viernes, 25 de marzo de 2011

APACENTAR las dulces bestias




Reinaldo Cedeño Pineda

Una habitación no es más que un cuchillo / el filo habitual que resbala por la sombra, dice el poeta. El mundo nace de esas cuchilladas, el mundo muere. Y cuando sale a apacentar sus bestias, sus dulces bestias, cae la nieve de Dios…

Ando con la tristeza que compró mi padre

antes de nacer. La llevo colgada de mis párpados

como una simple ojera…

Ven, dame una navaja para acabar con mi pestaña ridícula

Las dulces bestias es un solo de jazz. Es el grito de Edvard Munch, rojo de espanto. La abuela eterna en su balance carmelita. La jauría. El último capítulo, último inning. El Duque haciendo un movimiento de rodilla. Una obsesión. Las bestias de Faxas salen de noche a escarbar el cuerpo de la Isla…

Islas

Negras Islas

Arrecifes donde el mar es casi imposible

donde tu nombre retorna del azul para confundirme.

Yo me compadezco de tu nombre de mar

Ray Antonio Faxas Fernández (Guáimaro, 1975) con Las dulces bestias confirmó su pertenencia a la vanguardia literaria de la Isla, como ya había anunciado en La carne de los insectos (Ediciones Sanlope, 2003) o Dorso de figuras (Editorial Letras Cubanas, 2005) Exprime los instantes como quien siega trigo. Sus metáforas escaldan como sal. En todas partes se bebe la cicuta o se apaga la sed.

Ningún desconocido. El autor ha recibido el Premio Poesía del Sur y Premio de Cuento Manuel Cofiño (ambos 2002), el Premio de Poesía El Caimán Barbudo (2003), el tercer premio en el Concurso Iberoamericano Cucalambé (2008), el premio Cirilo Villaverde de novela 2009, además de ser finalista en el Concurso Internacional de Poesía Centenario de Rafael Alberti (2002). No están todos sus galardones, advierto.

Las dulces bestias se reinventa el universo de los goles y strikes, el duro universo del exilio y el húmedo universo del placer. Reinventa mundos sin límites. Letra marcada por el desacato y la impiedad como en su momento apuntara Alberto Garrandés, en Las dulces bestias, Faxas se hace de una conversación punzante y transgresora, a la vez que familiar, intensa, táctil.

Yo sólo soy un poeta, nena

no tengo otro don que el de hacerte volar…

Quizás mañana puede enseñarte mi doble locura.

Quizá mañana, sin sudoraciones,…

Voy de picada, nena.

Me caigo suave y difícil

como la hoja de un árbol en la mañana.

Ahora soy eso, nena.

Ahora

Soy un árbol

Dividido en dos partes perfectamente conectadas, Algunos ruidos, algunas noches y Tibios animales nocturnos, la treintena de poemas de Las dulces bestias le acreditaron a su autor el Premio José María Heredia 2008 en la categoría de poesía, según el fallo de un jurado conformado por León Estrada, Oscar Cruz y Carlos Esquivel.

Al centro, Reinaldo Cedeño, entre dos generaciones de escritores, el narrador Yunier Riquenes a la izquierda y el memorioso poeta y ensayista Marino Wilson a la derecha


Ediciones Caserón de la UNEAC santiaguera, digámoslo sin temor, propone con este volumen —editado por Lina González Madlum y bajo el diseño de Fernando Goderich— un título de incuestionable oficio poético. Y cuando sale a apacentar sus bestias, sus dulces bestias, sus dulces sajaduras, hay que saber los días de pasarle la mano, hay que saber los días de alejarse:

Vivo en un pueblo pequeño donde llorar es el mayor orgullo;

donde una mano de mujer se divide entre cinco comensales.

¡Que crisis! diría mi padre, antes con un peso podrías comprar

la noche.

¿Cuánto vale el próximo amanecer?, le pregunto.

No seas ridículo. Mejor sigue este consejo y espera,

En este oscuro lugar, a que amanezca el mundo.

Santiago de Cuba. UNEAC. A unos pasos de Heredia. 24 de marzo, 2010.