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sábado, 13 de febrero de 2010

TODOS los días debían ser FEBREROS DE AMOR



Jesús García Clavijo
irenec@medired.scu.sld.cu

Todos los días deben ser febreros de amor. El amor es tremendo.

Nada en este mundo es más difícil que el amor… escribió Gabriel García Márquez.

Aparece y entusiasma en cualquier estación; nos encuentra dispuestos, nos define capaces cuando une y convierte.

Anida en un rayito de sol, en la nube o la llovizna.

Desordena los mil mundos, no soporta las paredes, sale, vuela y vuela, nos lleva dentro y nos saca a la luz, otros y nuevos. Felices.

Cuando se habla del amor se estremecen los miocardios y mil nombres aletean la memoria.

De respuesta a un concurso sobre el amor se hizo esta carta, ahora se las regalo con el deseo de que les sirva en algún momento de nostalgia, de deseos incurables, esos que todos tenemos y que sin ellos realmente la vida fuera otra cosa. Menos vida.



(Una familia fruto del amor: Clavijo, Irene e Irenita)



Santiago de Cuba, 14 de febrero


Hace un año escribió una carta para un día como hoy.

Un amor de todavía aunque se pensara en algún amor de entonces.

El amor no pasa, nos hace jugar todos los días con la luz del universo.

Alguien escribió un poema. El poema tiene también su larga estación, un milagro tierno, una gota de luna en cada verso, una estrella que nos mira después de mirarla tanto.

El amor no tiene edad, cualquier día es bueno para lanzarse a su encuentro y compartir un poco de esperanza. Mienten los que dicen que lo olvidan.

Una flor, una música, una ventana abierta, una esquina cómplice, nos hacen volver y volver a lugares amados de nuestra memoria y somos otros y los mismos de ayer.

Felices los que amaron porque alguna vez soltaron todas sus palomas y una era la paloma del amor.

Ahora es una suave melodía, un retoño tierno, blanco, siempre blanco, un delicado galopar sobre la mente.

Hace un año y parece hoy que recibí su carta, con un amor de usted, escrita delicadamente como en un pétalo.
Ahora le contesto por la fecha y le regalo el milagro de la lluvia, su tintinear sobre los techos, su viaje a las raíces de las rosas; esas rosas que florecerán siempre para que viva, tierno y alegre, junto a ellas.

El Amor

LOS POEMAS Y RELATOS de Jesús García Clavijo en:
http://laislaylaespina.blogspot.com/2010/02/los-poemas-y-relatos-de-jesus-garcia.html




martes, 2 de septiembre de 2008

GARCÍA MÁRQUEZ SUFRE COMO UN PERRO... por mala calidad del periodismo escrito




El Premio Nobel de Literatura 1982, el colombiano Gabriel García Márquez, afirmó hoy que "sufre como un perro" por la mala calidad del periodismo escrito y porque es raro encontrar notas o reportajes que sean "auténticas joyas".

"El periodismo es una vaina que uno lleva por dentro", explicó el escritor antes de su participación en el VI Seminario Internacional sobre la búsqueda de la calidad periodística, al que asisten más de un centenar de comunicadores de América Latina, Europa y Estados Unidos.

El Premio Nobel se encuentra en Monterrey, capital del norteño estado mexicano de Nuevo León, para participar en la séptima edición de los premios que otorgan Cemex y la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano en las categorías de texto, fotografía y trayectoria a los más destacados periodistas latinoamericanos. El autor de Cien años de Soledad y de El amor en los tiempos del cólera, en un respiro para conversar con los medios antes del encuentro, lamentó que el periodismo actual se haga deprisa, por lo que los periodistas no pueden pensar mejor lo que escriben.

García Márquez dijo que el periodismo lo lleva en el alma y que es "el oficio más bello", y que contra eso "no hay nada que hacer".

"No hay mejor oficio en el mundo que éste, pero ya a mi edad me aburre mucho", afirmó el Premio Nobel de Literatura quien obstante explicó que diariamente lee varios periódicos. "Cada mañana es un desastre, sufro como un perro", dijo.

El escritor ha sido reconocido con el Premio Rómulo Gallegos (1972), el Premio Jorge Dimitrov por la Paz (1979); Premio Nobel de Literatura (1982); de la Legión de Honor francesa (1982); y Orden del Águila Azteca (1982), entre otros.

García Márquez señaló que su impresión es que los medios no dan tiempo suficiente a sus periodistas. Admitió que ahora los periódicos deben competir con la radio y la televisión, pero que la escritura tiene una gran ventaja sobre los medios electrónicos.

"Escribir sale del alma, los otros medios son aparatos, son máquinas", subrayó el literato colombiano.

García Márquez, representante del denominado realismo mágico, destacó que encuentra muy pocos reportajes o notas que puedan ser consideradas "joyas", pero que cuando las encuentra piensa, "quién será este tipo".

"Siempre ha sucedido así, pero antes había la ventaja de que el periódico era más difícil de hacer y las máquinas nunca funcionaban bien y daba tiempo para pensar un poquito", afirmó el autor de más de dos decenas de obras literarias.

"Ésa era la vida de los periodistas de antes, entonces sufríamos tanto que nos teníamos que emborrachar todas las noches", añadió García Márquez. Aseguró que ese "ciclo ya se cerró" y actualmente los periodistas ya no tienen tiempo para escribir, por lo que mejor se dedicó a escribir libros.

EFE / ELPAÍS.com - Monterrey / Madrid - 02/09/2008

VER : El secuestro de García Márquez
http://laislaylaespina.blogspot.com/2007/10/el-secuestro-de-garca-mrquez.html

sábado, 13 de octubre de 2007

El secuestro de GARCÍA MÁRQUEZ


Reinaldo Cedeño Pineda

Repté por entre las piernas de un centenar de personas, empujé con desesperación, hasta que pude alzarme en el estrecho cerco que mis colegas, y los admiradores insospechados, salidos de todas partes, le habían tendido a Gabriel García Márquez.

El Festival del Caribe había concluido su gala inaugural.

Me había dedicado -el oficio manda- a buscar cuanta entrevista hubiese, a hurgar en su etapa periodística, a reinventarme la simbología de varias de sus obras. Recordé la ferviente exposición de una de esas profesoras inolvidables, cuando hablaba del señor de Aracataca… y volví sobre las hojas de Cien años…, El general…, El amor en los tiempos del cólera.

En mi agenda se agolpaban las preguntas sobre cine latinoamericano, el lenguaje y sus “escandalosas” propuestas… y ahora el Nobel estaba frente a mí…

Era el redactor de la sección cultural del periódico Sierra Maestra de Santiago de Cuba, entonces. Había decidido que la entrevista con el Gabo, tomaría toda la página, si era preciso…. No faltaba más.

El Teatro Heredia ardía este 3 de julio de 1996.

El escritor aplaudía la gala inaugural que había incluido al coro Orfeón Santiago con temas de la isla de Mompos. En otras jornadas sabríamos de la autenticidad de una hija de esta ínsula: Toto La Momposina… pero ahora García Márquez por contestar:

-Me siento en Santiago de forma estupenda, con música y palabras familiares. Tenía ya unos días sin venir a Santiago, unos días como unos nueve años…

Clandestino en Santiago

Ser periodista es un asombro. Ya les dije, alcé la pequeña grabadora como pude, pero la competencia de aquel enjambre de buscadores de autógrafos en libros, papeles… y servilletas, hacía de la pregunta un imposible. Apenas se escuchaba.

Di el estirón de mi vida para poder recoger su testimonio, toqué su hombro, casi lo derribo...

Gabriel García Márquez pudiera pasar inadvertido como cualquier mortal, si no fuera quien es. El retrato no salía de lo común: labios carnosos, lentes acomodados sobre un rostro con no sé que de ausencia, la veta de los años quizá. Y un cierto aire, mitad reflexivo, mitad asustadizo.

Todo el mundo preguntaba a la vez, mientras el Premio Nobel giraba la cabeza, desconcertado. Afloraba una risa sosa, displicente… insulsa si se me apura; arma tal vez contra aquel “ataque” que le recibirá por doquiera que vaya.

Luego de lamentables interrogantes, contestadas a medias, por pura cortesía… sobrevino la pregunta sobre Colombia, que al fin y al cabo era el país al que se dedicaba la cita:

-Colombia es Colombia. Nos preciamos de tener playas y mares, tierras en los dos Océanos; pero yo personalmente estoy en el Caribe, y quiero creer que Colombia está en el Caribe, aunque todos los colombianos no lo sientan igual.

La caótica conferencia de prensa parecía tomar el cauce indicado, cuando saltó la pregunta de qué significaba Cuba para el continente, y sobrevino la respuesta medular:

-Cuba... ahora, en estos momentos: la barrera que ha impedido que los Estados Unidos estén en la Patagonia

La empatía se iba haciendo, la línea caribeña iba entremezclándose y aquello empezaba a tornase la conversación con un viejo amigo. Repasé otras preguntas en mi mente, pero…

En un abrir y cerrar de ojos, alguien abrió una brecha en el gentío, tomó de brazos al escritor, lo empujó –lo juro-, abrió rápidamente la puerta de cristal. Lo introdujo en un coche negro que salió despedido… ¿hacia dónde? Alguien masculló que no quería entrevistas, que después… ¿Después de qué?...

García Márquez había sido secuestrado en nuestras narices.

De nada valieron el estupor y las protestas, cuando el auto maldito y aquel improvisado “guardaespalda”, de cuyo nombre no quiero acordarme, partieron.

Quiero pensar que fue exceso de celos al cuidarlo… pero he maldecido mil veces al señor salido de Macondo. Aquella escena se me quedó clavada cual una foto fija, imposible de retocar, absurda. Mi página completa, se volvió apenas… una crónica de nueve párrafos, mientras los reportes radiales no sobrepasaron el minuto.

Dicen que en la noche, la noche siempre, se paseó de “incógnito” por el centro de la ciudad, que visitó la Casa de la Trova -¿cómo no hacerlo?-… y que nadie pudo arrancarle una entrevista en regla.

Dicen tantas cosas.

Sin embargo, un colega -cuando la nave del rapto lo hubo devuelto- hiló frases dichas por el Nobel al pasar por las calles santiagueras. Dios me perdone, siempre he creído que acabó aplicando la receta a su mismísimo creador, aquel consejo garcíamarquiano de que el secreto del periodismo está… en fabular. Y publicó un reporte… sui géneris.

Santiago de Cuba es la ciudad de las sorpresas y las visitas relámpago, como las de Federico García Lorca en 1930 -tenazmente negada-, o la del ex Beatle, Paul McCartney, en los inicios de este milenio.

Espero que la ciudad le haya asomado a García Márquez, no sus lances macondianos, sino sus luces... ¿será?

Fermina Daza y Florentino Ariza, tejiendo un amor octogenario; el patriarca deshojando su otoño, la Mamá Grande, el laberinto, Aracataca y las tristes putas… todos son parte de nuestra memoria. Y eso, no hay secuestro, no hay abdución que me lo quite.

lunes, 1 de octubre de 2007

FLOR LOYNAZ: LA POETA CON NOMBRE DE GENERAL

REINALDO CEDEÑO PINEDA

-¡General, soy tu hija, no tu esclava!

Las paredes hicieron silencio. Aquella niña no pasaba de los cinco años, pero no había temblor en sus labios al dirigirse a su padre, Enrique Loynaz del Castillo, veterano de la guerra de independencia cubana y autor del Himno Invasor.

Ante él, muchos adultos procuraban bajar la voz. Decían que era respeto, pero tanta vida le sostenía detrás, que algo de miedo había a mirarle a los ojos fijamente.

Flor, no era de las que bajaba los ojos, ni la voz.

Su hermana, Dulce María (Premio Cervantes, 1992) afirma que "no se pudo seguir con ella la antigua costumbre de ponerle una niñera o manejadora. No soportó a ninguna, las arañaba, las mordía hasta que se iban".

Le dirían Beba, porque aquello de bebita, la más pequeña; pero Flor era todo un bosque en gestación. No pareció bastar un general, y hubo dos, porque su nombre remedó a otro: el gallardo Flor Crombet.

Nacía una niña con nombre de general.

Reconcentró en sí el olor a sándalo de su madre Doña Mercedes, el fuego de su padre y el don especial de los Loynaz. Pero, fatigado tal vez el destino de prodigar tanto talento entre aquella familia, le exigió su precio: el del amor difícil, mellado siempre; y el de la soledad.

Flor ripostó con una rebeldía absoluta. Su vocación apuntaba a la medicina, pero su madre -distinguida en el trato social e igual de firme en el carácter- le hizo desistir; que sus hijas no serían esclavas de nada, ni siquiera de aquella noble profesión. Flor no osó contradecirla, mas no renunció del todo y se las arregló a escondidas para ayudar en la disección de cadáveres, eso dicen, y nada le viene mejor a su ardor.

Poco diremos apuntando que nació en La Habana en 1908, porque su energía pertenece decididamente a este siglo; nos parece que la encontraremos por esos caminos.

Tomó parte en las luchas políticas contra el Dictador Gerardo Machado (“el asno con garras” bautizado por Villena). Perteneció incluso al Directorio Estudiantil, pero la desilusión le rompe el alma. Empezará a mirar la política como un fondo, donde vivir la novela de su vida.

.Se desquitó a su manera de los años de educación finísima y paciente, de las capillas del jardín, de las orquestas familiares, de aquellos juegos de improvisación que no acababan nunca.

Parecía coleccionar suspensos, para tortura de aquellos profesores que llegaban unos tras otros a su casa. Al principio, el mundo venía a ellos. Quizá siempre consideró, allá en el fondo, que sólo uno está capacitado para juzgar, y ese era Dios.

Se colgaba joyas y diademas para irse al lecho, y al otro día -para el escándalo filial y del platero-, aparecían las cuentas aquí y allá, con su huella inequívoca.

No cabía dentro de los muros, ni aún cuando su madre decidió dar un espacio a cada uno. Ella quería atrapar el sol, pero tenía que mirar sus rayos traspasando los vitrales… por ahora.

La noche pasó callada
¿a dónde fue la canción?
Tras la ventana ojival
hay un ligero temblor…
Los cristales están fríos
aunque ya calienta el sol
y tras ellos una dama
- o una sombra- ¡sabe Dios!
pues el vitral de colores
no deja ver lo interior.

(“Drama medieval relatado en de diez versos
de ocho sílabas”, Flor Loynaz)

Su matrimonio con el arquitecto inglés Felipe Gardyn, se nos presenta como una inconsecuencia, el sometimiento ¡al fin! a una convención… si no supiésemos que ella no conocía conchas ni ataduras, más que la que se hubiera echado por cuenta propia. Dulce es categórica, respecto a esa unión: “lo dominaba como un juguete en la mano".

Si nos atenemos a sus versos, su amor, como los papalotes, se habría ido a Bolina, la "remota e inexpugnable Bolina".

En las afueras de La Habana se hizo su atalaya. De su puño y mente, diseñó la Santa Bárbara, su mansión en La Coronela. Buscó la amplitud, la altura, el aire…que mucho le había faltado; si bien tocó a Felipe levantarla de la imaginación y de los cimientos. Actualmente, el lugar es sede de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano.

Cuando a golpe de cincel y martillo, el prejuicio quiso borrar el nombre de la Hacienda, el mismísimo García Márquez (entonces presidente de la Fundación), impidió el ultraje. ¡Ese nombre se lo puso su dueña y lo tendrá ese nombre mientras yo viva!

Flor no escatimaba cariño, lo dispensó a las cosas más increíbles.

Al acondicionar la casona para el nuevo uso, hallaron empotrado uno de sus autos. La sorpresa dejó atónitos a quienes la conocían sólo de oídas…y la leyenda de la hermana más pequeña de los Loynaz no hizo más que crecer. Seguramente la punta de la hebra había que rastrearla en las frases que hablaban del "corazón de acero" y los hierros “con olor a mar”.

Vistos estos pasajes de su vida, casi es redundante señalar que su retrato es una tarea titánica. Inexactas o esquivas, desfiguradas o hiperbólicas, hasta grotescas… se presentan algunos intentos de tomarla como inspiración; a ella o a su familia toda.

Se afirma que lo hizo Alejo Carpentier en su novela El siglo de las luces, que algo de Flor hay en Sofía; mas las licencias de la creación están por doquier, y acaso no habrá que pedirle la fidelidad que jamás se propuso.

El cuadro fantasmagórico del filme Los sobrevivientes, de Tomás Gutiérrez Alea, es pura hipérbole. Y así, uno y otro, dejan la sed de reencarnarla un día en el celuloide, con supremo cuidado, para no profanarla.

El rastro de su voz sólo queda en la memoria de los más cercanos, y acaso sobrarán los dedos de la mano para contarlos. Escasas y extrañas han sido sus imágenes públicas conocidas. Siempre huyó del lente, celosa de su absoluta libertad.

Flor no era Flor, en aquella fotografía que la muestra tan joven, el largo traje y el rostro adusto frente al tocador. No lo era en esa otra imagen infantil, faz contra faz y cabello infinito, con un pie que se refiere a ella y a la hermana, como dos niñas feas.

No podemos tocarla en la imagen exhibida en el volumen Como estrella escondida (publicación póstuma de los poemas que lograron salvarle), con la naturaleza a las espaldas, y las facciones núbiles. No podemos alcanzarla cuando aparece recostada a una silla, falta de aliento, más bien depositada allí, cual reina ausente en un decorado.

Sólo es posible saludarla a lo lejos, adivinarle la silueta, cuando asciende la larga escalera de su Santa Bárbara, detenida un instante; como una concesión especialísima, a través del tiempo. No podremos verla, descolorida ya, fumándose la vida.

Tendremos que asomarnos al borde mismo de la metáfora; y tal vez con muchísima suerte logremos adivinarle una vida que no le cabía en el cuerpo.

Sabía mirar en los animales los ojos de Dios. Sus perros Trenino y Teodolfo, han entrado en la inmortalidad de manos de su dolor. Arrancó al cocinero dos conejos listos para convertirse en fricasé, y salió despavorida.

En una ocasión, compró todas las aves de un establecimiento para liberarlas… ante los ojos incrédulos del carnicero. ¿Fumigar? ¡Ni loca!, aunque le tuviera pavor a las cucarachas.

Dedicó todo un soneto a los seres minúsculos que deshacían su biblioteca:

Libros maravillosos y deshechos
Donde la traza y la polilla un día
Con hambre semejante al hambre mía
Aquí encontraron alimento y lecho

Viviendo estamos bajo el mismo techo
¡y bien conoce Dios cuánto querría
aplastaros a todas a porfía
si al corazón no repugnara el hecho!

Mas pienso en vuestras vidas pequeñitas
...................................................................
Es por eso que inclino la cabeza
Y se cruza de brazos mi tristeza

(“En mi biblioteca”, Flor Loynaz)

La madre tuvo que crear un asilo para perros: el Bando de Piedad, porque Flor llevaba a casa a cuanto se encontraba en el camino, sin importar cuantos tuviera ya. Y lo siguió haciendo hasta el final de sus días.

Tal vez, valga imaginarla en ese instante de concentración suprema, cuando la mente henchida va deprisa y tórnase baldío el esfuerzo por retener las letras sobre el papel; el segundo del rayo luminoso, donde se filtran los dolores, los desamores y el sueño; y empieza a destilar el verso palabra a palabra, con su milagrosa capacidad para ennoblecer las desgarraduras.

Cuando conocí a Dulce María Loynaz en su casa de 19 y E en el Vedado -justamente donde Flor pasó sus últimos días-, hubiera sido imperdonable no asistirme de su autoridad para que valorase la calidad estética de la obra de su hermana. Sabía que la pondría en una situación comprometedora; pero, la Premio Cervantes demostraría una vez más su agudeza:

"Yo pienso que ella ocuparía con justicia uno de los primeros lugares en la poesía cubana y más allá, no únicamente contemporánea, podíamos remontarnos más lejos; pero la opinión mía no la tendría en cuenta nadie, no sólo porque soy su hermana, y porque estoy muy unida a ella por lazos de sangre, sino además por lazos espirituales profundos que suelen valer más que los primeros".

Sin embargo su vida, con mucho, excede a la poesía. Le surgía tan fácil, que parecía tenerla a menos. Depositó su inspiración en las cosas humildes –un perro callejero, una hoja de papel- lo que cabía más a su religiosidad.

Se negó sistemáticamente a publicar nada, ni aún pidiéndoselo poetas de la talla de Juan Ramón Jiménez. No serían los hilos de la poesía -tan indefinibles- quienes la sujetaran.

Los más cercanos afirman que nunca tomó en sus manos un libro de Preceptiva, que no le iban barrotes a sus alas. El verso le asaltaba como un rasguño en la piedra, y lo estampaba en cualquier recado, en el papel más próximo, suelto, irrecuperable.

Pido licencia para acompañarle a la tertulia consoladora de Pinar del Río, con su batón verde fuera de tiempo. La tertulia de los nuevos amigos, cuando los viejos habían desaparecido: por muerte, o por descuido, o por conveniencia.

Permiso para mirarle los ojos llenos de aquellas arenas de Egipto, frente a las pirámides; hasta para entrar a su intimidad, levantar el dosel y ver dormida ante nosotros a Flor, una mujer que parece no haber dormido nunca.

Su pasión no conoció medianías. La libertad era su naturaleza, en una práctica siempre rara: la fidelidad a sí misma.

Afincada en la belleza interior -que la visible ya era vasta- no le importó cortarse el pelo al rape o fumar tabaco. Cuando las fuerzas se le salían por los poros, se iba a los bares a tomar ron; pero... ¡Ay de aquel que se atreviera a una obscenidad delante de ella!

Al propio Lorca, en sus días habaneros, lo arrastró con ella. Y de manos del granadino recibió una estampa de la Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba:

- De una virgen cubana para otra virgen cubana, le dijo.

Un día, Flor debió asumir un reto intempestivo lanzado por uno de los acompañantes de su comitiva. El personaje apostó: debía improvisar un soneto… ¡nada menos que un soneto!...en el poco trayecto que quedaba. Tal vez sonreiría, previendo un triunfo seguro, pero Flor asumió el desafío como pez en el agua:

Ya que el Doctor Abril quiere un soneto
Accedo a complacerle presurosa
Robaré los perfumes a la rosa
Robaré al ruiseñor su canto inquieto

Parece haberme dado un amuleto
La musa que se muestra generosa
Pues el verso me es fácil cual la prosa
¡Y terminado queda otro cuarteto!

De modo que de acuerdo a lo pactado
El vasito de ron apetecido
Espero que por fin me lo he ganado

Pues al Templete aún no hemos llegado
Y ya queda el soneto concluido
Doctor Abril, lo dejo complacido.

A comienzos de los cuarenta, Flor será huésped de Cruz de Piedra, casa de campo para enfermos mentales. No será demasiado esfuerzo imaginar a sus compañeros de infortunio, y la reacción de desconcierto de quienes le atendían, porque la lucidez no le abandona.

Ahí están sus versos: " y a enterrar sus locuras van los locos/ Lo llevan por un camino largo/ sin camino/ hacia blancuras de mármol.../ Callado: lo que fue alarido".

Tal vez la locura, su locura, era solo exceso de vida.

A veces cascada, cauce desbordado; otras, torre de asalto. Nada ni nadie se le pudo interponer; pero sabía brindarse y quedan testimonios amables de aquellos que visitaron su casa. Nunca tuvo hijos, pero sabía querer a los ajenos.

Por su ímpetu, Flor Loynaz es la Juana de Arco de nuestras letras.

Cuando el cáncer le atenazó, se tragó los ayes hasta que nadie pudo escucharlos. Ya lo habría escrito antes: "yo no quiero otra sangre que la mía/ ni fuerza ni salud si son ajenas". En las paredes de su cuarto daba gracias al señor: "porque me diste un corazón valiente".

Murió sola, en 1985, en su propia isla. Unos pocos, poquísimos, asistieron a su despedida. Y ello, sin dejar de ser dramático, era seguramente consecuente: lo había labrado así.

Sin embargo, hay una anécdota, escuchada en alguna parte, quizás consecuencia del mito, o de esos insondables sucesos de la vida que hemos dado en llamar milagro.

Cuando muere su hermana Dulce María (con todo un pueblo pasando por su ataúd) afirman los más cercanos que, por un instante, las facciones de Dulce María eran el vivo retrato de Flor. Sus facciones eran de una coincidencia impresionante.

Flor enterrada dos veces; concesión suprema de la hermana mayor, para que Flor recibiese junto con ella, el homenaje de toda la nación allí representada.

Es hora de entrar a Flor por el pórtico grande de la Literatura Cubana. Que su energía inimitable, no obnubile la grandeza de sus versos.