lunes, 21 de diciembre de 2015

LAS COLAS NUESTRAS DE CADA DÍA




Reinaldo Cedeño Pineda

¿Cuántas colas habré hecho en mi vida? ¿Cuánto tiempo habré dejado en ellas? 
Si descorro la cortina, si viajo unos añitos atrás, me veo en la cola de la luz brillante (nadie decía queroseno o kerosene). Una cola alucinante, surrealista, donde la presencia física se combinaba con una desbordante imaginación. Una cola de luz brillante no era cosa de juego.

¡Ahí va Luisa!, te decían donde estaba el zapato viejo. ¡Eso es de Juan!, te advertían donde estaba la piedra. La gente marcaba como podía. En algún lugar de la casa ha de estar la lata y la manguera que se colgaba a mitad de la pared para que descendiera aquel líquido de olor tan fuerte y poder ablandar los frijoles. 

¿Y la carnicería? ¡Déjamele algo al hueso, Pancho!, pedía una vecina al carnicero que cortaba el producto en un tocón. ¡Me estás llevando recio!, reclamaba el otro ante el drama de la pesa. Eterno drama, inacabable drama, drama de ayer y de hoy, siempre tumbando onzas. La gente peleaba porque había demasiado pellejo en la ¡carne de res!
El folclor se desmandaba.

Se inunda la memoria con aquellas colas para comprar refrescos. ¡Qué digo colas, verdaderas refriegas! Aquellas de botellas, veinticuatro botellas en cajas de madera o de  plástico. Las estoy mirando. Todavía las latas no habían entrado en la popularidad por estos lares.

Ni hablar de las guaguas. Ya lo he dicho alguna vez. Ninjas y corsarios se unían a las personas que reclamaban a voz en cuello, agónicos y perseverantes: ¡Respeten la cola! Los carteristas y los frotadores, hacían su agosto ¿O el verbo debe ir en presente? 

Si se trataba de rutas rumbo a las playas, era harina de otro costal. Fueron necesarias barreras metálicas, tubos, algo que contuviera las colas playeras, la tropa semidesnuda, el tumulto.  Cuento la experiencia de un cubanito de a pie, naturalmente.

Cuando la cosa traspasaba las fronteras de la localidad, muchas veces había que rectificar la cola. Algunos vivían de eso, sacaron su filón. ¿Cuántos habrán vivido de esas colas? Se rectificaba  la cantidad de veces que fuera necesario. Las doce de la noche, por ejemplo, era una de las horas favoritas.  Y si faltabas,  sorry, te quedabas…

No todo era negativo, visto con buena voluntad. En esas colas también podrías hacer amistades, hasta lograr algo más. A través de los años, las colas han sido espacios de obligada socialización.

La cola de los juguetes. ¡Qué manera de pegarse al cristal buscando el nombre en la lista!  A ver si la suerte te había tocado, si por Dios habías alcanzado  un número bajito!. Unos juguetes los podías escoger tú,  y otros te los asignaban de manera dirigida. 


Recuerdo que deseaba una bicicleta, pero mi número era tan alto… que no había esperanza alguna.  Mi sorpresa fue mayúscula  cuando vi aparecer a mi madre  con el ciclo soñado. Mi abrazo fue tan fuerte que le saqué el aire, que le saqué las lágrimas. Había desembolsado un dinero extra una cifra que ahora sería risible, había convencido a alguien de la cola para que le cediera el tique mayor. 
Esa bicicleta, con sus años y todo, la regalé hace un tiempo a un niño al que solo he visto arrastrar carritos de plástico de los que venden en cualquier catre. Me devolvió aquel abrazo que me sacó el aire, que me sacó lágrimas.
Recuerdo una cola para comprarme unos zapatos que quería estrenar el año nuevo. Todavía no sé cómo me hirieron en el párpado. Aquel adolescente que empezaba a presumir, se juró no hacer más colas. Una promesa que, claro, duró bien poco.  
No he hablado de las colas para las hamburguesas en la crisis más terrible de los noventa que noblemente se dio en llamar “período especial” Por lo que cuento sabrán que paso de los cuarenta y….
Muchas circunstancias han pasado, por suerte y por esfuerzo. Otras persisten, se aferran. Y aparecen nuevas colas.
Colas para turnos médicos, para comprar sellos, para las balitas de gas, para las papas, para el pollo. Y para los archivos, para las “cajitas” de  la televisión, para las nuevas cocinas, para los bancos… 
Algunos bancos tienen un infinito repertorio de pretextos para recortar sus horarios y recortar las colas. Y educadamente, te dan las gracias por las molestias que puedan ocasionar. 
A fines de 2015, viví la cola para entrar al Yara, al Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, para ver El acompañante. Nutrida, pero rápida. Al fin, una cola estimulante.
 Unas semanas atrás, sufrí una cola para sacar un nuevo carné de identidad. Nadie imagina como lo cuido. Nunca más va a parar a la lavadora. Tuve que dormir frente a la oficina, junto a personas envueltas en nylon, en sábanas, para resistir el sereno y los mosquitos. Luego vendrían los diferentes pasos del proceso. Fueron trece horas.
Porque siempre te aguarda una cola. En el recuerdo o en el presente. Cuando se trata de colas, nunca es suficiente.

1 comentario:

Jacqueline FERRATON dijo...

Qué buena tu crònica de las colas; Me encanta. La comparto en mi Facebook.