lunes, 15 de noviembre de 2010

ESTEBAN




♠ Premio en categoría de prensa escrita. Concurso Nacional de Crónicas Miguel Ángel de la Torre, Cienfuegos 2010.

Jesús Arencibia Lorenzo
jesus_alorenzo@yahoo.es

Esteban, el hombre más bueno del mundo, se fue de mi vecindario. Y la hiriente sensación de vacío no se compensa con saberlo cerca, al menos en Matanzas, Camagüey o Guantánamo. Se fue. Con el mar inmenso atravesando el sentido de las palabras.

Cuando hace 15 años vine con mi familia para este barrio, él llevaba una vida aquí. Habían crecido sus hijos, venían sus nietos. Y todos los vecinos lo adoraban. Pronto supimos por qué.

Esteban sentía en su plenitud la palabra humanidad. No había niño enfermo, o casa con problemas, o amigo con hambre que él no ayudara. Cuando se enteraba de que alguien sufría, ponía su alma a padecer de tal forma que solo el aliciente del prójimo le calmaba los dolores.

Las naranjas de su patio, de tantos más que suyas, curaron no sé cuántos catarros. El agua de sus tanques dio de beber a muchos cada vez que la sequía del acueducto nos ponía a cargar cubos. Los temblores de sus manos, que el Parkinson arreció, parecían no tener fin si una angustia le quitaba el sueño a alguien.

La vida le dio un tajazo brutal cuando le arrancó a uno de sus hijos. Y él, seguramente, solo se aliviaba queriendo y queriendo más a los que tenía a su lado, a unas cuadras, en el barrio entero.

Por eso me duele tanto que se haya ido, aunque lo entiendo, porque otro de sus muchachos hizo destino fuera y la familia tiende a unirse para vivir y morir apretados.

Pero lo que realmente más me inquieta es que alguien hable mal del viejo y de los suyos porque «se fueron». Como si buscar un abrazo de nuestra propia carne, aunque se tengan que dejar anclas de la memoria y los afectos, sea un terrible pecado.

¿Acaso los humanos no tienen derecho a seguir a su corazón dondequiera que este los lleve? ¿Acaso irse o quedarse, salir o llegar, alejarse o permanecer, no son sentidos de la distancia relativos, dependientes de un punto de mira?

En cualquier sitio que esté, con Esteban andará un poco de su barrio, de nosotros, su gente; de la bondad que regó aquí como polen divino. Y también de Cuba, el suelo mayor que lo formó. Su noción de amistad y fe, su bonhomía, su sentido augusto de la existencia, no disminuye un ápice por unos centímetros más o menos en la anchura de los mapas.

Claro que aprieta el pecho abrir la puerta y no verlo al frente, a solo un cruce de camino, siempre dispuesto a levantar la mano y sonreír. Pero debe andar de puente y abrazo: amando a muchos, alegrando en nombre nuestro los pesares de otra latitud.

(Publicado inicialmente en la Revista Alma Mater / marzo de 2010)

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