miércoles, 9 de julio de 2008

"El viajero inmóvil": ¿BARROQUISMO a lo Piard?


(El último estreno del cine cubano)


REINALDO CEDEÑO PINEDA


No soy de los adoradores de Lezama, ni lo conocí en persona. Era un niño cuando este murió, en medio de un áspero olvido.

Tomás Piard, el director del último estreno del cine cubano: El viajero inmóvil, tuvo la suerte de estrechar su mano.

No me leí Paradiso por obligatoriedad ni como ejercicio de un plan de estudios. En mi tiempo universitario no se estudiaba, ni la novela estaba disponible por más que se buscara.

Cuando al fin la pude tener, en 1991, −tras su reaparición un cuarto de siglo después de la edición príncipe− comencé por el capítulo del “escándalo”, el VIII: aventura del eros sin barreras sexuales.

Por supuesto, tuve que empezar desde el principio para entenderla; mas Paradiso se resiste.

Lezama era de un pensamiento enciclopédico, y allí está volcado. Hay metáforas deslumbrantes, rebuscamientos, cubanías, exotismos, alardes del idioma… todo entremezclado. Cintio Vitier ha dicho que el verdadero protagonista es el lenguaje.

También me leí, y hasta me imaginé en el suculento almuerzo lezamiano, almuerzo simbólico y literario; casi imposible de resistir en la realidad.

Entre “leptosomático”, “sirte”, “homúnculos” y “flamígero”… no me da vergüenza confesar que debí llegarme al diccionario más de una vez; pero con todo, Paradiso fue una aventura que me gustó recorrer, degustar, domeñar. Detesto los facilismos y las obviedades, por eso le recomiendo la novela a todos.

He leído a Lezama Lima narrador, y algunos de sus versos. Leí sobre él. Y acabé metiéndome en su mundo irreal, profundo, transgresor y barroco. Sigo sin ser de sus adoradores, pero guardo ese gallardo respeto que se tiene ante la grandeza.

Lezama (1910-1976) fue un patriarca de la cultura cubana. Uno de los que contribuyó al espesor y trascendencia de la literatura latinoamericana. Incluso, la vida me ha llevado hace poco a conocer a su médico, José Luis Moreno del Toro.

Por todas esas razones, asistí con expectativas al estreno de El viajero inmóvil de Tomás Piard.

En la puerta del cine Cuba (Santiago de Cuba), algunos fotogramas se prestaban al rejuego de la taquilla: un hombre desnudo con las piernas cruzadas y una mujer sobre el lecho con la cabeza colgando. Hubo a quien le brilló la pupila, preparándose tal vez para una cinta de mucho sexo explícito. En la realidad, esa fotografía correspondió a una escena brevísima e insignificante en pantalla.

Por cierto, leí algunas informaciones de publicaciones internacionales sobre este estreno, que hurgaban en viejos anatemas alrededor de Lezama, como si el tiempo y las circunstancias fuesen también inmóviles. Craso error.

En la TV, la promoción fue continua… así pues asistí, repito, con muchas expectativas.

¿Qué rostros llevarían Cemí, sus amigos Fronesis y Foción, el maestro Oppiano Licario; y por supuesto, Doña Augusta?

¿BARROQUISMO “LEZAMIANO” O “PIARDANO”?

El viajero inmóvil es un rejuego simbólico basado en Paradiso, en el universo de esa familia creada en las letras; rebusca en el pensamiento lezamiano. ¿Quiso emular el director con el escritor, transfigurarlo, insuflarle vida desde la visualidad?

Tal vez era casi impensable atrapar el surrealismo lezamiano desde una cinta contada a la usanza más clásica. Por ello Piard acude a cuanto hay: escenas de gran movimiento, sensualidad desbordada, símbolos por aquí y allá; puras escenas teatrales, expresividad al estilo silente, las palabras del propio Lezama, la intervención de grandes figuras de nuestras letras (César López, Pablo Armando Fernández, Reinaldo González…), etcétera…

El barroquismo a lo Piard pecó por exceso.

Cuando Herminia Sánchez se nos aparece casi en éxtasis en su papel de anfitriona como Doña Augusta (tanto que nunca podré imaginar otro rostro); cuando los platos del asombro desfilan en el famoso almuerzo (ya referencial en Fresa y chocolate); cuando el ambiente onírico está a punto de envolvernos; ahí mismo sobreviene la violenta ruptura: las declaraciones de grandes figuras, desde el análisis, sobre el significado de Paradiso, de Lezama, del banquete…

Son piezas valiosas, pero no encajan.

Fue mucho el riesgo, y en el salto no se llegó al otro lado. Todo se quiebra como una piedra que golpea al vitral, justo en el centro. No importa que Cemí (corporizado por el joven Georbis Martínez) mire por detrás del asiento, en un halo místico.

Un buen destello guardo de la escena de la protesta estudiantil. La puesta se anota tal vez el mejor momento del filme, en su contraste entre el miedo, el asma y el asombro; y el joven luchador, exultante en su presencia física (el Apolo aparecido que interpreta Rafael Hernández), el palo de los gendarmes, y la huida del propio Lezama ya viejo (sobrecoge, casi podemos “tocarlo”)…

Sólo otros minutos, en mi opinión, se salvan del entramado caleidoscópico: la brocha que sube y baja, lenguaje a modo de puente / separador entre el sexo desbocado y enhiesto (“La lombriz sonrosada, la Niké fálica” de la que hablaba Lezama) que cede ante el encanto seductor femenino, y también… a las redondeces masculinas, en una insinuación inequívoca y subrayada, pocas veces vista en el cine cubano.

Es poco para más de una hora.

Los desnudos abundan en El viajero inmóvil. Y no es que a estas alturas tenga reparo alguno, que los he visto en el teatro, la danza, el cine… con mejores y peores planteos estéticos…

El cuerpo humano desnudo es el mayor tributo a la vida. Nada sobre esta tierra lo supera; pero en más de un momento no halla asideros en la “historia”, por más fragmentaria y anti aristotélica que esta se presente. Los cuerpos podrán estar deleitosos, pero van largamente sobrados.

Súmele a ello un regodeo homosexual −por el regodeo y no por homosexual, basta ya de dogmas− que, tal vez por su sostenida recurrencia, abre más de un paréntesis, recarga la historia, y por momentos, bifurca aún más el discurso visual. .

Tendré que darle otra ojeada a Paradiso…. Los que nunca se han asomado a esas páginas, creo, se habrán quedado con muchas interrogantes, con otros tantos puntos suspensivos, con las alegorías en el aire…Ojalá pueda funcionar como una invitación a su lectura…

Siempre recordaré a un gran escritor que admiro, el poeta y ensayista, Marino Wilson Jay: “un libro no es para alfabetizar a nadie”. Que me permita aplicarlo aquí: “una película no es para alfabetizar a nadie”. Es una obra de arte, con sus códigos, maneras y propuestas, tan variadas como directores hay… Eso es cierto, pero…

El viajero inmóvil propone, acaso, un deleite visual, un ahondamiento. Un intento, quizá, de atrapar ese espíritu inasible que dejó el escritor en todo lo que hizo…
Un intento....

Lezama es la inspiración y la tela; mas Piard es el nervio y el pintor. Más que las brumas de sus trazos, es la amalgama la que no logra cuajar; los hilos que sueltos, no se tocan en el entramado…

El viajero inmóvil logra destellos, sólo eso. El camino entre la literatura y el cine, resultó de nuevo una senda de abrojos.

(VER ¿Se aventura a un almuerzo lezamiano? en: http://laislaylaespina.blogspot.com/2008/01/se-aventura-un-almuerzo-lezamiano.html )

(VER fragmentos del capitulo VIII de la novela Paradiso de Lezama Lima http://laislaylaespina.blogspot.com/2007/12/no-somos-dios-hitos-del-arte-gay-en.html