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miércoles, 18 de enero de 2012

CUBA... según la mirada de Eduardo Galeano




Colón

Desafiando la furia de los vientos y el hambre de los monstruos devoradores de barcos, el almirante Cristóbal Colón se echó a la mar.

Él no descubrió América. Un siglo antes habían llegado los polinesios, cinco siglos antes habían llegado los vikingos. Y trescientos siglos antes que todos, habían llegado los más antiguos pobladores de estas tierras, a quienes Colón llamó indios creyendo que había entrado al Oriente por la puerta de atrás.

Como no entendía lo que esos nativos decían, Colón creyó que no sabían hablar; y como andaban desnudos, eran mansos y daban todo a cambio de nada, creyó que no eran gentes de razón.

Aunque murió convencido de que sus viajes lo habían llevado al Asia, Colón tuvo sus dudas. Las despejó en el segundo viaje. Cuando sus naves anclaron en una bahía de Cuba, a mediados de junio de 1494, el almirante dictó un acta estableciendo que estaba en China. Dejó constancia de que sus tripulantes lo reconocían así; y a quien dijera lo contrario se le darían cien azotes, se le cobraría una pena de diez mil maravedíes y se le cortaría la lengua.

Al pie, firmaron los pocos marineros que sabían firmar.


Fundación de América

En Cuba, según Cristóbal Colón, había sirenas con caras de hombre y plumas de gallo.

En la Guayana, según sir Walter Raleigh, había gente con los ojos en los hombros y la boca en el pecho.

En Venezuela, según fray Pedro Simón, había indios de orejas tan grandes que las arrastraban por los suelos.

En el río Amazonas, según Cristóbal de Acuña, había nativos que tenían los pies al revés, con los talones adelante y los dedos atrás.

Según Pedro Martín de Anglería, que escribió la primera historia de América pero nunca estuvo allí, en el Nuevo Mundo había hombres y mujeres con rabos tan largos que sólo podían sentarse en asientos con agujeros.


Martí

Paseaban el padre y el hijo por las calles floridas de La Habana, cuando se cruzaron con un señor flaquito, calvo, que caminaba como si estuviera llegando tarde.

Y el padre advirtió al hijo: -Ojo con ése. Es blanco por fuera, pero por dentro es negro. El hijo, Fernando Ortiz, tenía catorce años.

Tiempo después, Fernando iba a ser el hombre que supo rescatar, contra siglos de negación racista, las ocultas raíces negras de la cubanía.

Y aquel peligroso señor, el flaquito, el calvo, el que caminaba como si estuviera llegando tarde, se llamaba José Martí. Era hijo de españoles el más cubano de los cubanos, el que denunció:

-Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España.

Y repudió la falsa erudición llamada Civilización, y exigió: -Basta de togas y de charreteras, y comprobó: -Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz.

Poco después de aquel cruce en La Habana, Martí se echó al monte. Y estaba peleando por Cuba cuando, en plena batalla, una bala española lo volteó del caballo.


Fundación de Cuba

Revolución, revelación: los negros entraban en las playas, antes prohibidas para quienes teñían el agua, y todas las Cubas que Cuba escondía estallaban a plena luz.

Sierra adentro, Cuba adentro, niños que nunca habían visto cine se hacían amigos de Carlitos Chaplin, y los alfabetízadores llevaban letras a perdidos lugares donde esas cosas raras no llegaban ni de visita.

En pleno ataque de locura tropical, la Orquesta Sinfónica Nacional viajaba completa, con Beethoven y todo, hacia pueblitos caídos del mapa, y los eufóricos lugareños garabateaban carteles de invitación:

-¡A bailar y a gozar con la Sinfónica Nacional!

Andaba yo por el oriente, allá donde los caracolitos de colores caen en lluvia desde los árboles y las montañas azules de Haití asoman en el horizonte.

En algún camino de tierra, me crucé con una pareja. Ella venía a lomo de burro, bajo un paraguas que la defendía del sol. Él, a pie. Los dos vestidos de fiesta, reina y rey de esos parajes, invulnerables al

tiempo y al barro: ni una arruga, ni una manchita perturbaban la blancura de esas ropas que habían estado esperando años o siglos, desde el día de la boda, en el fondo de algún armario.

Les pregunté adónde iban. Contestó él:

-Nos vamos a La Habana. Al cabaret Tropicana. Tenemos entradas para el sábado.

Y se palpó el bolsillo, confirmando.


Yo sí puedo

En 1961, un millón de cubanos aprendió a leer y a escribir, y miles de voluntarios borraron las sonrisas burlonas y las miradas compasivas que habían recibido cuando anunciaron que lo harían en un año.

Tiempo después, Catherine Murphy recogió evocaciones:

* Griselda Aguilera: Mis padres alfabetizaban aquí en La Habana. Yo les pedía, pero no me dejaban ir. Cada mañana, bien temprano, se marchaban los dos, y yo me quedaba en casa, hasta la noche. Un día, después de tanto pedir y pedir, me dejaron. Los acompañé. Carlos Pérez Isla se llamaba mi primer alumno. Tenía cincuenta y ocho años. Yo, siete.

* Sixto Jiménez: A mí tampoco me dejaban. Tenía doce años, ya sabía leer y escribir y cada día pedía y discutía, y nada. Es muy peligroso, decía mi madre. Y justo en esos días vino la invasión de Bahía de Cochinos, los criminales esos venían a vengarse, venían con la sangre en el ojo, ellos, los dueños de Cuba. Nosotros los conocíamos bien, ya en los viejos tiempos nos habían incendiado la casa dos veces, allá en la sierra. Y entonces mi madre me preparó la mochila. Adiós, me dijo.

* Sila Osorio: Mi madre alfabetizó en las montañas, de Manzanillo para allá. Le tocó una familia con siete hijos. Ninguno sabía leer ni escribir. Seis meses estuvo mi madre viviendo en esa casa. Durante el día, recogía café, buscaba agua… En las noches, enseñaba. Cuando ya todos sabían, se fue. Había llegado sola, pero no se fue sola. Figúrate: si no hubiera sido por la campaña de alfabetización, yo no existiría.

* Jorge Oviedo: Yo tenía catorce años cuando llegaron los brigadistas a Palma Soriano. Nunca había ido a la escuela. Pero fui a la primera clase de alfabetización, dibujé unos palotes y ya me di cuenta: esto es lo mío. Y a la mañana siguiente me escapé de casa y me eché al camino. Bajo el brazo llevaba el manual de los brigadistas. Caminé mucho, hasta que llegué a un pueblo metido allá en las montañas de Oriente. Me presenté como alfabetizador. Di la primera clase, repetí lo que había escuchado allá en Palma Soriano. Recordaba todito. Para la segunda, estudié, o más bien adiviné, lo que decía el manual. Y para las clases siguientes…

Yo fui alfabetizador antes de ser alfabetizado. O fui todo junto, no sé.


Fotos: Los ojos más habitados del mundo

La Habana, Plaza de la Revolución, marzo de 1960.

Un barco ha estallado en el puerto. Setenta y seis obreros muertos. El barco traía armas y municiones para la defensa de Cuba, y el gobierno de Eisenhower ha prohibido que Cuba se defienda.

La multitud cubre las calles de la ciudad. Desde el podio, el Che Guevara contempla tanta furia reunida. Tiene la multitud en los ojos. Korda toma esta foto cuando los barbudos llevan poco más de un año en el poder. Su diario no la publica. El director no le ve nada especial. Pasarán los años. Esa foto será un símbolo de nuestro tiempo.


Fidel

Sus enemigos dicen que fue rey sin corona y que confundía la unidad con la unanimidad.

Y en eso sus enemigos tienen razón.

Sus enemigos dicen que si Napoleón hubiera tenido un diario como el «Granma», ningún francés se habría enterado del desastre de Waterloo.

Y en eso sus enemigos tienen razón.

Sus enemigos dicen que ejerció el poder hablando mucho y escuchando poco, porque estaba más acostumbrado a los ecos que a las voces.

Y en eso sus enemigos tienen razón.

Pero sus enemigos no dicen que no fue por posar para la Historia que puso el pecho a las balas cuando vino la invasión, que enfrentó a los huracanes de igual a igual, de huracán a huracán, que sobrevivió a seiscientos treinta y siete atentados, que su contagiosa energía fue decisiva para convertir una colonia en patria y que no fue por hechizo de Mandinga ni por milagro de Dios que esa nueva patria pudo sobrevivir a diez presidentes de los Estados Unidos, que tenían puesta la servilleta para almorzarla con cuchillo y tenedor.

Y sus enemigos no dicen que Cuba es un raro país que no compite en la Copa Mundial del Felpudo.

Y no dicen que esta revolución, crecida en el castigo, es lo que pudo ser y no lo que quiso ser. Ni dicen que en gran medida el muro entre el deseo y la realidad fue haciéndose más alto y más ancho gracias al bloqueo imperial, que ahogó el desarrollo de una democracia a la cubana, obligó a la militarización de la sociedad y otorgó a la burocracia, que para cada solución tiene un problema, las coartadas que necesita para justificarse y perpetuarse.

Y no dicen que a pesar de todos los pesares, a pesar de las agresiones de afuera y de las arbitrariedades de adentro, esta isla sufrida pero porfiadamente alegre ha generado la sociedad latinoamericana menos injusta.

Y sus enemigos no dicen que esa hazaña fue obra del sacrificio de su pueblo, pero también fue obra de la tozuda voluntad y el anticuado sentido del honor de este caballero que siempre se batió por los perdedores, como aquel famoso colega suyo de los campos de Castilla.

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Este martes 17 de enero, desde la sala Che Guevara, el escritor uruguayo Eduardo Galeano leyó fragmentos de su libro Espejos. Una historia casi universal. Compartimos algunas “ventanas” dedicadas a Cuba que aparecen en esta obra y que Galeano leyó este martes en Casa de las Américas. / Tomado de Cubadebate

lunes, 1 de octubre de 2007

SER PERIODISTA...


El autor (al centro)
y su colega Francis Castillo
entrevistan al escritor
Carlos Esquivel.
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Reinaldo Cedeño Pineda

Nunca supe como salí de aquel trance, como pude cumplir semejante encomienda, como me pillaron desprevenido…

Debí correr, lo admito, cuando divisé en la distancia el dedo posándose en mi hombro. Debí correr, pero me quedé, anonadado, hundido más bien en el incómodo banco…

Si yo estaba allí, ¿qué otro podía despedir el duelo?

Cuando aquel señor, entre severo y suplicante vio en mi rostro la mueca, la duda más rotunda, el no en la punta de la lengua me espetó un demoledor… pero… ¡Usted es periodista!, ¿no?...

A la parálisis sobrevino la acción. Tomé papel y lápiz, realicé unas entrevistas sumarias, garabateé la despedida de duelo por encargo…. y hasta escuché decir a la salida, que la mismísima difunta me había encargado pronunciar las últimas palabras.

Y es que eso es ser periodista: una marca de nacimiento que te sigue dondequiera que vayas, como tu propia sombra, como tu luz.

Ser periodista sustituirá tu nombre para siempre. Nadie tendrá problema alguno para dirigirse a ti.

Y cuando voltees el rostro, te habrás convertido en consejero, confesor, bibliotecario, maestro, siquiatra, historiador.

Algunos creerán que lo tienes que saber todo.

Harás las veces de arquitecto, electricista, plomero, diputado, hasta gurú… pero tendrás que detenerte.

Tendrás que dar aliento a quien confió en ti sin conocerte. A veces, se han quedado sin más, eres su última esperanza.

Y querrás ser Dios, cuando eres sólo, un periodista… pero te quedará estremecer las conciencias dormidas.

Escribir es el oficio más solitario del mundo- afirmó el Gabo-. Las ideas tienen su ocasión, muévete un milímetro, uno solo, y verás.

Nadie te dictará los verbos ni los párrafos; pero una redacción es un taller a punto de estallar, sin torres ni marfiles.

El periodista siempre estará acompañado; mucho más, evaluado. Lo hace tu jefe cuando te encomienda una entrevista. Lo hará el entrevistado ante tus interrogantes, lo hará el corrector o el asesor, cuando termines.

Y el público, el público, el público… definitivamente.

Como buen periodista estarás siempre al filo de la navaja.

Para algunos, andas con no sé que osadía pecaminosa, a medio camino de la literatura, a punto casi... La vida te pondrá el listón más alto cada vez: tendrás que aprender a saltarlo.

Si debes tomar la pluma como un látigo –aunque lleve cascabeles en la punta-, no esperes una postal a vuelta de correo. Tendrás que asumir las réplicas y las contrarréplicas -las de afuera y las de adentro-.

Sabrás que las verdades tienen dos perros de presa, misteriosos y constantes: la forma y el momento…

Para los tocados, nunca llegarás a la forma exacta de expresión. Y la búsqueda del instante adecuado se tornará como la de ciertas islas: una utopía, o un espejismo.

Podrás verte solo frente a los molinos, molido por sus aspas, mas el silencio no está en el diccionario de un periodista.

Ser periodista es ser Quijote.

Si por el camino has errado, bendecirás si estás a tiempo de enmendar unas líneas. Si te equivocas, querrás cavar la tumba con tus manos… pero nadie te salvará ni eres salvable: ya habrás publicado tus errores: recuerda, eres periodista.

Si a la salida de un concierto o de un estadio, de lo épico o lo íntimo, después de la conferencia o el brindis, te toca sentarte frente a un micrófono o el teclado, te hallas en la mismísima antesala del infierno o la consagración… No escaparás.

A los pocos minutos, al día siguiente, unos querrán conocerte, darte la mano. Y otros querrán crucificarte.

Si llegan loas, deja pasar las nubes –recuerda a Matías Pérez y su globo nunca hallado-. No te calces los guantes si discrepan.

Nunca olvides que cada pensamiento vale oro, que a la diversidad ha de rendirse culto, que ellos no pueden multiplicar sus opiniones… y tú, tú eres periodista.

Paciencia, cuando algunos te hagan volver una vez y otra; porque justo ahora están muy ocupados. ¡Caramba, con esas preguntas… y a estas horas!.

Las dilaciones son puertas cerradas, que unas se abren y otras… hay que derribarlas.

Entrevistar es beber de un suspiro el aliento de una vida. Y te asomarás, te sumergirás en muchas, hasta mejorar la tuya propia.

Ser periodista es ser niño, con los ojos de asombro siempre abiertos.

Y tener voz, no ser vocero.

Sin embargo, después de quince años de trabajo, estoy averiguando aún que es ser periodista…

Mientras tanto, me veo –sujetándome el pecho con las manos- ante unos seres marcados por un zarpazo del destino, en sus cunas minúsculas. Y no alcanzo.

Acompaño casi en la madrugada al actor Adolfo Llauradó, sin saber que aquella conversación desoladora, será la última.

Subo a lomo de mulos a La Escondida de La Virgen -el nombre lo dice todo-, para saber que en pleno siglo veintiuno, todavía hay quien tiene el alma limpia como el arroyo de la Sierra.

Veo caer de rodillas a medio mundo bajo el sombrero de Compay, y bebo un trago irrepetible brindado por sus manos.

Llevo un lirio a la vedette de Cuba para descubrir en La Habana, la de verdes y de grises, a la persona detrás de los encajes.

Beso a una reina, le pido una canción sólo para mí, la escucho desgranarla…. ¡Duele, mucho…! Elena

Caimanera. Base Naval. Guantánamo Traspaso la barrera y los prismáticos: el mástil de barras y de estrellas se hunde como una ponzoña.

Siento el frío templado del río Bío Bío y el legado de Caupolicán cuando escucho los poemas de una india mapuche, cuyo nombre como en los viejos tiempos, Ryen Kvyeh, significa Luna de los primeros brotes.

Abrazo a la anciana Gardenia, porque no tengo otra cosa que darle, y ensayo explicaciones para su canasta milenaria al borde del abismo, para esos granos de fuego, para sus manos como las montañas.

La ciudad abre la puerta, cuando José Soler Puig, el novelista mayor, me invita: hay un olor a pan dormido y a honradez.

Sigo las huellas de La Lupe, intento destejer una vida, un ciclón que llegó del barrio olvidado de San Pedrito a la fama universal.

Trato de detener las palabras del Nobel de Aracataca contra las soledades y los cien años; pero Macondo me hala.

Me sostengo, cuando el pintor Marcos Pavón demuestra con los labios, con los dientes que puede pintarse la esperanza… después de la poliomielitis.

Estoy a unos centímetros del récord mundial, y piso fuerte. Alzo los brazos ante la eternidad, sostengo la respiración, salto… Salto para apretar las manos de un campeón, Javier Sotomayor.

Cruzo la alfombra de pinos, la cancela, para encontrar a Dulce -la amante de un faraón niño-, a María -la del clavel de trapo-. Es Cuba quien me recibe.

Estrecho a un enfermo de ese virus letal. Las palabras no se sujetan al papel: fue como intentar saltar un abismo y no encontrar la otra pared. Su revelación, es una pedrada.

Me interrogo…. ante aquel domador de fieras que se abre la camisa al cuerpo cruzado de costuras, y aún observa con ternura a los leones.

Asisto al vuelo de Fénix, el de Ana Fidelia Quirot, rebusco para hallarle un destello al camino, del bisturí y los algodones al oro mundial.

Ser periodista es hacer el amor con las palabras.

Y no importa si vas de agenda o grabadora, o de manos vacías; si vas a un funeral o un homenaje, si vas de bailador o de doliente; si has decidido hoy mismo dejar el mundo atrás.

Ser periodista es serlo con las vísceras.

Un periodista nunca está de vacaciones. La realidad te dará el campanazo… porque has perdido tu nombre para siempre, porque has ganado todo, porque antes ya no existe…

Tú eres y serás un periodista.