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miércoles, 27 de octubre de 2010

Periodismo cultural es CRITERIO


(El pintor Lawrence Zúñiga entrevistado por Reinaldo Cedeño)

Conferencia impartida por Reinaldo Cedeño Pineda en la Universidad de Oriente /Estudiantes de Periodismo, 5. año / 26 de octubre de 2010.

“El periodismo es hacer el amor con las palabras”, respondí una vez a un colega, y casi veinte años después de haber comenzado mi trabajo, le respondería lo mismo. Y no es que el acto de amor, como el de escribir, sea siempre perfecto: unas veces se alcanza el orgasmo, otras la decepción, pero uno nunca deja de intentarlo, una y otra vez. Que se marque al que no ame para que la pena lo convierta, como dijo El Maestro.

Desventurado quien no sea capaz de agregar cada vez algún color, en el amor y en la escritura. Las palabras tienen colores y tiene olores, como la piel. Y no hay malas ni buenas, sólo aquellas que se necesitan en el justo momento. La diferencia entre una palabra exacta y una buena es la misma que entre una luciérnaga y un relámpago.

Ante un martillazo sobrevendrá una palabra muy distinta a la de un abrazo. ¡Cuidado!, una sola palabra, puede salvarte la vida.

Las palabras te buscan: sólo hay que tener el oído dispuesto para escuchar el “callado estruendo” del que hablara Lezama.

Respondería lo mismo a ese colega que me interrogó sobre la esencia del periodismo… pero ahora pienso más en término de periodista que de periodismo. Las singularidades son el único camino de las generalidades. Cada quien es su propio diamante y ha de tallarse a sí mismo, de ahí dependerá la luz… apropiándonos de la metáfora de Regino Boti.

Permítaseme aún la recurrencia a una figura deportiva: así como cada árbitro de béisbol tiene su propia zona de strike, cada periodista tiene “su periodismo”, es decir sus propias formulaciones para aprehender un hecho o un diálogo, codificarlo y transmitirlo a los públicos, sean estos mayoritarios o especializados.

Sabido es que unos conectan jonrón y otros… se ponchan

Por eso no vengo aquí a dar consejos los consejos son flechas tiradas al aire, vengo a hablar de experiencias.

Pocas veces he visto escrito lo que a estas alturas sostengo. El periodista no es un “cargo técnico” como se empeñan en considerar algunos calificadores, no es un componedor de palabras ni una rueda dentada de tal o cual institución.

El periodista es por antonomasia un artista. Su materia no es el escenario, el pentagrama, ni el gesto, sino las letras, las ideas y la opinión. Y aún con la disciplina de un obrero, el periodista nunca deja de ser un artista.

Nadie puede comer “fruta”, escribió el autor de Dialéctica de la naturaleza (Federico Engels). Lo que a primera vista pudiera parecer un desaguisado se convierte en una certeza cuando damos paso a la explicación… porque mirándolo bien, “la fruta” no existe. Lo que existe es la manzana, la uva, o la guayaba; “fruta” es apenas un concepto, un constructo elaborado a partir de un pensamiento y la síntesis de determinados atributos.

Un periodista ha de tener muy claro sus conceptos, aquellos que les sirve la academia y los que perfila en su práctica… para no probar cualquier “fruta”. Por el camino, los conceptos se refunden y refundan. Algunos se ratifican y otros se corrigen, amplían, modernizan o derogan; pero han de estar ahí, como escudos.

APUNTES Y DEFINICIONES

Periodismo cultural es un término que traza el puente entre dos conceptos. Tomemos por ejemplo el del periodista e investigador argentino Jorge Rivera:

“Periodismo cultural es una zona compleja y heterogénea de medios, géneros y productos que abordan con propósitos creativos, críticos, reproductivos o divulgatorios los terrenos de las "bellas artes", "las bellas letras", las corrientes del pensamiento, las ciencias sociales y humanas, la llamada cultura popular y muchos otros aspectos que tienen que ver con la producción, circulación y consumo de bienes simbólicos, sin importar su origen o destinación estamental". (1)

Resulta un concepto tan abarcador como un elástico e incluye términos como “bella artes” y “bellas letras” que darían para un largo debate…

Sería una perogrullada hablar aquí de conceptos de periodismo; pero creo menester un apunte sobre el término cultura tal cual se emplea en esta relación. Aunque suele admitirse modernamente que cultura “es todo” toda la herencia material y espiritual creada; al menos en nuestro país, el término cultural se refiere esencialmente a la creación artística: artes, espectáculos y afines.

Así pues, si hablamos en materia periodística, cultura más que “un sector”, es una palabra escogida para designar varios sectores, un universo multiforme, que al tener como objeto la producción espiritual trabaja constantemente con las subjetividades de la creación.

El periodismo como todo acto de creación él mismo, está cargado de subjetividades: desde el ojo que mira y capta un fragmento de la realidad hasta la estructura gramatical y sintáctica escogida; y por supuesto las mediaciones culturales, ideológicas, familiares… y de otras índoles. (La edición de una entrevista, por ejemplo, es un puro acto subjetivo donde se decantan unas frases y se ponderan otras)

Así, en esa compleja red de subjetividades trabaja el periodismo cultural, lo cual constituye en verdad un reto formidable.

Iván Tubau en su Teoría y práctica del periodismo cultural define que: “Periodismo cultural es la forma de conocer y difundir los productos culturales de una sociedad a través de los medios masivos de comunicación”. (2)

A nuestro entender, continúa siendo un concepto poco específico.

Entendemos por periodismo cultural, no la cobertura efímera de un evento o la breve declaración tomada al paso aún cuando se trate de un suceso artístico o de las palabras de una personalidad de ese ámbito.

El periodismo cultural alcanza su expresión definitiva cuando la aproximación a la figura o el hecho artístico parte del examen y como resultante es capaz de generar una obra sustentable en sí misma. No es aquello que se mueve alrededor del hecho, sino su exégesis. No es la letra sino la llama.

El periodismo cultural trabaja, no sobre datos elementales y el reflejo instantáneo, sino sobre la investigación, la resonancia y la reflexión del hecho.

Cuando se toman como ejemplos paradigmáticos del periodismo cultural cubano a José Martí, José Antonio Fernández de Castro, Guy Pérez Cisneros, José María Chacón y Calvo, Alejo Carpentier y Luis Suardíaz, por ejemplo; es fácil darse cuenta que el grueso de su obra (cuando no toda ella) se desarrollo en publicaciones impresas y revista especializadas.

Sin que pretenda ni pueda rebajar en modo alguno el valor de la palabra escrita, el sustrato del periodismo cultural no radica en el soporte ni su rasero en la extensión. Bien cabría imaginarse al autor de La Edad de Oro ante un micrófono dando su juicio sobre una exposición de pintura o la lectura de un libro ¿Había rebajado por ello la calidad de sus ideas?

El oralista Adolfo Colombres afirmó que la palabra escrita subió al carro de la palabra hablada mucho después. Todo signo de puntuación es una convención. Un signo de admiración o unos puntos suspensivos son acercamientos muy relativos a lo que se dijo en una conversación, a sus matices y modismos.

Toca al periodista interpretar cada uno de ellos, pues, no pocas veces se enfrentará al traslado de la oralidad a la escrituridad. Y deberá sostener el espíritu de esa conversación. O de la escrituridad a la oralidad, cuando deba poner en antena las ideas que ha vestido al papel.

No importa en que medio se trabaje. El periodista se enfrenta cotidianamente a ese rejuego, a ese trasbase de escrituridad-oralidad y viceversa.

El periodismo cultural se mueve en dos ámbitos esenciales: periódicos, noticieros televisivos y espacios radiales (a cargo mayormente de periodistas); y revistas culturales a las que se suman críticos, ensayistas e investigadores; sin que unos excluyan a los otros.

La revista cultural acaba nucleando entrega tras entrega la opinión de intelectuales y artistas que le dotan de una opinión coral y autorizada. Para algunos, ese revistero es el gran legitimador la crítica artística en Cuba, por sus posibilidades de extensión y por la gran tradición que se remonta al temprano siglo diecinueve… pero en los tiempos que corren, sería absurdo restar importancia a la visualidad y la electrónica.

No soy de los que creen en la etiquetas ni en los espacios vedados, lo importante no es dónde, sino cómo se labra el espacio para la opinión.

Si se procuran los elementos medulares y se afina el juicio, en cualquier espacio puede ejercerse una crítica artística, sino óptima, al menos responsable.

El “espacio cultural” en los medios siempre existe. Cuando en otras esferas la crítica es aún un largo déficit en el periodismo cubano, en el medio cultural resulta un reclamo.

Puede que algunos evaluadores o decisores, que algunos mecanismos conspiren contra un periodismo más interpretativo, pero que la opinión aparezca constreñida o sacrificada depende también del desaprovechamiento, la falta de autoridad y la servidumbre más al eventismo que a la profundidad.

Y lamentablemente responde igualmente a la falta de estrategias personales e institucionales para adquirir herramientas que permitan ejercer una crítica más especializada.

LOS MEDIOS, LOS MITOS y LAS ENTREVISTAS

Se afirma una y otra vez que un medio no eclipsa al otro sino que todos se complementan…. Tal vez eso sea más cierto que nunca en el mundo interconectado de hoy, donde los lenguajes se han integrado… Pero bien, no hay que negar las especificidades y posibilidades de cada medio.

Escojamos a la televisión, por ejemplo. La bondad de la imagen es innegable, pero la exigencia de la síntesis deja fuera, en no pocas ocasiones, elementos valorativos de importancia para acercarnos a la obra de arte. Aquella frase de que “una imagen vale más que mil palabras” suele ser un comodín tras el que se escudan la falta de iniciativa, el facilismo y el desconocimiento. Tal vez habría que retocar la frase: "una imagen evoca más de mil palabras".

Aquel que sucumbe ante el imperio de la visualidad, que entrega sus argumentos a la idea de que acaso basta con lo que entra por el ojo, suele mostrarnos un paisaje al que le falta el aire; enseña, pero no toca; roza, pero no estremece.

La radio es inmediata y ubicua, pero exige el manejo intenso y adecuado de sus recursos específicos para “hacer ver” una escena cinematográfica o un paso de ballet. La música, las intenciones, las declaraciones de apoyo, las inflexiones y los argumentos han de convertirse en un haz único.

Muchas veces la inmediatez se toma como pretexto y tras ellas se esconde la falta de elementos de apreciación estética para asumir un juicio crítico que trascienda lo meramente informativo.

El periódico se somete al quebradero de cabeza de su distribución espacial. A mi modo de ver, lo que impide la valoración de una pieza o un espectáculo, o una entrevista de profundidad, más que el espacio físico es la falta de jerarquización del hecho cultural, que transforma las páginas en verdaderas carteleras. Otra vez, por supuesto, estamos hablando de conceptos.

Los periódicos se transforman en material de archivo. Podrán consultarse a posteriori... mas arrastrarán consigo todas sus carencias.

Uno de los géneros más difíciles, hermosos y recurrentes; más explotados, maltratados, y hasta
a violados es la entrevista.


(Sonia Franco y Reinaldo Cedeño entrevistan al actor Sergio Corrieri)

Primero están las palabras que no pasan de ser breves declaraciones y que “se venden” como entrevistas. Luego el extravío de los conceptos: la entrevista es un intercambio de saberes, no uno que pregunta y uno que responde. A la entrevista no se va a enterarse de lo que hizo la persona, sino a compartirlo. Una entrevista nunca parte del desconocimiento total, sino que busca la precisión y la ampliación de esos aspectos. Un micrófono no es una pasarela.

Si en el ámbito de todo el periodismo estos son pilares a observar, en el periodismo cultural se convierte en un factor sine qua non.

El periodista se enfrenta a diario con creadores consagrados o noveles de diferentes manifestaciones y ha de rehuir de las preguntas decantadas que merecerían ya una larga jubilación.

Un entrevistador debe enrumbarse hacia interrogantes que exploren nuevos caminos, que expresen más que detalles descriptivos de un hecho, la esencia misma de su creación; más que las significaciones de un galardón, la habilidad o el esfuerzo que encarnan; más que la repetida biografía de una personalidad, su espíritu.


(Francis Castillo y Reinaldo Cedeño entrevistan al escritor Carlos Esquivel)

Una entrevista no es una meta a cumplir, ni los minutos a llenar para un reporte noticioso de un programa. Una entrevista es un toma y daca. No vale la pena aquella entrevista que no toque al entrevistado… hasta que se derrame.

UN RETO FORMIDABLE

No conozco fórmulas para transformar la descarga de una obra musical, un estilo, un trazo de pincel, o el movimiento del cuerpo en palabras… Tal vez ese proceso de la emoción al razonamiento es lo que el célebre coreógrafo ruso Mijaíl Fokin sintetizara con pocas palabras: “Un arte inflama al otro”

Así, un periodista “inflamado” al contacto con una exposición o la intensidad de un pasacalle, deberá auxiliarse no sólo de lo que vio o creyó ver, sino del estudio previo o posterior como sustrato inexcusable y del laboreo infinito de la palabra.

A ese factor dual pudiéramos llamarle voluntad de apreciación y voluntad de estilo. La primera dota de argumentos, juicios, referencias, elementos técnicos y herramientas de apreciación por todas las vías posibles (bien la lectura de textos especializados y generales, bien la entrevista o la misma experiencia como espectador).

La voluntad de estilo es una forja que singularizará la reseña, la entrevista o el artículo a partir del repertorio lingüístico e imaginativo escogido.

El terror a la metáfora o al juicio no caben en el periodismo cultural. Los tropos no son un recurso literario, sino un recurso de la lengua, tan lícitos como cualquier otro. La metáfora bien empleada lejos de ser un mero adorno o una zona oscura, agrega, redondea, eleva, ilumina.

La opinión en materia de periodismo cultural es piedra de toque. El periodista ha de asumir que cada opinión es un riesgo. Cada criterio emitido llevará asimismo a la emisión de otros criterios, que podrán ser congruentes o discrepantes. La polémica es un intercambio no un duelo a sablazos. No vale la pena cuando se esgrime contra la persona y no contra sus ideas.

El eterno dilema entre la opinión pública y la opinión publicada sólo halla cauce cuando la pluralidad de criterios es vista como un elemento natural, fértil e insustituible.

La opinión alcanzará altura si los juicios parten no de la epidermis ni del capricho, sino desde el conocimiento y la argumentación.

La opinión especializada, por su parte, exige trazar un discurso paralelo, analizar cada parte detenidamente, explorar los caminos del creador y sus antecedentes, sintetizar, y al fin, entregar una valoración propia sin el beneficio esclarecedor de la distancia, muchas veces con la obra recién salida del horno, por así decirlo.

Se trata de una deconstrución analítica y de una nueva construcción, del análisis y la síntesis, de lo que dijera Martí: “ni aprobación bondadosa ni ira insultante…examen y consejo”.

Alfredo Guevara en su libro Revolución es lucidez, ha escrito que: “El trabajo artístico supone una larga, paciente y compleja elaboración y un proceso de asimilación y sedimentación […] (3)

“[…] la crítica la encarnan hombres y mujeres a quienes reclamo lo mismo que a los realizadores, cultura rigurosa y profunda, verdadera información y autonomía de pensamiento […] (4)

“[…] por eso se hace necesario […] rechazar la sospecha como método y evitar las descripciones facilistas y caricaturescas, las excomuniones”. (5)

Un periodista emite su criterio; más no es juez ni inquisidor. No se trata de vencer sino de convencer.

CIERTAS CONSTANTES

Prometí no dar consejos y a eso me abrazo. Sólo para esta ocasión, me atrevo a remarcar algunos aspectos que me han sido útiles en el camino de la valoración, sin que eso constituya decálogo alguno.

Escribir es responsabilidad y la responsabilidad parte del conocimiento. Es una terna muy efectiva a la hora de ejercer cualquier criterio.

EL POR QUÉ. Pregunta clásica del periodismo. Una de las más útiles. Hay que preguntarse detenidamente, ¿Por qué me detengo en esta obra? ¿Por qué entrevisto a esta persona? De esa respuesta dependerán las estrategias subsiguientes.

El título del artículo no es un simple encabezamiento. Es la vitrina, la sustancia, la esencia y el latido del artículo. En el mundo de los titulares de prensa, suelen ser muy efectivos aquellos que inmediatamente evocan una imagen, que pueden verse.

En mis estudios sobre el tema he tomado algunos de la prensa iberoamericana y europea. Por ejemplo:

--Oh Pushkin, el pato Donald camina por Moscú (A propósito de la caída de la Unión Soviética y de la “invasión” de productos norteamericanos a ese territorio)

--El Día que a Dios le partieron las piernas (La descalificación de Diego Armando Maradona en el Mundial de Fútbol por consumo de droga)

---La mujer más triste del mundo (la crónica del paso de una enana y artista por la Cuba decimonónica)

---Mi romance con la última divina (entrevista a Alicia Alonso)

---París se derrite (la formulación de este título salva de la rutina un tema climático que se refriere a “altas temperaturas” en París, de algo más de treinta grados)

--Siete puñales en el corazón de América ( Fidel sobre la decisión de Colombia de abrir sus bases militares a Estados Unidos)

¿Por qué el título de un artículo o una entrevista ha de ser menos que el de una ópera o un filme? Resulta que nuestra ópera y nuestra cinta, es el artículo.

La apreciación de toda obra artística requiere EQUILIBRIO, en los juicios y en los términos, ni pedestres ni galácticos. Pasión es intensidad no desborde.

Un crítico, un periodista, aún cuando utilice un mínimo de códigos estéticos propios de la obra que trate, nunca puede enajenarse de los públicos ni mostrar un falsa erudición que lo incomunique.

Hay que desentrañar y atrapar las marcas esenciales de la obra, aquella sin las cuales no se podría ejercer la opinión.

El periodista cultural debe buscar que historia humana hay detrás de la obra.

Aquel que valora una pieza artística ha de procurar los rasgos estilísticos del autor y sus antecedentes; así como la corriente, la época y la cultura en que se inscriben el autor y su obra. Esa aproximación aportará elementos nada despreciables ala hora de emitir el criterio.

Ese sustrato permitirá alcanzar una densidad a la hora de valorar. (Sitúese, por ejemplo ante una pieza del cine del chino Zhang Yimou o una del cine de Francis Ford Coppola).

El detalle resulta siempre muy importante como rasgo de apoyo. No sólo singulariza la propuesta textual, sino que es fiel reflejo de la capacidad de observación y análisis, además de agregar al corpus valorativo un grado de sutileza que un lector atento no dejará de notar.

Los premios no han de ignorarse, pero no debemos obnubilarnos ante ellos. La opinión deslumbrada ante un galardón pierde la brújula.

Se puede valorar con una palabra, una línea, un párrafo o todo un ensayo. Todo depende del conocimiento, la intencionalidad y el interés.

El final ha de ser como un disparo. Su resonancia quedará, tanto si hablamos de un texto escrito como de un texto hablado. Una frase epifonemática y sintética redondeará el artículo, será "la golndrina en la cúpula de la Torre Effiel".

Sólo apuntes, repito.

EL PERIODISMO ES PARTE DEL HECHO CULTURAL

El acercamiento a una obra artística debe hacerse no desde criterios jurídicos, políticos ni económicos; sino, en primer lugar, desde criterios estéticos.

Una obra de arte puede tener más o menos contacto con la realidad (no está sustentada en el aire); pero es siempre una realidad recreada, nunca la realidad misma. Su “artisticidad” no se acrecienta o se diluye a medida que se acerque o se aleje de esa realidad reflejada, sino en los valores artísticos que encarne.

La “realidad a secas” no existe. La realidad es inabarcable y múltiple. Como un fotógrafo selecciona un encuadre y escoge una toma dentro de un paisaje, el escritor selecciona una parte de esa realidad. Así es más propio afirmar que el periodista y el artista, ambos trabajan sobre “realidades seleccionadas” o “realidades construidas”.

Parecerían obviedades estas apreciaciones, si aún no se leyeran o escucharan ejemplos como el del artículo “Aquí no estamos” sobre la última telenovela cubana en pantalla, aparecido en el periódico Granma del 21 de septiembre de 2010. // CLIC EN: http://laislaylaespina.blogspot.com/2010/09/la-experimentada-alina-rodriguez-y-la.html)

En su libro Como apreciar la música, el escritor norteamericano Aaron Copland, destaca tres niveles de apreciación: el gusto (el más primario, pero tantas veces decisivo), la expresividad (la exploración de aquellas ideas que pretende transmitir la obra) y el conocimiento técnico (el nivel más especializado y complejo). En esos caminos se desliza el periodismo cultural.

No es posible pedir a un periodista que sea especialista en todas y cada una de las manifestaciones artísticas... pero sí ha de exigírsele un conocimiento suficiente de los rasgos decisivos de la materia artística en cuestión y de las singularidades de la obra artística a tratar.

Sin esas condiciones el juicio expresado será endeble, anémico e infértil, y entonces de ninguna manera podrá hablarse de periodismo cultural, sino de su sombra.

EL HECHO CULTURAL NO ES la presentación de una obra, sino un PROCESO de CONSTRUCCIÓN CREATIVA al que se integran de manera natural, artistas, críticos y espectadores como un trinomio que se presupone una y otra vez.

El periodismo cultural se convierte no en un elemento sucedáneo o ajeno; sino en componente esencial de dicho proceso. Sin él, la obra artística queda en los elegidos que la vieron, se consume en sí misma.

El periodismo cultural es esa resonancia. Periodismo cultural es criterio.

NOTAS

(1) RIVERA, Jorge B.: El periodismo cultural. Paidós Estudios de Comunicación. Buenos Aires. 1995.

/2) TUBAU, Iván: Teoría y práctica del periodismo cultural. Editorial ATE Textos de Periodismo. Barcelona, España, 1982.

(3) Alfredo Guevara: Revolución es lucidez, Ediciones ICAIC, La Habana 1998, p. 173.

(4) Ibíd., p. 130.

(5) Ibíd., p. 168.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Revista SIC N. 43: Sobre el camino de los (des)encuentros


Reinaldo Cedeño Pineda
escribanode@gmail.com

Alguien dijo que la realidad acaba poniéndole cola a la fantasía. No sé quién lo dijo ni acaso importe. Será como aquello de que los cubanos si no llegamos nos pasamos, que alguien dijo que dijo Máximo Gómez; pero que nadie ha leído.

Desenredándome de los diretes, toda esta didascalia la ha provocado el N. 43 de nuestra Revista SIC, nuestra porque desde Santiago de Cuba plantea un diálogo sobre esos creadores que nos encontramos día a día en las polvorientas calles santiagueras, en las soleadas calles; con los artistas que de tan tercos no han dejado de soñar, de soñarnos, de encontrarnos.

De encuentros y desencuentros (pilotes del mismo puente) tratan estas líneas, paralelismo entre las letras y la realidad. Nada es más real que el libro de nuestra propia vida, más extenso o más breve, según el don que se nos dispuso o el tiempo que nos fue dado.

El primer encuentro es el de la guantanamera Mireya Piñeiro con Fina García Marruz. Por conocer a Mireya, puedo verla asomada al volumen Hablar de la poesía, inflamada en el diálogo con la poeta y ensayista, como quien teje versos en lo callado de la hoguera —como Boti tallaba su diamante en su aldea—. Y luego, me la imagino leve, ante la Fina física y mortal ―que viene de sus años, de una fina manera de sosegar al Cintio conferencista—, y apenas le regala a la desconocida una formalidad amable que el tiempo disolvió de sus recuerdos. Pero los desencuentros pueden ser feraces cuando en el ademán se adivina el viento, cuando se escucha el callado estruendo de lo que no se dijo…

Eso es el ensayo “La poética de Fina García Marruz… como pretexto” de Mireya Piñeiro, un entresijo para hablarnos de todo, de ella misma —que el tangible individuo es más importante que la abstracta humanidad—; para decirnos, evocarnos acaso, la serenidad de la poesía, su augusta e inacabable reserva, su volcán; para tocar a Virgilio y al Benny, a los “origenistas”, guiados por el cayado de Lezama, y a Fina al fin, que cuenta como la habrá maldecido aquel ladrón que arrebata su bolso para encontrarse con cinco centavos y un manojo de cuartillas.

Mireya Piñeiro Ortigosa, otra vez, con una filigrana.


Aida Bahr —refugiada bajo las dos iniciales de su nombre— abre las páginas a la narrativa de Lourdes González con Las edades transparentes y Gleyvis Coro Montaner con La burbuja, Premio de la Crítica y Premio UNEAC, respectivamente. Son dos generaciones, dos temperamentos y dos geografías.

La una, desarrolla su trama en un central azucarero oriental a inicios de la década del setenta y la otra, ubica la acción en Minas de Matahambre en la primera década del siglo XX. Barh nos remarca “la raigambre poética, la prosa con verdadera delectación” de Lourdes; y “el lenguaje conciso y casi nervioso” de Gleyvis, ambas —nos advierte― con personajes complejos y coherentes que desbrozan camino entre escaceses y mezquindades, represiones y envidias, entre sueños y terquedades (otra vez la palabrita), porque la reseña y las novelas, hablan de la Cuba verdadera.

El profesor (y martiano confeso), Arnoldo Fernández Verdecia nos entrega el paso, más bien el eco de Guillermo Vidal en Contramaestre, en su curiosa teoría de la “guillermomanía”. De sus deslumbres ante el autor de Matarile, de su aferramiento tenaz al terruño natal, de la certeza de que “las palabras son lo único que nos queda, lo único que no emigra, lo único que permanece”.

A seguidas Yunier Riquenes García, que ya no necesita presentación, vuelve sobre alguien que conoce muy bien, el narrador Jorge Luis Hernández, que es hablar de Soler, de Santiago y de sus circunstancias. Al comentar su libro El relumbre del Oro, se detiene en cuentos como “El esfumador” y “Memoria”, en la visión de un santiaguero ante la caída del Muro de Berlín, y en la ficción de alguien que se despierta un día para descubrir que todo su mundo ha cambiado de manera dramática.

Regocija encontrar asimismo, un acercamiento a la poesía de Reynaldo García Blanco. La exégesis de Yanetsy Pino nos entrega algunas de sus claves poéticas: la expresión de lo innombrable y el diálogo con la otredad, la reescritura desmitificadora de los grandes héroes y el rejuego del tiempo y el espacio, que le permiten al poeta ubicarse en cualquier época y abaixar las velas. Presumo que se trata de la síntesis de un trabajo más amplio, porque el método y la academia asoman; pero en todo caso, resulta el acercamiento a un escritor convertido ya en una voz imprescindible de la poesía cubana contemporánea.

La poesía de Eliécer Barreto Aguilera, antecede al cuento de “Decía Carlos”, de Emerio Medina, antecedente de un libro de próxima aparición. Lenguaje minimal, con la fuerza de un brote. No me resisto a transcribir un breve fragmento: “Yo hacía mis cosas con Lisandra también. Se lo dije a Carlos cuando estábamos en el balcón. Se lo dije para que viera que yo también podía hacer mis cosas…”.

Un libro de Jorge Ibarra Cuesta es siempre una buena nueva, afirma el investigador Rodolfo Sarracino, a propósito de Encrucijadas de la guerra prolongada, lectura sobre la coyuntura histórica que representó el fin de la Guerra de los Diez años y los hechos que condujeron al Pacto del Zanjón y a la Protesta de Baraguá, el rostro bifronte de un mismo tiempo. El artículo destaca lo que el autor llama “civilismo a ultranza” y se acerca al microuniverso de aquella etapa, a sus yerros, sus excesos, sus hombres y sus glorias.

¿Imaginan al guionista de Ladrón de bicicletas y Humberto D en la terraza del Hotel Casa Granda? Tal es el recuerdo del que nos hace partícipe Raúl Ibarra Parladé. Es un alarde de la memoria que recoje en la bruma casi, aquel instante en que se encontró con el adalid del neorrealismo italiano. No sé porque me viene a la memoria el encuentro de Ricardo Repilado con Lorca. Será por que ambas confesiones son muy sinceras, aún con ellos mismos. Y no digo más.

Sólo que la revista nos ofrece una fotografía del también guionista de la cinta cubana El joven rebelde, asido a un tridente —como un personaje él mismo, ni como un labriego ni como Neptuno―; sino al modo de un viajero impenitente a punto de llegar (o tal vez de partir) detenido un instante como una concesión muy especial.

Luego vendrá aquella exploración sobre el periodismo cultural (“Periodismo cultural es CRITERIO”) que hice a propósito del décimo aniversario de esta publicación y que SIC tuvo a bien no dejar en la oralidad del momento. En verdad es una mirada frente al espejo.

Una mirada desde el ardor y el desafío que representa el trabajo diario ante las subjetividades de la creación y su multiplicidad infinita; ante los retos de decodificar y hacer comunes, los lenguajes de una escena teatral, un acorde o un trazo de pincel; a partir del difícil equilibrio de la opinión, ejercida casi instantáneamente, con la obra recién salida del horno, sin el beneficio reflexivo de la distancia.

La personalidad de Erick Grass “un nombre y apellidos raros para marcar con palabras sonoras el decursar de una vida”, según apunta él mismo, se revela en el trabajo más extenso de este número. El director de arte, vestuarista y escenógrafo que ha puesto su mano en cintas como Miel para Oshún (Humberto Solás), El Benny (Jorge Luis Sánchez) o Madrigal (Fernando Pérez) con sus experiencias y visiones. Es el cineasta Carlos Barba quien lo trae hasta nosotros, pero —aunque se afirme en blanco y negro― en rigor, no se trata esta de una entrevista: es una descarga, una introspección y un pretexto. Ya advertí cual era la marca de SIC 43.

Finalmente, la revista toca algunos de los eventos que han reunido en la ciudad a lo mejor de la oralidad durante la VII Bienal (Zaylen Clavería) y el IX Taller y Concurso Antonio Lloga in Memoriam. La radio, siempre cercana, pero siempre preterida, padeciendo la orfandad escandalosa de memoria, sujeta aquí al menos, un momento de su trayectoria. Ojalá sea luz para artículos similares. Como siempre, la publicación nos reserva su contracubierta a un creador de las artes plásticas, esta vez con las imágenes captadas por el lente de Silveira.

Aquí les dejo la revista SIC N. 43 (Editorial Oriente, Santiago de Cuba, julio-agosto-septiembre 2009), sometida, como otras, a los avatares de la impresión; pero siempre enhiesta. Martí afirmó que “leer una buena revista es como leer decenas de buenos libros”. Y, una vez más, tuvo razón.

// NOTA:
Esta presentación debió ser leída el 14 de diciembre de 2009, Día del Trabajador de la Cultura, en el Taller Cultural "Luis Díaz Oduardo"; pero el momento aguardado llegó tardío y sobre todo mal formulado. No suelo perder tiempo ―en el apremio de tantas cosas por hacer— buscando responsables para hecho tan nimio. Sólo que, como las palabras escritas a solicitud de la Editorial Oriente, quedaron en el papel, sin estrenar, aquí las dejo. Por elemental coherencia.//

sábado, 25 de abril de 2009

Diez años de SIC, revista cultural santiaguera / Cómo anda el periodismo cultural?


Frank Padrón

La década recién cumplida de Sic, revista de literatura y arte que publica trimestralmente la Editorial Oriente, fue celebrada aquí durante dos provechosas jornadas en la UNEAC de la heroica ciudad, donde un amplio público integrado por jóvenes universitarios e intelectuales asociados a la esfera del libro y a otras zonas artísticas, no solo compró el más reciente número del magacín así como novedades editoriales de la institución auspiciadora, sino que debatió provechosamente sobre un tema siempre inquietante: el periodismo cultural en Cuba hoy.

De modo que el arribo al flamante número 40 de una revista calificada por muchos como “provincial (que no provinciana)” y a sus diez primeros fructíferos años, fue todo un pretexto para ampliar el marco y discutir sobre problemas más abarcadores que la incluyen, por supuesto, mas la trascienden, pero de cualquier manera hay que referirse a ella, como quiera que marcha a la vanguardia de las publicaciones de su tipo en el país.

Junto con la pinareña Cauce (y tal vez no sea casual que emblematicen la gestión de la prensa especializada en los dos extremos del país) Sic ha combinado en su primer decenio lo específico-santiaguero (con su variedad y singularidad en las manifestaciones artísticas, desde la línea única que representa, digamos, la manera de cultivar el son o la trova, el variopinto espectro plástico o la enjundia de sus escritores en los géneros de poesía, narrativa y ensayo) con lo (inter)nacional, lo general, lo universal, amén de focalizar, en números monotemáticos, aspectos dilemáticos de la cultura nuestra toda, irrumpiendo desde el cálido terruño pero abarcando la isla toda: la Asociación Hermanos Saíz y su quehacer artístico-literario, la década de los 80 en el imaginario criollo o las nuevas tendencias de la narrativa en los 90 fueron, para solo evocar algunos, de los encomiables. Y ello con el concurso, por supuesto, de respetables firmas de todo el país, o de nuevos valores del periodismo, el ensayismo y la crítica junto a cultivadores de la ficción que han engalanado las secciones respectivas. Lo cual ha garantizado la hondura conceptual, la altura estilística y la variedad ideica en sus páginas.

Fundada y regida desde sus inicios por la incansable Aida Bahr (narradora, editora, directora de Editorial Oriente), con la colaboración de un competente equipo de redactores, editores y diseñadores (los mismos que se encargan de los libros que confieren a la editorial su principal razón de ser) Sic debe mejorar en la segunda década que acaba de iniciar, por ejemplo, aspectos de su diseño interior, pues del otro (el que “da la cara” al lector) se han apreciado evidentes saltos en el lapsus que cierra (y abre) la publicación trimestral, con un mayor dinamismo en sus recientes entregas.

Mucho de esto y más, fue señalado, discutido, reconocido y/o rebatido en el taller que sobre la revista sesionó, pero, entre sugerencias, reparos y elogios, nadie puso en duda el protagonismo de la revista en la vida cultural y periodística no solo santiaguera, sino de todo el país.

Y hablando de periodismo y cultura

Mas, como decía, la fiesta por los diez años de Sic devino también análisis, reflexión, debate sobre los rumbos del periodismo cultural en Cuba, en un panel integrado por la propia Aida (moderando), el profesor y ensayista camagüeyano Luis Álvarez, el colega local Reynaldo Cedeño (como se sabe, habitual colaborador de este diario) y el redactor de estas líneas.

Fue no solo feliz coincidencia que el estudioso proveniente de la vecina ciudad de los tinajones presentara su más reciente libro, coescrito junto a su compañera y colega Olga García Yero, Visión martiana de la cultura (Editorial Ácana) a la vez que impartía la conferencia sobre Martí como crítico de teatro, pues ambos textos resultan complementarios en cuanto a focalizar la condición paradigmática del apóstol en los abordajes del complejo tema desde la óptica del periodismo y el ejercicio del criterio, lo cual reafirma un aserto: el agudo periodista del siglo XIX sigue siendo inspiración y brújula para quienes ejercemos tan hermosa pero difícil y conflictiva profesión.

Cedeño, por su parte, con su habitual agudeza, sentido del humor y vuelo escritural, abordó la subestimación de la radio como medio portador no solo de información, sino de auténtica cultura, la injusta subordinación de la palabra ante la sobrevalorada imagen televisiva y valoró la práctica de tan significativa zona de la prensa concretamente en esta, la ciudad donde trabaja.

Cálida y participativa fue la respuesta de los asistentes, muy lejos de la audición pasiva; por el contrario, aportaron con sus juicios y argumentos, algunos muy reveladores, a un tema que inmiscuye a todos, presentes y no: ese periodismo que todos deseamos más profundo sin perder amenidad, actualizado sin posturas snob, orientador pero sin aspirar a “últimas palabras” ni absolutismos, personal, apasionado, subjetivo (que no ególatra ni pedante).

Un periodismo que ha encontrado en la santiaguera revista Sic, desde su estela de 40 números en una sustanciosa década, verdadera cátedra. Felicidades. (Tomado de LA JIRIBILLA)