domingo, 3 de agosto de 2014

El “asilo político”, ANTONIO PACHECO y el Ajuste Cubano



Por Cuscó Tarradell

El escándalo crece por la sombra de lo insospechado. Han pasado las primeras conmociones por la noticia de Pacheco. La han compartido miles de veces en la red las 3 caras del Facebook: los patriotas, los divergentes, los sin rostros. Quizás, como en ningún tiempo de la Internet, los curiosos se han estimulado a poner en Google el nombre del ex pelotero cubano. Ahora buscan su entrevista. Después habrá razones para otros. Pero éste es Antonio Pacheco Massó. 


Muchos han sacado sus crudezas más oscuras, gala de injurias con twists y comentarios en la red; otros han portado la reseña digital a casa, impresión doblada en un bolsillo o maletín discreto hacia la luz, va saliendo a voces en el barrio; y algunos, todavía necesitan alardear de indiferencia. 


Corren los porqués sobre la figura. Mas, sólo he querido ser sensato con mi alma de periodista, mientras las ocho patas humanas de una mesa de dominó en Cuba se inclinan y se acomodan, porque no reposa el acontecimiento.  


¿Por qué tramita Antonio Pacheco el estatus de asilado político? ¿Fue un hecho imprudente?


El asilo político -funcional en varios países- es una ley adoptada por el Congreso de Estados Unidos, aunque primero fue una regulación de las Naciones Unidas. Curiosamente la primera interpelación para solicitarlo es el miedo: a ser torturado, asesinado, encarcelado por conceptos políticos, marginado de derechos civiles, o temor a que pueda ser invadida la privacidad personal en su país de origen. 


Antonio Pacheco Massó jamás se escondió en Cuba. Las arterias de cualquier ciudad le abrían paso con la cortesía de un saludo popular: una mano extendida, una sonrisa de compañía, un beso al aire de mujer, o un murmullo indiscreto: “ahí va el capitán de capitanes”. Sin llevar carteles visibles, su auto moderno -comparándolo con los habituales que circulan en el país- tenía un 'VÍA LIBRE PERMANENTE'. Su fama le era leyenda rentable. Lo único que nunca tuvo Pacheco fue un padrino en la Comisión Nacional de Béisbol. 

Se acabó el mutis de Pacheco. Ha dicho públicamente en Tampa durante una entrevista: […] “De política no quiero hablar. No soy político. Lo mío es la pelota y enseñar. Vengo a trabajar acá, a enseñar y a vivir”. 


¿Dónde está el patrón de persecución que ampara  a un legítimo asilo político? 


Su opinión esquiva a la publicidad política. No pertenecía el memorable veterano a ninguna raza, nacionalidad, religión, ni grupo social en persecución. 


No es el caso, por ejemplo, de los periodistas mexicanos que llegan a la frontera solicitando refugio político con evidencias de hostigamiento y amenazas reales a su existencia y a las de su familia por patronos del poder. A pesar de ello, algunos han sido denegados por oficiales de inmigración estadounidenses y han pagado con sus vidas en Tierra del Sol. En los últimos 12 años han desaparecido o asesinado, a más de 130 reporteros de prensa en México. 



Los cubanos que se encuentran físicamente en una frontera de los Estados Unidos, aunque no hayan realizado un acceso legal, incluso algunos de los que se detienen en aguas norteamericanas, las leyes vigentes les permiten solicitar asilo, bajo la Sección 208 (a) del Acta de Inmigración y Nacionalidad (INA). Ya sabemos que nadie hostigaba o espiaba en Cuba al prestigioso ex jugador; pero, la apología del 'asilo político' descansa en la concepción de una administración norteamericana que no reconoce como gobierno democrático al establecido en Cuba desde el año 1959.  

Por el momento, Pacheco Massó ha recibido una entrada condicionada, nombrada Parole, para permanecer dentro del territorio norteamericano. Con ella obtiene sellos de alimentos, seguro médico, permiso de trabajo y unos dólares para gastos domésticos. Únicamente está exento de votar en elecciones. Sólo al año y un día, de radicado en la Florida, podrá ajustar su estatus inmigratorio al de residente permanente en USA, amparado por la Ley de Ajuste Cubano (CAA): 


“Estoy pidiendo el Ajuste Cubano, como todo cubano que llega a ser sus papeles acá y estoy tratando de sacar permiso de trabajo, mi licencia de conducir y quiero aportarle a la sociedad” -enfatizó Antonio. 


Lo controversial es que después de 12 meses -cuando se obtiene la residencia norteamericana- puede volver a viajar a su país natal, aquel del que supuestamente huía. Lo han hecho miles de “ajustados cubanos” con el mismo gobierno existente en la isla por más de 50 años. 


La ley de inmigración tiene sus cráteres; la “especie cubana”, gravita en ellos. Menos mal que Cuba es pequeña y, por cada alma que abandona, todavía laten fuerte 5 corazones con un himno de 2 estrofas.  



Merece esa Ley, promulgada el 2 de noviembre de 1966, hacer su propio ajuste si quiere ser honrada ante los ojos del mundo; si, al final, admite al hombre soñador, al artista, a la gloria deportiva, al que se aparta de palabreos gubernamentales. De lo contrario, la palabra asilo siempre tendrá un apellido casi obligado. En política de orillas opuestas no se sueña con derogaciones radicales, porque uno mira en picado con cristal de aumento; el otro, alza la vista, a través de un vidrio fregado cien veces. Parece que no hay ojos empañados de ningún lado. 


La sed de lo nuevo pasa fugaz por la mente de los hombres, los impulsa. Al decir del propio protagonista de la noticia, el marcharse a vivir a la Florida no fue una determinación a priori: 


“Pusimos todo en una balanza, fue una decisión familiar y nos preguntamos: ¿Dónde es mejor estar? En Canadá, mucho frío, no era el ambiente de uno que vive en Cuba, y acá, el clima, las personas y Tampa la vimos como un lugar tranquilo” -comentó Pacheco en su entrevista al periódico digital Centro Tampa, anexo a la corporación mediática Tampa Media Group.


Ningún pelotero cubano o ex jugador ha llegado al límite de una Corte de Inmigración o juez para obtener el estado oficial de asilado político, como le sucede a otros cientos de hispanos que codician el sueño americano. Estos últimos asumen el riesgo de una deportación por falta de evidencias. 

Pacheco no anda solo ni huérfano de compañía. Lo apoyan amigos en Tampa y su esposa Noemí, una enfermera que se unió a él en Canadá, mientras cumplía con un contrato de trabajo enseñando a niños a jugar béisbol. Allá permaneció 18 meses. 


Cuesta mucho respetar los contornos humanos, las decisiones, la existencia ajena: “Acá me quiero sentir como cualquier persona normal” -señaló Pacheco. 


Le va a ser difícil al principio, mientras genere una noticia, un comentario, una crónica; o quizás, cuando llegue a entrenar algún equipo de las Grandes Ligas. El mito de ser “El Gran Capitán” subsidia las turbulencias humanas en las redes sociales.


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