viernes, 18 de enero de 2013

LOS CORDEROS SE REBELAN

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Marino Wilson Jay

Palabras de presentación del libro Los corderos alzan la vista (Ediciones Santiago 2005) de Reinaldo Cedeño Pineda


En las diferentes visiones de las sagradas escrituras el Cordero está desde el comienzo del mundo. Este animal puede aparecer con siete cuernos y siete ojos que simbolizan los siete Espíritus del innombrable esparcidos en la inmensidad terrenal. Así en la tradición hebrea Cristo es el Cordero-servidor de Dios. Es difícil encontrar una mitología, teogonía o teodicea donde este cuadrúpedo no conlleve el sacrificio, la raíz de la sangre y la encarnación espiritual. El Cordero es el uno informe y multiforme.
  
   Cosas de taumaturgia. Repentinamente nos enteramos que existen algunos alzando las pupilas, quiebran los compartimientos estancos. Reinaldo Cedeño, protector de ovejas en la cena pascual, no pudiendo crear un nuevo Caos; se atrevió a conformar hermosas averías. Se burla de Chesterton, para quien el hombre es verdad inverosímil y real. Fundó el santiaguero (¿también guantanamero?) un libro tan verosímil que casi se torna irreal. Está a favor de Marianetti (“¡Matemos el claro de luna!”). Incluso trasluce haber hecho un pacto con San Isidro Labrador, patrón de los agricultores. Los corderos alzan la vista no alberga inocencia ni candidez. Sus figuras, ilusoriamente disímiles, rigen un mundo integrado por diferentes momentos en la historia. Os voy a referir los nombres de algunas criaturas como si juntas pertenecieran a la Isla. Un machetero anónimo ―como suelen ser los verdaderos macheteros— , Tolouse-Lautrec y su giba, Oscar Wilde añorando una arcaica vergüenza, algún suicida, Florentina Boti, Carlos Manuel de Céspedes, Madonna ofreciendo a Eva Perón y a la Argentina, Fidelio Ponce, García Lorca y Lezama Lima.

  Y otro poeta, Cos Causse, a veces tan escurridizo como el fantasma del gran romántico, ha visto por Los corderos… “que la poesía es la sorpresa del hombre frente al misterio de la vida y la certeza de la muerte” quizás debido a eso, Reinaldo Cedeño, con magistral interés, ha variado la conciencia de sumisión simbólica atribuida a los corderos, y engendró un poemario donde se conjugan y debaten las esencias juedo-cristianas, africanas, hispanos, nacionales.

   Cuando leo “temo amarte y no dormir jamás” es que el insomnio es susceptible de recorrer los universales del delirio, pero una vigilia espera en patios que sólo la poesía es capaz de develar. Al mismo tiempo estos escritos buscan una fe destinada a traspasar los desniveles existenciales. El Ave María, las genuflexiones, mentiras y vanidades son resistencias que el poeta deja impresos con su sangre. Me he convencido por este libro, que el texto poético real es una conspiración contra el ensueño de creernos dormidos. Alertas estamos frente a unos versos que registran la noche, se detienen en Akenatón y Osiris, olfatean el ángel de esta joven villa, presienten el mestizaje del sol, la carne se transmuta en piedra. No obstante, ya antes, lo sostienen estos papiros, el behíque anunció las plantaciones en las cuales el dios-mediodía, dios-Horizonte y acaso la deidad Mañana están por alcanzar sus párpados fundamentales. Esta poesía, al introducir averiguaciones en lo sustancial historiográfico, inscribe experiencias mundanas, se ofrece para hurgar en la sensibilidad isleña.

Poeta. Nosotros, los hipócritas, los semejantes, los hermanos, no descansamos, no deseamos que tus imágenes nos dejen dormir. Si he sido invitado para un fin, tengo derecho de expresarlo. Ninguna bobería de las llamadas “poéticas” ganará la lucha a un libro que, aparentemente afirmando, niega las menudencias de lo “natural” y “oficialmente” aceptado. La poesía, tan negada antes de cantar el gallo, necesita estas vías, estos aullidos con juegos de sombras, intermezzos alucinantes, madrugadas y naves vikingas arribando a nuestras costas. No olvidar que el hacedor lírico obtiene distintas corporificaciones. Bien lo supo Johan Kyats en aquella misiva de 1818 dirigida a Richard Woodhouse donde niega identidad propia al poeta, pues este constantemente ocupa otro cuerpo.

No tenemos más alternativas, igual que en los días de la vendimia, alegraos; y quien no entienda ahora que no entienda para siempre. La escritura poética no es un método de alfabetización; no es un liqui vatum pectora (“¡Aquel ímpetu sagrado, que nutre el corazón de los poetas!”). Y ajo esa verdad echamos a andar.

  Pineda Cedeño, Reinaldo, soy yo quien brinda testimonio. Gracias a las excelencias de Los corderos alzan la vista, podrás recibir la piel de cualquier animal; aunque jamás serás un corderito de ningún dios… ni de nadie.

IDEAS. Centro de Promoción Literaria José Soler Puig, Santiago de Cuba, Número 42, 4 de julio de 2005, p. 171