lunes, 15 de septiembre de 2014

EL DÍA QUE FUI GARCÍA MÁRQUEZ: Yandrey Lay Fabregat / MENCIÓN ESPECIAL del III Concurso Caridad Pineda In Memoriam



Yandrey Lay Fabregat

Corría el año 2002 y era una mañana fría de febrero o quizás marzo. Unos 300 estudiantes nos reunimos en la Universidad de Las Villas para hacer la prueba de aptitud de periodismo. Antes de comenzar el examen de conocimientos generales, yo levanté la mano y pregunté: «¿Aquí quitan puntos por los errores ortográficos?». La profesora que presidía nuestra aula, después supe que se llamaba Mercedes Rodríguez, dijo: «Por supuesto, ¿quién ha visto un periodista con faltas de ortografía?».

   Por aquella época yo era un muchacho pedante e irreverente, defectos que aún no he superado en su totalidad. Había ido a hacer la prueba de aptitud por puro excentricismo, ya que mis intereses reales estaban por el área de la Química y las ciencias puras. La respuesta de la que yo sabía una conocida profesional me encendió la sangre y el deseo de iniciar una controversia. Mientras tanto, el resto de los estudiantes ocupaba su tiempo en escuchar el desafío verbal y, sobre todo, en responder las cien preguntas del examen.
«Mire —le dije a Mercedes— García Márquez es un novelista famoso y dicen que escribe con muchas faltas de ortografía. Tiene más de 20 correctores y para resolver su problema le ha planteado a la Academia de la Lengua Española que elimine las letras h, v, ch y ll. Incluso —agregué para dar el “puntillazo”—, hay quien dice que el mismísimo Fidel Castro le cogió bastantes errores ortográficos en uno de los manuscritos que le dio a revisar».

   Mercedes Rodríguez, los que la conocen podrán decir que es una mujer de «lengua dura», me contestó con una sonrisa irónica: «Está bien, pero tú no eres el García Márquez» y dio la discusión por zanjada. «Bueno —yo en aquel tiempo no me quedaba callado ante nadie y le riposté con todo el convencimiento del mundo— García Márquez es Premio Nobel y si él no da el ejemplo, ¿por qué tengo que hacerlo yo?».

Muy bien, García Márquez

Recuerdo, no sé si ahora todavía sucede así, que en ese entonces los aspirantes firmaban la prueba con dos números: el del carné de identidad y otro que se le entregaba a cada uno antes de iniciar el examen. A mí me tocó el 45, pero como soy una especie de supersticioso al estilo pitagórico comencé a sacar cuentas: era un número divisible por tres, por cinco, por nueve, por 15 y que vuelto al revés daba el 54, que a su vez era divisible por dos, por tres, por seis, por nueve, por 18, por 27, y así hasta nunca parar. Finalmente, en la prueba no puse el 45 original sino el 54, quizás porque me parecía un número más bonito, de mejor augurio, y en realidad porque al terminar las cien preguntas, una hora más tarde, ya yo no sabía dónde estaba la a y dónde la z en el abecedario.

   Tuvo que pasar otra hora para que yo me diera cuenta del error que había cometido. Uno de los profesores me sugirió que fuera a ver a Marelys Concepción, miembro del tribunal de calificación, y en aquel entonces subdirectora del periódico Vanguardia. Marelys me informó que revisarían mi prueba para comprobar lo que yo decía. Después me miró fijo a los ojos y dijo: «Espabílate, muchacho, que así no vas a ser periodista, ni nada».

   Ese primer examen lo aprobaron unos 20 estudiantes. A la hora de dar los resultados, mencionaron a todos los que habían pasado y dijeron: «Ya se terminó, esos son los que estarán en la otra ronda». Como mi nombre no se encontraba en la lista que acababan de leer, salí caminando hacia la salida de la universidad. Entonces alguien alzó la voz y dijo: «Hay otro aprobado, tiene el número 54». La muchachita que tenía el 54 verdadero fue allí y mostró su carné de identidad. Yo, que no lo había traído, lo dije en voz alta. Así fue que Marelys, otra vez Marelys, dijo, señalando para mí: «El tuyo es el correcto, ponte en fila que sigues en competencia». Entonces Mercedes Rodríguez se acercó por detrás, me tocó por el hombro y con una sonrisa de medio lado, exclamó: «Muy bien, García Márquez».

   Durante aquel largo día fui García Márquez y como el novelista colombiano tuve que sacar fantasía y precisión para pasar las pruebas. Casi a las diez de la noche, cuando solo quedábamos unos pocos, Mercedes Rodríguez se sentó con nosotros y contó la historia de la vez que conoció al García Márquez verdadero y cómo le dijo que a Cien años de soledad le sobraban cincuenta páginas: «Yo no sabía que era él —explicó la veterana periodista— y se lo dije. Estábamos en el periódico Vanguardia y él me prometió: “No se preocupe, jovencita, la próxima vez que yo escriba Cien años de soledad, en honor a usted le quitaré esas cincuenta páginas”».

   Finalmente aprobé la prueba de aptitud y, como a veces uno se queda con lo último que llega, cambié la Química por el Periodismo. Pasé un año en el servicio militar, alejado de los libros. Cuando llegué a la universidad, mi primera clase fue la de Periodismo Impreso. Al entrar al aula, Mercedes Rodríguez estaba ya sobre el estrado. Apenas me vio, dijo: «Pase y siéntese García Márquez, que ahora usted es alumno mío».

Al libro, ¿le sobran cincuenta páginas?

Cuando le dije a mi futura profesora que García Márquez era un gran escritor con faltas de ortografía, El amor en los tiempos del cólera estaba ya entre mis libros preferidos. Lo había leído a los 15 años y desde el principio me pareció, como lo calificaría su propio autor, un bolero de 600 páginas. Tanto me conmovió su historia que el día que una muchacha no me quiso más, le escribí: 

   «Te quiero, no puedo vivir sin ti. Dime qué tengo que hacer para que me quieras. Estoy dispuesto a compartirte con otro hombre, a ser el segundo, a humillarme, a dejar la literatura, a crearte un mundo para ti sola. Yo no soy nada si tú no me quieres. Dime qué tengo que hacer para que me quieras. Te lo prometo todo. Y si al final no hay ninguna esperanza, porque puede ser que no haya ninguna esperanza, yo voy a esperar, voy a esperar en las sombras, cerca de ti. Voy a estar a tu lado cuando seas esposa, cuando seas madre, cuando te sientas sola. Voy a esperar un breve error, un desmayo. Y voy a estar a tu lado para apoyarte, para ganarme tu cariño. Voy a esperar por la mujer que quiero hasta que tenga ochenta años o hasta que me muera. Voy a esperarte siempre. Yo no tengo miedo de ser Florentino Ariza. Esta vez la realidad copiará a la literatura».

   La muchacha, por supuesto, no volvió nunca, no quiso saber más de mí. Creo que fue ese el tiempo de mi manía por el boom y el postboom latinoamericano. Leí de un tirón a Rulfo, a Sábato, lo que pude encontrar de Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Manuel Puig y a Juan Carlos Onetti. Y claro, releí Cien años de soledad, un libro capaz de iluminar hasta el amor más desgraciado.

   He consultado diversas críticas sobre él, pero la que más me ha impresionado fue la de una simple lectora, quien dijo: «Es el libro que uno lee despacito para que nunca se le acabe». Con esta novela García Márquez logró resucitar, en el siglo de la incredulidad, esa antigua magia que convertía a los grandes escritores en éxitos de venta, como en el caso de Charles Dickens y Honoré de Balzac.

   Sin embargo, tal parece que Mercedes tenía cierta razón cuando afirmó que a Cien años de soledad le sobraban cincuenta páginas. Jorge Luis Borges declaró que la primera parte de la novela le parecía superior a la última. La entrevista que cito ocurrió en 1982, justo por los días en que al Gabo le dieron el Premio Nobel de Literatura. Borges debía sentirse resentido al ver que el galardón lo había esquivado de nuevo y no solo eso, sino que había ido a parar a manos de un candidato más joven.

   Cuenta Volodia Teitelboim, en su volumen Los dos Borges, que a pesar de estas razones el escritor argentino exclamó: «Es la mejor elección que podía hacer la Academia Sueca». Entre sus varios comentarios acerca de Cien años de soledad dijo que le parecía un libro difícil de definir, aunque indudablemente era algo original, carente de antepasados y que, sobre todo, estaba por encima de cualquier escuela. No sé si García Márquez leyó alguna vez estas palabras, pero si lo hizo debió haberse sentido muy orgulloso porque Borges había detenido su percepción de la literatura latinoamericana en los tiempos de Alfonso Reyes y Leopoldo Lugones, e insistía en ignorar a los escritores del boom, entre ellos al mismísimo Mario Vargas Llosa.
La piedra filosofal
Al pasar los años cambié la manía de leer por la de escribir, como sucede ocasionalmente, y en el camino fui encontrando más puntos de contacto entre el escritor colombiano y yo. Nos unía la intención de trasformar la palabra escrita en palabra hablada, un milagro que solo pocos escritores han logrado llevar a buen término: el mejor William Faulkner, Jorge Luis Borges, el propio García Márquez y J. M. Coetzee, el sudafricano «raro» que estudió matemáticas y literatura inglesa a la misma vez.

   Quizás por eso, la primera vez que me senté en una computadora portátil, en el tiempo que esta tecnología era rara en nuestro país, le pregunté al dueño de la máquina si me permitía introducir unas líneas en el procesador de texto. Me dijo que sí y, ante su asombro, escribí con rapidez: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo». El hombre, lógicamente, me preguntó por qué lo había hecho, por qué elegir precisamente el inicio de Cien años de soledad. «Esta —le dije y señalé para el laptop— es la pluma del escritor de nuestros días. La primera vez que me sentara en uno yo quería escribir algo que valiera la pena y no creo que haya en la literatura universal otra frase como esta que acabo de escribir».

   De esa anécdota han pasado algunos años. Durante ellos he aprendido que el mejor libro no es el que se lee con los ojos, sino con el oído, y que para escribirlo uno debe poner en práctica ciertas maniobras. Alternar el tamaño de las oraciones: una corta, una larga, otra corta. Hacer lo mismo con los párrafos. Introducir las apoyaturas características de la narración oral para favorecer el ritmo del texto. Al mismo tiempo se deben evitar los neologismos, los barbarismos o cualquier palabra rara que pueda perturbar su fluidez. Eso y pensar, como Borges, «que las arduas cacofonías que tanto alarmaron a Flaubert son meras supersticiones visuales: debilidades y molestias de la palabra escrita, no de la palabra sonora».

   También es aconsejable olvidarse de vanguardias, retaguardias y de cualquier confusión de la cultura con la política cultural. Aceptar que la técnica nunca debe ser la protagonista, sino la armazón interna de la historia. Y que el peso de cualquier narración reside en su argumento, el cual debe tener orientación alegórica o tratar cuestiones de vida o muerte. Como el de un grupo de eruditos que se reúnen para inventar un mundo ficcional o el de una familia que viaja por el desierto llevando sobre una carreta el cadáver de su madre.

   Confío que, con el tiempo, podré invocar estos hechizos con la misma precisión que los hombres que considero mis maestros. Por ahora tengo que conformarme con observar desde las gradas el resultado de su batalla para dominar la palabra escrita. A veces ejecuto algún encantamiento menor, pero son una pálida imagen de lo que ellos hubieran podido lograr.

   Porque no es suficiente con saber cómo se puede seducir a la gente. También hace falta habilidad para no echar los pulmones en el intento. El secreto está en pulir cada adjetivo, cada sentencia, sin que se vea de dónde uno saca los ases. Si es posible hay que hacer igual que estos grandes ilusionistas: usar un smoking sin mangas. Lo otro es no tenerle miedo al lector. Golpearlo fuerte: jab de izquierda al rostro, gancho al estómago. Cuando despierte del knock out, el lector lo agradecerá. En definitiva, uno le ha hecho desmayarse de placer.

♣ ESTE  trabajo se acreditó además el premio la Universidad de Oriente, el del Centro Cultural y de Animación Misionera San Antonio María Claret, por lo que será publicado en revista VIÑA JOVEN y el premio del Proyecto Aula Taller de Poesía que encabeza el poeta Reynaldo García Blanco.  

♣ Ver TODOS los premios, menciones y finalistas del  III Concurso Caridad Pineda In Memoriam de Promoción de la Lectura. Marque:
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