viernes, 19 de octubre de 2007

20 de octubre: EL DÍA EN QUE LA PATRIA ENTRÓ CANTANDO

Reinaldo Cedeño Pineda

Era hacendado, poeta, maestro, ajedrecista, políglota… pero ante todo, cubano. Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo (1819-1874), se vistió de paño impecable e hizo tocar la campana de su ingenio La Demajagua, en el Oriente de la Isla.

10 de octubre de 1868: la historia recoge el hecho como El Grito de Yara; era el campanazo a la conciencia nacional. Y más de cuatro siglos de yugo español se conmovieron.

Ante una dotación de negros, asombrada, dio la oportunidad de dejar de ser esclavos y pasar a ser cubanos.

Las acciones militares se sucedieron tras la proclama de libertad, y los patriotas poco a poco, se unieron. El 18 de octubre estaban ya a las puertas de la ciudad de Bayamo y la guarnición española, capituló dos días después.

El pueblo de esa ciudad estalló en vivas y el himno “La Bayamesa” dejó escuchar sus compases… pero faltaba la letra.

Frente a la Plaza de la Iglesia Mayor, un espacio que hoy se denomina Plaza del Himno Nacional, el clamor unánime exige a Pedro Figueredo Cisneros (1819-1870), más conocido por Perucho, que ponga la letra a la marcha que él mismo había compuesto.

Cuenta la tradición popular que montado en su caballo y bajo un rapto de inspiración, escribió aquellos versos (octavas reales), inicialmente con seis estrofas; aunque luego se escogieran sólo las dos primeras como Himno Nacional.

Algunos historiadores afirman que ya aquellas estrofas las tenía en la mente su autor, y que sólo esperaba la ocasión ideal para darlas a conocer… y ¿cuándo mejor que ahora?

Allí mismo, con unas pocas copias y desbordados de ardor, se entonaron en público por primera vez sus notas:

Himno Nacional de Cuba

Al combate corred bayameses
que la patria os contempla orgullosa;
no temáis una muerte gloriosa
que morir por la patria es vivir.

En cadenas, vivir es vivir
en afrenta y oprobio sumidos.
Del clarín escuchad el sonido,
¡A las armas, valientes, corred!

Ese día, 20 de octubre de 1868, fue escogido como Día de la Cultura Nacional, una conmemoración con carácter oficial desde 1980.

Se habían unido excepcionalmente en una sola jornada, la poesía y la música a la decisión de libertad de todo un pueblo.

El momento resultaba un crisol, o al modo de decir de la doctora Graziela Pogolotti, fue: el día en que la nacionalidad entró cantando”.

La historia de “La Bayamesa”

No por casualidad el escenario de esa gesta fue Bayamo.

Incluso antes, el 13 de agosto de 1867, en el bufete de Perucho Figueredo se habían reunido el rico hacendado Francisco Vicente Aguilera (1821-1877) y Francisco Maceo Osorio (1829-1873), para discutir los planes del movimiento conspirativo.

En aquella ocasión, tras quedar aprobado el Comité Revolucionario concebido por Aguilera, Maceo Osorio pidió a su anfitrión:

-Pues bien, ahora te toca a ti que eres músico, componer nuestra Marsellesa.

En la madrugada del 14, ya estaba lista la partitura musical del Himno de Bayamo, que tal fue su título original. Se inspiraba en La Marsellesa, considerada símbolo universal de la rebeldía.

Correspondió a Manuel Muñoz Cedeño, maestro y director de orquesta, la orquestación del himno. Y luego de varios días, sólo quedaba estrenar, pero…

La oportunidad se presentó durante una festividad religiosa efectuada en Bayamo y cuando sonó, el propio gobernador estalló en cólera y llamó a su autor. Este buscó, la salida exacta para lo que se presentaba como un problema:

-Señor Gobernador: No me equivoco al asegurar, como aseguro, que no es usted músico, por lo tanto nada autoriza a usted para decirme que es un canto patriótico.

El jefe militar español replicó:

-Dice usted bien no soy músico, pero tengo la seguridad de que no me engaño. Puede usted retirarse con esa certidumbre.

Hemos de imaginar cuanta satisfacción embargaría a Figueredo, cuando hasta el enemigo había captado el espíritu de su música.

La partitura original del himno se extravió durante la guerra; pero la tradición oral lo mantuvo vivo, aunque su interpretación sufriría las lógicas modificaciones del tiempo.

Ser cultos para ser libres

Cuba tiene en José Martí (1853-1895) a su más alto paradigma, y bajo sus ideas se desarrolla la cultura nacional; especialmente bajo una breve sentencia de gran espesor simbólico: “Ser cultos es el único modo de ser libres”.

La cultura rebasa con mucho a una manifestación artística dada y es el alma misma de una nación, cuyo espíritu de resistencia y de rebeldía es tal vez su marca más distintiva. Y sin que la alegría natural se empañe ante las dificultades, que ha de verse a un pueblo derramado detrás de la corneta y el tambor.

La cultura cubana es por definición, el reflejo de su gente innovadora y solidaria. Y se hace dentro y fuera de la Isla; aunque seguramente en este día habrá que recordar algunos nombres ilustres:

José María Heredia, que buscaba las “palmas deliciosas” de su patria en el exilio; Alejo Carpentier y su asombro ante lo maravilloso de la realidad americana.

Nicolás Guillén y sus poemas mulatos, Guillermo Cabrera Infante, como un tigre triste desde la distancia, y Lezama Lima, construyendo su Paradiso del lenguaje.

Alicia Alonso, que regaló al mundo la última gran escuela de baile clásico, desde el movimiento sensual del Caribe.

Rita Montaner, “La única”, con su lunar y su gracia, pregonando El manisero y acompañada al piano por el Bola.

Virgilio Piñera levantando La Isla en peso.

Tomás Gutiérrez Alea, con su cine crítico de Memorias del Subdesarrrollo y el canto fílmico a la tolerancia de Fresa y Chocolate.

Cecilia Valdés atravesando la plaza para saludar a Cirilo Villaverde y a Gonzalo Roig.

Wifredo Lam, entra con sus símbolos en La Jungla del Tercer Mundo.

Roberto Fabelo saca del pincel un mundo animado de seres mágicos.

Y la Isla, musical por antonomasia, bailando al Son de la Loma de Matamoros, con Celia Cruz y Benny Moré.

Escuchando el bolero tardío e inmortal de Ibrahim Ferrer, la trova eterna de Compay Segundo, la trova nueva de Silvio Rodríguez, la guajira Guantanamera

Ernesto Lecuona que toca La Comparsa.

Mambises y rebeldes, hincados ante la Virgen de la Caridad de El Cobre.

Y Dulce María Loynaz, cantándole a su Isla que a todos se entrega “aromática y graciosa como una taza de café”; pero a nadie se vende.