miércoles, 21 de enero de 2015

LA UNIVERSIDAD DE ORIENTE: Legado y Tradición



POR Rodolfo Tamayo Castellanos

La Universidad de Oriente vive un nuevo año, y con él nuevas aptitudes y nuevas esperanzas. Algunos ya no están, otros estuvieron de paso, hay quien queda por siempre. Bajo la luz providencial de la lectura del Ariel, de José Enrique Rodó, vienen a la mente un cúmulo de imágenes, toda la ruta de un sueño hecho realidad desde 1947, un espíritu fundacional y un punto actual que no deja de suponer algunos aciertos, pero también algunas interrogantes. Pienso en aquella necesidad de salvar la cultura –en su concepto más amplio- de una Nación, de un territorio, de una institución; salvarnos a nosotros mismos de la desmemoria.

El Ariel es un libro de pensamiento, y es mucho más, es el espíritu de una América, de una época, una influencia que ha dado miles de graduados durante más de cincuenta años en nuestra “Casa de Altos Estudios”. Ariel representaba el genio el aire, la parte noble y alada del espíritu, el imperio de la razón y el sentimiento, el entusiasmo generoso, la vivacidad, la gracia, la inteligencia, la espiritualidad de la cultura, el ideal al que asciende la humanidad, en contraposición con los bajos estímulos, la ignorancia y la irracionalidad. Precisamente el Ariel fue la figura escogida, por quienes hicieron posible el sueño de la Universidad de Oriente, para ser el “alma mater”. Fue un proyecto que lamentablemente nunca se llevó a cabo; sin embargo nos devela los ideales bajo los cuales se formó nuestra universidad.

Bajo la impronta de este espíritu se llevó a cabo el proceso de renovación literaria-modernista en nuestro país; también un grupo de profesores e intelectuales –entre los que se hallaba Prat Puig- echó a andar una universidad diferente, una universidad de Ciencia y Conciencia. Quizá a la luz de estos días estas palabras hayan perdido un tanto su fuerza, entre una parte de la juventud más interesada en lo urgente y cierto facilismo. Quizá sea utópica la intención de Rodó de buscar mover el espíritu de esa juventud (de su época) al hablarle sobre su enorme potencial, sobre cuanto se podría lograr con el esfuerzo oportuno. Quizá también sean utópicas las intenciones de estas palabras de moverles el pensamiento, pero considero que ese espíritu no se puede perder, no puede faltar.

Rodó expone que sin la participación activa de la juventud un pueblo sería lo contrario al noble ideal del progreso. Agrega que la juventud es el descubrimiento de un horizonte inmenso, que es la vida, y el honor de cada generación humana exige que ella se conquiste, por la perseverante actividad de su pensamiento, por el esfuerzo propio, su fe en determinada manifestación del ideal, y su puesto en la evolución de las ideas. Esas ideas difícilmente se comprenderían sin un adecuado conocimiento de la Historia o si se ignora que estaban vinculadas a la necesidad de dotar a la América de un sentimiento común, de un ideal profundamente humanista, en momentos en los que las apetencias imperiales ya minaban el sueño de construir la “Gran América”, la nuestra.

En un trabajo publicado en el boletín Puentes, correspondiente a los meses de septiembre-octubre del 2011, el profesor Rafael Borges Betancourt, refiriéndose a la imagen del Ariel y al período fundacional de nuestra universidad nos dice:

Todo el porvenir está virtualmente en esa obra y todo lo que pudiera resultar en la interpretación de nuestro pasado, al descifrar la historia y difundirla; en las orientaciones del presente, política internacional, espíritu de la educación, tienda de alguna manera a contrariar esa obra, o a retardar su definitivo cumplimiento, será error y germen de males; todo lo que tienda a favorecerla y avivarla, será infalible y eficiente verdad. (1)

Y pienso hasta qué punto seguimos aquellos ideales fundacionales, hasta qué punto preservamos nuestra memoria y la fuerza de las tradiciones de nuestra máxima institución educacional, hasta qué punto hemos dejado de ser aquella universidad, aquel estudiantado que promovía el debate más allá de un evento, que era capaz de indagar, cuestionar –incluso lo asumido como la verdad o versión definitiva de los profesores, y espero que eso no sea objeto de alarma, pues sólo debe preocupar a quien honesta seguro de sus conocimientos o de aquella sinceridad de que no tiene por qué saberlo todo-, y conformar sus propia verdad, su propio conocimiento a través de la búsqueda y el intercambio respetuoso.

Me pregunto hasta qué punto hemos cedido el terreno si tanto profesores como estudiantes y trabajadores (me atrevo asegurar en buena medida)  desconocen la Historia de la Universidad de Oriente, desconocen sus sitios fundacionales, históricos, sagrados o de arraigada tradición cultural. Me pregunto, además, hasta qué punto desconocen los ideales que promovía el Ariel la obra misma de José Enrique Rodó o el sentido que intentaron impregnarle cuando crearon la institución aquellas figuras del pasado (si acaso conocen quienes fueron esas figuras del pasado, por no decir que no hemos propiciado las suficientes posibilidades para que las conozcan). Y finalmente, hasta qué punto hemos preservado –mediante el desconocimiento o no- el legado de nuestro pasado. No se trata de que no haber hecho nada o de que se ha hecho poco, se trata de hacerlo mejor, y eso es responsabilidad de todos, principalmente de quienes llevamos sobre los hombros la labor formativa. Ahora mismo siento el temor de que estas palabras no lleguen a las personas necesarias para ser escuchadas, para ser devueltas en acciones concretas sobre aquellos espíritus que permanecen dormidos, porque yo, como Rodó, también considero que cada cual es responsable de su acción y de su tiempo.

A todo esto me llevó la lectura del Ariel, un libro que buena parte de los universitarios desconocen (bastaría una simple encuesta sin previo aviso). El Ariel fue el espíritu que nos hizo a irradiar luz desde 1947, nos llevó al enfrentamiento contra la tiranía de Batista; su espíritu nos trajo hasta acá. Y para que tampoco se pierdan las palabras del profesor Borges les reitero la idea de que aquello que tienda de alguna manera a contrariar esa obra, o a retardar su definitivo cumplimiento, será error y germen de males. Sin embargo no es tiempo para ser apocalíptico, les ofrezco estas manos y estas palabras, no como arma blanca que los hiere, sino como tributo y fe en un tiempo futuro cada vez mejor, y no por futuro tiene que ser lejano.

NOTA 1: Ver Boletín Puentes, año 2, No. 8-9, septiembre-octubre, 2011, p. 15.