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sábado, 17 de diciembre de 2011

BOLA DE NIEVE: Si pudiéramos quererte...


Reinaldo Cedeño Pineda

Presentación del libro Deja que te cuente de Bola de Ramón Fajardo

Estrada en la peña Letras Compartidas. Biblioteca Elvira Cape, Santiago de Cuba, 16 de diciembre de 2011.

“[…] No tengo voz; si acaso de vendedor de mangos […] yo digo lo que la canción tiene por dentro […] lo interior, aquello en que uno cree íntegra, radicalmente”. (1) Así declara a la prensa neoyorquina, Ignacio Jacinto Villa Fernández en 1956.

A un ilustre periodista cubano, Ciro Bianchi, dirá el pianista y compositor catorce años después: “La música y yo somos uno. Es lo único que me gusta. El único gran placer que experimento es hacer o sentir música”. (2)

Seleccionadas ambas frases, escrutadas palabra a palabra, Bola de Nieve revela como en espejo biselado, el drama y la pasión de su existencia. Su apego al piano y a su modo de decir, que estarán salvándole cada minuto, compensándoles las desgarraduras que su condición de negro y homosexual, y su belleza esquiva le dejaron a lo largo del camino.

Porque, el libro Deja que te cuente de Bola de Ramón Fajardo Estrada, no es únicamente el paseo por la carrera que llevó a este humorista del piano y su “alegría terrestre” (tal como dijera Pablo Neruda) a buena parte del mundo; no es la mera relación de la leyenda, resulta la exploración de un carácter.

El autor no tiene a menos, referirnos el debut de Ignacito en un cine habanero, a los trece años. Una andanada de huevos y tomates le recibe: “La muchachada exclama a grito pelado: ¡Bola de Nieve, loca! ¡Negro gordo!”… (3) pero el talento es como el agua atrapada, sabe hallar el cauce. Y llegarán los aplausos, ora en Buenos Aires o México, ora en Nueva York, en París, en China, en Moscú. Fajardo nos presenta a un artista completo que va acrisolando su estilo, creciendo como compositor, preguntándose a sí mismo.

Aquel apodo de Bola de Nieve que asaetaba al niño rollizo color azabache, se convierte en su nombre artístico por obra de Rita Montaner. Así lo presenta en el Teatro Politeama de México en 1933. Así se quedó. Fue un bautizo feliz, mas no siempre estuvo de acuerdo el autor de Si me pudieras querer. Se resignó, lo fue aceptando finalmente, cuando la mofa infantil se transformó en reverencia.

En las páginas de Deja que te cuente de Bola nos asomamos al ámbito familiar, a su madre Inés y a la entrañable abuela Mamaquica, a la casona de tertulias y comidas, a su “guanabacoaísmo” ―término de factura propia―; a los encuentros y desencuentros con Rita Montaner ―indomable y polémica―; a sus largas temporadas con el maestro Lecuona; a la influencia del profesor y guitarrista santiaguero Vicente González Rubiera (Guyún), a quien confiaba la revisión técnica de sus partituras. Y, por supuesto, asistimos a sus veladas en el Monseigneur.

Ramón Fajardo Estrada (Bayamo, 1951) es un investigador que nos tiene acostumbrados a la precisión de las fechas, a la riqueza del detalle. Así lo había hecho en su libro sobre María de los Ángeles Santana, y visto el esbozo, habrá que esperarlo también en su anunciada propuesta sobre Ernesto Lecuona.

Fiel a su enjundia, nos sumerge esta vez en el mundo cultural que rodea al Bola y nos entrega, como al paso, los programas de conciertos con figuras debutantes o famosas ―Esther Borja, Pedro Vargas, Toña La Negra o la propia María de los Ángeles ―, los sucesos de la radio y el cine, las críticas de la prensa, las letras de las canciones y un material gráfico inestimable.

Conmueven las últimas páginas de este volumen. El sueño premonitor de su muerte en México y el día terrible: Luis Medina, amigo mexicano del Bola lo aguarda para el desayuno, pero extraña su tardanza. Toca a la habitación con respeto, mas no hay respuesta. Empuja la puerta. Bola parece dormido. Insiste, lo sacude; pero todo es inútil. Es un aciago 2 de octubre de 1971. Al trasladar sus restos días después a La Habana, Miguel Barnet dejó caer sobre su ataúd un papel con su poema Oriki para Bola de Nieve.

La Editorial Oriente en el centenario del natalicio de Ignacio Jacinto Villa Fernández acunó este libro en su nueva edición, de manos de un colectivo encabezado por dos damas: la editora Asela Suárez y la diseñadora Marta Mosquera. Yo sé de sus desvelos.

Deja que te cuente de Bola prologado por Reynaldo González, Premio Nacional de Literatura es un libro para la cultura cubana, tan urgida ahora mismo de discernir sus figuras imprescindibles de los ídolos falsos que van inundando la pantalla y el aire.

¡Ay Bola, si pudiéramos quererte!

NOTAS

(1) Raúl Nass: “El fabuloso Bola de Nieve”, en La Prensa, Nueva York, 9 de septiembre de 1956, apud en Deja que te cuente de bola de Ramón Fajardo Estrada, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2011, p. 115.

(2) Ciro Bianchi Ross: “Con Bola de Nieve”, en La Gaceta de Cuba, La Habana, diciembre de 1970, apud en Deja que te…, p.31.

(3) Deja que te cuente de bola…, p. 30.


lunes, 14 de diciembre de 2009

Revista SIC N. 43: Sobre el camino de los (des)encuentros


Reinaldo Cedeño Pineda
escribanode@gmail.com

Alguien dijo que la realidad acaba poniéndole cola a la fantasía. No sé quién lo dijo ni acaso importe. Será como aquello de que los cubanos si no llegamos nos pasamos, que alguien dijo que dijo Máximo Gómez; pero que nadie ha leído.

Desenredándome de los diretes, toda esta didascalia la ha provocado el N. 43 de nuestra Revista SIC, nuestra porque desde Santiago de Cuba plantea un diálogo sobre esos creadores que nos encontramos día a día en las polvorientas calles santiagueras, en las soleadas calles; con los artistas que de tan tercos no han dejado de soñar, de soñarnos, de encontrarnos.

De encuentros y desencuentros (pilotes del mismo puente) tratan estas líneas, paralelismo entre las letras y la realidad. Nada es más real que el libro de nuestra propia vida, más extenso o más breve, según el don que se nos dispuso o el tiempo que nos fue dado.

El primer encuentro es el de la guantanamera Mireya Piñeiro con Fina García Marruz. Por conocer a Mireya, puedo verla asomada al volumen Hablar de la poesía, inflamada en el diálogo con la poeta y ensayista, como quien teje versos en lo callado de la hoguera —como Boti tallaba su diamante en su aldea—. Y luego, me la imagino leve, ante la Fina física y mortal ―que viene de sus años, de una fina manera de sosegar al Cintio conferencista—, y apenas le regala a la desconocida una formalidad amable que el tiempo disolvió de sus recuerdos. Pero los desencuentros pueden ser feraces cuando en el ademán se adivina el viento, cuando se escucha el callado estruendo de lo que no se dijo…

Eso es el ensayo “La poética de Fina García Marruz… como pretexto” de Mireya Piñeiro, un entresijo para hablarnos de todo, de ella misma —que el tangible individuo es más importante que la abstracta humanidad—; para decirnos, evocarnos acaso, la serenidad de la poesía, su augusta e inacabable reserva, su volcán; para tocar a Virgilio y al Benny, a los “origenistas”, guiados por el cayado de Lezama, y a Fina al fin, que cuenta como la habrá maldecido aquel ladrón que arrebata su bolso para encontrarse con cinco centavos y un manojo de cuartillas.

Mireya Piñeiro Ortigosa, otra vez, con una filigrana.


Aida Bahr —refugiada bajo las dos iniciales de su nombre— abre las páginas a la narrativa de Lourdes González con Las edades transparentes y Gleyvis Coro Montaner con La burbuja, Premio de la Crítica y Premio UNEAC, respectivamente. Son dos generaciones, dos temperamentos y dos geografías.

La una, desarrolla su trama en un central azucarero oriental a inicios de la década del setenta y la otra, ubica la acción en Minas de Matahambre en la primera década del siglo XX. Barh nos remarca “la raigambre poética, la prosa con verdadera delectación” de Lourdes; y “el lenguaje conciso y casi nervioso” de Gleyvis, ambas —nos advierte― con personajes complejos y coherentes que desbrozan camino entre escaceses y mezquindades, represiones y envidias, entre sueños y terquedades (otra vez la palabrita), porque la reseña y las novelas, hablan de la Cuba verdadera.

El profesor (y martiano confeso), Arnoldo Fernández Verdecia nos entrega el paso, más bien el eco de Guillermo Vidal en Contramaestre, en su curiosa teoría de la “guillermomanía”. De sus deslumbres ante el autor de Matarile, de su aferramiento tenaz al terruño natal, de la certeza de que “las palabras son lo único que nos queda, lo único que no emigra, lo único que permanece”.

A seguidas Yunier Riquenes García, que ya no necesita presentación, vuelve sobre alguien que conoce muy bien, el narrador Jorge Luis Hernández, que es hablar de Soler, de Santiago y de sus circunstancias. Al comentar su libro El relumbre del Oro, se detiene en cuentos como “El esfumador” y “Memoria”, en la visión de un santiaguero ante la caída del Muro de Berlín, y en la ficción de alguien que se despierta un día para descubrir que todo su mundo ha cambiado de manera dramática.

Regocija encontrar asimismo, un acercamiento a la poesía de Reynaldo García Blanco. La exégesis de Yanetsy Pino nos entrega algunas de sus claves poéticas: la expresión de lo innombrable y el diálogo con la otredad, la reescritura desmitificadora de los grandes héroes y el rejuego del tiempo y el espacio, que le permiten al poeta ubicarse en cualquier época y abaixar las velas. Presumo que se trata de la síntesis de un trabajo más amplio, porque el método y la academia asoman; pero en todo caso, resulta el acercamiento a un escritor convertido ya en una voz imprescindible de la poesía cubana contemporánea.

La poesía de Eliécer Barreto Aguilera, antecede al cuento de “Decía Carlos”, de Emerio Medina, antecedente de un libro de próxima aparición. Lenguaje minimal, con la fuerza de un brote. No me resisto a transcribir un breve fragmento: “Yo hacía mis cosas con Lisandra también. Se lo dije a Carlos cuando estábamos en el balcón. Se lo dije para que viera que yo también podía hacer mis cosas…”.

Un libro de Jorge Ibarra Cuesta es siempre una buena nueva, afirma el investigador Rodolfo Sarracino, a propósito de Encrucijadas de la guerra prolongada, lectura sobre la coyuntura histórica que representó el fin de la Guerra de los Diez años y los hechos que condujeron al Pacto del Zanjón y a la Protesta de Baraguá, el rostro bifronte de un mismo tiempo. El artículo destaca lo que el autor llama “civilismo a ultranza” y se acerca al microuniverso de aquella etapa, a sus yerros, sus excesos, sus hombres y sus glorias.

¿Imaginan al guionista de Ladrón de bicicletas y Humberto D en la terraza del Hotel Casa Granda? Tal es el recuerdo del que nos hace partícipe Raúl Ibarra Parladé. Es un alarde de la memoria que recoje en la bruma casi, aquel instante en que se encontró con el adalid del neorrealismo italiano. No sé porque me viene a la memoria el encuentro de Ricardo Repilado con Lorca. Será por que ambas confesiones son muy sinceras, aún con ellos mismos. Y no digo más.

Sólo que la revista nos ofrece una fotografía del también guionista de la cinta cubana El joven rebelde, asido a un tridente —como un personaje él mismo, ni como un labriego ni como Neptuno―; sino al modo de un viajero impenitente a punto de llegar (o tal vez de partir) detenido un instante como una concesión muy especial.

Luego vendrá aquella exploración sobre el periodismo cultural (“Periodismo cultural es CRITERIO”) que hice a propósito del décimo aniversario de esta publicación y que SIC tuvo a bien no dejar en la oralidad del momento. En verdad es una mirada frente al espejo.

Una mirada desde el ardor y el desafío que representa el trabajo diario ante las subjetividades de la creación y su multiplicidad infinita; ante los retos de decodificar y hacer comunes, los lenguajes de una escena teatral, un acorde o un trazo de pincel; a partir del difícil equilibrio de la opinión, ejercida casi instantáneamente, con la obra recién salida del horno, sin el beneficio reflexivo de la distancia.

La personalidad de Erick Grass “un nombre y apellidos raros para marcar con palabras sonoras el decursar de una vida”, según apunta él mismo, se revela en el trabajo más extenso de este número. El director de arte, vestuarista y escenógrafo que ha puesto su mano en cintas como Miel para Oshún (Humberto Solás), El Benny (Jorge Luis Sánchez) o Madrigal (Fernando Pérez) con sus experiencias y visiones. Es el cineasta Carlos Barba quien lo trae hasta nosotros, pero —aunque se afirme en blanco y negro― en rigor, no se trata esta de una entrevista: es una descarga, una introspección y un pretexto. Ya advertí cual era la marca de SIC 43.

Finalmente, la revista toca algunos de los eventos que han reunido en la ciudad a lo mejor de la oralidad durante la VII Bienal (Zaylen Clavería) y el IX Taller y Concurso Antonio Lloga in Memoriam. La radio, siempre cercana, pero siempre preterida, padeciendo la orfandad escandalosa de memoria, sujeta aquí al menos, un momento de su trayectoria. Ojalá sea luz para artículos similares. Como siempre, la publicación nos reserva su contracubierta a un creador de las artes plásticas, esta vez con las imágenes captadas por el lente de Silveira.

Aquí les dejo la revista SIC N. 43 (Editorial Oriente, Santiago de Cuba, julio-agosto-septiembre 2009), sometida, como otras, a los avatares de la impresión; pero siempre enhiesta. Martí afirmó que “leer una buena revista es como leer decenas de buenos libros”. Y, una vez más, tuvo razón.

// NOTA:
Esta presentación debió ser leída el 14 de diciembre de 2009, Día del Trabajador de la Cultura, en el Taller Cultural "Luis Díaz Oduardo"; pero el momento aguardado llegó tardío y sobre todo mal formulado. No suelo perder tiempo ―en el apremio de tantas cosas por hacer— buscando responsables para hecho tan nimio. Sólo que, como las palabras escritas a solicitud de la Editorial Oriente, quedaron en el papel, sin estrenar, aquí las dejo. Por elemental coherencia.//

viernes, 29 de mayo de 2009

Entregan PREMIOS ORIENTE de Literatura 2009





Reinaldo Cedeño Pineda
escribanode@gmail.com

La entrega de los Premios Oriente (poesía, novela y ensayo) y la presentación de la revista SIC número 41, en la sede de la UNEAC (Santiago de Cuba), concluyeron la jornada de homenaje por los 38 años de la creación de la Editorial Oriente (28 de mayo de 1971), una de las principales casas editoras del país

Luis Yuseff Reyes, de Holguín ―una de las voces más sostenidas de la lírica de vanguardia en el país—, alcanzó el Premio de Poesía José Manuel Poveda por el libro “La rosa en su jaula”, fallo otorgado por Virgilio López Lemus, Geovannys Manso y Alfredo Zaldívar, jurado creado al efecto.

El Premio José Soler Puig de novela lo mereció Lorenzo Lunar Cardedo de Villa Clara con la obra “La casa de tu vida”, según el veredicto concedido por Eugenio Marrón, Jorge Ángel Pérez y Rogelio Rodríguez Coronel.

Entretanto, Olga de la Caridad García Yero (Camagüey) por “Espacio literario y escritura femenina” se acreditó el apartado de ensayo artístico literario José Antonio Portuondo, acorde con el veredicto de Enrique Saínz, Marta Lesmes y Enmanuel Tornés.

La jornada se inició con el panel “Crítica literaria en Cuba, tradición y contemporaneidad” y la presentación del libro El Siglo Entero (Editorial Oriente), estudio de literatura cubana, de Virgilio López Lemus.

Asimismo, las actividades incluyeron, “Poesía en ristre” recital de poesía de Alfredo Zaldívar, Geovannys Manso, Marta Lesmes y Marcial Lorenzo Escudero, además del encuentro “El oficio de contar” con Jorge Ángel Pérez, Premio Alejo Carpentier de cuento 2009.