sábado, 22 de marzo de 2008

EL ARCO: La intensa poesía del cine oriental



Reinaldo Cedeño Pineda

Hace algún tiempo he iniciado un juego cada vez que veo una película: tratar de adivinar que viene después, atrapando las señales del guión.

Como ya sumo muchas horas de vuelo como espectador, como en Cuba se pone tanto cine norteamericano clase B (persecuciones, drogas, disparos, sexo... y esos diálogos insulsos y petulantes tan típicos), no es nada notable que cada vez vaya logrando mayores aciertos.

Una cosa muy diferente es el cine asiático.
No hay finales a la vista, hasta bien avanzada la historia. Es el cine del detalle. Y si se me piden otras palabras: un ritmo sin apremios, un delicado tono filosófico, un regodeo fotográfico. Y un diálogo con la cámara sin estridencias, justo y empático. El cine como arte.

No es la primera vez que voy al tema, pero la proyección de la cinta coreana El arco (2005) en el programa “La séptima puerta” (¡salud para Rolando Pérez Betancourt!) me hace regresar con júbilo.

Kim Ki Duk, su director se va volviendo un nombre de culto. Recuerdo perfectamente su cinta anterior Primavera, verano, otoño, invierno... y primavera (2003), exhibida hace unos meses atrás.

Ahora vuelve con un escenario parecido: un barco en medio del mar.

Se trata de un viejo pescador que ha recogido a una niña y la ha criado en la desvencijada embarcación durante una década. En un almanaque, va tachando los días que faltan hasta la marca del corazón, porque los planes son casarse con la joven, cuando esta cumpla diecisiete años.

El barco es escenario de pesca para algunos, que se atreven con la joven… pero reciben un flechazo de advertencia desde el arco, manejado con maestría por el dueño.

Sin embargo, un día la chica ve subir a cubierta a un joven, y se despiertan simpatías mutuas. Al irse, el visitante le deja una reproductora… y comienzan los problemas de aquella singular pareja en medio del agua.

La genialidad de KKD es como lo va contando todo. Y las escenas que reproduce:

El viejo es también adivinador. El barco tiene un Buda pintado, y según caiga la flecha, así será el mensaje… pero estas caen, mientras la joven se mueve en un columpio…. ¡Ese rostro inocente y sugestivo columpiándose en el mar, el suspenso del arco tensado, el peligro, el rostro del anciano… Es un momento que se repite con su carga de misticismo visual e intrínseco.

El arco es tocado en lo alto, en las noches. ¡Y ese sonido, sugiere tantas cosas!….

En las noches, en una litera, el viejo toma la mano de la joven y duerme con satisfacción…

La boda se acerca pero todo se complica. La joven ya no quiere que el anciano la bañe. Con los audífonos puestos, disfruta de la música… en su imaginación. La reproductora ha sido lanzada al mar.

El joven regresa a buscar a la joven. Y en una barca más pequeña, esta decide irse. Sin que lo sepan, el anciano se amarra la cuerda al cuello…

Lo que parecía el final, vuelve sobre sus pasos. La joven regresa, abraza al anciano y finalmente accede a la boda.
Lo baña, en un rejuego de roles. Se visten de gala, la joven queda semidesnuda sobre cubierta en la pequeña barca, duerme… y el viejo se lanza al mar. Antes, una flecha es lanzada al cielo.

Gira la barcaza, regresa al barco–madre, y ante los ojos asombrados del joven (y de los espectadores) la flecha cae en la entrepierna de la joven que se siente invadida por el eros, se tuerce, gime… y al final su bata se mancha de sangre.

Esta escena, criticada por algunos, no rompe a mi modo de ver la poesía anterior. Es un giro con otra dosis de poesía; una escena erótica que nunca deja de ser onírica.

Hace el amor. La flecha carga el simbolismo.

Al partir, ante del fin, la vieja embarcación que ha sido su hogar, se hunde. La cámara sigue a lo lejos el Buda que se hunde. La vela deja una estela en el agua, mientras la chica dice adiós.

El Arco es pura poesía, tiene razón el crítico.

He leído que fueron días de dura filmación, que el director no tiene estudios de cine, que el mismo dirige la fotografía y los encuadres.
Di por muy buen empleado el tiempo que dediqué al filme. Y desde ya estoy esperando otros filmes suyos, otras propuestas asiáticas. Por suerte, en Cuba se ha visto en los últimos tiempos cine chino, hindú, japonés, vietnamita, thailandés, iraní y hasta de Buthán, botones de muestra suficientes para saber la fragancia de la flor. Ese cine de los ojos rasgados que sigue enamorándome.