lunes, 15 de marzo de 2010

DAVID


Jesús García Clavijo
irenec@medired.scu.sld.cu

Una amiga colombiana me envió un CD con música y me hizo recordar algunas cosas por dos canciones, ambas de momentos muy lindos de mi vida por los trabajos que pasaba.

Todos tenemos un detalle masoquista, aunque algunos lo nieguen.

Cuba comenzó el “período especial” en el 1990 luego del derrumbe del campo socialista. La economía cubana tocó fondo en 1994. Los cubanos pasamos tremendo trabajo a partir de entonces. Aún en período especial, hoy se siente menos, gracias a la resistencia de nuestro pueblo y a la sabia dirección de la Revolución.

Pero ya antes de 1994, yo pasaba hambre, lo que facilitó adaptarme a los picadillos de cáscaras de plátanos y otras alternativas que la mayoría de los cubanos adoptamos para resistir y mantener nuestras conquistas.

En esos años comenzó a aumentar el turismo en Cuba y se inauguraron centros turísticos como el restaurante Matamoros en Santiago de Cuba del que les hablaré.

Recientemente en un congreso internacional, me hospedaron en uno de los mejores hoteles de La Habana y desde mi habitación en el piso 28 se veía la parte de la ciudad que me acogió en esos años adolescentes. Fue curioso como quería cambiarla por el pedazo de malecón donde dormía las noches aquellas de semi bohemio, semi, porque una parte lo era; pero la otra era obligado, aunque entonces no había turismo en Cuba.

Esa etapa se relacionaba con la primera canción.

La segunda canción, conste, me gustó desde la primera vez que la escuché y no fue por la cantante original, sino por una cantante de cabaret sin sueldo, que acá se les llama “soperos”. Cantan y luego pasan “el cepillo”, que en el caso de ella, era un plato donde los turistas le dejaban caer sus menuditos.

Una amiga, joven, linda, peludita y pintora me la cantaba mirando sus cuadros que irremediablemente terminaban regados por el piso.

Era mejor como artista de la plástica, o en la danza erótica, por lo que no me había detenido a escuchar la letra debidamente hasta esas madrugadas con los soperos, cuando la recordaba también a ella.

Uno mira a veces y no ve, por estar pensando lejos del lugar donde se está.

Enrique Godoy (un famoso y multipublicado profesor, escritor y poeta guatemalteco), que vivió en Cuba algunos años, me dijo que él no conocía esta definición de soperos, por eso se la explico. Al parecer es una palabra cubana (lo que se llama cubanismos), o una relación inconsciente por la cantidad de sopa que tomamos en esos años crudos del periodo especial.

Cantaba bien la amiga del restaurante. Su esposo era el que tocaba el bajo ―también llamado contrabajo, mas para no relacionarlo con el trabajo que pasábamos entonces, preferí, bajo—, en otra banda de soperos que animaban en otro restaurante cercano.

No recuerdo el año, pero debió ser hace más de 11 ―saco el tiempo por Irenita, mi hija—.

Cuando eso de los soperos no conocía a Irene, la que me encontró con un brazo semiparalítico y muy flaco, flaco yo junto al brazo más flaco todavía. Además con una doctora alumna mía, renegra (para complacerla, se le pueden decir “moritas”), que parecía extranjera, era muy inteligente y cantaba muy lindo, además de ponerse unos vestidos muy cortos y transparentes que alborotaban a los noctámbulos y a los no, cuando pasaba. No recuerdo su nombre, pero era buena gente, comía demasiado y me ayudaba mucho.

Está de más decir que tenía un cuerpo muy lindo y un caminar ondulatorio como las ondas magnéticas. Vivía cerca del Matamoros, por lo que me acompañó varias veces luego de los estudios, a pasarla cantando con los soperos de entonces.

Una mujer que canta, deja el alma en la garganta.

2.

En el restaurante Matamoros, trabajaba David en la cocina. Ese trabajo es algo muy importante.

Por las noches, después de un día entero de hambre, pasaba para comer con los soperos la comida que quedaba de la noche. Cerraban a las 11, así que a las 9 estaba allí y disfrutaba sus canciones. Cerraban y repartían la comida, solidariamente. Pocas veces comía antes de esa hora con David en la cocina, por lo que los soperos y yo pasábamos un hambre del carajo… pero me gustaba ese ambiente fuera de lo común en mi vida y hasta mis pasillitos echaba para animar el ambiente de la noche.

Luego de la comida, los soperos se repartían el dinero entre ellos y se tomaban una botella de ron o una caja de cerveza, o dos o tres. Nunca entendí para que trabajaban tanto si después se tomaban el dinero en ron; pero ya cerrado el Matamoros, ellos seguían descargando sus canciones hasta las dos de la madrugada. Y si la noche era buena, hasta las tres o las cuatro. Se sumaban otros soperos, entre ellos la mujer que cantaba la segunda canción (muy lindo por cierto), y hacía dúo inicialmente con la doctora amiga, la de las faldas cortas, que no tenía la lengua muy larga como la de Sabina, pero comía mucho.

Al final, como casi siempre, cuando median botellas, era un coro donde todos poníamos una nota, la mayoría en nota.

(Nota: cubanismo que se le aplica como sinónimo de borrachera. Borrachera: estado en que pasa un sujeto luego de haber ingerido una cantidad determinada de alcohol el que hace más rápido efecto con el estómago vacío. Ya alcohol es una palabra más conocida en el mundo)

Como yo no tomo ron, hacía la sobremesa con ellos disfrutando de su arte, el cual iba desafinando según avanzaba la madrugada y bajaba el alcohol de la botella; pero era lindo aquello y la canción de moda era repetida más de mil veces junto con otra de José José, llamada Él, que era algo de infidelidades y esas cosas tan comunes actualmente, pero me acordé del nombre porque uno de los soperos, Juan Carlos, la cantaba de lo más lindo y sabía que me gustaba. Así, cuando me ve por la calle, me saluda con la canción Él, a pesar de los años se acuerda, lo que contradice la teoría de que el alcohol produce pérdida de la memoria.

A Juan Carlos si le produjo la pérdida de varios matrimonios y al menos una guitarra, por lo que un día sospeché que me cantaba la canción Él, por él y algún recuerdo extraviado entre botellas y acordes. Recuerdo a Juan Carlos con cariño, creo que logró triunfar y cantar en otros países, o vive ahora en otro país, hace años no lo veo.

Esa canción, Él, era motivo de conflictos pues algunos de los allí presentes, habíamos sido víctimas de “algún él” y no pocos, de “algunos ellos”, aspecto que se iba descubriendo según avanzaba la noche, aumentaban los niveles de alcohol en sangre y comenzaban las confesiones que al otro día, no eran recordadas ni reconocidas… y se acordó en una reunión de soperos (donde me incluyeron honoríficamente), cantarla luego de las dos de la madrugada cuando ya la pena por los cuernos era menos y las botellas consumidas eran más. Así se hizo todo el resto de los años juntos.

Los soperos son gentes éticas.

Cualquier acuerdo se viola en el mundo menos el de los soperos. Un acto de solidaridad con los amigos traicionados por amores inolvidables.

Uno olvida pagarle los 20 pesos al vecino de enfrente, pero un cuernazo es de larga duración. Puse cuernazo por ser más conocida la palabra en el mundo, en Cuba se les llama de otra forma que rima con mi nombre, y estando recién dañado por uno de ellos y gritaban llamándome para saludarme… pensaba que me habían dicho la otra palabra.

Realmente, nadie escapa de estas situaciones positivas en su vida. Si nos damos cuenta, son aspectos positivos, pues por ellos, luego conocemos nuestras medias naranjas fieles y leales. Hasta un día, como dijera mi abuela. Pero mi abuela vivió otra época.

Les dije gritaban mi nombre y es así. Casi todos los cubanos y cubanas hablamos alto, aunque no hayamos desayunado, no importa. Y si vemos un amigo a dos kilómetros de distancia, le pegamos un grito solidario que el otro escucha, lo mismo si ese amigo pasa al lado nuestro, el saludo en voz alta va.

Eso me recuerda una tarde en que asistí a recibir un premio de poesía, en un segundo piso de una Casa de Cultura en mal estado constructivo, aclaro, además que fue en un poblado lejos de la ciudad donde tenía otra actividad planificada para el día, por lo que luego de las actividades protocolares programadas, salí rápido para el regreso.

Durante la premiación me percaté de una amiga que allí estaba; pero lejos de mí por lo que se me dificultó saludarla debidamente. Al bajar para el regreso, la amiga se asomó al balcón efusivamente y me pegó un grito de alegría, que recuerdo como ahora, sin percatarse del mal estado del mismo y quedó colgada casi al caer con la sonrisa de felicidad porque yo desde abajo respondía a su saludo cariñoso, cuando realmente lo que le indicaba era el mal estado de la baranda que no resistió su peso y casi cae con peligro para su vida, como diría el parte médico.

Así somos los cubanos de cariñosos y amistosos. Un poco escandalosos.

Entonces ya saben porque era un medio bohemio (volviendo al Matamoros), porque no era voluntario si no obligado que fuera allí, amaneciera con los soperos, cantara, bailara y matara mi hambre vieja.

También ampliaba mis sentimientos conociendo otras formas de ganarse la vida más incomodas que la mía, y me complementaban, pues de regreso a mi casa, me ponía a trabajar y amanecía escribiendo, tarareando las melodías y pensando esas cosas de la vida.

Yo le metía a cantar algunas canciones junto con los soperos, hacer coro, cuando ya casi borrachos, olvidaban la letra y les daba el pie para que siguieran, pues de tantas madrugadas llegué a aprenderme el repertorio.

Es digno destacar que allí conocí perfectamente el significado de las versiones libres, pues cada día y varias veces en la madrugada, se les cambiaban las letras a las canciones originales. Yo era un sopero voluntario, porque a la hora de repartir lo recaudado, no entraba en la nómina.

Una noche, muchos años después, me dan a atender una delegación extranjera y los llevé a comer al Matamoros. Los soperos eran otros, pero algunos quedaban de aquellos años y uno de ellos me dedicó Él y Huele a peligro. Fue un homenaje entre los dos a aquellas madrugadas juntos, conste, no pasó el cepillo por mi mesa; pero le dejamos la botella de ron de la madrugada para ellos, con tremendas ganas de quedarme hasta las tres de la madrugada luego de cerrar el restaurante.

Uno se aleja a veces dejando parte de la piel en ello.

Son otras estampas de mi Santiago de Cuba, también Matamoros pasó seguro por esas etapas en su vida antes de ser el famoso que fue, y quien sabe, quizás en alguna parte del mundo por donde ande rodando, algún sopero de esos ya sea famoso también, o un día lo sea, quien sabe, la vida guarda muchas sorpresas, como esta de traerme aquellas madrugadas desde Colombia con Miriam, su canción y mi hambre de entonces.

Gracias por esos recuerdos nostálgicos con esa canción que ahora escucho.

Jesús

PD: Olvidé decirles que David, el que nos daba la comida que quedaba de la noche a veces, está fuera de Cuba hace ocho años y comenzó a escribirme hace unos meses, antes sabía de él por otros amigos. Lo quiero mucho.

David, el que nos daba la comida, es mi hijo.

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