sábado, 17 de noviembre de 2007

MIS ENCUENTROS CON COMPAY SEGUNDO

Este 18 de noviembre, hubiera cumplido cien años, Francisco Repilado, una leyenda de la música internacional.

Reinaldo Cedeño Pineda

De rodillas, cayeron de rodillas en medio del pasillo. Abrieron los brazos y se hizo la reverencia. No había sido uno más el concierto en su tierra natal, Santiago de Cuba. Y andaban sobrevolándonos las emociones, como ángeles.

No sé de otros aplausos; pero Francisco Repilado los arrancó todos:

-¡Llegué a los noventa… pero llegué!

Por supuesto, era un modo de decir. Al borde de los noventa, había dejado atónito a medio mundo en el Buena Vista Social Club. Y antes, cuando Eliades Ochoa se lo llevó por Estados Unidos y El Caribe.

El Papa Juan Pablo Segundo lo había recibido en el mismísimo Vaticano, París chocaba las copas con su Chan Chan, el Grammy se le había rendido, en Sydney preguntaban por él…

Y no sólo era Compay, era su grupo.

Sinceramente, creí exagerados los que hablaron de ponerle guardaespaldas, pensé desmedidos los elogios de la prensa internacional. Lo creí, hasta tenerlo frente a frente.

¿Qué energías emanaban de aquel señor?

Bastaba verlo con su espíritu medio siglo menos, con su armónico, mezcla de guitarra y tres que entregaba un sonido brillante, con su voz segunda. Sobre todo, con su estampa de señor.

Afirman cercanos que tenía un carácter dominante… pero ante su público, su duende arrasaba.

Coloreaba cada palabra, con un regusto de lo dicho, y por allí le asomaba la sonrisa, la esperanza, debajo del sombrero.

Años atrás, unos pocos, algunos lo creían muerto… pero ¡el muerto gozaba de una salud! Compay tuvo vida para sobrepasar su olvido.

Cuando me dijo que pensaba llegar a los 115 años y que pediría prórroga, supe que se la darían.

Todos conocen que integraba el dúo Los Compadres junto a Lorenzo Hierrezuelo, en los años cincuenta. Y de la voz segunda que hacía, se le quedó el sobrenombre...

¿Orgullo o resignación?

“¿Orgullo?, no. No me gusta esa palabra. La voz segunda es la que yo siento y así la expreso. Allá en Europa se usa poco. Pero han visto que el segundo es muy importante. Por eso cuando me dicen Compay Segundo, yo contesto: ¡¡Bárbaro!!”[i]

En 1956, crea Compay Segundo y sus Muchachos. Compartió con los mitos de la música popular cubana, casi parece increíble la relación: Sindo Garay, Benny Moré, Ñico Saquito, Miguel Matamoros e incluso estuvo bajo la batuta del maestro Gonzalo Roig… pero su dilatada carrera artística fue un tanto accidentada.

“Cuando voy a tocar, por ejemplo, Lágrimas negras, de Matamoros, sé como lo hizo su autor, y aunque no copio, respeto esa grandeza, por algo toqué con él doce años. Cada vez que Miguel me llamaba, o alguien que valiera la pena, cerraba mi mesa de tabaquero y acudía al llamado”[ii].

Sin embargo, de todo eso había pasado mucho tiempo. A a esas alturas, para toda una generación, Compay Segundo era un milagro.

Empero, sus recuerdos permanecían intactos y sus conceptos esclarecidos:

“Guardo mi música como un tesoro. La música surgida de estas lomas y estas calles (de Santiago de Cuba) es en la que siempre creí, jamás la subestimé. La gente necesita la poesía y yo cuido mucho eso, ustedes lo pueden apreciar. Yo lo que toco es historia”.[iii]

Tocado por una cadencia melodiosa y un tempo más sosegado, su interpretación, plena de matices, nunca era igual.

Compay Segundo es una síntesis de la música tradicional cubana, de su picardía y su frescura, de un verso exquisitamente sencillo. Es el último de una generación.

Nadie se acordaba ya donde quedaban Cueto o Mayarí, Alto Cedro o Marcané, poblados del Oriente cubano. Había compuesto más de un centenar de obras desde Yo vengo aquí en 1938, hasta que se apareció Compay con su Chan Chan, inspirado en una copla popular.

El mundo se inclinó a sus pies.

A Compay lo vi en un homenaje de los estudios Siboney de la EGREM. En la descarga no se sentó un segundo, ni uno solo; mientras Macusa, Micaela Peniche, su primera novia, la de la canción, lo escuchaba con un no sé que imposible...

Allí me habló por vez primera de una obra teatral, Se secó el arroyito. Y así lo dejé escrito:

“Todas las personas quieren saber de dónde nacen las cosas… Ese comienzo que otros buscan, lo tengo yo. Son muchos años y muchas cosas, y lo guardo como un tesoro. Basado en todo ese tiempo y ambiente, tengo un material para una película: se llama Se secó el arroyito” [iv]

La pieza no se llevó al celuloide; pero sí a la escena. La casualidad, si hay que llamarle de ese modo, fue mi aliada. Ocupé mi butaca en el Teatro Nacional el 16 de noviembre del 2001 en el estreno de Se secó el arroyito.

El dramaturgo Máximo Francisco Repilado Muñoz se estrenaba casi a los 94 años.

Un drama de amor rural iniciado en Jutinicún, en las montañas de Oriente: la campesina enamorada del guajiro pobre, y la familia que apunta a otros horizontes, el hijo del terrateniente…

El tiempo todo lo trastorna, y todo lo pone en su lugar: La muchacha se fuga con el pudiente Ernestico, mientras el campesino Eutolio se incorpora al Ejército Rebelde…

El reencuentro tendrá lugar años después, él como teniente del Ejército victorioso; ella como dependienta de una tienda, pues la familia del terrateniente se ha ido del país.

Sobre los recuerdos, flotará un pañuelo de amor; pero cada uno iniciará una nueva vida...

Se secó el arroyito /que pasaba por mi casa /lo mismo me sucedió /con el amor de mi guapa guajira.

Una historia sencilla como las canciones de Compay.

Una historia que contó con escenografía de lujo y los mejores actores: Coralita Veloz, Alina Rodríguez, René de la Cruz, Bárbaro Marín, Enrique Molina, Carmen Daysi Rodríguez y Paula Alí, entre otros.

Recuerdo haberle preguntado a Ernesto Tapia, acabado de bajar, aún con su pantalón blanco y su sombrerón:

“Si te lo pide Compay... quién puede negarse”.

En una sala contigua se arremolinaba todo el teatro para felicitarle. Y allí entré para estrecharle.

Un puro en una mano, un vaso en la otra: “poco, me aconsejaron poco”. Sentado, con su traje impecable de caballero.

Y esas ganas de darse, Dios, que no he visto nunca más.

Mientras se sucedían las fotos, Compay rezumaba alegría por todos los poros. Incluso, hizo un aparte y me dio unas declaraciones para el programa Hecho para el domingo, excelencia de las mañanas en Radio Mambí, la emisora santiaguera. Se han perdido, como se perdió aquel espacio.

Cuatro días después, Repilado cumpliría 94 años.

Ya podía morirse, pensé, por aquella frase que no refiere el fin, sino la plenitud.

¿Qué le faltaba por hacer, si había tocado todas Las flores de la vida?... pero no se habló de dolencias ni de epílogos, sino de las próximas presentaciones.

Esa vez se desgranaron muchos recuerdos. Y todos brindamos por él.

No lo vi más. El 14 de julio del 2003, moría el trovador más viejo del mundo, víctima de la insuficiencia renal.

Entonces me fui hasta Siboney, a la playa, que por allí había nacido Compay. Me fui a caminar, a entrar en sus aguas.

Recordé a la pareja francesa que había caído de rodillas en el teatro Heredia. Compay, extrañado, se detuvo. Les pidió que por favor, se levantasen, que quiénes eran.... Les recuerdo perplejos, cuando respondieron:

-¡Es que estamos ante Dios!...

Eso fue Compay Segundo, un dios de la música cubana. Sea dicho, eso sí, un dios bien tropical.

[i] Reinaldo Cedeño y Michel Damián Suárez: “Compay Segundo: El trovador más viejo del mundo” en Son de la Loma, Mercie Editores-.Andante, La Habana, 2002, p.62.
[ii] Op.Cit. , p. 59
[iii] Op.cit, p. 63
[iv] Reinaldo Cedeño: “Compay segundo: Yo lo que toco es historia”, en Sierra Maestra, Santiago de Cuba, 3 de enero de 1996, p.4