martes, 9 de octubre de 2007

José Soler Puig: LA GRANDEZA NO SE PREGONA


La historia de un bisoño periodista frente al novelista de la Revolución Cubana

Reinaldo Cedeño Pineda

Quijote de carnes pocas, Juan Candela santiaguero…un nombre, fue para mí un nombre, apenas un capítulo durante los estudios de secundaria… A José Soler Puig lo había visto casualmente una tarde de homenajes en la casona de la UNEAC, cuando la calle Heredia latía como arteria de la cultura santiaguera.

Siempre me imaginé así su propia casa –un colgadizo de tejas-, y no aquella de calicanto que me encontré el 13 de junio de 1988, con un perfecto trío de cinco, bajo la placa de la calle quinta en el reparto Sueño. Aquel día celebraba mi cumpleaños número veinte…

Alguien me había encomendado una entrevista con Soler, pero sobre mí pesaban las anteriores, como una losa. Me asomé por la puerta entreabierta. El balance mecía el tiempo.

No sabía entonces de los juegos de fútbol que describía en el antiguo Colegio Dolores, de los primeros cuentos versionados desde las revistas Carteles, ni de los cuentos ignorados hasta su Premio Casa de las Américas, cuando Alejo Carpentier afirma que se revelaba en el “un auténtico temperamento de novelista” (1)

Aún así –confesión de escritor, extrañamiento- se declara “un ladrón de ideas”:

En Bertillón 166 hay muchas vivencias, el negro comunista es el único miembro del M-26-7 que conocía bien (Juan Ramón Carbonell) aunque en realidad es blanco. Espinosa era ayudante de carrero en la Coca-Cola, Raquel y Rolando trabajaban en la llamada ‘Compañía Cubana de Aviación’, el sastre Kiko también existió, claro un poco disfrazado. (2)

La sinceridad de Soler era desconcertante y lo que pasaba en una entrevista, era inadmisible para un examen. De su propio testimonio me enteré de aquellas chicas que llegaron a su puerta desconcertadas, en una sola lágrima, porque habían escrito en una prueba, ni más ni menos que lo dicho por el autor… y habían desaprobado. A saber:

¿Bertillón 166? La verdad es que no es gran cosa, no tiene mucha técnica, copié mucho de la realidad, de personas que conocí; así que no tuve que inventar apenas. Después hice cosas realmente mejores… (3)

Volvió nuestro José… Quijano, sin más preámbulos ni espera y, en un arresto, echó una camisa sobre su esqueleto y partió rumbo a desfacer aquel desaguisado. Veremos el asombro de la profesora, los brazos escuálidos de este hombre buscando la reconciliación:

-Profesora, yo tengo toda la culpa… desapruébame a mí...
Las chicas se quedaron sin palabras, pero la sonrisa volvió a aflorar cuando aquel suspenso quedó revocado.

Ese era Soler.

El perpetuo ejercicio de la palabra

A primera vista, pudiera pensarse que Soler es uno de esos casos en que la obra sobrepasa al hombre, le deja minúsculo en su sobrevuelo. Sólo a primera vista, porque aquel laboreo hasta las médulas, ese perpetuo ánimo no es privativo de su literatura; sino antes, congruencia con su personalidad, un toma y daca que acabó creciéndoles al unísono.

Si bien su condición de santiaguero fiel -que es ya decir algo en estos tiempos que corren, y en una ciudad diaspórica- poco será para aquilatar su magnitud. La nobleza de hidalgo antiguo, le asomaba desde la armadura de caballero. Su capacidad de eternizar la ciudad –la rebelde o la fantasmagórica- en un obstinado ejercicio de la palabra, nos lo devuelve siempre.

Acaso, ¿no será esa mística en las letras, floración misma de esa nobleza, su cuna, su cáscara de nuez y su Meñique?

No intentaré descubrir al escritor radial, reafirmar eso sí, su inveterada apuesta por la palabra, aunque se sujetase efímera en el aire, irreverente ante el latinazgo lapidario: verba volant, scripta manent. O acaso será su clarividencia, la de no desmerecer un medio capaz de sobrepasar toda barrera e instalarse dentro de la gente, con esa sensación de calidez y compañía tan difícil de alcanzar por cualquier otro.

Observo el horno y la panadería (La Campana en la vida real) y a un joven que transforma como un demiurgo, aquellos sudores y esas certidumbres en el arte mayor de El Pan Dormido. Una novela entera que no se cansará de entregarnos luz, aunque haya que “abrir la doble puerta que hay al final de la rampa, para que el taller se viera por dentro” (4)

Una entrevista es una pretensión –casi una presunción- de atrapar de una bocanada, el espíritu de una vida al modo de un medium, que debe interpretar los silencios tanto como las palabras. Por eso, casi incrédulo con la impresión inicial, volví otra vez, pero ya el pulmón le flaqueaba.

Tal vez esa respiración, esquiva entonces, es la misma que fue insuflando –como los dioses a los seres de maíz- a sus personajes y ambientes, que ahora respiraban en eslavo y japonés, en el sonoro catalán, en el dulce portugués, en inglés, en más de cuarenta idiomas.

Ninguna obra de Soler duerme en las librerías, ningún volumen suyo se empolva. Ya no es posible encontrar ediciones príncipes de El Caserón, Un mundo de cosas o Una mujer. Ni que decir de Bertillón 166 o El Pan dormido.

Para los lectores, imagino, será una agonía tal vez; pero las libreras –hadas ignoradas- saben que esta es una señal inequívoca para un escritor. No sólo han sido las ediciones primigenias las que se agotan, sino las reediciones y las reediciones de las reediciones.

Soler no es un escritor citado de vez en cuando en una antología literaria, ni lectura obligada de libro de texto; es sobre todo un escritor presente, un escritor que sigue escribiendo, si hacemos honor a esa certeza de que cada lectura es una reescritura.

La memoria se construye desde los pequeños detalles. Al cumplir los 65 años en 1981, recibió muchos homenajes, se le hicieron varias entrevistas y programas de televisión… se puso de moda. Desde todas partes del país se requerían sus palabras.

Uno de mis colegas –de cuyo nombre no quiero acordarme- se puso su ropa de gala y se encaminó a encontrarse con el señor escritor José Soler Puig, así como zumba y suena.

Pisaba Santiago de Cuba por vez primera y encontró por fin, después de un buen andar, el consabido número 555, y pasó justo frente a la casa. En el pequeño portal tomaba el fresco nuestro Quijote, más Quijote que nunca con su modesto atuendo de andar. El periodista decidió cerciorarse con una vecina, tan espontánea y solícita como cualquier santiaguera.

-Buenas, señora, ¿usted sabe dónde vive el escritor Soler Puig?
-Pero, sí usted ha pasado delante de él, es aquel… y al final de su dedo, se recortaba la imagen del escritor.
-¿Usted está segura? , terció el visitante.

Hemos de imaginar a aquella santiaguera mirándole de arriba abajo, sintiéndose ya cuestionada en su sapiencia de barrio, como le diría: -Completamente… ¿Y de dónde es usted?...

Dejemos que sea el propio Soler quien termine la historia:

“veo a un señor bien vestido hablando con una vecina mía, y ambos me señalan. Cando se va, la señora me dice que le preguntó dónde vivía Soler Puig y que al señalarme, el hombre dijo con expresión de asombro: ¿¡ese!?” (5)

Entonces, aquello me pareció extraño y tal vez lo hubiese puesto en duda sí el mismo escritor no me lo hubiese contado. Sólo ahora, con un poco de camino andado y tras haberme encontrado con cada personaje fatuo por ahí, puedo echar una mirada comprensiva a mi colega.

Tal vez no entendió que un hombre de letras de su estatura, no tuviera reservas para mostrarse como un mortal común y corriente, en la puerta de su casa. Y es que Soler no sucumbió nunca a la embriaguez de la gloria, ni tendía impertinencias –prefabricadas o auténticas-. Abría la puerta de su casa a todos, sin distanciamientos, sin claustros y sin horas.

Soler jamás pregonó su grandeza, la grandeza serena que jamás escatimó para regalarla silencioso a los flacos de espíritu, y a sus amigos.

Al mostrarme sus medallas –las más altas distinciones de la cultura cubana- una mezcla rara rezumaba en sus poros: el honrado orgullo del ex vendedor ambulante, ex cortador de caña, ex dependiente, ex recogedor de café, ex de todo… que había podido trascender ese mundo sabe Dios con cuantos desvelos; y por otro lado, el desasimiento de tales lauros, que allá en el fondo de su modestia, tal vez considerase impropios,
“que nunca esperé recibir tanto”. (6)

De aquellos galardones, me confesó que había uno que consideraba especial: la condición de Profesor Invitado de la Universidad de Oriente. Más que ganado a esas alturas, podrán calarse los motivos para aquella humildad hermosa y el espacio para una aparente paradoja: “a escribir no se enseña, pero se puede aprender”. (7)

Vuelvo a tenerlo al frente, para que en un alarde de memoria, este Quijote se vuelva Quijote, empecinado en beberse a Cervantes. Y escribir, escribir, como un aprendizaje infinito, el mismo que hizo al lado de Juan José Arreola. Escribir, escribir.

¿Dónde depositó su amor de padre, quebrado en la mitad, arrancado de cuajo su Rafelito? Se plegó el padre a su dolor; pero el escritor le tendió la escala. El eco colectivo no se apagó, se reconcentró más pudoroso, pasó gallardo por todos los quinquenios, refugió sus memorias en las manos de su esposa, la eterna Chila; mientras nosotros, los de afuera, esperábamos siempre. Y no aprendió a defraudarnos.

Por suerte, Soler es un mundo, con sus calles y sobre todo, con su gente. Es Santiago, no deja de serlo, ni siquiera cuando desanda su “ciudad interior”, tan vasta seguramente como la que pisamos todos los días.

¿Cuántas cosas se le quedaron por contar? ¿Quién lo sabe?

Hubiese querido decir aquí que Soler fue mi amigo; pero por más que desboque la imaginación, sería faltar a una verdad estricta. O acaso, si un escritor tiene poder para convertir un viejo caserón en protagonista o rescatar el ánima solitaria e inmortal mediante el poder de las palabras, ya lo he convertido en tal.

Y lo hago sin permiso suyo, porque aquella dedicatoria que guardo en la intimidad de mi cuarto –una dedicatoria holgadamente generosa- solo se escribe para un amigo.

NOTAS

(1) Prólogo a Bertillón 166, La Habana, Editorial Letras Cubana, 1982, p.5.
(2) Entrevista realizado por el autor (José Soler Puig, más allá de sus obras) en Perfil de Santiago, Año 2, n.36, 25 de junio de 1988, p. 4
(3) Crónica del autor (Soler nuestro) en Sierra Maestra, Santiago de Cuba, 14 de septiembre de 1996, p.3
(4) José Soler Puig: El pan dormido, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1977, p.11
(5) Corresponde a José Soler Puig, más allá de sus obras
(6) Op .cit
(7) Op,cit