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domingo, 1 de febrero de 2009

RADIO CUBANA: Controversia entre la palabra y la no palabra


Reinaldo Cedeño Pineda
escribanode@gmail.com

Cada cierto tiempo alguien se aparece con un anuncio apocalíptico o con una “verdad absoluta”, como si se la hubiera revelado el mismo Dios. Aquella frase de que “Una imagen vale más que mil palabras”, es una de ellas. Su expresión es radicalmente reaccionaria, porque subestima a la palabra, la minimiza y la ningunea.

La expresión, sin embargo, no resiste un análisis a profundidad por varias razones, sobre todo por una: para anunciar el predominio de la imagen, para transmitir este mensaje… curiosamente no se pudo prescindir de adverbios, sustantivos, pronombres y verbos: es decir, de las palabras.

En segundo lugar, una imagen sin palabra alguna, por espectacular o evocadora que sea ―piénsese en algunas fotografías tan famosas como la niña quemada por napalm en Vietnam, que avanza despavorida con los brazos abiertos; el Che de Korda mirando al horizonte, las faldas levantadas de Marylin―, aún esas estarán siempre sujetas a determinadas precisiones.

¿Quién tomó la imagen?, ¿Cuándo lo hizo?, ¿A propósito de qué? ¿A qué hora? ¿En qué lugar de este mundo?...

Una imagen que ahora mismo puede ser pura actualidad, mañana necesitará un pie, un párrafo, una historia. Toda imagen es una historia sintetizada, una historia contenida, el latido de una historia, el pórtico de ella.

Por si fuera poco, una imagen está sujeta a las subjetividades, mediaciones culturales y percepciones del individuo.

La famosa serie de uno de los fotógrafos más famosos del siglo XX, el norteamericano Robert Mapplethorpe (1946-1989): un hombre plegado sobre sí en diferentes ángulos ―un hombre negro y desnudo― al que en un segundo plano se le observa el miembro viril; o aquella otra de de un hombre blanco de espaldas, dividido a la mitad por una marca de luz y sombra, los músculos marcados y las piernas semiabiertas… es para unos el sumum del arte fotográfico, el erotismo trabajado, el descubrimiento de una nueva sensualidad. En cambio, continúa siendo para otros, una imagen pornográfica y más de una galería, más de un país la ha rechazado.

Seguramente no los verá igual una mujer que un hombre, una persona de orientación heterosexual que otra de orientación homosexual, una persona de estudios universitarios que un analfabeto, eso por no entrar en el campo de los ateísmos y de las religiones.

Los conceptos ―que el caso citado pudieran ser erotismo, sensualidad, pornografía― no son barrera para el pensamiento humano. El pensamiento humano los sobrepasa y crea los suyos propios. Al fin y al cabo un concepto es una síntesis, una abstracción que un humano o un grupo de ellos, nos legó.

Un documental sobre un hombre en faldas o una fotografía del hecho nada tendrá que ver si es tomada en Santiago de Cuba ―ya presumimos que podría pasar― que en Escocia ―y su tradición de los kilts―.

A la Gioconda de DaVinci se le han buscado cuantos misterios se puede imaginar, se le ha medido incluso que por ciento tiene de indiferencia, de alegría, de sensualidad; se ha dicho incluso que tras aquella sonrisa se escuda un hombre…

Las pinturas de Rubens son un hito en la historia del arte, pero a la luz de hoy aquellas mujeres fofas, tal vez se hubieran quedado sin nadie que las pintara, a no ser que el colombiano Botero hiciera de ella una de sus esculturas gigantes.

Una imagen depende siempre de los ojos de quien la mire.

UNA PALABRA SALVA

Habrá que rectificar aquel anuncio apocalíptico. Una palabra, un palabra ―con todas sus intenciones y dicha como Dios manda― evoca mil imágenes. Ese poder de sugerencia es precisamente el sostén de la radio a la que se le anunció la muerte tantas veces; pero que cada vez está más cercana de la gente.

¿La televisión versus la radio, por encima de ella? Tampoco.

No abundamos aquí sobre la penetración de la radio, la bondad de su señal, o su poder de ubicuidad, porque eso ya se ha dicho. Nadie podrá negar las virtudes de la visualidad televisiva, sólo que esta, a la vez que nos amplía la perspectiva, nos distrae de la idea que se transmite y que supuestamente quiere fijar, con una multitud de elementos sucedáneos.

Alberto Cortés se vestía siempre de negro. Afirmaba el célebre intérprete argentino que de otra forma la gente se distraía de sus canciones.

Un colgante moviéndose, es suficiente para perder el hilo de una conversación, o un rostro hermoso que nos impacta, o “el último grito de la moda” de una camisa o un peinado. ¡Oye, qué vieja está fulana, qué delgado está fulanito!, ¿dé quien será la pintura detrás de la locutora?… y así una infinitud de situaciones nos apartan de la idea transmitida… todo eso, válido sólo para personas videntes, claro está.

Un especialista en la oralidad como el colombiano Adolfo Colombres ha precisado que antes de la escritura estuvo la palabra desnuda, cantarina, la palabra ágrafa. La escrituridad montó en su carro a la palabra hablada y la empujó por el mundo.

Lo escrito busca siempre su origen primitivo. Lo escrito es lo hablado sostenido en el papel, lo escrito lleva aquel callado estruendo del que hablara Lezama. ¿Cuántas veces no habremos leído en voz alta los signos trazados por nuestra propia mano o las palabras tecleadas en una pantalla, para detectar algo que anda mal?

Aunque lo escrito tiene “sentido de eternidad” ―ahí están las tablillas mesopotámicas y los papiros egipcios―, unas comillas jamás podrán reflejar la infinitud de matices que acompañan la cadena hablada. No hay signo de admiración o de interrogación, no hay puntos suspensivos que pueden acercarse la euforia, la tristeza, las suspensiones… que una persona dejó entrever en una conversación.

Los signos de puntuación ―no hay que obviarlo― son apenas una convención, un acuerdo social que intenta acercarse al lenguaje hablado. Es sólo la interpretación de un texto escrito, lo que hace que esas letras se levanten. Bien lo saben locutores, conductores, comentaristas, declamadores, maestros de ceremonia, despedidores de duelo y periodistas.

La locución es pues, el acto de convertir en verdad lo que se escribe, me dijo un día una experimentada locutora. Es la letra reconvertida en su semilla.

Una sola palabra hablada puede hacer la diferencia entre la vida y la muerte, físicamente hablamos: ¡Cuidado!

Una palabra hablada puede ser la diferencia entre la vida y la muerte, espiritualmente hablamos: “Te amo”.

A La Palabra predicada con palabras ―a la fe despertada por las palabras― se han confiado muchas religiones con siglos de subsistencia.

No hay palabras buenas ni malas per se. Cada palabra pervive por su uso, y muere sin esta. Cada palabra tiene su circunstancia. ¿Quién se atreve a calificar de obscena la palabra, la exacta palabra que decimos cuando nos damos un martillazo o cuando recibimos un susto inesperado?

En cierta ocasión un griot africano ―uno de esos juglares que va de pueblo en pueblo con sus leyendas y sabidurías a cuestas― sorprendió a todos en una conferencia cuando habló de la no-palabra. Por ello, los africanos entienden la frase huera, vacua, carente de significado, adormecedora, pura articulación.

Frente al papel en blanco, el micrófono o la cámara, hemos de evitar por todos los medios, la no-palabra: la filosofada de segundo orden, el discurso vacío, el floreo, la desesperación por llenar los minutos, la verborrea…

Ve uno tantas cosas diariamente, que se pregunta quien ganará la controversia: ¿la palabra o la no- palabra?

LAS DOS MITADES DE LA RADIO

Se equivocan los que afirman que la radio es el imperio de la palabra hablada. Esa es una apreciación superficial. La radio es mitad hablada y… mitad escrita. La “literatura radial” es una “forma especial” de escribir que ha llevar en sí los códigos propios y los destinatarios, casi siempre inmediatos… pero de ese acápite hablaremos en otra ocasión.

Los encargados de evaluar esa “literatura radial” necesitan una sacudida. Y otra, los encargados de evaluarlos a ellos. En muchos programas del área "no dramatizada", la presencia de los asesores es cuestionable. Allí subsisten demasiadas complicidades e insuficiencias, sobre todo demasiada permisibilidad. Todo ese sistema organizativo, obsoleto, necesita una sacudida monumental, porque a su sombra nacieron y viven todas estos vicios. Siempre me he cuestionado que un programa de radio se evalúe por su guión, y me lo seguiré cuestionando. Un guión presupone a los artistas que le darán vida (actores, locutores, operadores de sonido, musicalizadores, efectistas…) y sin ellos no tendrá razón de ser, será papel mojado.

Un programa que sólo puede realizarse con su puesta en bocina, con una armónica coordinación de todos sus elementos, jamás debería evaluarse por un guión “en frío”. Eso no quiere decir, sin embargo, que no justipreciemos el papel (esencial) del escritor de radio, el escritor de palabras escritas que tendrán que ser habladas a posteriori.

Para organizarlo todo, lo primero que se ha de organizar son las ideas. Las ideas “viajan” de la mente a las palabras. Al fin y al cabo el lenguaje, es la envoltura del pensamiento. Apenas estoy ajustando el calibre de aquello (y aquellos) que sueñan por la oreja, como diría Joaquín Borges Triana.

Las palabras acaban atrapadas en el guión. El actor, el periodista, el conductor… acaba transmitiendo sus ideas a través de la palabra hablada que antes ha sido pensada y puesta por escrito. La palabra vuelva siempre a su remoto origen: el habla. La palabra existe para ser hablada. Parece un trabalenguas, pero no lo es.

Una palabra no es simplemente una palabra: una palabra es la expresión de un pensamiento, una palabra nos viste mejor que cualquier traje, porque tipifica inmediatamente a quien la porta. Una palabra define.

La expresión radial es una cadena de intenciones, cuyo eslabón inicial es la palabra. En lo que algunos llaman “la era de la visualidad”, el poder de la palabra hablada sigue incólume.

lunes, 1 de octubre de 2007

SER PERIODISTA...


El autor (al centro)
y su colega Francis Castillo
entrevistan al escritor
Carlos Esquivel.
............................
Reinaldo Cedeño Pineda

Nunca supe como salí de aquel trance, como pude cumplir semejante encomienda, como me pillaron desprevenido…

Debí correr, lo admito, cuando divisé en la distancia el dedo posándose en mi hombro. Debí correr, pero me quedé, anonadado, hundido más bien en el incómodo banco…

Si yo estaba allí, ¿qué otro podía despedir el duelo?

Cuando aquel señor, entre severo y suplicante vio en mi rostro la mueca, la duda más rotunda, el no en la punta de la lengua me espetó un demoledor… pero… ¡Usted es periodista!, ¿no?...

A la parálisis sobrevino la acción. Tomé papel y lápiz, realicé unas entrevistas sumarias, garabateé la despedida de duelo por encargo…. y hasta escuché decir a la salida, que la mismísima difunta me había encargado pronunciar las últimas palabras.

Y es que eso es ser periodista: una marca de nacimiento que te sigue dondequiera que vayas, como tu propia sombra, como tu luz.

Ser periodista sustituirá tu nombre para siempre. Nadie tendrá problema alguno para dirigirse a ti.

Y cuando voltees el rostro, te habrás convertido en consejero, confesor, bibliotecario, maestro, siquiatra, historiador.

Algunos creerán que lo tienes que saber todo.

Harás las veces de arquitecto, electricista, plomero, diputado, hasta gurú… pero tendrás que detenerte.

Tendrás que dar aliento a quien confió en ti sin conocerte. A veces, se han quedado sin más, eres su última esperanza.

Y querrás ser Dios, cuando eres sólo, un periodista… pero te quedará estremecer las conciencias dormidas.

Escribir es el oficio más solitario del mundo- afirmó el Gabo-. Las ideas tienen su ocasión, muévete un milímetro, uno solo, y verás.

Nadie te dictará los verbos ni los párrafos; pero una redacción es un taller a punto de estallar, sin torres ni marfiles.

El periodista siempre estará acompañado; mucho más, evaluado. Lo hace tu jefe cuando te encomienda una entrevista. Lo hará el entrevistado ante tus interrogantes, lo hará el corrector o el asesor, cuando termines.

Y el público, el público, el público… definitivamente.

Como buen periodista estarás siempre al filo de la navaja.

Para algunos, andas con no sé que osadía pecaminosa, a medio camino de la literatura, a punto casi... La vida te pondrá el listón más alto cada vez: tendrás que aprender a saltarlo.

Si debes tomar la pluma como un látigo –aunque lleve cascabeles en la punta-, no esperes una postal a vuelta de correo. Tendrás que asumir las réplicas y las contrarréplicas -las de afuera y las de adentro-.

Sabrás que las verdades tienen dos perros de presa, misteriosos y constantes: la forma y el momento…

Para los tocados, nunca llegarás a la forma exacta de expresión. Y la búsqueda del instante adecuado se tornará como la de ciertas islas: una utopía, o un espejismo.

Podrás verte solo frente a los molinos, molido por sus aspas, mas el silencio no está en el diccionario de un periodista.

Ser periodista es ser Quijote.

Si por el camino has errado, bendecirás si estás a tiempo de enmendar unas líneas. Si te equivocas, querrás cavar la tumba con tus manos… pero nadie te salvará ni eres salvable: ya habrás publicado tus errores: recuerda, eres periodista.

Si a la salida de un concierto o de un estadio, de lo épico o lo íntimo, después de la conferencia o el brindis, te toca sentarte frente a un micrófono o el teclado, te hallas en la mismísima antesala del infierno o la consagración… No escaparás.

A los pocos minutos, al día siguiente, unos querrán conocerte, darte la mano. Y otros querrán crucificarte.

Si llegan loas, deja pasar las nubes –recuerda a Matías Pérez y su globo nunca hallado-. No te calces los guantes si discrepan.

Nunca olvides que cada pensamiento vale oro, que a la diversidad ha de rendirse culto, que ellos no pueden multiplicar sus opiniones… y tú, tú eres periodista.

Paciencia, cuando algunos te hagan volver una vez y otra; porque justo ahora están muy ocupados. ¡Caramba, con esas preguntas… y a estas horas!.

Las dilaciones son puertas cerradas, que unas se abren y otras… hay que derribarlas.

Entrevistar es beber de un suspiro el aliento de una vida. Y te asomarás, te sumergirás en muchas, hasta mejorar la tuya propia.

Ser periodista es ser niño, con los ojos de asombro siempre abiertos.

Y tener voz, no ser vocero.

Sin embargo, después de quince años de trabajo, estoy averiguando aún que es ser periodista…

Mientras tanto, me veo –sujetándome el pecho con las manos- ante unos seres marcados por un zarpazo del destino, en sus cunas minúsculas. Y no alcanzo.

Acompaño casi en la madrugada al actor Adolfo Llauradó, sin saber que aquella conversación desoladora, será la última.

Subo a lomo de mulos a La Escondida de La Virgen -el nombre lo dice todo-, para saber que en pleno siglo veintiuno, todavía hay quien tiene el alma limpia como el arroyo de la Sierra.

Veo caer de rodillas a medio mundo bajo el sombrero de Compay, y bebo un trago irrepetible brindado por sus manos.

Llevo un lirio a la vedette de Cuba para descubrir en La Habana, la de verdes y de grises, a la persona detrás de los encajes.

Beso a una reina, le pido una canción sólo para mí, la escucho desgranarla…. ¡Duele, mucho…! Elena

Caimanera. Base Naval. Guantánamo Traspaso la barrera y los prismáticos: el mástil de barras y de estrellas se hunde como una ponzoña.

Siento el frío templado del río Bío Bío y el legado de Caupolicán cuando escucho los poemas de una india mapuche, cuyo nombre como en los viejos tiempos, Ryen Kvyeh, significa Luna de los primeros brotes.

Abrazo a la anciana Gardenia, porque no tengo otra cosa que darle, y ensayo explicaciones para su canasta milenaria al borde del abismo, para esos granos de fuego, para sus manos como las montañas.

La ciudad abre la puerta, cuando José Soler Puig, el novelista mayor, me invita: hay un olor a pan dormido y a honradez.

Sigo las huellas de La Lupe, intento destejer una vida, un ciclón que llegó del barrio olvidado de San Pedrito a la fama universal.

Trato de detener las palabras del Nobel de Aracataca contra las soledades y los cien años; pero Macondo me hala.

Me sostengo, cuando el pintor Marcos Pavón demuestra con los labios, con los dientes que puede pintarse la esperanza… después de la poliomielitis.

Estoy a unos centímetros del récord mundial, y piso fuerte. Alzo los brazos ante la eternidad, sostengo la respiración, salto… Salto para apretar las manos de un campeón, Javier Sotomayor.

Cruzo la alfombra de pinos, la cancela, para encontrar a Dulce -la amante de un faraón niño-, a María -la del clavel de trapo-. Es Cuba quien me recibe.

Estrecho a un enfermo de ese virus letal. Las palabras no se sujetan al papel: fue como intentar saltar un abismo y no encontrar la otra pared. Su revelación, es una pedrada.

Me interrogo…. ante aquel domador de fieras que se abre la camisa al cuerpo cruzado de costuras, y aún observa con ternura a los leones.

Asisto al vuelo de Fénix, el de Ana Fidelia Quirot, rebusco para hallarle un destello al camino, del bisturí y los algodones al oro mundial.

Ser periodista es hacer el amor con las palabras.

Y no importa si vas de agenda o grabadora, o de manos vacías; si vas a un funeral o un homenaje, si vas de bailador o de doliente; si has decidido hoy mismo dejar el mundo atrás.

Ser periodista es serlo con las vísceras.

Un periodista nunca está de vacaciones. La realidad te dará el campanazo… porque has perdido tu nombre para siempre, porque has ganado todo, porque antes ya no existe…

Tú eres y serás un periodista.