sábado, 8 de octubre de 2016

"Radiografía de la devastación” de Moisés Mayán Fernández / PREMIO Ediciones Caserón / PREMIO Universidad de Oriente / V Concurso Caridad Pineda In Memoriam 2016







“¿Escuchaste ese ruido, papá?”. “No, no escuché nada”. “Era como si pasaran la página de un libro”. El hombre empujó el carrito de supermercado sobre el gris ceniciento del asfalto restándole importancia al asunto, sin embargo el chico no se movió de su sitio. “Debemos irnos. Muy pronto anochecerá”. “Tengo miedo, es como si alguien estuviera pisándonos los talones todo el tiempo”. El hombre, con el rostro de Viggo Mortensen, echó un vistazo a los troncos oscuros y retorcidos. “Es solo un árbol que cae, no pasa nada. Tranquilo”. El chico siguió andando y el padre pensó en la razón por la que le había ocultado la verdad. Era justo eso, una mano que pasaba las páginas de su historia. En el espejo de motocicleta sujeto al asa del carrito, pudo distinguir una vez más, los grandes ojos del lector. 


   Hay tramas que carcomen la realidad, perforan la concha de nuestros caparazones y terminan alterando el biorritmo de la vida. Otras, son tan quebradizas como los blancos huevos de araña, y uno bucea en las yemas primordiales donde se gestan los conflictos y comparte el espacio vital de los personajes. A mediados del 2011, un poco descreído, me dispuse a zamparme la adaptación cinematográfica de La carretera, con guión de Joe Penhall y bajo la batuta de John Hillcoat. Recuerdo que me levanté en varias ocasiones para aporrear el aparato de televisión, creyendo que presentaba inconvenientes con los colores. Detuve el filme para verificar el cableado que conectaba el reproductor de DVD con el televisor. Los desenchufé para descartar la presencia de un falso contacto, y ajusté el contraste valiéndome de las opciones del menú. Al parecer todo estaba en orden, de modo que retorné a mi asiento y oprimí el botón play. Los grises prevalecían; pero luego del primer cuarto de hora, aquel mundo de claroscuros donde asomaba el lomo ceniciento de la carretera me sobrecogió de tal forma que me quedé paralizado frente a la pantalla.


   Mientras rodaban los créditos advertí por casualidad un nombre, Cormac McCarthy, y solo entonces caí en cuenta de haber efectuado el viaje en sentido inverso. Por lo regular, primero leemos el libro y luego nos damos a la tarea de examinar la versión cinematográfica, apertrechados con las herramientas básicas para desmontar la historia, descubrir costuras, y plantar en el banquillo de los acusados, al guionista y al director. Ante mi olfato insaciable se desplegaba una incógnita: ¿Cómo localizar la novela homónima de Cormac McCarthy? Realicé mis pesquisas iniciales auxiliándome de Google, y obtuve algunos datos biográficos que me permitieron seguir las huellas del hombre que había ganado el Premio Pulitzer en el 2007 con The Road.


 ( El norteamericanoCormac MacCarthy,  el autor de The Road/ Lacarretera)



    Cuando comencé a entrevistar a mis amigos escritores, de inmediato surgió un malentendido que trataba de reorientar la búsqueda hacia la novela On the Road (En la carretera o En el camino, según algunas traducciones), del también norteamericano, Jack Kerouac, uno de los principales exponentes de la conocida como Generación Beat. Cada atajo que parecía conducirme a la obra de McCarthy concluía abruptamente en un tabique invisible contra el que me daba de bruces. Sin embargo, por ese entonces, la Casa del Escritor de Manicaragua publicó una lista con diez títulos recomendados por Leonardo Padura, y como parte del mecanismo de promoción definido como “Cruzada semanal para el fomento de la lectura inteligente”, sus especialistas se dedicaron a rastrear y enviar a través de correo electrónico archivos comprimidos de esas obras. 

   Fue así como la bandeja de entrada del Outlook de la editorial donde trabajaba, me proporcionó una copia en formato Word de La carretera. La primera semana del mes de diciembre del 2011 estuve con los ojos clavados en el monitor de mi computadora leyendo cada una de aquellas 177 páginas en Arial 12, mientras agradecía en silencio la iniciativa de la Casa del Escritor de Manicaragua. La copia carecía de página legal, o sea, era muy posible quviéramos en presencia de una edición pirata colgada en algún sitio de descargas gratis, pero eso no me quitaba el sueño. Desde el párrafo de apertura pude constatar que meses atrás había aporreado en vano mi televisor. «Al despertar en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado. Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior. Como el primer síntoma de un glaucoma frío empañando el mundo». 

 
   
 Un padre y su hijo avanzan obstinadamente hacia el sur a través de una devastada Norteamérica. ¿Qué ha sucedido? ¿Qué fenómeno redujo el paisaje a una caricatura distópica y grotesca del futuro? ¿Un cataclismo? ¿La temida conflagración nuclear entre superpotencias? No lo sabremos con seguridad, pero McCarthy nos entreabre las ventanas y nos permite husmear bajo la película de cenizas que se deposita sobre el mundo. La precisión en las descripciones y la intensidad de los diálogos hace que los lectores pasemos por alto la jerga madridista que el traductor ha puesto en boca de los personajes. Levanto los ojos de la luminosidad de la pantalla y me voy a la cama. En mi primera jornada de lectura engullo 70 páginas que bastan para demoler el mito de “lector macho” que me había creado. Demoro en dormirme, y cuando finalmente lo consigo, germinan en las tinieblas dos figuras fantasmagóricas empujando un carrito de supermercado. 



 En la tercera jornada me dejo seducir por el aliento narrativo proyectado directamente sobre mi nuca, como el jadeo de un lobo ártico, y avanzo hasta la página 153. Mis quijotes, (porque eso son el chico y su padre, dos quijotes modernos) alcanzan la costa. A unos 30 metros de la orilla, un barco desmantelado puede representar una significativa reserva de provisiones. El viento que sopla desde el mar huele ligeramente a yodo, y la arena de la playa es gris como ceniza volcánica. El padre bracea hasta aferrarse al casco erosionado donde se puede leer el nombre del barco “Pájaro de la esperanza”. Estoy inquieto, no subiré al techo estar tarde. Muerdo las uñas crecidas de mis manos. Deseo que lleguen de una buena vez al sur. La tos del hombre se ha transformado en accesos incontrolables que le inundan la boca de buches de sangre. Se está muriendo. Una angustia premonitoria comienza a rodearme. Si me esfuerzo y leo 20 páginas más es posible que los empuje definitivamente al sur, pero eso significa que llegaré al final de la novela, y quedaré sumido en una orfandad de la que me costará recuperarme.

    Duermo poco y mal. Un océano sucio lame la costa y el horizonte está cubierto de niebla tóxica. Leo muy lentamente, recuerdo mis clases de lectura en primer grado, cuando aquellos códices misteriosos comenzaban a develar sus secretos. Hemos hecho este viaje los tres juntos. Creo que los días se han vuelto más fríos desde que guardé en mi memoria flash el archivo de La carretera. No soy el mismo hombre, mis hijas tampoco son las mismas. Llevo una semana abrazándolas de un modo distinto. Se han dado cuenta. La mayor, de solo seis años, me pregunta si voy de viaje. Visito las tiendas para comprar alimentos, productos enlatados, cereales, botellas de sirope, verifico obsesivamente las fechas de caducidad, y evito dirigir la mirada al sitio donde apilan los carritos. ¿Hasta cuándo durará todo? He leído sobre la descomunal fuerza destructiva almacenada en los arsenales nucleares de las superpotencias. Como para borrar varias veces de la faz de la tierra cualquier vestigio de vida.

   En un presente pérfido y gris, entre caníbales, ladrones y asesinos a sangre fría, un padre trata de mantener el fuego en el interior de su hijo. Es la historia que siempre quise escribir. Un padre sin nombre que defiende a su criatura a ultranza, y le inculca valores en un mundo que se cae a pedazos. ¿Por qué esta historia me marca como hierro al rojo? ¿Por qué estuve meses tratando de localizar la novela de Cormac McCarthy? ¿Qué rayos me sucede con La carretera? Paso las páginas deslizando suavemente la rueda del mouse. Veo al chico acostarse junto a su padre y abrazarlo. Cuando amanece el hombre está helado y rígido. Escucho el llanto del niño. Quiero reescribir el final. Por suerte el archivo de Word no está protegido contra escritura. El chico se levanta y va hasta la carretera, pero regresa, se arrodilla, toma la fría mano de su padre y pronuncia su nombre varias veces.

   Soy un tipo duro, no tengo ni siquiera los ojos húmedos. Sin embargo todas mis armaduras interiores yacen fracturadas. Dejo al niño al cuidado de unos sobrevivientes que parecen ser de “los buenos”. El último párrafo parece estar desconectado del resto de la novela, lo transcribo para ustedes: «Una vez hubo truchas en los arroyos de la montaña. Podías verlas en la corriente ambarina allí donde los bordes blancos de sus aletas se agitaban suavemente en el agua. Olían a musgo en las manos. Se retorcían, bruñidas y musculosas. En sus lomos había dibujos vermiformes que eran mapas del mundo en su devenir. Mapas y laberintos. De una cosa que no tenía vuelta atrás. Ni posibilidad de arreglo. En las profundas cañadas donde vivían todo era más viejo que el hombre y murmuraba misterio».
   He terminado de leer, solo quiero acostarme y descansar un poco. Cierro los párpados; ahí están otra vez esas dos figuras y su carrito de supermercado; pero el hombre no tiene el rostro de Viggo Mortensen, el chico, no es tampoco un niño, sino mi hija de seis años, mi hija que me observa y dice: “Yo no sé dónde está el fuego, papá”. “Si que lo sabes le digo. Está en tu interior. Siempre ha estado allí. Yo lo veo”.
  


DEL AUTOR / Moisés Mayán Fernández (Holguín, 1983)


 Licenciado en Historia. Poeta, narrador y editor. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso (2003). Entre los premios obtenidos se encuentran, Mención en poesía en el Premio David de la Uneac (2007), Premio de poesía Ciudad del Che (2007 y 2013), Premio Especial Regino E. Boti en poesía (2008), Premio de cuento Batalla de Guisa (2009), I Premio Gastón Baquero de poesía (2010), Premio de poesía X Juegos Florales poesía (2012). Tiene publicados los libros de poesía Fábula del cazador, Matanzas, (2011) y Premio De la Ciudad de Holguín en tardío (Ediciones La Luz, 2007), El monte de los transfigurados (Editorial El Mar y la Montaña, 2009), Cuando septiembre acabe (Ediciones La Luz, 2010), El cielo intemporal (Ediciones Holguín, 2013), y Raíz de yerba mate (Editorial Cuadernos Papiro, 2015). Muestras de su obra aparecen en numerosas antologías en Cuba y en el extranjero. Es miembro de la Asociación Hermanos Saíz y de la Uneac. 





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---“EL LIBRO QUE ME TOCÓ VIVIR” de Yecenia Ramírez Sosa / Premio AUTOR NOVEL y trabajo más premiado / V Concurso Caridad Pineda In Memoriam 2016
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