lunes, 22 de noviembre de 2010

NOVIEMBRE 18


Jesús García Clavijo

irenec@medired.scu.sld.cu

Hoy nací -18 de noviembre- y con esa justificación festejamos en casa tres acontecimientos importantes: mi cumple, la exposición de una novel artista de la plástica (Irenita García Cruz) y el reciente Premio Nacional de Crónica (digital) de Reinaldo Cedeño Pineda.

Cedeño no estaba por razones ajenas a su voluntad -esto no puede faltar- pero todos comimos igual y lo recordamos más, tanto, que una de las asistentes al salir abrazó a un transeúnte pensando que era Cedeño que llegaba, y el hombre asombrado por el abrazo, beso y felicidades, se fue agradecido por el gesto y pensando que algo le estaba haciendo daño a la gente en Santiago.

Conste que no se ofrecieron bebidas alcohólicas.

Irenita dio su autógrafo a los presentes en su exposición que todos halagaron y recordarán por mucho tiempo.

Eso me llevó a las fiestas de mi niñez -buena por cierto-, rodeada de cariños, gustos, viajes y fiestas -quien tenía dinero la pasaba bien por lo general- y mi padre tenía, facilitándole sus relaciones con altas esferas sociales de la isla y siendo todo un personaje en la provincia -aclaro lejos de la política- aspectos que solo trataba a solas con los más allegados que no éramos muchos.

Una de las familias más influyentes en todas las esferas de la región era la familia equis, y cubrían prácticamente todo el oriente cubano en sus diferentes ramas y hasta parte de La Habana. Vivían cerca de casa y eran muy amigos de mis padres, por lo tanto, allá van los muchachos a todas las fiestas de grandes, donde siempre, cuando íbamos a la casa de equis, estaba la niña Fe vestida bellamente en medio del salón, con un lazo del mismo color que su vestido en la cabeza y todos debíamos, (por educación según normas de mis padres) celebrar a la niña que no crecía en tantos años de fiestas, porque Fe era el punto débil de la familia equis, era enana y sus padres la llenaron de todos mimos y gustos durante sus vidas, sin prever los después.

El tiempo pasa y se fueron sus padres de este mundo, Fe se quedó sola, abandonada, tirada por las calles como una vagabunda, pidiendo limosnas y así murió toda la fortuna de esa familia de mi infancia.

De ella me acordaba hoy cuando todos halagaban a Irenita, sinceramente, nadie por compromiso, pero la mente es así y así llegó esa estampa de mi infancia, cuando a Fe se le prolongó el ayuno de sus padres.

El ayuno de los padres va dejando un gran vacío.

Cedeño llegó al otro día, los premiados son gente importante, y me hizo servirle (dos veces) el menú del día anterior, festejando entre comentarios y alegrías su bien merecido premio que todos sentimos como nuestro y festejamos por él.

Todavía va quedando la alegría del encuentro, donde además se estrenó un nuevo trago analcohólico con el nombre de “Noviembre 18”, (se ofrece la receta a solicitud personal).

También me acordé de mis padres que se conocieron en un hospital donde mi abuelo por parte de padre, estaba ingresado debido a un accidente de tránsito.

En ese mismo hospital nacería yo dos años después.

Mi mamá era enfermera, mi papá un enamorado eterno, y como todo enamorado, estaba herido de amor cuando conoció a mi mamá, que era una cura, para todas las enfermedades del alma.

Siempre hablo bien de mis padres por lo sinvergüenzas que fueron para la época, aspecto que agradezco eternamente. Hoy se les llamaría adelantados.

El embarazo de mi madre fue un semi escándalo que se tapó con la boda, cuando yo tenía dos meses en su barriga, por lo que aparezco en todos los controles como sietemesino.

Para colmo fui cesárea porque era muy grande y no salía, lo que trajo ciertos comentarios, que la familia se apuró en decir que fue por otros problemas.

Coincidentemente nací en noviembre, al parecer como saludo al encuentro de mis padres en el hospital.

Por todo esto soy un sietemesino que nací casi con dientes, corriendo y con ciertos guiños de las comadres de esos tiempos.

Soy un sietemesino agradecido.

Agradecido sobre todo por nacer de unos padres tan maravilloso, un día de noviembre que llovía y mi abuela me fue a recoger, con un solecito tenue que dejaba los motivos, hasta llegar a este día -donde nos reunimos tanta gente buena- para festejar el premio de Reinaldo, los dibujos de mi hija y el parto de mi madre.

Debiera hoy ser aquel noviembre, pensaba, -medio frío- para que mis padres me abracen todo el día.