miércoles, 19 de enero de 2011

JAQUE MATE


Jesús García Clavijo

irenec@medired.scu.sld.cu


Ernesto tenía demorada la edad y cada tarde se sentaba en el portal de la bodega con sus fichas de marfil y su tablero de madera fina a la caza de alguien que tuviera tiempo para una partida –sabiendo que a Ernesto nadie le ganaba en el barrio, ni de otros barrios- por eso su amigo sospechaba cuando le hacía tablas.

Ernesto vivía solo con sus fichas y su tablero, más seis perros y un gato, una señora, -que todos creían era su amante- lo atendía en los menesteres del hogar con la misma frecuencia que los hombres de su edad harían el amor.

Cuando aparecía un contrincante, se reunían muchos caminantes a ver cada movimiento y nadie se iba hasta que con una sonrisa, lentamente, Ernesto movía la ficha y quedaba mirándole la cara a su adversario con la satisfacción de saberlo perdido en la movida, entonces, todos se miraban con los ojos muy abiertos y se iban rascándose la cabeza.

Solo el amigo de las tablas presentía la cercanía de la derrota porque entonces, Ernesto -para que no se fuera- se dejaba ganar alguna ficha importante, era la señal de que en el próximo movimiento terminaría todo, pero él no quería.

Una tarde se murieron dos perros y ese día no se jugó en el barrio.

Fue la única vez que se dirigió al público -de todas las partidas- y muy bajo dijo: se me han muerto dos amigos. Y marchó de luto a ver atardecer en la parroquia del desierto.

Nadie se había ido aunque no esperaban el final de ninguna partida.

Una semana duró el luto de sus perros, y hasta dicen que le hizo los rezos de los humanos. Salió al mismo portal de la bodega de las tardes en la espera de un rival para sus juegos.

Habló con el único transeúnte que se hizo de sus fichas y las acomodó blancas y negras frente a frente, con en el mismo ritual establecido para las grandes competencias.

Murmuró unas palabras casi entendibles, anunciando la muerte de su esposa. Su rival le preguntó -porque nadie le conocía ninguna- salvo las sospechas de la señora que lo atendía en su casa.

Hace hoy cincuenta años joven -dijo- murió una mañana de arco iris.

Ernesto inclinó por primera vez el rey, se fue a su cuarto dejando fichas y tablero.

Estaba muy enfermo -tristemente- de amor.

Enero 14 del 2011