domingo, 29 de noviembre de 2015

EL CREPÚSCULO DE CHRISTIAN CAMPBELL




Reinaldo Cedeño Pineda

“Traducir es transpensar  escribió José Martí en la Revista Universal de México en 1875.  No sé si será un término de factura propia o acaso un préstamo; pero en todo caso, se me antoja preciso, se me antoja rotundo para definir  el difícil arte de la traducción. No bastándole, en la revista neoyorquina La América un año después, vuelve al tema: “(…) el que traduce ha de salir de sí y ponerse donde el autor se puso, para dar a cada palabra el alma y fuego que lo harán durable”.

   Sean pues las primeras palabras de reconocimiento de esta presentación para la traductora de este libro. Ella ha transpensado el arcoiris íntimo y geográfico de Correr el crepúsculo. En ese traslado lingüístico suelen perderse las rimas exactas, resulta inevitable: ninguna palabra es igual a otra; mas la historia y las sajaduras, las refundaciones que este joven poeta, crítico y profesor, Christian Campbell (Freeport, Bahamas,1979) nos entrega, han quedado indemnes tras la mano experta de Aida Bahr. Es al menos, lo que me ha calado. 

 

 La Mancomunidad de las Bahamas está conformada por más de 700 islas. Cada una es un espíritu. En una de ellas, Guanahaní, renombrada San Salvador y  finalmente Watling, piso Colón por vez primera tierra americana.   El nombre del país insular proviene de una deformación o readaptación de la palabra en español, bajamar.

   El Junkanoo es la festividad tradicional más importante  de las islas. Los colores, la danza y la música, se desbordan.  Goodman Bay, es un accidente geográfico de la pequeña isla de Nueva Providencia, precisamente donde está su capital, Nassau. La bahía de Goodman, tal es el nombre de la primera parte del poemario. 

   Son apuntes geográfico-culturales que a modo de recordatorio hacemos para abordar de manera más integral el libro, para sentirnos en él. Durante muchos años, por diferentes y complejas circunstancias, hemos mirado más a lo lejos, que al lado. 

   Dicho lo que había que decir, advierto que pese a todos los topónimos que encontraremos en la urdimbre poética de Campbell, este no es un libro de localismos, sino un libro de profundidades. Un poeta crea siempre un país que flota por encima de las piedras. Sépase que nos enfrentamos a un libro INTENSO. Prepárese. Entremos a la bahía de Goodman, que es su mundo y es a la vez el nuestro:

   “(…) un relámpago entre vigilia y sueño”… “Un hueso roído, un látex usado / entre los zargazos, pedazos de vidrio/ bajo la arena.., “la luna ciega y sin montura”… “el arrecife marrón y azul”…

    Correr el crepúsculo  es el intento, diríamos casi heroico, de aprehender los deslumbramientos, el drama que es siempre una isla.  Es la metáfora de la búsqueda. La indagación de quién soy, de quién quieres que sea. El eterno conflicto de la identidad, el manantial de la sangre, la filosa ironía de la diáspora, pan común de todo el Caribe. 

  (..) Conversamos, / bien portados y coloniales, como nuestros tutores, / pregonamos Oxford con nuestros gestos sonrientes,/ En Inmigración decido darme tono, / mostrar estilo, dejar que mi hombría gruña / sin enseñar los dientes./ Levanto mi pecho / a una altura intocable. Como lo haría / un político, un Sidney Poitier,/ un viejo de Bahamas. 

   En Correr el crepúsculo, las palabras son olas. Parecen emerger como el petróleo, del mismo fondo: “Cuando mi abuelo recibió la Membresía del Imperio / su nombre resplandeciente en la Lista/ de Honor del nuevo Año de la Reina , / Su Majestad le dijo algo / que él representaría para sus invitados / por años y años, exhibiendo su medalla / como un niño muestra una buena cicatriz”.

   Todavía en la primera parte hay un verdadero regalo, el poema “Iguana”. Imagino a la traductora disfrutándolo y sufriéndolo, para atrapar el rejuego entre equívocos que establece Campbell con desborde de ingenio, entre la palabra Iguana: “la que se arrastra y luego / se queda quieta, la que latiguea con su lengua al sol”, y la palabra Inagua: “la isla más al sur de las Bahamas (...) encrucijada con Haití. Inagua de sal y de flamencos”.  

   Mascarada es la segunda parte del volumen. Intenso, advertí. Los sonetos se agregan al versolibrismo del poemario. La intensidad tiene que ver también con la ternura. Nada se ha perdido del todo si la poesía lo toca, porque este no es un libro de pérdidas, sino de regresos. 

     Debo aprovechar la circunstancia de que el autor .no se encuentra a nuestro lado, para escanciar la copa con sus poemas, para abusar un poco, para que su fuerza, de alguna manera,  impregne nuestro aire:  

Tú diez, yo seis, y es tiempo / de jobos. Me encaramo en / el árbol y te llamo,/ No digo Wilsonia, ese es / nombre de gente grande. Te llamo/ Nita (...)
Una vez me dijiste que Santa Claus / no venía porque en Nassau / no teníamos chimenea  y su piel/ era demasiado rosada para tanto sol (…)
Si yo hubiera sabido que te irías con tu papá / y me dejarías para siempre, te habría dado todas / mis conchas y mis soldaditos, y hasta mi cadena nueva /
Te habría pedido que me enseñaras a correr rápido / y a cantar, si solo hubiera sabido que Nueva York / estaba lejos lejos como la luna.

   Christian Campbell es ya un gran poeta, aunque su camino es joven. Nada descubro. Era tiempo de encontrárnoslo.  El escritor Yusef Komunyakaa, Premio Pulitzer, ha comparado a Campbell con “un corredor de larga distancia”. Lleva razón. Para esa difícil meta, para llegar, cuenta con el impulso inicial,con el latido justo. 

    El poeta tiene raíces y tiene ramas  en Trinidad Tobago, en Granada, en Barbados, en Toronto. Es el Caribe  enhiesto. Esta ciudad que ya tiene su lírica, ha de tener sus pasos. Por lo pronto, Ediciones Santiago ha hecho bien en apostar por su poética, en regalarnos este libro que contó con la edición de León Estrada. Ha hecho bien en reactualizarnos. 
 Campbell sabe su condición, la eleva. De ahí que no extrañe el poema “Id de piel clara” que dedica a Neruda, al Sur:
Ocurre que mi id es roja: / Pueden comprobarlo en mis partes / más claras; debajo de la ropa interior, / estirando con fuerza mi piel, en el lado blanco / de mis manos y la parte interior de mi muñeca / donde las venas sobresalen como tubos verdes / (…) Así era yo por completo, seguramente, hasta / que tuve seis años. Pero la oscuridad / me invadió / empecé a nadar a los nueve: / de que manera el sol y el cloro / besaron mi piel untándola de noche. / No hubo vuelta atrás.
Pero mi id es buena / y tiene huesos mulatos. Como cuando cortas / una pera para sorprenderte con la revelación / de su masa. Mirad bien / hay un rubor de bronce en mi piel (…) 
             En Santiago de Cuba. Sábado, 27 de noviembre. Librería Amado Ramón. Calle Enramadas.