lunes, 14 de marzo de 2011

Pucha Vida y The Illusion: Dos naufragios y mil preguntas



Reinaldo Cedeño Pineda

La soledad se llama Pucha Vida.

Una anciana de 82 años contempla sobre su mesa rústica, un bebé de juguete que le ha mandado su hija desde otras geografías:

─Es para que me entretenga, me dijo..

A seguidas, la cámara se detiene en una cama inflable dentro de una piscina, donde asoma su hija sonriente:

─Hace tiempo que no me llama…que si las llamadas se caen, que si es difícil…pero eso es incierto, confiesa.

La cámara muestra a una anciana que lo mismo arregla el zinc del techo que cobija una casa para las gallinas o alimenta a su cerdo que ya es su familia, que tiene hasta nombre.

Es una anciana que abre la ventana hacia el verde, hacia la montaña. Y toma asiento donde mismo se sentaba su esposo:

─Me dijo que si se iba de aquí para el hospital, no volvía. Y no volvió…

El documental Pucha Vida (2009) fue reconocido con el segundo premio Coral en el 29. Festival del Nuevo Cine Latinoamericano.

Lo veo en el cine Cuba, en un cine atrozmente vacío, durante el 12. Festival Internacional de Documentales Santiago Álvarez In Memoriam.

(A Santiago lo entrevisté en persona en el hotel Balcón del Caribe. Me dijo que su obra era un “maremoto de secuencias trabajadas”. Y que sus documentales más queridos eran Hanoi, Martes 13 y 79 Primaveras)

La directora de Pucha Vida, Nazly López Díaz nos muestra a una anciana de sombrero, a una anciana locuaz. Se llama Rogelia y todos le dicen Pucha. Dan ganas de abrazarla.

Pucha Vida nos asoma a un arbusto sembrado en el monte, a un arbusto de raíces profundas que anda erguida frente a su inmensa soledad.

Tenía que ir a ver The Illusion (2008)

Se trata de un documental muy comentado, que sólo alcanzo a ver ahora. Su realizadora, Susana Barriga estudió periodismo durante sus primeros años en Santiago de Cuba. Leo que en 2008 se graduó en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, en Cuba (EICTV)

La recuerdo: su cuerpo pequeño, su voz tierna. Su mirada inteligente. Por ahí andan sus primeras notas en el periódico Sierra Maestra, en la página cultural a mi cargo entonces.

Nunca supe que su padre vivía en un apartamento londinense, que se había marchado de Cuba. Nunca me lo dijo, no tenía porque, claro.

Ahora, en la pantalla, la escucho decir que quería hacer una película sobre la felicidad… y veo las imágenes.

Ella fue en busca de su progenitor y encontró a un hombre detenido en sus dolores, sus resquemores, sus diferencias políticas… que le pide a su propia hija que le muestre el pasaporte, que le conmina a no volver más, a cambiarse el apellido.

―¡Ay Dios! Tú has venido aquí para joderme, le dice...

Escucho el tono de Susana, el monólogo del padre. Me quema. La filmación se hace en secreto. Los demonios contenidos, salen.

Las imágenes son oscuras como las tinieblas.

The Ilusion le ganó a su realizadora elogios en Berlín. Se trata de un lenguaje muy personal, pero ante todo, de un viaje demoledor. Susana Barriga vuelve de un naufragio.

Las historias no tienen una sola orilla, lo he aprendido. Por eso me voy y me quedo, me dejo llevar y también me interrogo.

Salgo con muchas preguntas golpeándome sobre la emigración, sobre las razones y las sinrazones, el amor, la familia, los olvidos, las distancias geográficas, las distancias del alma…

En cuanto al Festival de Documentales Santiago Álvarez ─un lujo cada marzo para Santiago de Cuba, una vitrina de obras excelentes, un empeño de Lázara Herrera y de las autoridades del territorio─ le urgen estrategias de promoción más coherentes para que se haga carne y savia del público santiaguero. Ambos ganarían, el público y festival.

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