domingo, 15 de febrero de 2015

DE CÓMO UN LIBRO salvó un capítulo de la cultura cubana



Reinaldo Cedeño Pineda 
Fotos: Cortesía del entrevistado

Hablo de Mito, verdad y retablo: El Guiñol de los hermanos Camejo y Pepe Carril, volumen de Ediciones Unión escrito a dos manos, entre Rubén Darío y Norge Espinosa.
  
   Este libro no puede dejarse una vez abierto. No puede cerrarse una vez leído. Te ilumina, te tuerce. Te sumerge en esa “trinidad mayor para la escena nacional” que fundó el Teatro Nacional de Guiñol, que dio carne y savia a Pelusín del Monte, considerado el títere nacional y pedido expresamente a Dora Alonso, que deslumbró a la Isla y llevó su lumbre más allá.

   Mito, verdad y retablo: El Guiñol de los hermanos Camejo y Pepe Carril, te hace vivir, con sus hallazgos y caídas, las circunstancias que rodearon la creación artística en Cuba durante la eclosión de los sesenta, en el desfiladero de los setenta. Y al apartar las sombras, definitivamente,  se convierte también  en un libro sanador.



(Ruben Darío Salazar, un artista infatigable de la escena cubana)

 Uno de sus autores, Rubén Darío Salazar Taquechel  (Santiago de Cuba, 1963), ha llevado el arte cubano por varios continentes.  Su currículo es inabarcable. Tan solo en años recientes, mereció la Placa Avellaneda y el  Premio Especial Omar Valdés, ambas por la obra de la vida. En 2014, la obra Cuento de amor en un barrio barroco  de Teatro de las Estaciones ―colectivo que encabeza desde su creación en 1994—, mereció el premio Villanueva de la crítica  y el Caricato (UNEAC) a la mejor puesta en escena.

  Director artístico, actor, titiritero, investigador teatral y profesor de teatro ―radicado hace años en Matanzas—; Rubén Darío es sobre todo un espíritu infatigable. Este encuentro no podía dejar de ser.

¿Cuál es la génesis del  libro y qué circunstancias rodearon su realización?

Es importante cuanto te dedicas a una profesión o a un oficio, tener bien claro que esa elección no ha sido un capricho, sino una decisión consciente y necesaria: en mi caso, una decisión  además enamorada. Crecí frente al Guiñol de Santiago de Cuba: entrar a la salita de la calle San Basilio era llegar al castillo de los sueños.

   Cuando me gradué como actor en el Instituto Superior de Arte de La Habana, en 1987, supe que lo mío serían los títeres y no por ausencia de opciones en el teatro para adultos —con presencia en vivo, como dicen algunos, como si los titiriteros actuáramos en muerto—, sino porque era lo que me interesaba y me interesa.

   Me fui a Matanzas, allí estaba Teatro Papalote, un grupo de referencia nacional e internacional. En gira con esa agrupación por Francia, participando del Festival Mundial de Títeres de Charleville-Mezierez, me encontré con la maestra titiritera rumana Margareta Niculescu. Ella introdujo en el diálogo el nombre de los hermanos Camejo y Carril: los conocía desde los años 60, cuando pasaron con el Teatro Nacional de Guiñol por Rumanía.

   Mi cabeza empezó a dar vueltas como una noria incontrolable. Conocía esos nombres como quien ha leído sobre algo histórico, mencionados en una clase o un seminario teórico; pero sin tener juicio del valor verdadero de esos nombres que aún palpitaban en la memoria de personalidades internacionales. Desconocía que sus significados me harían entender tantos hitos, lagunas y silencios. Era 1991, y no más llegar a Cuba, me propuse que esa sería mi tarea principal, adjunta a mi labor como actor, conocer, indagar, escudriñar en nuestro linaje titiritero nacional.

   No tenía ni idea de lo que hallaría, es más no fue nada fácil. Sobre esos nombres imprescindibles, aparte del silencio, había mucha gente acomodada y temerosa, que prefería ese mutismo, esa casi total ignorancia respecto a un legado luminoso y definitorio para la historia del teatro cubano todo.

Después de tanta obra sacada a flote, escarbada, exhumada de boletines, álbumes y memorias… ¿Cuál es a tu entender el principal aporte de este trío increíble al Teatro Guiñol, las Artes Escénicas y la cultura cubana?

La obra inconmensurable de los hermanos Camejo y de Pepe Carril, junto a su increíble equipo de actores titiriteros, realizadores, técnicos y asesores, abarca desde el período iniciático de 1949 hasta los años 80. Carril se suma a ellos en 1956, aunque ya hacía títeres en Mayarí desde 1952, o antes. Ellos marcan un antes y un después en la historia teatral cubana y de Las Américas. 



Carucha, Bertica  y Pepe Camejo. Debajo Pepe Carril, en los cincuenta)

   Uno de nuestros entrevistados, el genial caricaturista, dibujante y grabador José Luis Posada —quien trabajó como diseñador escenográfico con ellos—, decía que el teatro cubano de títeres era ADC y DDC, igual que la definición de tiempo que se refiere a Jesús Cristo, tienen la misma letra inicial, Antes de los Camejo y Después de los Camejo. Así de contundente.

   El rescate y promoción  de lo más auténtico de la cultura cubana resultó una labor formidable, viniera de la cultura campesina como Pelusín del Monte —creado por la inolvidable Dora Alonso—, o de las influencias africanas a través de las investigaciones de Lidya Cabrera, Miguel Barnet o Rogelio Martínez Furé; pasando por las aportaciones musicales de autores como Leo Brouwer, Marta Valdés, Olga de Blanck o Héctor Angulo, por solo mencionar algunos nombres.

    La búsqueda de una imagen plástica diferente ―vuelvo a Posada, menciono a Raúl Martínez—, de textos cubanísimos creados para ellos por Abelardo Estorino o José Ramón Brene; la recreación titiritera para niños y adultos, sin prejuicios, de obras musicales y literarias internacionales firmadas por Debussy, Prokofiev, Valle Inclán, Tagore, Fernando de Rojas, Giradoux, Alfred Jarry, Maiakovski. Lorca o Saint-Exupery; la expresividad danzaria de coreógrafos como Guido González del Valle e Iván Tenorio… todo eso  los definen como pioneros de una vanguardia innegable en nuestro panorama, hacedores de un arte aplaudido y admirado en la Isla y fuera de ella.

   Ellos lograron una altura en el género que hoy todavía perseguimos como algo inalcanzable; pero nuestro, y es orgullo de esta nación. En los momentos esplendorosos de su trabajo, la gente de la cultura decía que en Cuba estaban los Alonso, los Revuelta y los Camejo.

Un libro a dos manos suele ser un reto formidable. ¿Cuál fue la estrategia seguida por ti,  y por un crítico, poeta y dramaturgo como  Norge Espinosa?  ¿Dónde hallaron los vasos comunicantes, y como vencieron los puntos de desencuentros?

Desde 1999 comenzamos la investigación de campo, basada en entrevistas y testimonios personales de testigos de primera mano. La pesquisa  en libros y revistas comenzó un poco antes, fui ayudado por la sensibilidad e interés en los títeres de mi colega y amiga Yanisbel Victoria Martínez. Ella se fue a estudiar al Instituto Internacional de Títeres de Charleville-Mezieres, Francia, y desde allá siguió colaborando; pero ya no era lo mismo, quedaba aquí mucho por indagar y descubrir.




(Ruben Darío y Carucha Camejo en Nueva York en 2000)

  El maestro titiritero villareño Allán Alfonso me dio las coordenadas para llegar hasta Carucha Camejo que vivía en Nueva York. La familia Beltrán-Camejo, de Cuba, se convirtió en una aliada maravillosa para conseguir el libro que todos conocen. Hoy esa familia que permanece en Cuba es mi familia, también los que siguen fuera, por motivos más fuertes que los consanguíneos. Razones que responden a la exposición de un patrimonio que nos pertenece, demasiado tiempo a la sombra, a la espera de una oportunidad como esta.

   Norge Espinosa, no solo mi colega, sino mi amigo y el hermano que no tengo; se ofreció para seguir conmigo en la investigación. Ambos vivimos entrevistas sustanciosas y reveladoras: Le agradezco confiar en mí, acompañarme con su sapiencia y especiales dotes para la escritura a conformar una publicación que nos hizo  más felices que desgraciados. Tuvimos que escuchar no pocos testimonios durísimos, que hablaban de injusticia, extremismo y olvido; cotejar luego su realidad con documentos que existen, que hablan de momentos muy difíciles para la cultura nacional.

   No tuvimos puntos de desencuentros, una obra como esta, ha de crecer en la comunión de ideas, en el intercambio sano y sincero que huye de protagonismos inútiles para lograr objetivos como el nuestro. Norge tuvo la buenísima idea de concebir el libro como una novela, decisión que aprobé y que él completó con un panorama del país que no excluyó nada. Junto a lo artístico de todos los géneros estaban los hitos políticos y económicos que vivió nuestra patria.

Un libro como este es al unísono, una fiesta, un develamiento y un dolor.  ¿Cuánto te ha dejado como ser humano y como profesional del teatro para niños? ¿Cómo interpretas a la luz de hoy, desde tu posición de artista  y de cubano, aquellos lamentables momentos de dogmatismos y censuras de los setenta que acabaron con una creación fértil  e incansable como la de los Camejo y Carril?

Intento siempre ser coherente con lo que realizo, defiendo y adoro. No me dediqué al teatro de figuras solo para montar espectáculos y recibir aplausos después de la función; sino para conquistar para esta hermosísima y milenaria profesión, la dignidad necesaria; el respeto y lugar que merece por todo lo especial que la define y engrandece.

Con ese criterio como arma y escudo, me he dedicado a organizar eventos alrededor del mundo de los retablos, acciones que no se circunscriben solamente al ámbito nacional. Todos deben conocer lo que aquí se hace, nuestros orígenes, que abarcan a muchas más personalidades y grupos que los Camejo y Carril, aunque la obra de ellos fuera y sea todavía un paradigma creativo a estudiar y seguir.

   Publicar libros, armar exposiciones, talleres, seminarios, dar clases en la Universidad de las Artes sobre el universo titiritero, me completan y realizan. En ese empeño y consagración está la mano de todos esos muertos y vivos que me anteceden y me acompañan ahora mismo, con una pasión idéntica en propósitos e ilusiones. Es una herencia que llevo conmigo, como un orgullo que no tiene nada que ver con la soberbia, sino con un afán de compartir todo lo que poseo como ser humano y como artista.

   Ese es el resumen vital de un libro como Mito, verdad y retablo, también el aviso y la advertencia en letras mayúsculas de que, lo acontecido en el llamado quinquenio gris, parametración o como se le quiera definir,  es algo que no se debe repetir. El precio cultural y humano es impagable, deja heridas y vacíos tan fuertes que lindan con la desaparición de lo mejor de nuestro patrimonio cultural.

   Hay muchas formas de morir: la subvaloración, la exclusión, el silencio.  La invisibilidad en vida es una manera de agonizar que, más tarde o más temprano, reclamará la justicia necesaria. Espero que haya sido un error que no se repita nunca más, para bien de la utopía maravillosa de esta patria que soñó Martí con todos y para el bien de todos.

Acércanos a tus proyectos inmediatos, la escena, la investigación, las letras…

Soy santiaguero de nacimiento, hijo de una estirpe mambisa y sindical era que se apellida Taquechel,  es algo que me acompaña siempre como artista, el espíritu guerrero y justiciero de mis ancestros. Para mi, es esencial esa mezcla de sensibilidad y coraje, es la impronta de todos mis proyectos, sostenidos por un equipo de creación que me ayuda a completar sueños y quimeras.

   Teatro de Las Estaciones es mi otra familia, la que yo formé hace 20 años, junto mi compañero Zenén Calero. Está, llena de virtudes y defectos que asumo en cada nuevo propósito. Vivo el aquí y ahora con los ojos en el pasado y el futuro, como un vigía intranquilo, responsable de una casa que vive con las puertas y ventanas abiertas.




(Cuento de amor en un barrio barroco, de gira nacional)

 Estrenamos en 2014 dos proyectos muy diferentes, para niños Cuento de amor en un barrio barroco, una estampa musical caribeña con títeres y orquesta en vivo (Orquesta Miguel Faílde) protagonizada por la música originalísima de mi coterráneo William Vivanco, y con él como principal hacedor de una performance que apela a las hadas antillanas. El otro montaje, este para adultos, fue El irrepresentable paseo de Buster Keaton, un tributo a Federico García Lorca, a su vínculo con el surrealismo y las angustias contemporáneas de los hombres, amor, muerte, todo aderezado con objetos, artefactos, música y danza.

   En 2015, volveré sobre los pasos de Martí, y pienso en un nuevo proyecto para adultos inspirado en una conocida opera que habla de sensualidad y libertad, por tanto investigo acerca de la Edad Media, el Renacimiento y el Barroco, que es bastante, y analizo el vínculo entre los títeres y el arte lírico, algo que muchos desconocen y que tiene germen aquí en una obra escrita por Carpentier y Caturla, en 1931.

    Escribo cada viernes en “Retablo abierto”, mi columna en la revista cultural cubana La Jiribilla, y preparo un nuevo libro con la correspondencia cruzada que sostuve durante casi 10 años con Carucha Camejo. En sus cartas, Carucha me escribía siempre que no la olvidáramos, legítima aspiración para alguien que tuvo a Cuba y su teatro de títeres sentados en su pecho como eterno talismán. 

 TOMADO DE ON CUBA