@gmail.com

A Santiago de Cuba le va saliendo otro sobrenombre al lado de los ganados por su heroísmo y su condición montañosa. Es ya “La ciudad de las motos”.

Se trata de la variante santiaguera de “los almendrones” habaneros, los autos de alquiler de los cincuenta, “el museo rodante capitalino” (y no sólo capitalino, claro está)

Muchos amigos de otras partes de Cuba, me han solicitado que les cuente, porque lo que es tan natural para los lugareños… es toda una aventura para los forasteros.

El calificativo de aventura para un simple viaje en moto no me lo puedo adjudicar, no es de factura propia… lo tomo de José Luis Moreno del Toro, el poeta holguinero, el médico de Lezama, quien llegó a la sede santiaguera de la UNEAC con un toque de asombro... después de un viaje en dos ruedas.

(Es de suponer que la palabra ha de haberse aplicado mucho antes, por otros visitantes)

Durante el 2008, una colega de la televisión (casco en mano) afirmó que en Santiago de Cuba hay no menos de 17 000 motos… pero creo que definitivamente, se quedó corta.

En ocasiones, puedes pensar que andas en una pista de carreras, y que en cualquier momento… bajarán la bandera a cuadros.

(Entre los lugares más notables para esta imagen están la Avenida de los Libertadores, más conocida por Carretera Central: exactamente entre el edificio de 18 plantas de Martí y el policlínico Julián Grimau. También en la Avenida Victoriano Garzón, frente al Preuniversitario Cuqui Bosch)

No recuerdo cuando aparecieron las motos en estos lares en semejante magnitud; pero eso sí, las que ruedan aquí pueden ser de cualquier sitio de la Isla, sobre todo de otras ciudades del Oriente…

Algunos se saben todas las direcciones: las de la bahía y la de las montañas, las de los famosos Distritos y la de cualquier callejón, los kilómetros de las autopistas y las arterias céntricas… a otros (los recién atraídos por este emporio) tendrás que indicarle donde queda tu destino… pero despreocúpate, la mayoría son muy amables… siempre llegarás, siempre habrá una solución.

Se trata de un viaje PERSONALIZADO, palabreja muy de moda en el ámbito electrónicol. Ah, una cosa: Los motoristas siempre tienen cambio, o lo procuran... no como ciertas cafeterías o comercios por ahí... que tantas veces te dicen ramplonamente, con toda la calma del mundo que no tienen, que lo sienten (si lo sienten) ... y a otra cosa, mariposa. La cosa no es con ellos. Y no insistas por favor, no te amargues el día...

Volvemos. A las motos habrá que hacerle una oda, lo mismo que al “plátano burro”, salvador de la cocina cubana, “el zorro” como algunos le marcaron (o plátano macho, fongo, cambute, jumbo, cuatro esquinas… según sea la zona del país).

De motoristas, cascos y precios…

Las motos “de alquiler” no son baratas… pero van a donde tú elijas, se mueven a cualquier hora, te acortan el tiempo (prepárate que una cosa lleva a la otra), difícilmente quedan embotelladas o se detienen por un bache o un desvío (que no son nada escasos, sea dicho). En una palabra, te salvan…

Y no es que no haya transporte en Santiago de Cuba, que no hayan mejorado algunas rutas locales (algunas)… pero no alcanza, ni de lejos. Recuérdese, se trata este del municipio más poblado de Cuba, no hay concentración mayor de personas en ninguna parte de la Isla, y hay largos años de camionetas, de a pie...

Diez pesos es el saldo mínimo de una moto… siempre que se muevan en el centro de la ciudad. Cuando le mencionas otros sitios, de las afueras…. se ponen cariacontecidos, se revuelven en sus estrechos y esponjosos asientos, enarcan las cejas, carraspean, te miran fijo… A usted, como pasajero inteligente, le tocará consolarlos… consuelo aquí quiere decir el doble, el triple… También te pueden sonar el precio a sopetón, como una pedrada… pero tu resistirás a pie firme (a bolsillo firme), porque quieres llegar… y ese propósito no habrá nada que lo pueda frustrar.

(Si lo sabré yo que vivo… en las afueras, en el “municipio especial” de Boniato)

Si es de noche… ya sabes hay que pagar nocturnidad… y si es de madrugada, madrugadidad… si no es que acabo de inventar esa palabra.

(La madrugada es una sorpresa)

No importa si vas a tu trabajo, a una cita amorosa, a un hospital… Ellas siempre están (las motos digo), y ellos (los motoristas)… Conste que no es lenguaje sexista ni discriminación, es que son hombres (al menos no he visto ninguna chica en esos menesteres) , muchachones casi todos…

Los hay conversadores… pero como las palabras se las lleva el viento (y aquí no se trata de una metáfora) tendrás que acercarte un poco más, si quieres seguir el hilo de una conversación sobre ruedas. Todo un fotograma de un road movie, donde usted ya no es espectador... sino el protagonista

Los hay que no dicen una sola palabra y les basta con el lenguaje más universal y antiguo: el de las señas.

Los hay de short y chancletas, de pantalón largo y Adidas, de mangas y desmangados… Tal vez hasta ganes un amigo...

Si se trata de una gestión rápida, el motorista le puede devolver a donde le recogió. Un viaje de ida y vuelta que ningún otro vehículo le garantiza así de fácil....

(No voy haciendo propaganda, que lamentablemente no tengo moto propia, sólo refiero mi propia experiencia).

¿Qué… de qué marcas son las motos? Me piden demasiado… todas tiene dos ruedas, con un chofer delante y un espacio detrás…

¿Qué… de quién son las motos? Del que la maneja… o de un primo… de la mujer… de un amigo… y eso qué importa cuando te vas amontar.

¿Cómo identificar una moto de alquiler? Por un casco que cuelga del timón… y es que todos han de llevar uno, motorista y pasajero. La ley lo exige y así se cumple, pero… hay de todo.

Lo mismo puedes llevar un casco que te embutes cabeza abajo, casi asfixiante, modelo de película… que un cascarón que se sujeta por obra de milagro, que lleva debajo trapo, poliespuma recortada, una jabita plástica... ya se sabe que esas jabitas son el sumum de la polifuncionalidad.

Con todo, el acápite casco ha mejorado: aquí se vieron cascos de todo tipo: de pelotero, patinador, de eléctrico, los famosos “cascos blancos” de los constructores e incluso de minero, con ciertas modificaciones…
―Ehhhh… un momento… no te lleves el casco, pasajero…

Sacar la mano en cualquier esquina, que la moto venga a tus pies, confesar el destino, alzar una pierna, depositarte ( por favor que alguien me explique como una mujer mantiene el equilibrio en una moto sentándose de costado), hundirte el casco que te dan, recibir esa descarga de aire (ahí está un refrán ad hoc: pelo suelto y carretera... le recomiendo unas gafas para proteger sus ojos de previstos e imprevistos), sujetarte del tronco del motorista o del aro metálico al final del asiento (depende), vivir esa sensación de fuerza, de libertad, mientras “vuela bajito”… es una aventura santiaguera inolvidable.

(Ahora, si presume que el motorista quiere batir récords de velocidad con usted arriba, si ve pasar los árboles, las casas y apenas las distingue… llámelo a capítulo, exíjale cordura, no lo dude un solo instante, no lo postergue...)

¿Se anima?

ARTÍCULO RELACIONADO:

---YO monté un taxi rutero:
http://laislaylaespina.blogspot.com/2008/07/yo-mont-un-taxi-rutero.html
FOTOGRAFÍAS: Francis Castillo

jueves, 31 de julio de 2008

Yo monté un TAXI RUTERO (Memorias del transporte en Cuba)



Reinaldo Cedeño Pineda


Cuando me vi en aquella “guaguita” [1], perfectamente sentado y con nadie de pie, sin haber esperado una hora o dos o más en una parada, sin un empujón, ni grande ni pequeño; sin nadie que me recostara su jaba del costado, sin un codo sobre mi cabeza o una axila pegada a mi nariz, sin calor bajo una lona, sin sudores entrándome por los ojos, corriéndome más abajo; sin peligros de llegar con una mancha o una rotura en mi ropa, sin temer por lo que llevo en la mano, sin “frotar” a nadie y sin que nadie me “frotara”, sin que me conminaran a desbrozar camino rumbo a la puerta trasera, sin gritar “parada” a voz en cuello, sin nadie que se sujetara de mi a falta de algo mejor; sin resbalarme del asiento en los grandes camiones, sin hacer piruetas para entrar a las camionetas … no lo podía creer.

Han sido años viajando así….

Monté la semana pasada en un taxi rutero, en mi propia parada, y apreté el tiquet, el comprobante… como un pasaje hacia la gloria...

Le he tomado la vuelta, y no me he bajado más de ellos.

¡Un taxi rutero!, pequeño ómnibus de 16 plazas, Mitsubishi para más señas, con ventanas corredizas y asiento acolchado…

Me ha dicho la despachadora que son treinta kilómetros en la ruta Boniato-Versalles, ida y vuelta, que hay diez taxis. Estoy tentado a hacer el recorrido completo, aunque no conozca a nadie en el final.

Por ahora, llegan uno tras otro, hasta con música.





¡Un taxi rutero!

Cuestan tres pesos en moneda nacional. [2] Y… paran donde tú les digas.

(Es julio del 2008)


Memoria de un caminante


Desde mi casa se ven las montañas. Vivo en las afueras de Santiago de Cuba, en un lugar llamado Boniato, en la base de una montaña parte de la Sierra Maestra.

Casi todos los días debo recorrer unos pocos kilómetros entre mi poblado-dormitorio, mi pueblo-satélite hasta la ciudad de Santiago de Cuba. Allí estudié, allí trabajo, allí me muevo.

Incluso le hice un poema a ese trayecto cotidiano:

Vivo en una isla dentro de otra isla
todos los días recorro el largo camino
entre el mundo y mi cama
todos los días intento…

A mis cuarenta años he montado de todo. Soy todo un especialista, modestia aparte.





Cuando niño, monté los ómnibus Skoda que llegaron desde Checoslovaquia, fuertes y calurosos, muy calurosos. La parte trasera era un verdadero fogón y el humo salía despedido hacia cualquier parte.

(No alcancé a subirme a las elegantes Leylands inglesas. Son referencias de mis tíos, de mis abuelos.)

También me subí a las cómodas Hino japonesas.

Miro un poco atrás y me veo esperándola, a “mi” guagua de la ruta 16 (Boniato-Plaza de Marte) que por largos años tuvo su primera parada frente al almacén de la tienda Amistad, a quien la gente le ha seguido diciendo SIART, justo en el corazón de Santiago.

Prepararse para subir era todo un suceso.

Cuando “La Hino” doblaba la esquina, comenzaba lo que un grupo de compañeros estudiantes de Pre Universitario (bachillerato) habíamos designado como “el “abordaje”, al estilo de los corsarios que habíamos visto en las viejas cintas de Errol Flynn. Subir era una victoria nada despreciable.

¿Y las Ikarus húngaras?, enormes y despilfarradoras. Alguna vez se dijo que eran llaves abiertas de combustible.

¿Y las Girón de ensamblaje cubano? Asientos ortopédicos, vibraban por todo el camino como si tuviera los remaches flojos, pero resistieron tanto tiempo… Y ahí siguen, como fieles testigos.

Sobrevino la sorpresiva caída del campo socialista, “el desmerengamiento”, la desintegración del CAME y de la URSS (la mayoría de nuestro comercio). Una severa crisis económica se abalanzó sobre nosotros. Faltó de todo durante lo que se denominó “período especial”.

Cuba recibió un mazazo. Y los cubanos.

Resistimos con zapatos de suelas de camión, con bistés de… toronja, en medio de largos apagones (o más bien “alumbrones”). Se lavó con ciertas plantas en vez del ausente jabón, y hasta con ceniza. Y mucho “jabón angolano”, como la gente le decía al “agua y la mano”.

Entonces se “montaba” una sopa de cualquier cosa. Los rostros se volvieron largos, la ropa se caía. Las colas fueron interminables. Las hamburguesas se volvieron una bendición, se conseguían por reservación (cuando las había)…

Para qué contarles…

Entonces, hubiera parecido un banquete aquel plato del que algunos nos habíamos atrevido a burlarnos en momentos precedentes, bautizándole como “Los tres mosqueteros”: arroz, chícharo y huevo. Freír un huevo era un lujo innombrable. El arroz estaba “a tres trozos”. La harina de maíz se volvió protagónica.

Resistimos gracias a la invención, y con lo mínimo. No teníamos otra alternativa. Los muchachos seguían en sus escuelas, con sus zapatos agujereados, con sus casi zapatos, con sus bolsitas de merienda menguadas.

Pudimos sobrepasarlo porque nuestro gobierno, en medio de todas las carencias, nunca nos abandonó. Y lo poco que había, se repartió equitativamente.

Casi todos nos tuvimos que trasladar en la guaguita de San Fernando: un rato a pie y otro caminando…

Y no es que los cubanos nos riamos de nosotros mismos: es que hacemos un extrañamiento de las dificultades, le buscamos el lado absurdo, risible −y aunque sean las mismas, aunque sean nuestras− ya no nos parecen insuperables.

En los años de 1991, 1992, 1993 (y más), cuatro ruedas se volvieron una excentricidad. No puedo olvidar los días enteros de espera en la carretera Guantánamo-Santiago, dos provincias a sólo unos 80 kilómetros de distancia.

Ha pasado el tiempo: ahora mismo el transporte inter provincial ha tenido una mejoría notable con las cuadrillas de ómnibus chinos Yutong; pero en ese principio de los noventa, fue la bicicleta quien vino a echarnos una mano. Curiosamente, eran también chinas.

En Guantánamo, monté un enorme ciclo “de hombre”, “una 28”, con frenos de varilla… Era más grande que yo. En las esquinas tenía que abrir las piernas en barranca y ladearla, porque su “caballo horizontal” me sobrepasaba largamente.

Me la dieron como estímulo en mi centro laboral. Algunos me miraron extasiados. La usé un tiempo y la tengo guardada.

No vendo mi bicicleta ni se la cambio a nadie. Acabé tomándole “cariño” a aquella enormidad de metal que hacía renquear mi hombro cuando tenía que cargarla, que hizo un surco en las paredes de la casa, cuando intentaba voltearla.

Con ella iba a mi trabajo agrícola de los sábados, a casa de mi hermana en el centro de la ciudad… y también a recibir abrazos por esos caminos, abrazos que salvan.

Y hubo bicicletas de alquiler con un asientico, un cojín en la parrilla, un trapo doblado a modo de almohada. Fueron muy populares entonces, no necesitaban combustible.

Un avance resultaron los “bicitaxis”: las bicicletas-taxis. Tres ruedas: variante criolla de los triciclos chinos, con banderillas, flecos, discos, adornos de todo tipo…

Daba pena subirse a un bicitaxi y ver correr el sudor de quienes lo manejaban… pero también se disfrutaba “el paseo” al aire libre, y de paso, podía admirarse la perseverancia y los músculos de aquellos ciclistas que sacaban fuerza de no sé sabe donde.

También los bicitaxi han seguido ahí.

Alguna vez, más de una, tuve que subirme a una rastra para cargar vacas, a un tractor lleno de miel o de tierra… Me subía a lo que fuera…




Luego, emergieron los viejos camiones de los cincuenta, primero sin agarradera alguna más que las barandas. Un hombro o un brazo cercano, funcionaban a modo de tal.

Si lo tomabas deportivamente, hasta te divertías con los bamboleos, para acá y para allá. Si te tocaba en el medio del camión, te graduabas de equilibrista. No tenían techo. Era un viaje a sol, lluvia y sereno, pero no podía detenerme en esas “menundencias”, lo único que me importaba era llegar.

Andando el tiempo, se les incorporaron bancos, bancos de todo tipo, lonas contra la intemperie, techos de metal. Los camiones se volvieron más “habitables”, aunque también más calurosos…

Y finalmente, llegaron las camionetas. No me pregunten las marcas, ¿quién se va a fijar en eso?

Los asientos bajos, las estrechas entradas exigen habilidades de contorsionista para subir y bajar. Han de desarrollarse poco a poco, con la práctica. Las rodillas han de ser firmes: muchos incluyen “pequeños banquitos” en los pasillos y no hay para donde moverlas.

La “capacidad de carga” de las camionetas es fija, aunque te toque al lado una modelo o un luchador de sumo. Tienes que aprender a encogerte.





En tramos cortos, también he viajado, y aún viajo en coches en el tramo Terminal de Ómnibus-Alameda. Cuidado con la palabra: coches en Cuba son las carretillas tiradas por caballos.

He vivido instantes terribles: un caballo encabritado en una arteria principal, e incluso hasta la muerte de uno. Es un espectáculo estremecedor la mirada de un caballo moribundo.

En algún momento aparecieron “las limosinas”: taxis modificados, alargados, doble capacidad sobre cuatro ruedas; también taxis con trailers… pero resistieron un tiempo breve.

Recuerdo aquel pomposo título periodístico: “Ya los proletarios montamos limosinas”

Santiago de Cuba se ha vuelto “La ciudad de las motos”. Es la variante santiaguera de “los almendrones” habaneros, los autos de alquiler de los cincuenta, “el museo rodante capitalino”, los Buick, Chevrolet, los “colas de pato”. Algunos están como si hubieran salido ayer mismo de las fábricas.

Vuelvo a Santiago. Algunas rutas han sido reforzadas: la “24” por ejemplo, rumbo a la Textilera.

Aún no bastan para cubrir las necesidades del municipio más poblado de Cuba, pero los ómnibus han vuelto a incorporarse al panorama de la ciudad.

En un reciente reporte de la televisión, una colega (casco en mano) afirmó que en Santiago de Cuba hay no menos de 17 000 motos. Muchas de ellas son “de alquiler”. Es un fenómeno local.

No recuerdo cuando aparecieron las motos en estos lares, en magnitud semejante; pero las que ruedan aquí son de cualquier sitio de la Isla.

A las motos habrá que hacerle una oda, lo mismo que al “plátano burro”, salvador de la cocina cubana, “el zorro” como algunos le marcaron (o plátano macho, fongo, cambute, jumbo, cuatro esquinas… según sea la zona del país).

Las motos “de alquiler” no son baratas, mas lo valen y sobre todo, lo compensan: van a donde tú le digas, se mueven a cualquier hora, te acortan el tiempo, te salvan… lo mismo si vas a tu trabajo, a una cita amorosa, o a un hospital… Si lo sabré yo.

Sacar la mano, alquilar una moto, alzar una pierna, depositarte, hundirte el casco que te dan, recibir esa descarga de aire por toda la carretera, sujetarte del tronco del motorista o del aro metálico al final del asiento, y “volar”… es una experiencia típicamente santiaguera.

A decir verdad, no es la primera vez que hay taxis para la ruta de Boniato. Hace un año y tanto, a este recorrido se les asignaron unos taxis a prueba, a dos pesos moneda nacional, mas se me escapó la emoción de esos momentos, por no escribirla.

(Como mismo llegaron aquellos taxis un día, un día se fueron…)




Los “taxis ruteros” no son nuevos, son ómnibus recuperados. Habrá que cuidarles, que de eso todavía tenemos que aprender Aunque no alcancen, son una muestra de mejoría, y una opción innegable.

Soy de los cubanos de “a pie” y esta vez no me pasa lo mismo: no podía dejar de hacerle su crónica a “los taxis ruteros”. Y voy a atraparlos para siempre, como puedo: en blanco y negro.

Juro que los voy a montar mientras pueda, rezo porque sea por mucho tiempo.

−¿Quién es el último?....

Notas:

[1] Guagua es el término cubano para designar el ómnibus, el transporte público por excelencia. “Guaguita” se refiere a un ómnibus pequeño.

[2] En Cuba circulan ahora mismo dos monedas: el peso cubano (el de siempre) y el peso cubano convertible. El cambio actual es de veinticinco pesos cubanos por cada peso convertible.
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