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sábado, 14 de febrero de 2009

Entre Adolfo y la memoria


Yasser Alberto Cortiña Martínez
jazzlibrafgl@yahoo.es


Armado contra la fe /mato al cuerpo con el hierro/
y al ardor con la mirada. /Asesino soy de mi propio asesino.
(Fabián Suárez, Mis días en la tierra)

Si no pedí nacer por qué (...) tengo que morir.
(Adolfo Llauradó)


Con todo el deseo que puede abrazarme he asistido nuevamente a La Casona de Línea a apreciar el último espectáculo del grupo teatral El Público. En este caso su director Carlos Díaz nos presenta ¡Ay mi amor! con textos originales de Adolfo Llauradó y que Norge Espinosa trabajó para la escena.

Debo confesarle que tuve la suerte de presenciar un ensayo de este monólogo y quedé conmocionado ante la riqueza textual y gestual que exponía el proyecto, además de todo el armazón interno que el actor atorgaba al personaje. En dos enfrentamientos con la puesta en escena, no he recibido los calores que en aquellos días de La madriguera, Lester Martínez me ofreció.

No obstante, mantiene la esencia de Adolfo y es fiel a los móviles que en las grabaciones de Llauradó ―facilitadas por Jacqueline Meppiel (la viuda)― se pueden estimar. Es el espectáculo o la descarga ―como le llama su director― un tránsito por la vida del actor pero desde aristas poco conocidas y donde se llega a confesiones difíciles que agitan los sentidos.

Este Adolfo tan nuestro como el de Lucía, Un tranvía llamado Deseo o Retrato de Teresa, entabla su conflicto con el tiempo. Se debate entre ser lo que ha querido y necesitado siempre y la venida de ese fin que tanto detesta: la muerte. He aquí el personaje referido, que circunda la escena a cada momento más allá de la palabra. Las propias acciones nos remiten a la oquedad del sepulcro. La madre, el abuelo, el padre, los amigos que no están y el vacío por tenerle que decir adiós a los que a diario platican con él, son referentes que intranquilizan. Por otro lado la contraposición entre vitalidad y decadencia, persistencia y obstaculización, denuncian una verdad innegable ante la defensa de un objetivo: ser un artista.

Como ser humano me opongo al pasado que pasó.... dice Elena Burke desde "Mis 22 años" de Pablo Milanés. Tema que refuerza el discurso de ese que apela a los recursos más íntimos, para hacer valer sus verdades aparejadas todas a la ley natural y al devenir del proceso revolucionario. Se muestra todo de Adolfo ante nosotros, como alguna vez lo hizo frente a sus amigos.

Este vínculo Adolfo―Sociedad nos presenta caminos áridos y negados en muchos casos, pero con la fuerza de quien ha sufrido lo suficiente para tratarlos sin tapujos ni paños tibios. Se desnuda y motiva esa naturalidad con que se muestra su vida en confianza, seguro de la afable recepción que tendrá. Nos entrega su verdad y no le importan consecuencias. Vale más ese diálogo franco.

Recuerdo que cuando vi el ensayo en La madriguera, el texto funcionaba con mayor eficacia. En esta consolidación de la puesta en escena, ha habido un aumento de situaciones dramáticas que si bien informan sobre otras facetas del personaje, también dilatan por momentos el tránsito de las confesiones.

Muchas de las riquezas de la descarga se difuminan por la reiteración de características ya muy claras para el espectador. Vuelve en varias ocasiones sobre el tema de su sentido revolucionario y su amor por este país a pesar de los errores. Desde el momento en que se refiere a la UMAP y su inconformidad con este proyecto, se asume con claridad qué es Adolfo Llauradó frente a las páginas tristes de nuestro proceso revolucionario.

Sin embargo, entre los reconocimientos de este arreglo dramatúrgico está el gran sentido de la cubanidad. Adolfo, defiende la tierra sin la cual no fuera lo que fue, según el mismo asevera, y para demostrarlo toma un poco de la música, de esa gestualidad que lo particularizó y da a conocer los amores que lo ataron a esta Revolución. De ahí que refiriéndose a las injusticias y atropellos de los cuales fue objeto expresa: “Se acabó como se acaban las cosas malas como se arrancan las hierbas malas.”

También el juego con las etapas del actor me parece otro de los importantes logros de Norge. Los cambios que tiene el personaje al contarnos de su infancia, de su juventud o desarrollo artístico, responden a esos estados se exacerbación que Adolfo tenía de un momento a otro. Nos habla de cuando sintió los tiros del Moncada y sin haber hecho referencia aún a su viaje a La Habana, nos cuenta de aquella absurda recogida a los que vestían distinto(y que por ello los consideraban homosexuales, fueran o no) entre los que él se encontraba. Gracias que llevaba El Principito. El libro le dio tantas fuerzas que arremetió contra los guardias y se convirtió en un pequeño príncipe de igual manera. La urdimbre que se erige con estos saltos es diferente, entretenida, y otorga agilidad a la propuesta.


Lenguaje sencillo, fresco, reflejo de un Adolfo sincero, permite erigir una visión clara de quien se convirtió en el rostro masculino del cine, el teatro y la televisión en Cuba. Denuncia un hombre que se ha convertido en modelo de la perseverancia. Un ser humano que a pesar de no contar con un avanzado nivel escolar se abre paso entre la maleza y consigue lo que quiere. No por gusto se concede el premio Adolfo Llauradó a los jóvenes artistas y muy a propósito cierra el espectáculo con la transformación de Lester-Adolfo, en un instructor de arte.

Carlos Díaz se apoya en lo ilustrativo para mostrar el universo controversial y trágico de un ser fervientemente cubano. Y lo ilustrativo no como recurso contrario o fatal sino porque el actor de El hombre de Maisinicú era de esta manera. No sabemos qué lo movía a comportarse de esta forma, pero él se apoyaba en la demostración de lo que decía para reforzar el criterio. Creo que tal vez se sentía más seguro o quizás pensaba como el Jerry de "El cuento del zoológico" de Edward Albee, que nadie te escucha bien cuando dices las cosas una sola vez.



(Adolfo lLauradó en el conocido filme "Retraro de Teresa")

Bajo ningún concepto da pie el director a consideraciones tergiversadas sobre la vida tanto íntima como artística de Adolfo Llauradó. Todo el tiempo el actor se apoya en una infinidad de recursos para hacer valer sus criterios. Ahora bien, a mi modo de ver un gran número de esos elementos que contribuirán a la justificación de una vida desgarradora, son en ocasiones innecesarios. Dificultan la claridad de algunos movimientos y llenan al espectáculo de lagunas poco convenientes para la recepción.

La puesta podría, a su favor, entablar un contacto más acalorado con el público, pero se enfría en los constantes viajes de Adolfo–Lester al fondo del escenario tras la búsqueda de elementos que no trascenderán en la exposición de la gran situación dramática. Pienso en las seis maletas, que aún cuando tres guardan una vital relación con el discurso, otras como la que lleva las botellas y las copas, son irrelevantes. De igual forma el trasiego con las siete camisas se torna risible pero poco efectivo para el progreso de la trama pues aún cuando se mueve todo el tiempo, en este caso la palabra dice por sí sola.

Tanto andar de un lado para otro no le permite al actor, en un trabajo tan difícil como este, concatenar las escenas orgánicamente. Las zonas en que una acción se difumina y se imbrica con la siguiente, no se aprecian con claridad. Se crea un rompimiento en algunos nexos que me parece innecesario. Quizás cuando pase el tiempo y Lester gane en confianza se pueda apreciar un trabajo más preciso.

No obstante, ¡Ay, mi amor¡ gana la frescura de un joven intérprete y su visión desprejuiciada con respecto a Adolfo. Gana el aplauso de un público que se estremece al asumir las confesiones, y regala este espectáculo la figura de un maestro.

“Lester Martínez se ha crecido”, escuché decir a alguien al salir del teatro y me parece que esta persona tiene razón. Demuestra tener fuerzas para continuar con trabajos tan cargados como el que referimos. Nítido, y diciendo con claridad, mueve las fibras de tantos que asisten pues hay un trabajo sincero en la escena. Crece ante un trabajo que en varias ocasiones se halla en peligro de decaer debido a la inmensa cantidad de elementos, y se valora un dominio corporal que posibilita otorgar a la propuesta, un tono sugestivo imprescindible. Si en Las relaciones de Clara, Lester carece de intenciones, aquí nos enseña que tiene posibilidades para realizar un mejor teatro. Se ha trabajado, es innegable, lo cual me alegra.

No pienso que sea esta una puesta en escena pretenciosa sino que se trata de homenajear al maestro, al amigo, al Adolfo del pueblo, al de todos los días. Carlos ha tratado de hacer realidad un sueño a pesar del tiempo y lo ha hecho muy bien. He sido feliz por Adolfo y la memoria. Nos ha entregado al hombre que quiso vivir a pesar de no contar con el tiempo necesario. A ese que deseaba partirle le guadaña a la muerte y que hizo el bien porque la maldad se come nuestra alma. Nos ha premiado con este hijo ilustre de los cubanos que no se hizo a las ansias de las cucarachas sino que degustó cada parte de su cuerpo porque creció lo suficiente como para darse el lujo de tanto. Agradezco a Carlos Díaz sus horas y la posibilidad de comprender tantos secretos no solo de Adolfo sino de otros que en estas noches han relucido en mi mente.

La Habana 8 de Marzo de 2008.

jueves, 5 de febrero de 2009

AMARGAS LÁGRIMAS DESDE OTRO CUARTO (I) Lágrimas y un ataque de nervios


Cuando el /amor me vence,/ La noche / cierra mis ojos
(La Dama del Velo, Réquiem por Yarini de Carlos Felipe)

¿Sabes? Cada vez /tengo más miedo/ Estamos tan solos.
(Petra, Las amargas lágrimas de Petra Von Kant de Rainer Werner Fassbinder )


Yasser Alberto Cortiña Martínez
jazzlibrafgl@yahoo.es


Otra vez Carlos Díaz junto a un espectáculo inquietante. Nuevamente atrapa con sus guiños glamurosos y cálidos donde los actores juegan a poner en juego sus condiciones sexuales y él dialoga desde este presupuesto al mundo.

El Trianón cede su espacio a las amargas lágrimas de Petra von Kant. Su lunetario y escena se transforman en la mansión de la inigualable señora creada por Rainer Werner Fassbinder en 1972. La auténtica Petra, la que podría definirse así misma como una mezcla de avenidas, barras y corazones.

El público asiste a una convocatoria distinta. La señora von Kant es la huella de una sociedad decadente, frívola e inestable. Es la palabra sincera que se oculta y la caricia hueca que se lanza. No es en la Cuba donde vive ni creo que sea realmente en la Alemania. Pienso que coexiste en el interior de todos, los colores de todos, los amaneramientos de todos, ante las decisiones definitivas.

El Trianón otra vez y Carlos Díaz con la cena para sus noches. Las colas, las lágrimas, las sonrisas, la gente de La Habana que espera un Caleb desnudo o un Georbis travestido y se encuentran con una historia de otra latitud pero con tanto de esta, y de otras, que ríen de forma desmedida y piensan seguro en que escaparán de sus compromisos el próximo fin de semana, para estar aquí de nuevo.

Las amargas lágrimas de Petra von Kant. Una puesta enriquecida por una poética sólida. Una historia que encuentra en el recreo de este director teatral, vientos y matices muy interesantes. Hay soltura en el lenguaje, fuerza en las interpretaciones, universalidad en la concepción del espectáculo.

La cama y la pasarela responden a dos importantes repasos, a mi manera de ver. Petra desea con fuerza, la pasión es su encrucijada, el calor es su sentido si le interesa algo de veras, el frío su salida para los torpes criterios, la ironía su mejor baraja. ¿Qué mejor lugar para todo esto que una cama? La moda su vida, sus versos, su meta de cada día, lo que es, lo que la hace admirable, lo que la defiende de todos pero lo que no la exonera del amor. ¿Qué mejor que una pasarela?

La cama como dispositivo para la seducción, las confesiones amorosas, la evocación del ideal masculino y el desgarramiento por el abandono. Es la sede donde todos los personajes reclaman algo a la vida. Petra su existencia como mujer, creadora, amante. Karin la realización de sus frivolidades y apetencias materiales. La consumación de un juego sucio que rige la Kant sin saber que solo es un accesorio. Sidonie que oculta su deseo por Petra tras las confesiones de un amor frío, edificado sobre lo tradicional y donde a luz clara faltan músculos. Gabriela pasea su inocente anhelo de saborear un chico y cree en una madre perdida, incapaz de comprender, pues como mujer valen más sus caminos. Marlen se siente libre, ve dormir a Petra y la ama. El lecho se vuelve un sueño y el trasiego con las sábanas, sus olores, texturas, la hacen sentir realizada. Ahí yace también la diseñadora. Valeria está más distante de las tentaciones a que invita la cama. Solo en alguna que otra ocasión se deja caer sobre ella pero el objeto de atención vive allí y por eso el sentido de sus declaraciones busca el imponente objeto. Pierre es intocable en el lecho donde todo se concreta. Camina, no dice. Provoca, denuncia.

Por su parte, la pasarela funciona como espacio de recorrido para el gran desfile en el que siempre se sumergen los actantes. Es la venta de ellos mismos ante la imagen pública. Es la entrada imponente a la mansión von Kant y es el resumen de Petra. No por gusto Pierre aparece como enigma por ella y cada enfrentamiento de la protagonista hallará aquí un asidero inigualable para su representación. Recordemos aquel momento en que por primera vez aparece Karim, se detiene un escaso segundo y marca su arribo, o cuando al salir definitivamente de la vida de Petra hace lo mismo y es Marlen quien le sale al paso. La pasarela es el comercial, el pretexto para creerse superior, es la huida, es la semilla.

Pasarela y cama se intercambian funciones y elevan la puesta. La intimidad o el escándalo hallan sitio en ambos, atrapan hasta las sonrisas de los que espectan y la mansión extiende su territorio.

Las pautas que marcan estos elementos en el espectáculo dan a la historia de la diseñadora, una mirada más atractiva y la liberan de consideraciones marcadamente geográficas o situacionales. Aquí o allá, Petra o Channel o Freisas, puede contar con una cama para sus distracciones y con una pasarela para sus recepciones. De ahí que los personajes caminen todo el tiempo como si respondieran a un desfile de modas, o como si se hallaran vendiendo la ropa y los accesorios que llevan. ¿No pasa mucho de esto hoy en día con las personas sean o no del mundo Fashion?

“Sidonie, querida, cada cual tiene que vivir sus propias experiencias”, dice Petra y se convierten sus palabras en el acierto que debieran tener tantos ahora mismo en el universo. Tal vez por ello es desprendida de los otros y al enamorarse olvida su condición, esa que tanto se ha cuidado en edificar, para centrar sus energías en la congoja que la envuelve. “Yo no soy histérica, yo sufro”. Y lo disfruta, lo siente. Vive cada trozo de ella que se pierde entre el sentimiento no correspondido. Karin Thimm es su purgante y no le importa. La quiere a pesar de caer, a pesar de arrodillarse e implorar. “¡Dios mío¡ estoy hecha mierda” . Lo sabe pero sigue. Destruye, embiste contra todos, no asume las confusiones de la hija. “Petra es más mujer que madre”, de seguro diría mi abuela. ¿Tiene razón? Puede ser relativo. De cualquier manera ese descenso es también el pago por su yoísmo.

Observando a la Kant evoco a Miranda Prisley, la dama de El diablo se viste de Prada. Son dos señoras de la moda, dos frías y calculadoras mujeres, dos egoístas. Ambas modelos de vidas supuestamente impenetrables, pero que sucumbieron al amor. Dependientes de una mano, que en algún momento les deja al acecho de sus propios desplantes, para abordar su futuro de otra manera. Tanto Marlen como Andrea Sacks creen en la sinceridad del alma de sus jefas hasta que se ven atrapadas en la frivolidad de sus existencias. Cuando Andrea es obligada a sentirse en un plano gris, deja a Miranda y regala su teléfono a la fuente. Marlen es ubicada en el mismo lugar de Karin cuando Petra le quita la peluca. El trato hacia ella devota y amante compañera, va por el mismo camino y no se permite esta igualdad. Petra y Miranda sucumbieron al amor. Después continuan sus vidas sin importar dolores.

Petra von Kant es una mujer sola. Es un alma que acude a la negación de lo que siente para crear una imagen. Pisa firme, gira con mirada de tigre para impactar, busca sumir a los otros en su puño y creyó que no vería la existencia desde la otra orilla. “Todo es muy distinto visto desde este lado…” expresa al estar allí. Al que le tocó le tocó ¿no? Sí, le correspondía ahora pasar por lo que a los otros y gozarlo. Mas ella es digna. Lo vive y lo rebasa cuando se ha cumplido lo que dijo a Karin antes partir: “Algún día te vas a dar cuenta, pero ese día ya será tarde”.

Esta creadora del estilo es un gran personaje. Es como la Luz Marina de Virgilio o la María Antonia de Eugenio o la Santa Camila de José Ramón Brene. Mujeres de fuertes consideraciones y que por alcanzar su propósito van contra la vida misma. Petra es lo más grande y de carne nos la presenta un hombre. Ella se construye poco a poco y se desconstruye para finalmente ser la mujer sin reparos de siempre. Fassbinder regala a las artes un personaje muy rico y de una precisa construcción. Carlos Díaz la materializa desde una pluralidad. Además con el juego de los sexos busca darle existencia a la virilidad que hay en el amor de la diseñadora y catapultar la feminidad. Es hacer de Petra también un Petra. Es ubicar esta pasión gay en los dos registros. Es ir más allá otra vez y ganar. Si Petra se viera…. que digo, sé que Petra está agradecida.

De actor que hace de mujer a lesbiana con acentuados rasgos viriles; de mujer definida y segura a mujer enamorada y lacrimosa que pierde hasta su orientación para denunciar un amor imposible; de señora sin salida a mujer resuelta. He aquí una de las grandes motivaciones que ofrece Carlos Díaz con su espectáculo. Petra von Kant se erige en escena y se deshace traicionada por la pasión, lo que nos acerca a un plano de verosimilitud sorprendente. Se edifica desde el movimiento, el verbo, el maquillaje, el vestuario y la limpieza. Dice mucho esto, entonces, del trabajo meticuloso con que se creó el personaje, tanto por parte del director como del actor.


Fernando Hechavarría: Petra von Kant, se encuentra ante uno de los personajes más importantes de su carrera y brilla en un registro tan difícil porque no hablamos de un travesti o un transexual sino de una mujer. Juega con sobriedad en los diversos planos de existencia en que se ve envuelta la diseñadora. Actor, mujer segura y atrevida, mujer que ama a otra mujer, mujer que llora por otra mujer y no entiende de consejos, mujer que asume la pérdida y echa para adelante en la vida. La organicidad es tan marcada que más allá de las sonrisas, exacerba la atención y el reclamo de un mayor tiempo en la escena. “No se parecía en nada a mi Nacho capitán” Y eso es genial señora – le dije a la del comentario. Eso dice mucho de la profesionalidad y el tamaño que alcanza una labor como la que presenciamos.

En Las amargas lágrimas de Petra von Kant se destaca también el cuidado en la gestualidad, y en los movimientos que responden a ese sentido Fashion que inquieta la vida de Petra. Cada mano, cada mirada, cada giro, cada desplazamiento, posee un sentido que enriquece la puesta en escena. Todo está conectado. Desde la forma en que se sirve hasta la manera en que fuma Petra y el regalo para nada insignificante que ha llevado Sidonie. Petra von Kant vive una realidad de luces, colores y telas. Su ambiente es conmovedor, su casa es sofocante. Toda llena de ropas, bebidas, accesorios. Una mansión caótica que habla de una vida sin respiro.

Estos son caminos y sensaciones que en estos días me han hecho vivir diferente. Tal vez por eso busqué a Petra hasta en la madre de mi mejor amigo y le puse en algún momento el rostro de la que me trajo al mundo. Una impresión acalorada y millones de lágrimas de Jim Tony para PETRA VON KANT. Un brindis por sus lágrimas y un aplauso para su ataque de nervios. ///
SEGUNDA PARTE: ---Carne trémula en este cuarto, y en el otro?