miércoles, 20 de noviembre de 2013

El OUT más olímpico en la historia de la pelota en Cuba



Para mi abuelo Cheo Perico, que solía dormirme con este relato;
 para los viejos peloteros de mi central Constancia E.

Amador Hernández


Las emociones que se viven serie tras serie de pelota en toda la isla y mi fracaso por no haberme convertido en una gran estrella de esta pasión, trajo a mi memoria aquel memorable juego celebrado antes del triunfo revolucionario en el terreno de pelota del entonces central Constancia E —hoy Abel Santamaría—, donde la novena de Los Azucareros del Constancia venció una carrera por cero a un reconocido club de zona aledaña. 

El enfrentamiento debía comenzar alrededor de la una de la tarde. Desde muy temprano los fanáticos se habían apoderado de las pocas gradas hechas a base de tablones y raíles de ferrocarril. Los que no alcanzaron asientos se subieron en las ramas de los árboles más cercanos, en los techos, e incluso el Mulato, desmochador de palmas, trepó con sus arreos hasta el copito de una que se hallaba tras la pizarra que marcaba las estadísticas del juego. Los jinetes se mantuvieron sobre sus monturas. Mujeres con sus hijos compraban golosinas de todo tipo, los hombres se atragantaban con buenos buches de Bacardí, el Ron de Cuba, otros refrescaban con la Hatuey, mientras las bellas señoritas saboreaban con deleite los helados, durofríos  o cariocas con los que los comerciantes mejoraban su estado financiero.

Por los altoparlantes se anunciaba la proximidad del juego. A la música del Benny se unía el jolgorio de los aficionados. Diez minutos antes de comenzar el partido, el director de Los azucareros del Constancia se percató de que su jardinero derecho no había llegado. Era la época en que los peloteros no se especializaban en la defensa de una sola base. Eran movidos de sus posiciones cuando la situación del juego así lo requería: un pitcher que explotaba se iba a cubrir una posición en el campo, el reemplazado pasaba a ser relevista y así de cambio en cambio transcurría el partido.
Cuando solo faltaba un minuto para dar la voz de ¡play! El hombre que cubriría el right field enviaba un mensaje muy explícito: “Lo siento, la rabinegra está de parto y no puedo dejarla sin los auxilios.” Sin lugar a dudas, la vaca no había encontrado peor hora para rajarse con un ternero.

A punto de tener que anunciar la suspensión del juego, el director descubrió que muy cerca del dogoult se encontraba un joven de tez trigueña, gorra militar y zapatones torcidos; en la mano izquierda un guante y para arroparle el torso una camiseta de Los Elefantes de Cienfuegos. La pinta es de pelotero, se dijo el director.

—Eh, muchacho, ¿te gustaría jugar hoy en la banda derecha?

El muchacho con pinta de buen pelotero era nada más y nada menos que Cholo el cojo. Un lisiado que apenas si salía de su conuco, pero como era domingo, día de juego y de darse algunos licores, había decidido estirar su cojera por el batey del central. Gustaba de hacerse acompañar por aquel guante que su abuelo le había regalado cuando cumplió los cinco años de edad. Nunca imaginó que un accidente le robaría el más hermoso de sus sueños de niño: tocar la gloria con la punta de un guante.

Cholo hizo un movimiento afirmativo con la cabeza. Pero al cruzar la puerta que daba acceso al terreno del hoy estadio Aurelio Janet, le pareció muy, pero muy grande aquella explanada verde para su pierna renga.

Bajo una gritería ensordecedora más los cencerros, las cornetas, los tambores, los relinchos y otros ruidos cercanos, el árbitro principal daba la voz de: ¡A jugar!
El equipo visitante regaló los dos primeros out a ritmo de conga. Esa tarde el guajiro Segundo Pérez mostraba un control excelente con sus endemoniadas curvas. El tercer hombre, un zurdo que sacaba el bate a la velocidad del rayo, conectó una línea bajita pegada a la raya de fout. Cholo, al ver el batazo, se lanzó en loca carrera para, al menos, tapar la pelota. La línea que venía rompiendo el aire y Cholo, que obligaba a su pie rengo a realizar un esfuerzo extraordinario, no se percató de que uno de los tobillos se le había torcido y que él se iba al suelo como lanzado por un cohete. Al caer Cholo con todo el peso de sus veinticinco años sobre la grama, sintió un golpe contundente debajo del cuello. Fue lo último que sintió en ese momento. Cuando sus compañeros lograron ponerlo de pie, vieron como la pelota se le había colado dentro del pulóver de Los Elefantes. Ahí mismo gritaron ¡Out!, ¡Out!, ¡Out!

El árbitro de primera, que se había internado hasta ese jardín, decretó en voz bien alta su decisión, y ahí mismo se formó la primera de muchas protestas. El público festejó de lo lindo la inusual forma de sacar out y desde ese momento Cholo se convirtió en el centro de miles de miradas. No podían creerlo sus compañeros de equipo: el novato se había convertido en el showman.

Colocado en el noveno turno, Cholo le hizo swing a una curva hacia afuera con la que logró una rolata lenta y salpicona que enredó al pitcher y al tercera base. El corredor que venía para el home fue quieto y el Cojo se anotaba su primer y único hit del juego y de toda su historia como pelotero.

A la altura del quinto inning, sentía dolor en todo el cuerpo, pero más en la pierna inválida. Dos entradas más tarde había logrado atajar con la pierna enferma un rolling que de haber continuado habrían perdido la ventaja. La pelota chocó con su bota derecha y se levantó un metro, lo suficiente para que el improvisado jardinero la atrapara a mano limpia y vinera corriendo bola en mano hasta muy cerca de la segunda base. Otra vez la bullanga, los aplausos, los vítores…

 El director miró al público primero y al cielo después para rendirle loas al Señor de los Destinos por haberle traído a aquel lisiado, que de pronto se había vuelto otro espectáculo dentro del que dirimían esa tarde. Miró su reloj. Coño, son casi las cuatro. Este juego se me ha ido volando, pensó. Volvió los ojos a la pizarra; allí Pepe Botella había llenado cada hueco con ceros más ceros, excepto el tercer capítulo donde, gracias al novato, su equipo había marcado la única carrera del desafío. Es verdad que cuando el guajiro Segundo —el pitcher de las tres curvas en una— lanzaba y el socarrón de Carrazana recibía, la victoria estaba en el saco.

Por fin, el noveno episodio. Segundo sacó los dos primeros out en fly por el cuadro, pero el último bateador de los contrarios recibió un pelotazo, cosa rara en un pitcher de control casi perfecto, el segundo y tercer bateador se embasaron con toques de bolas ejecutados con excelencia. Vaya modo de complicarse la entrada y de peligrar la victoria. Le correspondía el turno en el home play al zurdo que sacaba el madero como una bala de cañón. 

El director miró para su jardinero y apreció una posibilidad inesperada. Alzó la vista al público el cual pedía a gritos levantar al abridor y relevar con uno de brazo más fresco. Cómo si fuera tan fácil, murmuró el jefe de Los Azucareros. Quitar al guajiro podía ser la debacle del inning. Bases llenas, y soltó una obscenidad.


Los dueños del central —sentados en la mejor posición para ver el juego y de paso controlar mejor al Niño Camejo, jefe del club—  lo llamaron a contar:

—Túmbalo, ese guajiro ya dio hoy todo lo que podía. Hay muchos billetes en juego.
No tenía más alternativa. Pidió time al principal y le retiró la pelota al pitcher. Entonces el director tuvo un alumbramiento con lo que dejó a los miles presentes con la boca abierta. Enmudeció el graderío, callaron los vecinos, enmudeció el central a diez kilómetros a la redonda: el novato era llamado al montículo. Se volvió loco el tipo este, pensaron a la vez miles de cerebros. 

En sus siete envíos de calentamiento, Cholo no acertó ni una vez la zona de strike.
—¡Play!— rugió el ampaya, un negrón con cara de pocos amigos.

Silencio de muerte. Carrazana abrió sus piernas todo cuanto pudo detrás del home y señaló con la mascota el centro del pentágono; el nuevo jardinero se persignó; el público mantenía las manos en posición de súplica; el director miraba solamente al cielo y rezaba, rezaba... En aquel capricho le iba la dirección de la novena. 

Cholo se puso de frente al receptor para no cometer balk. Afinó bien la puntería, levantó su pierna renca y poniendo el alma en el lanzamiento soltó la bola, que venía como un cuchillo de mago circense hacia el rostro del zurdo, quien en un movimiento defensivo no pudo evitar que el bate rozara la pelota y saliera un “palomón” hacia la lomita de lanzar. Cholo gritó: “¡Mía, mía!” 

El director agradeció a Dios; el público suspiró feliz; los dueños del central se tocaron avaramente los bolsillos; Benny alentó la orquesta con su habitual movimiento de batuta; el bateador soltó una palabrota que despertó a Pepe Botella; la segunda, la tercera y el short stop sitiaron al pitcher para ser los primeros en cargarlo por todo el terreno; ya venía la esférica directa al guante que el abuelo le había regalado a Cholo cuando hubo cumplido los cinco años, ya iba a cerrarse para la captura definitiva de la redonda cuando caprichosamente esta rebotó en la cabeza del baldado y se elevó, como una bolita de ping-pong, por el aire. 

Acaso unos milisegundos: el silencio volvió adueñarse del estadio, el director iba a maldecir a todos los seres celestiales, los sitiadores del lanzador se disponían a lincharlo, el bateador zurdo emprendía una desesperada carrera hacia la primera almohadilla en el instante mismo en que la mascota del más socarrón de todos los cátcher de la isla se engullía la pelota antes de que esta hiciera contacto con el césped.
¡¡¡Out!!!— gritó el ampaya de home con la misma rapidez con que entró el oxígeno en los miles de pulmones que amenazaban con asfixiarse.

Al levantarse, Carrazana se percató de que su rodilla derecha había perdido unos centímetros de pellejo.

Lástima entonces que la prensa escrita, radial y televisiva no hubieran podido guardar para la posteridad ese out, el más olímpico en la historia de la pelota cubana.