viernes, 19 de junio de 2009

LA DAMA Y EL CONSPIRADOR



Reinaldo Cedeño Pineda
escribanode@gmail.com

El siglo diecinueve cubano, en materia poética, parece un largometraje de ficción: mientras el verso desgaja como relámpago y deja entrever su luz, al final del horizonte; o sale burbujeante y espeso de la herida para consumar la elegía; el destino, fatigado de tanto prodigarse, cobró el don de la poesía a sus cultores, a dentellada.

El nelumbio casto de la olvidada finca Melgarejo, dolorosa y augusta frente a la gigantesca sombra de una tumba; el cantor del Hórmigo, en un viaje sin retorno, tragado por el monte; el poeta de los alciones y las rimas, encerrado en una estampa japonesa, de la risa a la muerte; La Virgen Triste, la de besos ardientes en el mármol y flores en sus cartas, extinguida casi núbil en el exilio de Key West; un ángel desterrado frente al Niágara, que se inventa la patria en aterradora soledad, y aún aquel otro, el amor de Fidelia, atrapado entre fuegos, suspirando por las golondrinas, en los fosos tenebrosos de La Cabaña.

Esa relación decimonónica todavía resiste un nombre, el de Diego Gabriel de la Concepción Valdés. Conmueve su imagen postrera, en verdad: una plegaria en los labios frente a la rabia colonial que le taladra; pero, más allá de algunos versos, Plácido es un desconocido, parece algo del pasado.

Acercarme a este libro de la Doctora en Ciencias Filológicas Daysi América Cué Fernández (Chaparra, Las Tunas, 1942), me ha convencido de algo muy diferente: Plácido tiene mucho que decirnos todavía…

Al asomarnos a una nación en plena forja de su identidad, nos entrega su drama de cubano. Al definir los rígidos preceptos artísticos de su tiempo y sus cenáculos, nos entrega su drama artístico. Al retratar una época atrapada entre sus clases y sus prejuicios, nos entrega un drama profundamente humano: el de “un poeta mulato en una sociedad para blancos” (1) que, en tantas ocasiones, impelido por su pobre economía, debió convertirse en “hacedor de versos dedicado a complacer a quienes odiaba”.(2)

¿Qué más podré decir de un volumen que mereciera el Premio Ramiro Guerra (biografía) de la Unión de Historiadores de Cuba?

Le puedo asegurar que será esta de Plácido, el poeta conspirador de la Editorial Oriente, una lectura inquietante, desprejuiciada, honda y aportadora; labrada en ocasiones a contracanto de lo que algunos han dicho; y sobre todo, asomada a las rejas, a los viejos papeles ―y, casi podría decirse, a la línea vital del poeta—, con una mirada apasionada, atenta y sostenida, valgan las tres.

Toda pasión lleva su génesis, su semilla. La autora me ha confesado que todo surgió por un encargo del profesor Ricardo Repilado durante sus estudios de Letras, por aquellos libros raros y valiosos que su padre, el historiador Juan Andrés Cué y Bada, puso en sus manos, y por esa curiosidad insaciable de todo investigador que encuentra el cauce y no para hasta encontrar el nacimiento del río.


(Esta imagen del poeta Gabriel de la Concepción Valdés, PLÁCIDO, y tomada por Pío Dubrocq, podría estar más cercana a su realidad que la fotografía tradicionalmente conocida, según la investigación de la doctora en Ciencias Filológicas Daysi Cué en su libro)

Plácido, el poeta conspirador no se anda con medias tintas y se adentra en zonas arduamente polémicas: ¿Es Plácido, el hombre de levita y pelo rizo, o es, acaso, un mestizo “al parecer blanco” (3) dejado en la Casa de Beneficencia y Maternidad de La Habana? ¿Cuál es su verdadera imagen, la que captó el francés Pío Dubrocq y que tanto difiere de la tradicional? ¿Qué dicen los testigos que le conocieron? ¿Artesano o poeta? ¿Personaje histórico o héroe literario?

Daysi Cué hace un examen detallado, casi policial sobre esos aspectos.

La poética de Plácido, su análisis y trascendencia, la influencia de su heredad lírica ―incluso en nombres como José Martí o Nicolás Guillén— ocupa una parte importante del libro, rescatados sus poemas del menoscabo crítico, del paso por editores que agregaron o cambiaron a discreción la poesía virginal de Plácido; la poesía que interpretó siempre como una gracia que Dios le había concedido y que, en consecuencia, no se atrevía a retocar.

Así, los presumibles defectos que sobrepasaban las convenciones europeas, acabaron formando una poesía oral, circunstancial, con las licencias de la eufonía y la improvisación; lo que —curiosamente―, nos lo devuelve más contemporáneo, más cercano.

Como apunta la Cué, es la de Plácido, “una poesía de anunciaciones (…) surgida de las circunstancias peculiares de un individuo en el que se entrecruzaron las diferentes líneas de la nacionalidad de manera dolorosa e instintiva”. (4)

Plácido, el poeta conspirador halla argumentos en legajos, periódicos, testimonios, biografías, investigaciones previas, reportes de viajes, cartas… para apostar, desde una recia evaluación, por una tesis que asoma desde su título: Plácido “no estaba exento de la culpa que arrojaron sobre él”, (5) y puso lo suyo en aquel complejo proceso de 1844, conocido por Conspiración de la Escalera.

La investigadora nos introduce, entonces, en un pasaje desolado: un ser quebrado por tantas acusaciones, sometido a la tortura física y sicológica, asaetado por acusaciones e interrogatorios; envuelto en una lucha desesperada por su vida. Será la única manera de aquilatar las actitudes y las letras del momento, de una existencia “arrastrada por las circunstancias a los bordes del abismo”.(6)

Deberían subrayarse estas frases: "Sin contradicciones raciales o clasistas, Plácido no sería Plácido; sin resentimientos y odios no podría ser un conspirador, pero tampoco el patriota excelso en el que lo han transformado algunos". (7)

Plácido, en fin, no podría ser inocente de ser cubano.

Con ser este, de los principales asertos del libro, la investigación no queda ahí, sino que explora otras vías: la aprehensión de una Cuba múltiple, no vista sólo desde la perspectiva de la sacarocracia, sino desde la óptica de las clases de abajo; y aborda luego el verdadero alcance de una conspiración ramificada más allá de la Isla.

Con todo, a la escritora le falta encontrar aún: el cofre que guarda su peineta, el verso placidiano que se adelanta al tiempo y la menciona, la palabra que le dice al oído, la vieja foto donde está sentada, escuchándole.

Plácido, el poeta conspirador ―volumen bajo la edición de Lina González Madlum y el diseño de Luis Antonio Casanella Cué― es una obra de vida, un ejercicio de rigor alrededor de “una de las figuras más populares y controvertidas de la literatura cubana”. (8)

El poeta de “El juramento” ha encontrado, doscientos años después, a la dama que le muestra en sus contradicciones y sus glorias, que le rescata de sus críticos tenaces, que le abre a su cubanía plena. Ha encontrado la mano al fin que le vindique. Por eso, entre las negruras de su existencia, desde lo alto de los barrotes, asoma el cielo.

Escrito para la presentación del libro Plácido: el poeta conspirador de Daysi Cué Fernández, en el Sábado del libro, Santiago de Cuba, 20 de junio de 2009


NOTAS

(1) Daysi Cué: Plácido, el poeta conspirador, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, p.15.
(2) Ibid, p.90.
(3) Ibid, p.15. Referencia tomada del Acta Bautismal de la citada Casa de Beneficencia y Maternidad de La Habana
(4) Ibid, p.237.
(5) Ibid, p.90.
(6) Ibid, p.81 Reproduce palabras de Plácido.
(7) Ibid, p.107.
(8) Ibid, p. 15.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado amigo:

Hoy estuve de visita por su blog (lo hago con frecuencia). Excelente palabras para el libro sobre el libro de "Placido" de Daysi, que ya siento unos deseos enormes de leer. Un abrazo grande,

Juan Antonio García Borrero

a.c.rey. dijo...

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Anónimo dijo...

es una pagina muy interesante

Anónimo dijo...

Muy interesante. Ya sabemos que el padre era Domingo Heredia. Y la madre? Una curiosidad. Saludos.