jueves, 3 de julio de 2008

SER DEL CARIBE


Reinaldo Cedeño Pineda
escribanode@gmail.com


Las definiciones siempre encierran una cuota de desmesura y otra de acierto. Cada síntesis es un esfuerzo por atrapar lo inasible, pero no basta; siempre es un comienzo.

Así sucede con El Caribe.

El Primer Mundo se empeña en hallar en estas "islas sonoras", un paraíso soleado contra el estrés y el asfalto. Y no es que falten luces o playas, sino que la región se resiste cada vez a ser recortada en una postal turística.

Julio y Santiago de Cuba. Se abre a la Fiesta del Fuego. Ansia y pasión caribeña, academia y folclor desbordados en una ciudad por veintiocho años consecutivos.

¿Dónde hallar el hilo de comunión entre lo que he visto por casi tres décadas?

La reina del carnaval de Aruba con sus plumas tocando el cielo, el sable de Toussaint Louverture y el merengue dominicano a todo batir…

Las tres mujeres del Caribe: la dominicana Sonia Silvestre, la boricua Lucecita Benítez y la cubana Sara González, a una sola voz…

Un Nobel colombiano, García Márquez, escuchando al Orfeón Santiago y a Totó La Momposina, los muñecos gigantes del Pernambuco brasileño y los tambores de Oloddum. El Bando Azul y el Bando Rojo en una controversia campesina en El Caney, "donde las frutas son como flores"...

El papiamento de las Antillas Holandesas, el estudio de la diáspora caribeña en el Coloquio “El Caribe que nos une”, el gagá de Barrancas, el arpa llanera venezolana y una ceremonia vodú…

Un recital de Pablo Milanés, Thiago de Melo y el Amazonas en sus versos en la casa de José María Heredia, una muestra de arte naif, y hasta “la muerte en cueros” en el desfile de la serpiente.

La UNESCO y la Ruta del Esclavo. Un monumento al cimarrón en un cerro de El Cobre, ala-hombre-caballo emergiendo de la nganga, camino a la libertad. Un simbólico diablo de paja y madera ardiendo frente a la bahía


El poeta Jesús Cos Causse definía los símbolos del Caribe en su antológico “Braulio Causse”, dedicado a su abuelo, un emigrante haitiano:

Contaba
que realizó la travesía
en una calabaza inmensa
con una caña como palo mayor
y una hoja de yagruma de bandera
………………………………………..
orientándose por los ciclones


Alma del Taller de Poesía del Caribe y una muerte de la que nunca nos repondremos, Cos me comentó una vez en medio de una tertulia, en su propia casa:

“El Caribe, es una forma de ser. Esta parte del mundo tiene un sentido distinto que no tiene que ver con los tambores ni con las mulatas. Es un asunto sanguíneo y es ante todo, la historia que nos define: esa es la raíz secreta que nos comunica más allá de la diversidad de idiomas y razas.

“Esa es la identidad que une a un cartaginés, un santiaguero, un barbadense, un jamaicano o un guyanés… Es muy sencillo: cuando vivía en Jamaica como diplomático, me sentía como en Santiago; cuando estuve en Alemania, me sentí en otra galaxia”.


El eminente intelectual Joel James −por tantos años director de la Casa del Caribe y presencia permanente desde la eternidad−, dedicó su vida a demostrar la tesis de que en la cultura popular y tradicional radica la salvaguarda, el reservorio y la independencia de nuestros países.

Tal vez no le entendí de inmediato, hasta que en medio de largos apagones y de carencias de todo tipo, vi encenderse la alegría de los barrios a golpe de la percusión más primitiva, del cuento del abuelo, de la danza y el sudor…

No son poses de ocasión.

La cultura popular no necesita del glamour de los premios ni de las pasarelas. No se muere sin altavoces ni titulares. Ella es parte del alma de la gente, está fertilizada con la sangre y la tradición. Es irrenunciable.

El Festival y la Casa del Caribe acentuaron ese pensamiento.

En medio de un mundo donde la xenofobia toma visos de política de estado, en el cual nacen países desgajados por el chovinismo y la mano exterior, El Caribe es un ejemplo de convivencia en la diversidad.

Aquí caben todos los colores. No importa que se hable en créole o en francés, en español, papiamento o inglés. Todos se entienden, todos nos entendemos.

En El Caribe la gente mira a los ojos.

El Caribe no es sólo Yucatán y Margarita, Jacmel o Santiago de Cuba, Cartagena o Vieques, Cayena o Montego Bay. Es un espíritu que ha viajado, que viaja a los continentes con sus emigrantes, prendido a ellos: a Nueva York, Miami, a Londres o París…

Cuando el novelista cubano Alejo Carpentier se asomó a las leyendas americanas, a las ciudadelas de Haití y al vuelo mítico de Mackandal, nació “lo real maravilloso”. En estas tierras, los límites también se juntaron.

El Caribe es la historia de las fundiciones y refundiciones. Es la gran artesa. Africanos y europeos al lado del trapiche y de las plantaciones.

El Caribe es la historia de las rebeldías y de las búsquedas. Como diría el poeta jamaicano Claude McKay:


Si debemos morir/ que no sea como cerdos acosados…/ mientras alrededor ladran los perros / burlándose de nuestro maldito destino

Otro poeta definió El Caribe: cubano, de nombre Nicolás Guillén. Los poetas lo atrapan todo en apenas una gota:

En el acuario del Gran Zoo,
nada el Caribe.
Este animal
marítimo y enigmático
tiene una blanca cresta de cristal,
el lomo azul, la cola verde,
vientre de compacto coral,
grises aletas de ciclón.
En el acuario, esta inscripción:
"Cuidado: muerde"