jueves, 25 de noviembre de 2010

UN mal dagnóstico


Jesús García Clavijo

Como casi todos, tuve dos abuelos. Don Manuel por mi padre - mi abuelo blanco - y Abelardo por mi madre - mi abuelo mulato – ambos, dos personajes del barrio donde los conocí y vivo.

Don Manuel era de Orense en España y realmente guardo pocos recuerdos del, tendría 9 años cuando murió - en una cama cuidado por mi madre - luego de un accidente con casi 90 años - después de asegurar que mi hermano era un santo y yo era un diablo - y mi abuelo Abelardo, según él de origen francés – debió ser de los de Haití - del que si guardo muchos recuerdos, murió, como todo un hombre bebedor, fiel al cáncer de páncreas que se lo llevó en tres días.

Virílmente - se despidió de mí - antes de entrar a morir en la misma cama donde mi madre lo había hecho poco tiempo antes.

Hay coincidencias terribles en la muerte.

Ambos abuelos estuvieron su entrada en mi memoria en los finales de la lucha revolucionaria de los finales de los años 50. Don Manuel con mi hermano menor cargado - en la puerta de la casa de mis padres - mientras a solo metros se desataba una lucha a tiros entre un camión del ejército y un auto de jóvenes revolucionarios, repitiendo que en España era peor.

Mi abuelo Abelardo caía – frecuentemente - por un barranco de más de 30 metros de altura, donde se ascendía por una escalera estrecha, incrustada en la misma montaña que daba a la casa de Emilia, de donde lo traían (a mi abuela o al hospital) indistintamente - de acuerdo a la gravedad de la caída - y que suponía, pasarme una madrugada en los hospitales cuidándolo, sin otras consecuencias para su salud.

Mi abuela (siempre en su lugar de esposa) decía que se había caído en la casa de Emilia y Emilia decía que ella respetaba a mi abuela y no podía estar en el hospital donde le correspondía a la esposa. Entonces, era yo el designado como su nieto mayor, para cumplir esos menesteres, donde intercambiábamos las historias más Garcíamarquianas de la tierra.

Una tarde dos jóvenes revolucionarios corrían por los pasillos del hospital infantil donde trabajaba mi madre (a metros de casa) perseguidos a tiros por los esbirros de la dictadura, mi madre me empujó debajo de una camilla de curas donde permanecí casi media hora y desde donde pude ver los pies de los jóvenes y las botas de sus perseguidores.

Por lo general esos últimos años de revolución, me tocó pasarlos debajo de camas y colchones, pues no había una noche de paz en esa época y allá van los muchachos para el piso hasta que dejen de sonar los disparos - para mí esa época fue de aprender a mirar hacia arriba siempre - y no hay día que lo olvide.

Los jóvenes de la tarde del hospital se lanzaron por una ventana muy alta que daba para la casa de Emilia, lo que me dio a pensar que Emilia era revolucionaria, sin que jamás lo confirmara. Cada vez que iba a ver a Emilia recordaba esa tarde.

Emilia fue una mujer muy importante en la vida de mis abuelos maternos, y así vivieron toda su vida - siendo indiferentes al mismo tiempo - conoció a mi abuelo muy joven, quien la trajo a Santiago de Cuba (desde el campo donde vivía) y así duraron toda la vida en un cuadrado amoroso - la escalera de 30 metros, la del barranco - hacía la otra arista de la figura.

Lo que sí supe siempre fue que mi abuelo estaba dispuesto a morir de una caída por las escaleras de tierra y Emilia a morir de amor por él.

Mis abuelos eran enfermeros. Antes existían varios tipos de enfermeros, ellos eran no graduados, mi madre también lo fue, pero graduada. De ese modo mi abuelo cuidaba enfermos, se llamaba “una especial”, o sea luego de su trabajo - lo mismo que mi abuela Ana María - por la noche, iban contratados a cuidar enfermos en los hospitales privados o en las casas de los mismos, casi siempre enfermos en estado terminal, lo que aun vivo el paciente, debían irse viendo otras posibilidades de empleo en caso de quedar “vacante” en la madrugada o el día posterior.

Por lo general los familiares le regalaban las pertenencias del difunto o la difunta a los enfermeros de la especial, de ese modo recuerdo a mi abuelo siempre muy bien vestido – con esas ropas - que hasta yo usé sin saber su procedencia.

Todo transcurría muy bien en sus vidas antes del triunfo revolucionario del 59 - las especiales - le daban ciertas posibilidades de mejorar el día, la semana o el mes, en dependencia del aguante del enfermo, tiempo que también, aseguraba una relación más o menos estrecha con la familia - que le proporcionaba cierta fama de buenos cuidadores a mis abuelos, más a mi abuelo - pues mi abuela Ana María, asumió mi crianza con mi tía Lola, para que mi mamá estudiara, se graduara y pudiera ser más útil a la familia, ella también agarró alguna especial, pero mejor pagada por su nivel profesional.

De ese modo y durante muchos años, se mantuvo la fama de buen cuidador de mi abuelo quien seguía en las especiales.

Un día - esto me lo cuenta él - le toca cuidar un enfermo muy rico que tenía toda la dentadura con una prótesis de oro, el enfermo debía morir pronto pues su estado era de mal pronóstico, sin embargo - como suele suceder - se alargó todo y mi abuelo - que además era mi amigo y mi maestro de la vida - le fue cogiendo cariño al enfermo y el enfermo a él, haciéndose buenos amigos y contándose sus intimidades de última voluntad, hasta que un día al enfermo le dio un paro cardiaco, mi abuelo le cerró los ojos, lo tapó con la sábana, avisó a los familiares y se retiró, como estaba establecido, al dejar el “cadáver” listo para los trámites legales del momento, no sin antes llevarse la dentadura de oro del “difunto”.

Horas después los familiares se presentaron en la casa de mi abuelo buscándolo y todos pensábamos que era para la entrega de las pertenencias del fallecido, pero mi abuelo no estaba y volvieron como a la media hora, a tanta insistencia mi abuela, luego de haberle dado el pésame en la primera visita, le preguntó los motivos de la imperiosa necesidad de ver a mi abuelo a lo que los familiares le respondieron:

- Mire señora, el paciente no puede comer nada desde que su esposo se fue con todos sus dientes.

De ese modo subí yo por primera vez las escaleras de la casa de Emilia, por donde mi abuelo ya había pasado lleno de regalos para la familia y con algunos traguitos de más.

Años después, al recordar eso en el cuerpo de urgencias del hospital - luego de haberse caído por las escaleras de Emilia - mi abuelo muy serio me juró, ante la inminente muerte suya al amanecer - según él - que los dientes se los había regalado el paciente como acto de última voluntad por los servicios prestados y la amistad que los unía.

No creo que me mintiera en sus últimos minutos, por lo que opino que los dientes regalados fue verdad.

Al amanecer, le dieron el alta, luego de habérsele pasado la borrachera, me dijo camino a casa, con su cara de pícaro y santo:

- Yo no uso dientes de oro, no podía dejarte nada de última voluntad anoche.

Mi abuelo era tremendo buena gente y siempre tenía una sonrisa en los labios, pero jamás me dijo como resolvió aquel problema de la comida del paciente resucitado y la fama que le quedó, luego de su mal diagnóstico.

Septiembre 2010